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Oportunidades para la paz. El movimiento antimilitarista en Cantabria https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-oportunidades-para-paz-movimiento-antimilitarista-cantabria/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-oportunidades-para-paz-movimiento-antimilitarista-cantabria/ Desde Briega también queremos reconocer la lucha del GATO (Grupo Antimilitarista de Torlavega) y de las JJ.LL (Juventudes Libertarias) durante los años noventa en la lucha por la insumisión, contra el estado y sus ejercitos.

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El Consejo de Ministros del 9 de marzo de 2001 aprobaba un Real Decreto por el cual el 31 de diciembre de ese mismo año sería el último día de existencia de la mili obligatoria en Nuestro País. A partir de entonces España contaría con un ejército profesional. El decreto que suspendía, pero no derogaba la mili, acababa de hecho con una de las obligaciones más impopulares y denostadas por buena parte de la sociedad; rechazo que por diversas causas había estado presente desde el principio de su imposición. Del impacto que el servicio militar tuvo entre la juventud española da cuenta de la multitud de signos que ha dejado en la tradición de nuestros pueblos. El llamamiento a filas se constituyó en el signo del paso entre la mocedad y la edad adulta.

La idea de objeción de conciencia al servicio militar no es ajena a la tradición; durante toda la historia de la mili encontramos ejemplos de negativa a esta obligación por motivos económicos, de seguridad personal, o políticos, entre otros, aunque no sería hasta los años 70/80 del siglo pasado cuando se organizó la lucha aprovechando el mayoritario apoyo social a su abolición. Del mismo modo, los intentos de regular alguna forma de objeción de conciencia se dieron desde muy pronto, incluso durante el franquismo, donde se llegó a tratar en las Cortes sin éxito.

En España, el antimilitarismo se alimentó de un ambiente social propicio debido a la confluencia de varios factores, entre los que destacan : el rechazo al servicio militar obligatorio, el movimiento anti-OTAN (de gran importancia para entender muchos de los acontecimientos futuros a nivel político- social y para comprender, en parte, el devenir del propio antimilitarismo, su fortaleza durante un tiempo y su posterior declive) y, finalmente, la oposición a la permanencia de las bases americanas.

La Constitución Española de 1978, en su artículo 30.2, recogía la posibilidad de objeción de conciencia al servicio militar y su reemplazo por una prestación social sustitutoria. En este marco el gobierno del PSOE promovió la Ley de Objeción de Conciencia (Ley 48/1984, de 26 de diciembre), que desde el principio nació arrastrando una fuerte polémica y contestación de los grupos antimilitaristas, que como el MOC -Movimiento de Objeción de Conciencia- se pusieron a la vanguardia de las reclamaciones antimili en lo concreto, pero con una concepción antimilitarista mucho más amplia.

El MOC se constituyó en 1977 bajo las premisas del antimilitarismo y asumiendo la no violencia tanto como estrategia de respuesta en sus acciones como, a mayor escala, base del modelo de defensa popular. La oposición al servicio militar era su forma de no colaboración con el ejército. La estrategia del MOC contraria a aceptar la Ley de Objeción de Conciencia chocaba con la de otros grupos como la Asociación de Objetores de Conciencia que, aunque con mucha menos presencia social, propugnaba el cambio desde dentro de la ley.

El MOC, y otras organizaciones de signo antimilitarista, formaban parte de una corriente internacional, fundamentalmente europea, que desde décadas antes se había mostrado muy activa ante la situación creada por la carrera armamentística y la proliferación nuclear promovida por los bloques y sus estructuras militares, la OTAN y el Pacto de Varsovia, aunque su lucha se amoldaba a las características de la realidad española, muy mediatizada, lógicamente, por asuntos más domésticos.

El MOC fue transitando progresivamente hacia la insumisión como forma de lucha, estrategia que, produjo algunas disensiones entre sus miembros, como sucedió con algunos militantes del grupo de Santander, resultando, a la postre, una estrategia exitosa dada la trascendencia social que tuvo y las contradicciones que finalmente provocaron en el sistema, colaborando fuertemente a la abolición del servicio militar obligatorio. Como medida de apoyo se asumió la reobjeción, es decir, el rechazo de los objetores ya reconocidos a su condición con el fin de incorporarse al ejército para convertirse en insumisos.

En la fotografía de cabecera se puede ver a un grupo de activistas con carteles que, en octubre de 1986, aprovechando el sorteo del reemplazo del año siguiente, exigían la libertad para Francesc, un joven objetor sobrevenido, es decir que se declaró objetor durante el servicio militar, posibilidad no recogida por la LOC y que el MOC reivindicaba, junto a otros lemas que denunciaban la Ley de Objeción de Conciencia y sus consecuencias. Momentos antes la policía había roto las cadenas que les ataban a las puertas y verjas del Gobierno Militar de Santander, la imagen de la protesta fue publicada por la prensa regional. Y difundida, a su vez por en el informativo regional de TVE. La acción se preparó atendiendo a planteamientos de desarrollo y respuesta no violentos. Sus consecuencias se sustanciaron en una multa impuesta por la autoridad gubernativa, finalmente suprimida tras argumentar el abogado de los activistas (del Servicio Jurídico de CC.OO. en Cantabria) que la naturaleza del acto era una reivindicación pacifista, según consta en los escritos de alegación presentados.

Las acciones del MOC en Nuestra Región fueron relativamente frecuentes durante las décadas de los años 80 y 90. La organización alcanzó una importante presencia social recogiendo, sin duda, las simpatías de una parte de la sociedad que veía la mili como una odiosa carga para la juventud. La estrategia de insumisión en Cantabria tuvo un seguimiento notable siendo muy célebres los juicios a los insumisos Juan Carlos Montenegro (Charly), el primer cántabro con esta consideración que, aunque fue condenado no ingresó en prisión, y Raúl Molleda, que fue encarcelado por este motivo. La entrada en prisión de Raúl desató un gran movimiento de solidaridad, con importantes pronunciamientos y apoyos. Su encarcelamiento tuvo trascendencia nacional, apareciendo incluso en la portada del dominical de El País. Cabe destacar que Cantabria superó la media nacional entre objetores e insumisos.

Las iniciativas del antimilitarismo cántabro, buscando habitualmente la sensibilización y la denuncia, se plasmaron en acciones como la documentada en la fotografía, la práctica de la objeción fiscal en el IRPF a los gastos militares, ocupaciones de partidos e instituciones e incluso en protestas como la llevada a cabo contra varios buques de la OTAN amarrados en el puerto de Santander, hecho duramente reprimido por la policía y que también tuvo trascendencia nacional.

El MOC como organización más representativa del antimilitarismo en Cantabria se nutrió de jóvenes provenientes de muchos otros movimientos que, en muchos casos, mantuvieron múltiples militancias. La relación con los partidos políticos no siempre fue buena, especialmente con el PSOE, dada la estrategia de represión que adoptó en este ámbito, lo que llevó, incluso a la ocupación de su antigua sede en la Calle Castilla de Santander. Del mismo modo, el MOC fue una escuela de militancia para muchas personas que finalmente acabaron engrosando las filas de otros colectivos, generalmente de lo que podemos llamar izquierda alternativa, y algunas ONG con un planteamiento noviolento, como Brigadas Internacionales de Paz, organización con una gran actividad en Nuestra Región

El movimiento antimilitarista de Cantabria ha tenido una notable influencia a nivel nacional, un importante poder transformador y un efecto transversal a tener muy en cuenta. Hubo experiencias de construcción no solo políticas sino de vida comunitaria para trabajar por el cambio social desde las premisas de la noviolencia y el antimilitarismo, como la de la Casa de la Paz Santa Ana en El Soto. Y muchos otros ejemplos, sin duda, que dan cuenta del alcance del movimiento en Cantabria.

Sin embargo, la eliminación del servicio militar obligatorio ha supuesto en la práctica un marcado declive del movimiento antimilitarista. La estrategia gubernamental de profesionalización del ejército ha conseguido de una tacada eliminar esta odiosa carga social y de paso lavar la cara a una institución hasta entonces temida y muy poco reconocida por los ciudadanos; tanto es así que muchas veces se presenta y se considera al ejército casi como una ONG humanitaria, en vez de lo que realmente es.

Junto a lo anterior, la desaparición de la agenda social y política del tema OTAN y de los demás asuntos relacionados, tras el trauma que supuso la pérdida del referéndum en 1985, y la banalización con que se tratan los asuntos de la paz y la noviolencia en los medios de comunicación nos debería llevar a preguntarnos, perdón por las palabras empleadas, ¿si ganamos esa difícil batalla por qué estamos perdiendo la guerra? La respuesta, como siempre, está en el viento.

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El bibliocausto en la España de Franco (1936-1939) https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-bibliocausto-espana-franco-1936-1939/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-bibliocausto-espana-franco-1936-1939/ La victoria del ejército franquista en la Guerra Civil Española supuso, entre otras calamidades, el pistoletazo de salida a uno de los mayores episodios de persecución cultural vividos en la España contemporánea. Libros, periódicos, revistas y otras obras impresas de innegable valor literario, fueron pasto de unas llamas prendidas por el aparato censor del Régimen.

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Cuando se habla de quema de libros en el siglo XX, la imagen que suele venir a la retina es la Beberplatz de Berlín el 10 de mayo de 1933, escenario de una gran hoguera en la que ardieron miles de ejemplares de obras consideradas “antialemanas”. Ni que decir tiene que, a lo largo de la historia, ha habido muchos otros episodios de fuego purificador, desde el incendio de la biblioteca de Alejandría pasando por la quema de libros de Confucio en China durante la dinastía Qin, o el auto de fe de octubre de 1861 en Barcelona en el que fueron pasto de las llamas 300 volúmenes espiritistas, por citar solo tres de ellos. Menos conocido es el hecho de que, desde el golpe de julio de 1936 hasta el final de la guerra, numerosas piras se encendieron en las ciudades y pueblos de la España nacional en las que ardieron gran número de publicaciones tildadas de “antiespañolas” y “envenenadoras del alma popular.”

