Tal se diría que el día 8 de noviembre de 2010, hace poco más de dos meses, no ocurrió nada en El Aaiún, capital administrativa del Sahara Occidental. Y que tampoco ocurrió nada en las semanas que precedieron y que siguieron al día 8 de noviembre de 2010.
Pero sí ocurrió algo en El Aaiún. Ocurrió que las hordas marroquíes desmantelaron un campamento de protesta, que tres semanas antes habían comenzado a instalar un puñado de jóvenes saharauis. Llegó a estar formado por más de 2.000 jaimas y poblado por más de 20.000 saharauis que son perseguidos, encarcelados, torturados, desaparecidos y muertos a manos de las brutales fuerzas de ocupación marroquíes.
Y ocurre que, si no fuera por el informe difundido por Internet por la Asociación de Graves Víctimas de Derechos Humanos, con sede en El Aaiún, ocho semanas después nadie sabría cuál es el número de heridos, muertos y desaparecidos que hay que sumar a los cientos que, a lo largo de 35 años, han ido dejando de formar parte, no ya del pueblo saharaui solo, sino también de este mundo por obra de la sanguinaria represión que el rey de Marruecos, con el silencio culpable de la democrática comunidad internacional, viene ejerciendo en un territorio que no le pertenece, tras haberlo invadido militarmente el 30 de octubre de 1975. El silencio informativo se encarga de dar la apariencia de que el día 8 de noviembre de 2010 no ocurrió nada en El Aaiún.
El silencio informativo es la fosa común en la que se entierran los acontecimientos que no se contaron o que no se debieron haber contado por imperativo legal.
Si se contó mal lo sucedido el día 8 de noviembre en el campa- mento Gdeim Izik, en El Aaiún, fue porque los propios informadores fueron objeto de un mal trato al cerrárseles las puertas de entrada, que siguen cerradas para ellos, sin que nadie se queje, sumidos desde hace ocho semanas en el silencio, tragado su orgullo.
De hecho, las noticias y las imágenes transmitidas entonces se debieron a los tres jóvenes activistas españoles y uno mexicano, que integraron el campamento como cuatro saharauis más. Nuestros informadores tuvieron que tragarse su orgullo y callar cuando, como es cos- tumbre, el Gobierno de España aceptó las más peregrinas y mendaces explicaciones del Gobierno de Marruecos.
Y el que habló fue el presidente del Gobierno de España –él sí habló para que los demás fueran callando- para decir que «España no pondría en peligro las relaciones con Marruecos por el Sahara», que es tanto como decir que las relaciones con Marruecos bien valen la violación de los derechos humanos de un pueblo, así como el pasar olímpicamente de la legalidad internacional.
Porque es el reino de Marruecos el que viola desde hace 35 años los derechos humanos del pueblo saharaui. Y es el reino de España el que desprecia la legalidad internacional, en la que se tiene al Sahara Occidental, y así lo entiende la ONU, como Territorio No Autónomo Pendiente de Descolonización, del que, según la misma legalidad, España no ha dejado de ser la potencia administradora, por más que la Ministra de Asuntos Exteriores del Gobierno de España declare lo contrario en una reciente entrevista, haciendo alarde de incomprensible ignorancia o de descarado cinismo.
Declaraciones como éstas, siendo sus voceros los que son, echan paladas de olvido a la fosa común del silencio informativo. Pero no sólo ellos. Hay otras actitudes y silencios que la ahondan. Son muchos los cargos públicos, con responsabilidades políticas en las comunidades autónomas, ayuntamientos y en el propio Gobierno de España que, siendo humanitariamente solidarios con el pueblo saharaui, declinan todo compromiso político, dando prioridad a la conservación del cargo sobre el respeto a los derechos humanos y la observancia de la legalidad internacional. Encubren su silencio en comunicados o resoluciones colectivas que son papel mojado, que solo comprometen a una entidad abstracta –Gobierno Autónomo o Corporación Municipal–, o sea que no comprometen a nadie, y menos ponen en peligro el cargo.
Silencio llamativo es el de la inhibición de la Minurso (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental), emplazada en el Sahara Occidental, a ambos lados del muro, desde que se estableció el alto el fuego en 1991, tras 16 años de guerra entre Marruecos y el Frente Polisario. Una misión que no tiene misión alguna. Su función consiste en observar pasivamente: ver, oír, y callar. No importa lo que vean y oigan cada uno de los 200 efectivos del contingente militar internacional.
Suspendida sine díe la celebración del referéndum de autodeterminación, que prescribe la legalidad internacional, principal cometido de la Minurso, como su propio nombre indica, su silencio viene impuesto por los sucesivos vetos que Francia ha opuesto a la pretensión del Consejo de Seguridad de la ONU de que vele por el respeto de las condiciones del alto el fuego, segundo artículo de su constitución, y que la policía y los ejércitos marroquíes incumplen unilateralmente, mediante crueles agresiones. Es la única misión internacional que no tiene como uno de sus objetivos primeros el de salvaguardar los derechos humanos.
Al silencio de la Minurso, algunos de sus componentes con los que he tenido ocasión de hablar, lo llaman imparcialidad. Pero no fueron llevados al Sahara Occidental para ser imparciales, sino para atajar y denunciar los desmanes que perpetrara una de las partes contra la otra.
De hecho, su silencio no es síntoma de imparcialidad, pues el agresor sólo es uno y la Minurso calla. Si no tiene cometido alguno, ¿por qué permanece en el Sahara Occidental desde hace 20 años, con un coste de cuarenta millones de dólares cada año? Anualmente las autoridades marroquíes y las del Frente Polisario deciden sobre su permanencia o su retirada. Bastaría que una de las partes optara por la retirada para que cada uno de los soldados y sus mandos –en buena parte civiles– se reincorporaran a los ejércitos de sus respectivos países. ¿Por qué el Frente Polisario ha firmado durante 20 años su permanencia si en nada beneficia al pueblo saharaui? Suele aducirse la razón de que la Minurso podría jugar un papel disuasorio ante la tentación por parte de Marruecos de atacar los llamados Territorios Liberados, al Este del muro, bajo el control de las Regiones Militares del Frente Polisario.
Esta tentación es posible pero también es bastante improbable la caída en ella: las ciudades, la mina de fosfatos y el más rico banco pesquero del mundo está al otro lado del muro, en la parte invadida, ocupada, expoliada a sus legítimos dueños, que además son torturados.
¿Por qué, entonces, la Minurso sigue estando presente para nada? La labor diplomática que protagonizan los representantes del Frente Polisario, cuando se ve alterada por acontecimientos trágicos, como los ocurridos el día 8 de noviembre de 2010 en El Aaiún, introduce en su discurso la advertencia de la vuelta a la guerra, interrumpida por la tregua de 1991. La advertencia, por recurrente, tiene también el sonido del silencio. Demasiados silencios.
Extraido de Cantabria por el Sahara, publiacado en El Mundo Cantabria.