En los primeras días del conflicto no se habían dictado todavía órdenes por parte de los nuevos gobernadores civiles sobre la prohibición de la literatura disolvente, pero el modus operandi de los sublevados incluía siempre la destrucción del “material peligroso” que constituían determinadas obras. Así, a la entrada de las fuerzas requetés en varias localidades de La Rioja, lo primero que hicieron fue depurar las bibliotecas y quemar los archivos de las distintas sedes sindicales, donde se suponía que existía “literatura perniciosa. [1]

En Córdoba, ya el 19 de julio una de las prioridades de los sublevados era también la limpieza de librerías y kioscos como lo señalaba el Jefe de Orden Público y teniente general de la Guardia Civil Bruno Ibánez Gálvez en una nota publicada por el ABC de Sevilla el 26 de septiembre:

“En nuestra querida capital, al día siguiente de iniciarse el movimiento del Ejército salvador de España, por bravos muchachos de Falange Española fueron recogidos de kioscos y librerías centenares de ejemplares de esa escoria de la literatura que fueron quemados como merecían. Asimismo, muy recientemente, los valientes y abnegados Requetés realizaron análoga labor, recogiendo también otro gran número de ejemplares de esas malditas lecturas que deben desaparecer para siempre del pueblo español [2]“.

En Palma, el primer dia del golpe, el 19 de julio de 1936, según testimonio del cenetista Manuel Pérez (Osuna, Sevilla, 1887-Río de Janeiro, 1964), atrapado en la isla con motivo del congreso constituyente de la regional de la CNT en Baleares, los sublevados actuaron de forma similar:

“Ocupados los centros oficiales donde los rebeldes no hallaron la menor resistencia, se inició el asalto a las organizaciones obreras y a los locales donde tenían su residencia las agrupaciones de izquierdas. Nada escapó a la furia vandálica de las hordas fascistas. Después de destrozarlo todo: muebles, cuadros, instrumentos de trabajo,etc , recordando los autos de fe de la Santa Inquisición, hicieron hogueras con los libros que encontraron en las bibliotecas.“

La aversión a los libros llegó hasta extremos delirantes como recoge Josep Massot i Muntaner en Cultura i vida a Mallorca entre la guerra i la postguerra (1930-1950), (Abadia de Montserrat, 1978):

“L’odi contra els llibres m’ha estat confirmat per un testimoni de primer ordre: a Inca, per exemple, foren cremades totes les obres en català d’una biblioteca pública- entre les quals el primer volum del Diccionari Català-Valencià-Balear- i la biblioteca pública circulant de Sencelles-prou considerable- fou assaltada i, després de fer un caramull amb els llibres hom hi defecà al damunt.“

Por esas mismas fechas, en la localidad abulense de Barco, los libros de la Agrupación Socialista, los de la Sociedad de Oficios Varios y los de la Agrupación de Trabajadores de la Tierra “fueron destruidos por las Milicias a su llegada a esta localidad en los preliminares del Glorioso Movimiento Nacional. [3]

En Soria, el jefe de la Biblioteca Pública de la ciudad castellana, refiere, según José Andrés de Blas y Fernando Larraz en la primera entrega de “ La Guerra Civil española y el mundo del libro. Censura y represión cultural (1936-1937)” que “en los primeros días del Movimiento Nacional, se dispuso la recogida inmediata de los pocos ejemplares que, sin destruir, quedaban en esta plaza, ya que, al pasar por Soria, la columna de requetés del general Mola, prendió fuego a los libros que había en un kiosco dedicado a dicho comercio y los que fueron recogidos después sufrieron la misma suerte en una dependencia de este Gobierno Civil.”

En la localidad cacereña de Herrera de Alcántara tuvo lugar una “expurga” de obras en la Biblioteca Municipal “verificada en los primeros días del Movimiento Glorioso” en la que se quemaron los libros considerados como literatura disolvente, según informó el consistorio del pueblo al Ministerio de Educación Nacional cuando este asumió las competencias en materia de biblioteca. [4]

En Córdoba se quemaron los libros de segunda mano de los puestos de la plaza de la Corredera como cuenta el escritor y abogado Carmelo Casaño Salido en su libro Nuestra ciudad (apuntes del recuerdo y las cosas) (Delegación de Cultura, Ayuntamiento de Córdoba, 1984):

“Un día desaparecieron los libros. Los compraron al peso y se los llevaron a Las Tendillas, para quemarlos, porque estaban celebrando las Misiones. La tarde de aquel domingo, después del sermón de un jesuita con bonete, ardieron, crepitando, los viejos libros que dormían en la Corredera. Definitivamente murieron todos: el Ars Amandi y La vida de San Esperanto. Él echó en la pira dos novelas de Hugo Wast, y todavía le duele la mano cuando lo recuerda. [5]

La censura de libros quedó bajo control militar en las primeras semanas de la guerra. De hecho muchos títulos incautados, que no fueron quemados, también fueron custodiados por las autoridades militares. El bando del 28 de julio de 1936, que declaraba el estado de guerra, imponía la censura previa de todo impreso o documento destinado a la publicidad o difusión. Posteriormente, la censura se estableció por orden del 29 de mayo de 1937 aunque se tendría que esperar hasta el 23 de abril de 1938 para su regulación con la Ley de Prensa, impulsada por Ramón Serrano Suñer y que tenía como objetivo que los españoles leyesen “noticias basadas exclusivamente en la verdad y en la responsabilidad.” Esta era la “noble idea” de la que debía impregnarse toda la prensa. [6]

El periódico Arriba España de Pamplona en su primer número del 1 de agosto incitaba a la destrucción de libros en estos términos: “¡Camarada! Tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, ¡Camaradas! ¡ Por Dios y por la patria! “ Su director era el clérigo falangista Fermín Yzurdiaga, que acabaría siendo Jefe Nacional de prensa y Propaganda.“ [7]

La diatriba del órgano oficial de Falange Española en Navarra fue seguida al pie de la letra por los soldados requetés que ocuparon Tolosa, el 11 de agosto. Los franquistas apilaron en la plaza Zaharra de la localidad guipuzcoana los libros de la imprenta de Ixaka López Mendizábal, los volúmenes en euskera de la biblioteca municipal, los de las escuelas y los quemaron [8].

El 14 de agosto los soldados del coronel Yagüe entran en Badajoz y, según informaba el Jefe de la Biblioteca Provincial de la capital pacense, (a requerimiento de Javier Lasso de la Vega al hacerse cargo de la Jefatura de Archivos y Bibliotecas, organismo creado a fines de marzo de 1938):

“Pocos días después de conquistada esta capital por las tropas nacionales, se realizó, por elementos heterogéneos afectos al movimiento, una visita de inspección y requisa por todas las librerías y kioscos en los que se recogieron cuantos libros de carácter extremista y pornográfico fueron hallados y se reunieron en la Oficina de Censura Militar donde una vez comprobada la tendencia perniciosa fueron condenados al fuego.” [9]

La primera gran quema pública se produjo, sin embargo, en La Coruña el 19 de agosto de 1936. Más de 1.000 libros ardieron en varias hogueras en la dársena del puerto de la ciudad gallega, frente al Club Náutico. Se trataba de obras de autores como Blasco Ibáñez, Ortega y Gasset, Pío Baroja o Miguel de Unamuno junto a la biblioteca personal del diputado de Izquierda Republicana y presidente del Consejo entre mayo y junio de aquel año, Santiago Casares Quiroga (La Coruña, 1884-París, 1950) y la del centro de estudios sociales “Germinal” de la urbe coruñesa.

El acto presidido por un sacerdote apellidado Maseda (que hizo la selección de volúmenes a incendiar) fue recogido en el periódico El Ideal Gallego el 19 de agosto.

“A orillas del mar, para que el mar se lleve los restos de tanta podredumbre y de tanta miseria, la Falange está quemando montones de libros y folletos de criminal propaganda comunista y antiespañola y de repugnante literatura pornográfica” [10].

En Galicia también se incautaron los bienes de la sociedad “Alianza Republicana” de Carballo, en La Coruña, cuya documentación se conserva. Se decomisaron en los locales el Reglamento de la Sociedad y el Libro de Actas. El gobernador civil dispuso la destrucción del material confiscado con estas palabras: ”debo manifestarle que procede sean quemados los libros y demás documentos incautados y los fondos que existan deberán remitirlos a esta Delegación.”

La inquina en contra de las lenguas no castellanas provocó el asalto y la quema de los libros de la editorial gallega Nós y su director, Anxel Gasol, fue fusilado. [11]

En Oviedo, tras la entrada el dia 8 de agosto de una Columna Gallega, de inmediato se clausura la B.P.C. (Biblioteca Popular Circulante) y parte de la directiva sufre la represión política o el exilio. La biblioteca es expurgada y las obras de Felipe Trigo, Blasco Ibáñez o José María Carretero arden en la Pedrera, seleccionadas por el poeta Casimiro Cienfuegos, entre otros. [12]

En estos primeros meses de la guerra no solamente las bibliotecas y librerías fueron blanco de la ira de los sublevados sino que también la padecieron los propietarios en sus personas.

La primera disposición de la Junta de Defensa Nacional, organismo de gobierno de la España sublevada hasta el 30 de septiembre, sobre depuración de bibliotecas y el control de las lecturas fue la Orden del 4 de septiembre en la que acusaba al Ministerio de Instrucción republicano de haber difundido obras marxistas entre la infancia. Por ello era necesario hacer desaparecer esas publicaciones de escuelas y bibliotecas y obligaba a la destrucción de las mismas, autorizando solo aquellas “aquellas cuyo contenido responda a los sanos principios de la Religión y de la Moral, y que exalten con su ejemplo el patriotismo de la niñez. [13]

Ese mismo día Queipo de Llano hacía público su bando número 25 en cuyo segundo punto se obligaba a todos los establecimientos editoriales, a las librerías y a los kioscos radicados en la Segunda División Orgánica a entregar todas las publicaciones prohibidas a las autoridades militares en un plazo improrrogable de 48 horas. Y en el tercer punto se hacía extensiva esta obligación a todos los particulares, a entidades públicas y a corporaciones privadas.

Atendiendo a esta bando, los falangistas de Sevilla, según el testimonio del delegado de Propaganda, Antonio Bahamonde, recorrieron las editoriales y librerías. Las obras de autores que, según su criterio, eran de tendencia marxista, eran requisadas y destruidas allí mismo. [14]

El carácter indiscriminado de la purga lo puso de manifiesto incluso un historiador poco sospechoso de afinidad con el bando republicano como Rafael Abella en La vida cotidiana durante la guerra civil. La España nacional (Planeta, 1973):

“En cuanto a la censura de libros, su implantación tuvo características inicialmente draconianas en expurgo de bibliotecas públicas y privadas y retirada de la venta de toda la literatura conceptuada de pornográfica, de marxista, de ácrata o de disolvente, término en el que incluía lo que era de matiz contrario a la línea del Movimiento. Desde Nakens a a Martín de Lucenay, desde Belda a Kropotkin se quemaron en grandes piras que, a modo de autos de fe, convirtieron en humo un montón de letra impresa considerada nefasta- ,y en ciertos casos con razón-, para los españoles. Y digo en ciertos casos porque al socaire de esta depuración se destruyeron muchos libros de editoriales tachadas de peligrosas- Cenit, Oriente, Ulises, España- y otros tantos editados por Biblioteca Nueva, por Pueyo y por Espasa-Calpe. Entidades significadas en lo literario más que en lo social.

El 23 de diciembre de 1936, la Junta Técnica del Estado- creada por Franco en octubre del mismo año y sucesora de la Junta de Defensa Nacional de España- promulgó un Decreto que declaraba ilícitas todo tipo de publicaciones socialistas, comunistas, libertarias, pornográficas y disolventes.

Esta disposición legal contemplaba sanciones contra aquellos que incumplieran su aplicación. Las infracciones implicaban una multa de 5.000 pesetas y si se reincidía aquella aumentaba un quíntuplo y además llevaba aparejada la pérdida de empleo público, o bien la inhabilitación del sancionado para el ejercicio de la industria editorial o de librería, así como el cierre del respectivo establecimiento. [15]

En estos primeros meses de la guerra algunos libreros y bibliotecarios pagaron con la vida su compromiso con la cultura. Es el caso del librero Miguel d’Iom de Ceuta, asesinado en una de las sacas por los sublevados junto a otros militantes anarquistas de la ciudad. [16] No fue un caso aislado.

En agosto la prensa cordobesa informaba de la detención del librero, editor e impresor Rogelio Luque (Priego, Córdoba, 1897- Córdoba, 1936) , liprepensador, naturista y esperantista. Editó y colaboró en numerosas revistas culturales como Popular, La Pluma, Biblis y Quijote y fundó, con su hermano la librería Luque que, con diferentes emplazamientos, pervivió hasta los años noventa. Los rebeldes lo fusilaron el 16 de agosto. [17]

Pilar Salvo, maestra de Zaragoza, responsable de una biblioteca infantil fue asesinada en aquel mismo mes.

Juana María Capdeviele Sanmartín (Madrid, 1905-Rábade, Lugo, 1936), pedagoga y bibliotecaria, fue la primera mujer jefa de una biblioteca de facultad (la de Filosofía y Letras) de la Universidad Central de Madrid, puesto al que accedió en 1933. Además desarrolló una importante labor como jefa técnica de la biblioteca del Ateneo de la capital española. En 1936 se casó con Francisco Pérez Carballo, el cual sería designado, tras la victoria del Frente Popular, gobernador civil de La Coruña.

En el ejercicio de su cargo fue apresado y asesinado el 25 de julio. Al llamar al Gobierno Civil para tener noticias de su esposo, se le comunicó que sería recogida – estaba embarazada-, y conducida junto a él. Sin embargo, fue detenida y encarcelada y se la puso al tanto de la trágica suerte de su cónyuge. En la noche del 18 de agosto fue asesinada y se encontró su cuerpo con dos tiros en las proximidades de Rábade, en Lugo. [18]

Los profesionales que habían permanecido en la zona gubernamental fueron sancionados a posteriori a medida que los franquistas iban ocupando los territorios. Así, María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900- Madrid, 1981), una de las máximas responsables del servicio de bibliotecas durante la guerra en Valencia y autora del Plan de Bibliotecas Públicas de 1938, fue expedientada por colaborar con la política republicana. Carmen Caamaño fue separada definitivamente del Cuerpo de Archivos y Bibliotecas por orden del 29 de julio de 1939 a causa de su militancia política, por citar solamente dos casos. [19]

La primera biblioteca universitaria purgada fue la de Valladolid en 1937 de la que se quemaron miles de libros en varias hogueras y algo parecido sucedió en la de Santiago de Compostela donde los libros de Castelao sufrieron un destino incierto. Tales acciones contaron con el apoyo de rectores como el de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita Álvarez.  [20]

El 16 de septiembre de 1937 se promulgó otra normativa sobre la formación de comisiones depuradoras de las bibliotecas públicas y centros de lectura en cada distrito universitario. En todos los distritos universitarios debían formarse comisiones depuradoras presididas por el rector o un delegado suyo y formada por un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, un representante de la autoridad eclesiástica, un funcionario del Cuerpo de Facultativos de Archiveros y Bibliotecarios, un representante de la autoridad militar, otro de la Delegación de Cultura de FET de las JONS y otro de la Asociación Católica de Padres de Familia. Las comisiones debían retirar aquellos “ libros, revistas, publicaciones, grabados e impresos que contengan en su texto láminas o estampados con exposición de ideas disolventes, conceptos inmorales, propaganda de de doctrinas marxistas y todo cuanto signifique falta de respeto a la dignidad de nuestro glorioso Ejército, atentados a la unidad de la Patria, menosprecio de la Religión Católica y de cuanto se oponga al significado y fines de nuestra Cruzada Nacional” [21]

Estas comisiones, una vez analizados los fondos, debían enviar a la Comisión de Cultura y Enseñanza las listas con los títulos de las publicaciones que considerasen un peligro para los lectores. En la Comisión de El Ferrol participó el escritor Gonzalo Torrente Ballester. Después la Comisión de Cultura examinarían los listados haciendo la siguiente clasificación: por un lado las obras pornográficas de carácter vulgar sin ningún mérito literario. Por otro las publicaciones destinadas a propaganda revolucionaria o a la difusión de ideas subversivas sin contenido ideológico de valor esencial. Y finalmente, aquellos libros y folletos con mérito literario o científico, que por su contenido ideológico pudieran ser nocivos para los lectores “ingenuos o no suficientemente preparados para la lectura”. Los dos primeros grupos serían destruidos, mientras que el último permanecería guardado en los respectivos establecimientos en espacios restringidos. Estas obras sólo podrían ser consultadas con un permiso especial. La sala con libros prohibidos empezaron a proliferar a partir de entonces, los llamados infiernos. El infierno de la Biblioteca Pública de Oviedo no fue abierto al público hasta 1975.

Como se ha comentado anteriormente, uno de los motivos de la purga de libros era la destrucción de las publicaciones que “menospreciaban” la religión católica. En tal empeño, los rebeldes contaron con la colaboración, salvo en contadas excepciones, de las autoridades eclesiásticas. Un ejemplo de ello es la pastoral del obispo de Palencia, Manuel González y García (Sevilla,1877-Madrid,1940) “Lecciones de la tragedia presente. Preparando soluciones para la posguerra,” de noviembre de 1937 donde abogaba por la desinfección cultural y por la reconstrucción del pensamiento sobre las ruinas del liberalismo secularizador. El prelado acusaba al gobierno republicano de haber promovido la difusión de una literatura extranjerizante, anticatólica y pornográfica.

Libros sobre cuestiones sexuales se vendían donde quiera rápidamente, y era una gran cantidad de prosa tóxica y pornográfica se ofrecía abiertamente en los quioscos. Ganapanes, aprendices, muchachas de servir, mozuelas de taller, elementos generalmente jóvenes y poco preparados, rodeaban los tenderetes de aquella baja mercancía, que le gobierno republicano ofrecía al pueblo para que… se ilustrase. La campaña pornográfica iba junto con la propaganda comunista. Había interés en debilitar el sentimiento y la dignidad de la institución familiar y de todas aquellas fuerzas morales que fuesen obstáculo a la demagogia moscovita. [22]

Manuel González García fue canonizado por el Papa Francisco en marzo del 2016 en Roma. A la ceremonia asistió una delegación española presidida por el entonces ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, el alcalde de Palencia, Alfonso Polanco Rebolleda y la presidenta de la Diputación, Ángeles Armisén Pedrejón. Las campanas de la ciudad castellana repicaron ese día para celebrarlo. [23]

El jesuita Constancio Eguía Ruiz (Santander, 1871-?) se distinguió, igualmente, por su ataque al libro porque consideraba que las publicaciones difundidas durante la República eran una de las mayores responsables de la tragedia de la guerra civil. Arremetió contra los sellos más innovadores que se hicieron eco de la literatura antibelicista y social de entreguerras y de la teoría política y social como Zeus, Cenit, CIAP, Hoy, Caro Raggio e incluso contra firmas convencionales como Espasa-Calpe, Revista de Occidente y Dossat que se habían dejado arrastrar al incluir colecciones y títulos “malignos” para hacer negocio y estar en boga. [24]

En mayo de 1938, el obispo de Salamanca Enrique Pla y Daniel (Barcelona, 1876- Toledo, 1968) publicó otra pastoral titulada Los delitos del Pensamiento y los falsos ídolos intelectuales, menos conocida que la de Las dos ciudades, un duro alegato contra el liberalismo, origen de todos los males y contra la libertades de prensa, creación y lectura

“(La Iglesia) Adora la Verdad, pero no es fetichista del libro, porque sabe que hay libros buenos y libros malos, libros benéficos y libros venenosos y corruptores. ¡El fetichismo del libro, de los intelectuales! ¿Podrán medirse los estragos que ha causado, sobre todo desde fines del siglo décimo octavo, el no querer distinguir entre libros buenos y malos y dar beligerancia a cuanto se presente en tipos de imprenta en tipos de imprenta? Esta ha sido la tesis del liberalismo. [25]

El papel de FET de las JONS fue también decisivo. Así, en 1938 el falangista Fernando García Montoto, furibundo partidario de la quema de libros, folletos, periódicos y de la eliminación física de sus autores en En el amanecer de España (Tetuán, Imprenta Hispana, 1938) denunciaba en estos términos las preversidades de ciertas obras:

“Significa que el libro y la prensa mal inspirados –verdaderamente estupefacientes del alma- habían intoxicado ya la conciencia colectiva, aletargándola. Significa, en fin, que el Enemigo estaba a punto de conseguir su objeto, de corromper la médula de un gran pueblo. Guerra, por tanto, al libro malo. Imitemos el ejemplo que nos brinda Cervantes en el capítulo sexto de su Obra inmortal.

E incitaba a encender hogueras en todos los pueblos para destruir los libros envenenadores del alma popular

Y que un día próximo se alcen en las plazas públicas de todos los pueblos de la nueva España las llamas justicieras de fogatas, que al destruir definitivamente los tóxicos del espíritu almacenados en librerías y bibliotecas, purifiquen el ambiente, librándolo de sus mismas contaminadores. ¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡Viva España! “ [26]

La exhortación de García Montoto a hacer piras con los libros malignos fue seguida al pie de la letra por los falangistas que habían ocupado Madrid el 28 de marzo de 1939. Un mes después, el 30 de abril, tuvo lugar lo que el periódico Ya calificaba en su edición del 2 de mayo como “Auto de Fe en la Universidad Central.” Era la manera que tenía el Sindicato Español Universitario (SEU) de celebrar la Fiesta del Libro. El periódico nacionalcatólico reproducía el discurso que pronunció para la ocasión Antonio de Luna, catedrático de Derecho, que había permanecido en la ciudad durante la guerra formando parte de la Quinta columna. En 1940 fue apartado de su cátedra.

Don Antonio Luna comenzó su discurso con la lectura de un pasaje del Quijote y, finalmente, se leyó el acta del auto de fe, redactada en rudos y rotundos términos: “Para edificar a España Una, Grande y Libre, condenamos al fuego los libros separatistas, los liberales, los marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos, E incluimos en nuestro índice a Sabino Arana, Juan Jacobo Rousseau, Carlos Marx, Voltaire, Lamartine, Máximo Gorki, Remarque, Freud y al Heraldo de Madrid”. Prendido fuego al sucio montón de papeles, con alegre y purificador chiporroteo, la juventud universitaria, brazo en alto, cantó con ardimiento y valentía el Cara al sol. [27]

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La construcción histórica de los conceptos de «preso político» y «preso social» en la España contemporánea https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-construccion-historica-conceptos-preso-politico-preso-social-espana-contemporanea/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-construccion-historica-conceptos-preso-politico-preso-social-espana-contemporanea/ La codificación penal de una democracia no suele hacer distingos. No existen “presos políticos” como tampoco existen “presos sociales”. Ni tan siquiera existen “presos comunes”. En las prisiones actuales hay “internos” e “internas”

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«La sopa llegaba puntual. Puntualmente le despertaban y le sacaban de paseo. Todo se sucedía en la celda con puntualidad, con rigor e inflexibilidad. A veces le parecía increíble. Debido a una extraña inversión, pensaba como si aquel orden procediera de sí mismo, aunque sabía que le era impuesto”

(Moosbrugger, pobre, trastornado y encarcelado como asesino confeso y condenado a muerte, personaje de El hombre sin atributos, de Robert Musil).  

“Por terribles y absurdos que fueran los sufrimientos a que estaban sometidos los llamados presos comunes, sus torturas antes y después del juicio tenían por lo menos una apariencia legal; en cambio, en lo que se refería a los políticos, no existía ni siquiera esa legalidad”

(Nejliúdov tras conocer a presos políticos, personaje de Resurrección, de Tolstoi). 

El preso con atributos

El hombre sin atributos se adaptaba a sí mismo y al caos y al absurdo de la realidad de aquel país decadente que Musil llamó Kakania, trasunto del imperio austro-húngaro que se daría de bruces con el fallo civilizatorio de 1914. Y en esa otra Kakania igualmente real e imaginaria, la del universo penitenciario contemporáneo, el preso sin atributos ha de ser adaptado a la fuerza. Desindentificado y despersonalizado, logra institucionalizar su conducta y su personalidad. La “prisionización” triunfa fatalmente sobre la naturaleza de un preso cuando él y la prisión parecen una misma cosa. Reconocer, pues, las cualidades de las personas encarceladas es un imperativo moral. Pero también es una necesidad metodológica. Hay atributos de los presos –políticos, sociales, comunes– que, con ser demasiado genéricos, son imprescindibles para conocer la experiencia vital, las circunstancias y las motivaciones que llevaron a las personas encarceladas ante los tribunales de justicia. Ineludibles para la historia social y las ciencias sociales, también deberían ser considerados por el derecho penal y penitenciario. 

Si aceptamos que los conceptos “preso político” y “preso social” tienen una historia que se entiende por su relación contradictoria con la noción de “preso común”, admitamos también que esa historicidad sólo puede hacerse inteligible observando su discurrir a través del tiempo y a lo largo de los regímenes políticos, incluyendo los democráticos. La construcción histórica de los conceptos “presos políticos” y “presos sociales” nos habla de experiencias de creación y reafirmación de identidades en disputa con el sistema de control político y punitivo, por un lado, y con la cultura punitiva del momento, por otro. Han sido y siguen siendo formas de autoidentificarse como presos con adjetivos apreciables, frente a la práctica penal-penitenciaria que estigmatizaba al preso sin cualidades. El preso común. El criminal. El que no puede evitar una criminalización total. 

En España esta discusión estuvo a la orden del día y fue un lenguaje común del movimiento libertario y de cierta izquierda radical durante la transición, al calor de los motines carcelarios que impulsaron los presos integrados en la COPEL. Sin embargo, se diría que acaba de descubrirse a propósito de los presos políticos independentistas. Difícilmente podríamos encontrar estudios que pusieran en tela de juicio que los presos antifranquistas fueran presos políticos de un régimen que, mientras no admitía esa tipificación penal, conculcaba de manera sistemática los derechos humanos. No obstante, y tomando la propia experiencia de los presos antifranquistas como argumento de peso, la disputa se ha reabierto cada vez que se ha denunciado la existencia de presos políticos en el actual régimen democrático, e incluso cada vez que alguien se ha limitado a describir el carácter político de determinados colectivos de presos cuyas motivaciones eran manifiestamente políticas (los penados por delitos relacionados con la lucha armada y el terrorismo, los militares golpistas del 23-F, distintos grupos de activistas cuyas protestas se enjuiciaron como actos vandálicos, estragos o sabotajes, etcétera). Son muestras de un enfrentamiento que, por un lado y no sin controversia interna, intenta minimizarse y hasta amordazarse en el campo del penalismo, invocando la literalidad de las tipologías de los códigos penales; mientras que por otro, se llena de matices en el terreno de las ciencias sociales, donde, por cierto, esta problemática tampoco puede quedar reducida a porfiar sobre los presos políticos en general y los independentistas catalanes en particular. 

Además de añadirse una acepción más, la que representarían los “presos de conciencia” (así categorizados por organizaciones defensoras de los derechos humanos como Amnistía Internacional), en el seno de las asociaciones de apoyo a las personas encarceladas se ha debatido y escrito mucho acerca de la naturaleza “social” de esa delincuencia que convencionalmente suele denominarse “común”, una conceptualización vulgar y grosera que escamotea la cualidad de las personas presas y la realidad de sus penalidades, y que debe ser deconstruida echando mano de enfoques críticos que contemplen categorías como las de clase, etnia y género. Por último, y para cerrar este elenco de atribuciones, recuérdese que también se habla de la infrarrepresentación (no casual) en las prisiones de los llamados delincuentes de “cuello blanco”, una manera de representar a penados provenientes de las elites políticas, funcionariales y económicas, por casos de corrupción o por distintas tropelías de índole financiera o empresarial.

¿Presos políticos en un sistema democrático?

Puede parecer que las legislaciones de los países democráticos, y con ellos España, han despachado este asunto con meridiana claridad. Pero no es así. En cualquier democracia esta cuestión se sitúa siempre en un terreno de confrontación y subjetividad. En España la polémica estalló con una virulencia sin parangón en el otoño de 2017, cuando la respuesta judicial al conflicto catalán confrontó a instituciones y agencias de poder (mediáticas, políticas, académicas y judiciales) que afirmaban o negaban la calificación de “presos políticos” a los cargos políticos y a los activistas que habían promovido el proceso independentista en Cataluña. La controversia, con tribunales europeos de por medio y ríos de tinta que también han llegado a los estudios académicos, se ha centrado en el campo de los déficits garantistas de los procedimientos y sobre todo en la tipificación de los delitos, pues destacan sobremanera la rebelión y la sedición, delitos que históricamente han sido considerados de naturaleza eminentemente política. La prisión preventiva y las órdenes de extradición de acusados que huyeron de España también ha colocado en un lugar central del conflicto la controversia en torno a si los encarcelados del procés han de ser considerados “presos políticos”, pero esto último ha discurrido por sus caminos más naturales (las distintas opciones ideológicas, el enconamiento de los posicionamientos públicos y el recurso a la denuncia y la movilización política). En un país en el que las agencias políticas y mediáticas usan con desparpajo las expresiones “derechas” e “izquierdas” judiciales, ha sido en el ámbito judicial donde más atronadoramente ha sonado la negación del atributo “político” a estos presos. 

La codificación penal de una democracia no suele hacer distingos. No existen “presos políticos” como tampoco existen “presos sociales”. Ni tan siquiera existen “presos comunes”. En las prisiones actuales hay “internos” e “internas”, como en la segunda mitad del siglo XIX había “corrigendos” y “corrigendas”. Legalmente hay, en todo caso, presos y presas con todas las garantías de un Estado democrático y de derecho, obviando que el garantismo tiene niveles máximos propositivos (Ferrajoli dixit) y niveles mínimos tan restrictivos que pueden chocar con los propios principios garantistas. El silogismo de la legalidad formal puede despachar como impropio cualquier otro tipo de lectura. Si no existen delitos políticos, no cabe hablar de presos políticos. Eso está fuera de la acción de la justicia. Y, siguiendo con el peso de la lógica, no cabe admitir que la justicia dicte órdenes extrajudiciales. 

Semejante justificación se ofrece más como un pronunciamiento que como un razonamiento que contemple la posibilidad real de que el discurso de la legalidad democrática riña con la práctica de esa misma legalidad democrática. Salvaguardar esa idea y asumir esta contradicción requiere algún ingrediente más que la lealtad a los principios constitucionales y al consuelo que puede brindar la posibilidad de los recursos y las apelaciones que el ordenamiento jurídico español ofrece a los justiciables. Obviando lo que va de suyo –el peso sobre la voluntad de todos los actores (incluyendo los jueces) de las ideologías que se hacen hegemónicas en un clima de opinión azuzado por un conflicto político–, ha de sustentarse en los efectos culturales de determinadas “ideologías penales”, por ejemplo, las que podíamos denominar como neo-retribucionistas (trasversales a eso que llaman “izquierdas” y “derechas” judiciales), posicionamientos penológicos que se inclinan por un punitivismo más o menos atemperado, más o menos desproporcionado, y que obviamente no conciben el Derecho como herramienta de resolución de conflictos sociales y políticos. 

Admitamos que una definición del delito político, por cabal que resulte, no puede ser asumida por la ideología penal de quien la entiende como mera retórica de agitación. Pero no es menos cierto que transigir con ese postulado puramente legalista nunca puede ser neutral respecto de un conflicto de tipo político que está siendo derivado hacia la instancia judicial, una sensación desasosegante que en el pasado hubo de afectar a muchos juristas. Tal y como se detallará más adelante, en España, al igual que otros países europeos, la literalidad de los códigos penales siempre estuvo mediatizada por lo que otras normativas reglamentaban (las leyes penitenciarias y las regulaciones de las medidas de gracia).

Primeras controversias: “delitos políticos”, no. “Presos políticos”, sí

El sintagma “delito político” no aparece como tal en ningún código penal de la España contemporánea. Dentro del campo semántico de las tipologías delictivas es en todo caso una categorización metajurídica, que suele presentarse expandido y matizado (verbigracia, “delitos de índole política”, como la rebelión, la sedición, contra la forma de Estado, contra la Constitución, etcétera). Sobre todo es una manera de agregar y calificar con criterios políticos conductas transgresoras que se han realizado apelando a razones políticas. Hablar, pues, de “delitos políticos” pertenece al campo de lo político, es un concepto político. Literalmente no aparece en el articulado del Código penal de 1995, el de la actual democracia. Pero tampoco en el del franquismo, ni en ningún otro código penal anterior (desde el liberal de 1822 al republicano de 1932 pasando por los de 1848, 1870 y 1928). Sin embargo, nadie que conozca la historia de España podrá deducir por ello que no hubiera “presos políticos” y que no fueran nombrados de esa manera literal en cada una de las épocas, después de haber sido acusados de protagonizar actos delictivos con motivaciones manifiestamente políticas. 

El entramado legal en su conjunto no ha podido sustraerse a esas evidencias desde el siglo XIX. Por eso, el hueco del articulado penal fue rellenado con otras normativas, leyes o reglamentaciones, o con decisiones gubernativas en materia penal (amnistías, indultos y diferentes medidas de gracia). Los poderes del Estado, incluyendo la propia justicia, tuvieron que admitir implícita o explícitamente la existencia de “presos políticos” (e incluso “presos sociales”). Esto mismo ya había ocurrido antes en la Francia revolucionaria, cuando en el Código penal de 1791 los delitos políticos quedaron soterrados como “lèse majesté” y poco después se dictaron normas para procurar un trato más benigno a los presos políticos. No era algo que dejara de preocupar en cualquier país europeo, aunque siempre hubo problemas de desenfoque dependiendo de si los presos por razones políticas eran del propio país o venían de fuera, huyendo, lo que animó a regular el derecho de asilo (Inglaterra, 1815) y a no permitir la extradición (Bélgica, 1833). El inglés reformista Jeremy Bentham, más conocido por su famoso panóptico, preocupado por el funcionamiento de las cárceles y por los criterios de separación de los reos, no dudó en identificar a los presos por delitos contra el Estado como presos políticos.  

Para explicar la genealogía de esos conceptos en la historia de España, obviando que ya estuvo latente en algunas obras de ilustrados del siglo XVIII, vayamos por fases: en la primera podrá verse que, desde mediados del siglo XIX, aparecerá la noción de “preso político” al socaire de los conflictos carlistas y con el impulso legislador del liberalismo progresista; y en la segunda comprobaremos que, en las primeras décadas del siglo XX, con el empuje del anarquismo y el movimiento obrero, surgirá la idea de “preso social” (y la de “preso político-social”), hasta su colofón durante el gobierno del Frente Popular.

La noción de “preso político” en el siglo XIX

Al no aparecer definido el “delito político” en el primer Código Penal liberal, el de 1822, se sobreentiende que estaba subsumido en la tipología de “delitos contra el estado”. En los siguientes códigos penales ocurrirá lo mismo, pero en el ínterin habría ido construyéndose la noción de “preso político”, en dos sentidos: 

1) Por un lado, se fue creando esa identidad en la práctica de la gestión carcelaria, cuando empezaron a ser identificados como “presos políticos” los encarcelados por decisión gubernativa, fundamentalmente los insurgentes carlistas. Una mirada a los fondos de archivo de las cárceles del Estado liberal ofrece resultados documentales sobre la construcción de esa identidad. La investigación que yo mismo realicé sobre Navarra indicaba claramente que a la altura de 1837 las cárceles públicas recibían cantidades importantes de “presos políticos” (los de otras jurisdicciones, las del Jefe Político de la nueva provincia después de la ley de modificación de fueros, y las de las autoridades militares). En aquellos años de la primera guerra carlista los jueces visitadores de los presos escucharon muchas peticiones de los “presos políticos”. Los a veces denominados “quejosos” se encontraron con muchas trabas y dilaciones por estar en unas cárceles judiciales y sin embargo depender de otras jurisdicciones, militares o políticas. Situaciones parecidas se vivirán a la altura de 1847. Y más tarde, ya en 1869, la documentación carcelaria indicará que los presos políticos demostraban tener una mayor preparación y más capacidad de defensa. Los problemas crecían cuando, aunque políticos, eran presos pobres. Y a veces también por aplicación de medidas disciplinarias internas. Esto quedó patente cuando los jueces navarros acudieron a ver a tres presos por conspiración para la rebelión y escucharon a José Muzquiz protestar en nombre de todos por “la dureza y rigor con que se les trataba, pues que no se les permitía recibir visitas de sus parientes y amigos, y aun se les había prohibido asomarse a la ventana del cuarto donde se encuentran, siendo así que los procesados por delitos políticos siempre habían sido tratados con alguna consideración, no pudiendo atinar en qué disposición pueda fundarse ese rigor, á menos que no sea en un Reglamento… que ignora si está vigente, pero sabe que no se observa pues no ha sido puesto en práctica en ninguna de las cárceles que ha visitado”.

2) Y por otro lado, fue apareciendo la calificación “preso político” en los debates políticos y parlamentarios, hasta que el concepto quedó descrito y fijado en la legislación. La necesidad de separar a los “políticos” de los “comunes” animó al liberalismo progresista, que había arribado al gobierno tras la revolución de 1840, a tomar la iniciativa legislativa. En 1841 se abordó la problemática de los “presos políticos” en prisión, a través de una propuesta de Bases para la reforma penitenciaria que, por encargo del Gobierno, redactó la Sociedad Filantrópica. Un nuevo intento de reglamentación vería la luz en 1844. Pero la verdadera consumación legal llegaría con la Ley de Prisiones de 1849 (vigente hasta 1913). En los artículos 11 y 25.1 puede leerse que se ordena la total separación de los “presos por causas políticas” (o de los “sentenciados por motivos políticos”), que ocuparán “un local enteramente separado” del resto de presos. ¿Se llevó esto a la práctica? Tímidamente tal vez, puntualmente quizás. Pero normalmente el problema de los presos políticos, que a veces hubo de hacerse escandaloso, no se resolvió creando un tipo de encierro “especial”. El sistema liberal de prisiones se desarrolló de manera precaria hasta principios del siglo XX. La solución real fue la deportación a las colonias.

En otra coyuntura progresista, la del Sexenio revolucionario, en principio triunfará el ideal penitenciario del correccionalismo y los tratamientos individualizados. Nicolás María Rivero, Ministro de la Gobernación del gabinete Prim, habló de la “ociosidad corruptora” de las cárceles, en las que había una “confusión” de edades y de “todos los delitos”. Ese espíritu crítico alentó otra reforma de la legislación penitenciaria que, en realidad, no iba a llegar a practicarse: la Base 18 (de Ley de Bases para la reforma penitenciaria de 1869) ordenaba la separación de los “presos políticos” en las prisiones, “para que en ningún caso puedan ser confundidos con los detenidos y presos por delitos comunes, ni lleguen á sufrir otras privaciones y molestias que las consiguientes á los delitos políticos”. Entre 1871 y 1873 se intentó, con proposiciones de ley, que los encausados por delitos políticos y de prensa fueran encerrados en locales especiales, pero tampoco se puso en práctica, aunque es cierto que aquellas propuestas quedaron como referente de futuras reivindicaciones. Por otro lado, en 1871, la Ley de indultos aseguraba que eran “presos políticos” los penados por delitos contra la seguridad exterior del Estado –menos la piratería-, contra la Constitución, por rebelión y sedición, por delitos de orden público –atentados, resistencia, desobediencia- y por delitos electorales.

El concepto “preso político” llegaría al siglo XX plenamente definido, integrado en el discurso del propio sistema prisional. Todos convenían en contraponerlo al de “preso común”. Un penitenciarista tan reputado como Fernando Cadalso señalaba que el “carácter distintivo” de los presos políticos “es que los delincuentes no persigan fines individuales, sino colectivos; que no les impulsen instintos y egoísmos, sino sentimientos e ideales altruistas en favor de la sociedad. En esto se diferencian de los comunes, inspirados por la venganza, la codicia o la concupiscencia”. No obstante, el poder político lanzó muchas veces contra la oposición el estigma de la delincuencia común, aquello que más podía desprestigiar la imagen de un detenido o un preso por motivos políticos, que negaran su identidad y lo definieran como a un preso común. Los presos políticos, por su parte, se fueron dotando de estructuras de movilización y de repertorios de acción, con organizaciones de apoyo y campañas de apoyo que fueron noticia y sirvieron para hacer presión política. Empezó a hacerse corriente la presencia de personalidades en las puertas de las prisiones apoyando a los presos o pidiendo su liberación (sirvan como ejemplo los casos del diputado socialista Pablo Iglesias, con motivo de las movilizaciones de 1909, y de los diputados republicanos por los “sucesos de Cullera” en 1911, entre otros muchos). Pero aquellas escenas hablaban ya de otros cambios en la conceptualización. 

La noción de “preso social” en el primer tercio del siglo XX

Al abrigo de los resultados de ese proceso de afirmación de los presos políticos, con el auge de las protestas obreras, desde finales del siglo XIX se fue gestando una nueva noción, la del “delito social” y, por extensión, las del “preso social”. Ese discurso hubo de adquirir tanta importancia que llegaría a ser comúnmente aceptado por el anarquismo y la izquierda. El concepto de “preso por delitos sociales”, engendrado al abrigo del insurreccionalismo anarquista, se generalizó en la cultura política del movimiento obrero, del movimiento socialista y de los partidos republicanos, para solicitar medidas de gracia a favor de los encarcelados por participar en diferentes movilizaciones populares. Y así, en 1914, después de dos décadas largas de agitación  intensa y recrudecimiento de la conflictividad, a lomos de una trayectoria histórica relativamente corta que, sin embargo, había visto a miles de obreros detenidos y encarcelados, el gobierno de Maura, a través de una amnistía por “delitos políticos” y por delitos “cometidos con ocasión de las huelgas de obreros” (eso sí, siempre que no fueran “delitos comunes”), terminó admitiendo política y legalmente la existencia de “los delitos sociales”. De todas formas, ese criterio gubernamental seguiría una senda arbitraria. Con ocasión de otras amnistías por motivos similares, como las de 1916 y 1918, se dejó en libertad a los comités de huelga y en la cárcel a huelguistas acusados de agredir a la policía y la Guardia Civil.

Sabido es que el pensamiento anarquista extendía mucho el atributo “social” a la hora de aplicarlo a las personas encarceladas, autoras de ilegalismos que estarían desvelando el fondo de conflicto estructural que enfrentaba a las clases populares con el Estado y con las injusticias del sistema capitalista. Pero con el tiempo, el concepto de delito social se iría asociando cada vez más a la huelga y a la acción sindical, incluyendo las violentas. Era, pues, un concepto metajurídico con una clara textura política. Así sería admitido por la prensa, sobre todo en coyunturas revolucionarias. Por ejemplo, en agosto de 1917, con motivo de un motín de presos comunes de la modelo de Madrid por razones ajenas a la agitación huelguística del país, según La Correspondencia de España, ni “un sólo preso por delitos políticos, es decir, de los detenidos en los últimos días, se movió”. Los presos sociales, al igual que los presos políticos, tenían otro repertorio y proyectaban otras formas de protesta, como la que en mayo de 1920 protagonizaron decenas de anarcosindicalistas al iniciar un ayuno inspirado en el que se acaba de realizar en Dublín, probablemente la primera huelga de hambre colectiva en las cárceles españolas. 

Mientras tanto, después de la puesta en marcha del Reglamento penitenciario de 1913, en las cárceles iba siendo una realidad el trato especial que podían recibir los presos políticos, tal y como reconocía el diputado Marcelino Domingo al recordar su encarcelamiento en 1917. Esto quedaría aún más garantizado con el Reglamento penitenciario de 1930. La condición de “preso político” debía quedar especificada en la sentencia, pero quedarían excluidos los presos por motivos de orden público (lo que solía afectar a los presos anarquistas, aquellos que, por lo demás, se autoidentificaban como “presos sociales”).

La combinación de los conceptos: “los presos políticos-sociales”

En el campo del discurso político y de la protesta de los movimientos sociales (incluyendo las movilizaciones de los presos políticos, cuya experiencia enseñaría a los presos comunes a politizar sus luchas), hacia finales de la Dictadura de Primo de Rivera se fue creando un concepto híbrido, el de “delitos políticos-sociales” (de esa guisa, la combinación de ambos conceptos tomaría una fuerza descomunal en la gran campaña por la amnistía que siguió a la represión de la insurrección de octubre de 1934).

El colofón de este proceso llegaría a primeros de julio de 1936, cuando el gobierno del Frente Popular publicó un Real Decreto que ordenaba la construcción de un penal para delincuentes políticos en Burgos, en donde obtendrían un trato adecuado a su condición. La prensa destacaba que no serían “estimados como políticos o sociales, a los fines de este decreto, los reclusos que hubiesen sido condenados por delitos comunes” y que el castigo para los intentos de evasión o por continúo mal comportamiento sería “el traslado a una prisión común”. Al mismo tiempo, estaba previsto habilitar un departamento de mujeres, “para la estancia de penadas políticas y sociales, amoldándose su régimen en lo posible a lo establecido para la prisión de hombres”.

Todos somos conscientes de lo que sucedió inmediatamente después. Y sabemos también que buena parte de ese legado se perdió o mutó en los márgenes ideológicos de los partidos de la izquierda que protagonizaron la oposición antifranquista. Ahora bien, la relevancia de los presos políticos durante el franquismo quedó entremezclada con la existencia de los presos por huelgas u otras acciones de protesta. Es decir, que la naturaleza de aquellos presos políticos también era “social”, a lo que se uniría el impacto del discurso de la nueva izquierda posterior a mayo del 68 (incluyendo el efecto que en el pensamiento alternativo ejerció la obra de Foucault). Así se explica mejor que, durante los primeros años de la Transición, en el caldo de cultivo de los motines de los presos comunes, se generara un movimiento de solidaridad que recuperó y renovó el concepto de “preso social”. El mismo que hoy en día aún anida en las asociaciones de solidaridad con los presos sociales y en el ideario del anarquismo y de una parte de la izquierda.

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Nota bibliográfica:

Para escribir este artículo me he servido de muchas lecturas, pero fundamentalmente, y por este orden, de las investigaciones de César Lorenzo Rubio, Subirse al tejado. Cárcel, presos comunes y acción colectiva en el franquismo y la transición. Tesis doctoral, UB; Luís Gargallo Vaamonde, Desarrollo y destrucción del sistema liberal de prisiones en España. UCLM; Pedro Oliver Olmo, Cárcel y sociedad represora. La criminalización del desorden en Navarra (siglos XVI-XIX), UPV-EHU; Fernando José Burillo Albacete, La cuestión penitenciaria. Del Sexenio a la Restauración (1868-1913), Prensas Universitarias de Zaragoza; Óscar Bascuñan Añover, “Historia del delito político en la España contemporánea (1808-1977), en J. Alvarado Planas y M. Martorell Linares, Historia del delito y del castigo en la Edad Contemporánea, Dykinson; Juan Cristóbal Marinello Bonnefoy, “Una aproximación a la historia de la huelga de hambre en las cárceles españolas (1920-1936)”, comunicación al XIII Congreso AHC (2016. Albacete).

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El impuesto a los senos [Arundhati Bhattacharya] https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-impuesto-a-senos-arundhati-bhattacharya/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-impuesto-a-senos-arundhati-bhattacharya/ Es una historia de hace tres siglos, cuando la India ya estaba colonizada por los británicos pero todavía existían muchos principados.

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En uno de esos estados en el sur de la India, llamado Travancore, había una ley, mejor dicho, una costumbre tradicional, que no permitía a las mujeres de las castas inferiores cubrirse los senos y se les cobraba un impuesto si lo hacían. Este impuesto se llamaba literalmente ‘el impuesto a los senos’ y el precio del mismo dependía del tamaño de los pechos, es decir, a más grandes pechos, más impuesto. De hecho, tanto los hombres y las mujeres de la comunidad Nadar o Channar, junto con otras comunidades atrasadas y Dalites (intocables), no tenían el derecho a cubrirse la parte superior del cuerpo en presencia de la gente de casta alta, especialmente ante los Brahmines (la casta más alta). Mantener el torso desnudo se consideraba como un símbolo de respeto. Pero en realidad, la gente de casta alta, con el apoyo del poder real, querían establecer una diferenciación social en la que las castas pudieran ser simplemente identificadas por la ropa y que la pobreza de los Dalites nunca terminara por el peso de los impuestos, uno tras otro. Aparte del impuesto a los senos se les cobraba a los Dalites otros muchos impuestos ridículos, por ejemplo, el impuesto por tener bigote, por montar en carreta etc. Sin embargo, a las mujeres no les quedaba otra que aceptar esa injusticia hasta que un día una mujer de la comunidad Ichava (subcasta de Nadar), llamada Nangeli, se rebelara sangrientamente ante esta barbaridad a principios del siglo XIX. Ella decidió protestar al cubrirse el pecho sin pagar el impuesto a los senos. Cuando el inspector fiscal supo que rehusaba pagarlo, fue a su casa a pedirle que dejara de violar la ley. Pero ella continuó oponiéndose a pagar el impuesto y, en cambio, se cortó los senos con una hoz y los presentó en una hoja de plátano. Ella murió desangrada mientras que su desconsolado esposo se suicidó saltando en su hoguera funeraria. La pareja no tenía hijos y los parientes que había se fueron a otros pueblos para evitar las represalias.

Sin embargo, su sacrificio dio luz a una revuelta conocida como el Levantamiento de Channar, liderado por las mujeres de las comunidades Nadar e Ichava. Mientras tanto la mayor parte de dichas comunidades se convirtió al cristianismo promovido por los misioneros británicos, con el motivo principal de evitar el desgraciado sistema de castas del hinduismo. Aquí cabe mencionar que desde la antigua India los Brahmines, con el apoyo del poder real (los reyes pertenecían a la casta Kshatriya, la segunda en la jerarquía), dominaban y explotaban a otras castas haciéndoles inferiores e incluso intocables, las cuales no tenían derecho a obtener educación, comer o casarse con los superiores, ni siquiera tocarles. Ser Dalit o intocable era una desgracia. Por otra parte ser mujer era otra desgracia en la sociedad feudal y patriarcal. Así que ser mujer de la comunidad Dalit era una condición tan vulnerable que la represión hacia ellas llegaba fácilmente hasta el abuso sexual. Desafortunadamente esta desigualdad y humillación todavía no han desaparecido de nuestra sociedad.

En 1813 el Coronel John Munro del tribunal de Travancore emitió un decreto a favor de la demanda de las mujeres de Nadar, otorgándoles el permiso de cubrirse el torso igual que cualquier otra mujer de las castas altas, pero las castas superiores (Nambudiri y Nair), que dominaban también la burocracia, se negaron a permitir que la orden fuese seguida y atacaban a las mujeres (nadar cristianas) que llevaban una prenda superior. Los miembros del consejo real argumentaron que este derecho obliteraría las diferencias entre castas, lo que conduciría a la inestabilidad de la sociedad. Frente a la resistencia creciente, la orden fue modificada y sólo las mujeres cristianas de Nadar podían llevar una chaqueta (blusa) diferenciada del vestido usado por las mujeres de Nair. Las mujeres decepcionadas de Nadar e Ichava continuaron luchando por la igualdad del vestido y en 1822, casi una década después de la orden del Coronel Munro, estallaron grandes disturbios en Kalkulam, un pueblo en el sur de Travancore, cuando los Naires empezaron de nuevo a atacar a las cristianas de Nadar que llevaban una chaqueta cubriéndoles el torso. El reverendo Mead, de parte de los misioneros cristianos británicos, se acercó a los tribunales y consiguió una orden favorable, que decía que los conversos cristianos de Nadar podían beneficiarse por igual de todos los derechos disponibles para los cristianos en ese estado.

La revuelta comenzó por segunda vez en 1828 y los hindúes comenzaron a atacar no solo a las mujeres, sino a toda la comunidad Nadar que habían adoptado el cristianismo. Según el reverendo Mead, primero amenazaron a la gente que asistía a la oración cristiana, luego quemaron los colegios e iglesias, tiraron los libros a las calles y golpearon a las mujeres en la calle, quitándoles su vestido del torso. Además como otras castas inferiores de ese lugar inspiradas por esta revuelta, también empezaron a protestar contra otros impuestos y el trabajo forzado como esclavos, la gente de casta alta intentaron destruir las actividades de los misioneros y establecer aún con más rigidez las tradiciones y costumbres antiguas del hinduismo. Así que la autoridad para paliar la situación prohibió con un decreto en 1829 a las mujeres de Nadar cubrirse el pecho con el vestido igual que los de las mujeres de casta alta.

Después de 1850, tanto las mujeres Nadar cristianas como hindúes entraron en la tercera etapa de la revuelta con la aspiración de obtener la libertad del vestido. La tensión entre los misioneros cristianos y el gobierno local, el rencor de las clases inferiores contra las castas altas y los perjuicios de los hindúes privilegiados contra las clases socialmente atrasadas crecieron gravemente. Desde 1858 numerosos episodios violentos empezaron a tener lugar en los mercados y carreteras, en las que los Nadares, especialmente las mujeres, ambas cristianas e hindúes, fueron víctimas si se las veía con cualquier prenda superior y eran atacadas y humilladas en público. La revuelta se extendió casi por todas las partes del sur de Travancore: una muchedumbre hindú armada y descontrolada, en realidad, era la que dominaba allí con el objetivo de restablecer la tradición medieval contra la modernidad predicada por los misioneros.

Mientras la situación se estaba enredando así, el ‘Motín Militar’ o la rebelión de los cipayos (soldados indios) tenía lugar en varias partes de la India en 1857, siendo considerada por algunos historiadores como la primera lucha de emancipación de la India. La rebelión fue reprimida por los británicos, lo que abarcó una etapa muy importante para los colonizadores, en la que la administración de la India fue llevada bajo el control directo de la corona británica pero sin interferir en la administración interna, las costumbres, las convenciones y las prácticas de los indios. Esto hizo que la gente de casta alta ganara aun más fuerza para atacar a los cristianos y los Nadares. Los Nadares, por su parte, ejercían la oposición sistemática y organizada con un vigor y entusiasmo sin precedentes. Con el tiempo la rebelión alcanzó tal envergadura que al año siguiente el gobierno británico tuvo que intervenir y el gobierno de Travancore hizo una proclamación que otorgaba a las mujeres de Nadar la libertad de cubrir las partes superiores de sus cuerpos, pero quería mantener la restricción de que no podían imitar el modo de vestir igual que las mujeres de las castas privilegiadas. Después de seis años, en 1865, el mismo gobierno se lo permitió a las mujeres de otras castas sin privilegios, a quienes hasta entonces se les prohibía cubrir sus pechos.

Ya sabemos que una mera proclamación no puede cambiar las costumbres de siglos, especialmente en un país conservador como la India. Las mujeres de castas inferiores tuvieron que esperar muchos años para obtener la libertad total del vestido. Además en las narrativas de la historia de la Rebelión de Channar, escritas por historiadores indios y europeos, no dieron más importancia al papel de los Dalites sinó a los misioneros. En cuanto a la historia de Nangeli, que se cortó sus senos para protestar y murió, no se le ha  incluido todavía en la historia oficial del país, sinó que se queda simplemente como una leyenda local y, cada vez que se hace referncia a dicha rebelión, se ha construido y mantenido mediante los discursos de los misioneros y el lector verá en el ojo de su mente la imagen de ellos representando los papeles protagonistas. Estas narrativas demuestran nuevamente que no pueden hablar los subalternos.

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Granados y Delgado. 57 aniversario de su ejecución https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-granados-delgado-57-aniversario-ejecucion/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-granados-delgado-57-aniversario-ejecucion/ Francisco Granado Gata y Joaquín Delgado Martínez, militantes de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), fueron asesinados por el salvaje método del garrote vil en el verano de 1963.

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Granados y Delgado: Los Sacco y Vanzetti españoles

El día 18 de agosto de 1963 la prensa española anunció que en las primeras horas de la mañana, “y con sujección a las formalidades de la ley penal común, ha sido ejecutada la sentencia de pena capital dictada contra los terroristas Francisco Granados Data y Joaquín Delgado Martínez”.

Bajo esa hipócrita retórica se encubría el hecho de que dos jóvenes anarquistas habían sido estrangulados por el aro de hierro del garrote vil tras el “enterado” del general Franco y después de un juicio militar sumarísimo que se celebró apenas diez días después de los hechos que se les atribuyeron.

Granados y Delgado habían sido acusados de colocar sendos artefactos explosivos el 29 de julio de 1963 en la Sección de Pasaportes de la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos. El primero de los artefactos, una carga de plástico de doscientos gramos de peso, provocó heridas a una veintena de personas.

Dos días después de los atentados, el 31 de julio, a las 4 de la tarde, Francisco y Joaquín son detenidos, posiblemente a causa de una delación. Apenas tres semanas separaron la vida de la muerte para estos dos luchadores libertarios, sometidos primeros a torturas policiales y después a un juicio carente de garantías en el que son condenados a muerte. El Consejo de Guerra sumarísimo anunciado sólo 48 horas antes de su celebración les condena sin otras pruebas que las declaraciones arrancados bajo tortura, en un juicio lleno de irregularidades que incluyen el hecho de que el defensor no tenía título de abogado. Granados y Delgado negaron cualquier participación en las acciones armadas que se les atribuían y reconocieron ser miembros de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias.

El Consejo Ibérico de Liberación, la organización clandestina anarquista a la cual pertenecían Granados y Delgado, declaró el 11 de agosto ante la opinión pública nacional e internacional que Joaquín Delgado y Francisco Granados eran absolutamente ajenos a los hechos ocurridos el 29 de julio en Madrid, que los autores no habían sido detenidos y que el depósito de armas atribuido a Francisco Granados no había sido utilizado y permanecía intacto al ser descubierto por la policía.

Posteriormente esta misma organización haría público que el material descubierto por la policía estaba destinado a un atentado contra Franco.

El año 1963 fue muy importante para la lucha antifranquista, no en vano en dicho año continuaron las movilizaciones mineras asturianas iniciadas en la primavera de 1962. El renacer de la lucha contra la dictadura fue posiblemente uno de los motivos por los que el franquismo quiso “dar un escarmiento” a las nuevas generaciones libertarias que estaban entrando en actividad en aquellos años. También quisieron, probablemente, castigar la campaña contra el turismo en España que venían desarrollando la CNT, la FIJL y otras organizaciones anarquistas.

Después de su muerte, un largo silencio se extendió sobre ellos, silencio que ha llegado a nuestros días. El PCE iba a adquirir durante los años sesenta una amplia hegemonía en la oposición antifranquista, que no había tenido en las dos décadas anteriores, y para el PCE sólo cabía recordar a sus propias víctimas. Algo similar ocurriría diez años después, en 1973, cuando otro joven anarquista, Salvador Puig Antich, fuera ejecutado, también a garrote vil, en otra farsa judicial.

Robert Escarpit escribió en Le Monde (22-8-1963), poco después de las ejecuciones, unas palabras que hay forzosamente que compartir: “Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez han dado su vida por algo pero, como siempre, los verdugos los han ejecutado por nada”. Por una nada que era un vacío asesino, la sinrazón de un poder dictatorial.

Es obligación de todos nosotros recordar que esos dos hombres murieron por algo, por algo tan importante como la libertad, y exigir que la verdad histórica de estos crímenes franquistas sea reconocida oficialmente.

Un crimen legal contra dos inocentes

Hace cuatro años asistimos atónitos a la anulación de la sentencia condenatoria contra Francisco Granado y Joaquín Delgado declarándoseles inocentes de los hechos que se les imputaban. El tribunal supremo dejaba sin efecto después de cuarenta y cinco años aquel “fallo” judicial que condenó a garrote vil a dos jóvenes proletarios inocentes de los cargos de los que se les acusaba, en concreto la colocación de dos artefactos explosivos en la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos, culpables de no tener mas que sus manos como único capital y que utilizaron para ganarse la vida y para defender a su clase.

La madrugada del 16 de agosto de 1963, dos jóvenes libertarios esperaban que la sentencia dictada por el Tribunal de Orden Público y que les había condenado a la pena capital se materializase.

Francisco Granado Gata, de veintisiete años, natural de Ventoso provincia de Badajoz, casado y con tres hijos, y Joaquín Delgado Martínez, soltero y nacido de la localidad barcelonesa de Cardona, ambos militantes de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), fueron asesinados por el salvaje método del garrote vil, sus cuellos pasaron por el aro metálico del garrote por no haber pasado por el aro fascista que imponía la dictadura sobre el proletariado y los pueblos de España. Hacía veintinueve años que los dos habían cruzado la frontera arrastrados a la emigración por forma parte de los perdedores políticos y sociales de la guerra civil, formaban parte de aquel sector de la población que huyó en busca del pan que le negaba el franquismo, en el caso de Delgado cuando en 1949 junto con su madre y su hermano menor cruzaron los Pirineos para reunirse con su padre Francisco Delgado Tapia , militante de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) que llevaba diez años refugiado en Francia. Joaquín Delgado comienza sufriendo como la mayoría de los emigrantes que venían de este otro lado de los Pirineos el rechazo social que le impedía encontrar un trabajo con el cual obtener el mísero salario que cobraban la mayoría de los obreros españoles. Tras nacionalizarse francés consigue encontrar un empleo como ebanista. En su juventud comienza a tomar contacto con los grupos de exiliados españoles residentes en la ciudad de Grenoble y comienza a frecuentar las reuniones de los jóvenes anarquistas colaborando de forma esporádica primero en festivales, acudiendo a las charlas, conferencias y demás actividades de propaganda pasando poco tiempo después a la militancia activa dentro del grupo de la FIJL de la ciudad vascofrancesa. Los motivos para la emigración de Granados fueron simplemente económicos proveniente de una familia campesina extremeña fue en busca de un mejor futuro, tras cumplir el servicio militar, en el cual le fue detectada leucemia, cruza en abril de 1952 la frontera.

El proceso contra estos dos jóvenes libertarios fue un suceso curioso, según la declaración de la policía franquista, los dos jóvenes fueron detenidos mientras le gritaban a unas jóvenes extranjeras. Tras su detención se produjeron registros domiciliarios en los cuales se encontraron explosivos. La detención de Granados y Delgado no pudo ser fruto de la casualidad y la explicación esta clara, la infiltración por parte de agentes de la Policía franquista y de la OAS (Organización Armada Secreta) en los círculos anarquistas en el exilio y en el grupo Defensa Interior (DI), organismo generado por el Movimiento Libertario Español (MLE) fundado en 1962 por históricos del anarcosindicalismo como Cipriano Mera o Juan García Oliver ocupado de organizar las acciones armadas contra la dictadura. Oscuros personajes como un joven llamado Jacinto Guerrero Puente, que terminaría como agregado del condenado por el caso GAL y máximo responsable de la seguridad del Estado durante los gobiernos de Felipe González, Rafael Vera en la trama de los fondos reservados. La precaución y la alerta dentro del Movimiento Libertario Español fueron descuidadas por los dirigentes anarquistas incapaces de descubrir al provocador que se encontraba dentro de sus propias filas y que llegó a ocupar el máximo cargo del área de propaganda en el grupo Defensa Interior y que incluso llegó a ser propuesto por varios sindicatos para ocupar la secretaría general de la Confederación Nacional del Trabajo durante el pleno de núcleos intercontinentales de la CNT celebrado en Agosto del año 1969.

Tras la detención gracias a la delación de este oscuro personaje los dos anarquistas son conducidos a la prisión de Carabanchel donde permanecerán diecisiete días antes de ser condenados por un Consejo de Guerra sumarísimo a sufrir una de las muertes mas crueles que puede sufrir un ser humano y que fue un genuino invento al que se dio forma bajo el solar hispano.

El proceso judicial estuvo, como corresponde a un juicio político plagado de irregularidades, dado que la defensa de los dos jóvenes anarquistas en ningún momento pudo presentar las pruebas y las coartadas que en ningún momento les colocaban en esas horas y esos días en esas calles donde fueron colocados los artefactos explosivos, aunque los dos reconocieron ser miembros de la Federación Ibérica de Juventudes libertarias asumiendo así la sentencia a la cual todo revolucionario esta condenado, dispuestos a pagar con su vida el crimen de luchar contra la dictadura franquista y por la emancipación de los trabajadores.

La inocencia de Granados y Delgado es hoy un hecho, y no lo es en absoluto porque el sucesor judicial del Tribunal de Orden Público haya declarado nula de pleno derecho la sentencia condenatoria sino porque la autoría de el hecho fue reconocida públicamente por otros dos militantes anarquistas miembros del grupo Defensa Interior en un programa emitido el 4 de Diciembre de 1996 por la cadena de televisión franco-alemana ARTE así como ante notario. Las pruebas utilizadas en su momento para encausarles no resistían ningún contraste plausible pero el principio de “castigar y amedrentar” con la mayor publicidad posible a través de una prensa que era la voz de su amo cumplió el objetivo marcado.

Joaquín Delgado y Granados fueron asesinados cuando todavía estaba fresca la sangre del militante comunista Julián Grimau y de los guerrilleros Ramón Vías y “Caraquemada”, el régimen franquista dejaba una vez mas su estela de terror contra los hijos del pueblo que seguirían entonces y hoy siguen portando sobre sus espaldas el peso de la muerte y la explotación.

* Documental: Granado y Delgado: Un crimen legal

 

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Nacionalismo y la «cuestión nacional» https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-nacionalismo-cuestion-nacional/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-nacionalismo-cuestion-nacional/ La identidad debería ser reemplazada adecuadamente por la comunidad, por una afinidad compartida que sea de escala humana, no jerárquica, libertaria y abierta a todes, independientemente del género, los rasgos étnicos, la identidad sexual, los talentos o las inclinaciones personales de un individue.

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* Este texto de Bookchin de 1994 apareció en Democracy & Nature: The International Journal of Inclusive Democracy, (Vol. 2, No. 2 (issue 5)). Traducido desde el original en inglés por Tía Akwa. [Fuente: Portal OACA]

Una de las cuestiones más desconcertantes que enfrenta la izquierda (como quiera que se la defina) es el papel desempeñado por el nacionalismo en el desarrollo social y por las demandas populares de identidad cultural y soberanía política. Para la izquierda del siglo XIX, el nacionalismo era visto principalmente como una cuestión europea, que implicaba la consolidación de Estados-nación en el corazón del capitalismo. Sólo de manera secundaria, si acaso, fue vista como la lucha antiimperialista y presumiblemente anticapitalista en la que se convertiría en el siglo XX.

Esto no significó que la izquierda del siglo XIX favoreciera las depredaciones imperialistas en el mundo colonial. A principios de este siglo, hasta donde yo sé, casi ningún pensador radical serio consideraba una bendición los intentos de las potencias imperialistas de sofocar los movimientos de autodeterminación en las zonas coloniales. La izquierda se burló y generalmente denunció las arrogantes afirmaciones de las potencias europeas de llevar “progreso” a las zonas “bárbaras” del mundo. Las opiniones de Marx sobre el imperialismo pueden haber sido equívocas, pero nunca le faltó una aversión genuina por las aflicciones que sufrían los pueblos nativos a manos de los imperialistas. Los anarquistas, a su vez, se mostraron casi invariablemente hostiles a la pretensión europea de ser el faro de civilización para el mundo.

Sin embargo, si bien la izquierda despreció universalmente las pretensiones civilizadoras de los imperialistas a finales del siglo pasado, en general consideró el nacionalismo como una cuestión discutible. La “cuestión nacional”, para usar la frase tradicional en la que se enmarcaban tales discusiones, estuvo sujeta a serias disputas, ciertamente en lo que a tácticas se refería. Pero, por acuerdo general, los izquierdistas no consideraban el nacionalismo, que culminaba en la creación de Estados-nación, como la dispensación definitiva del futuro de la humanidad en una sociedad colectivista o comunista. De hecho, el único principio sobre el que coincidía la izquierda de antes de la Primera Guerra Mundial y de los períodos de entreguerras era la creencia en la humanidad compartida de las personas, independientemente de su pertenencia a diferentes grupos culturales, étnicos y de género, y de sus afinidades complementarias en una sociedad libre como seres humanos racionales con capacidad de cooperación, voluntad de compartir recursos materiales y un ferviente sentido de empatía. La «Internacional», el himno compartido por socialdemócratas, socialistas y anarquistas por igual hasta la revolución bolchevique e incluso después, terminó con el conmovedor grito: «La ‘Internacional’ será la raza humana«. La izquierda destacó al proletariado internacional como el agente histórico del cambio social moderno, no en virtud de su especificidad como clase o de su particularidad como componente de una sociedad capitalista en desarrollo, sino en virtud de su necesidad de alcanzar la universalidad para abolir la sociedad de clases, es decir, como la clase impulsada por la necesidad de eliminar la esclavitud asalariada aboliendo la esclavitud como tal. El capitalismo había llevado la histórica “cuestión social” de la explotación humana a su forma final y más avanzada. «¡Es el conflicto final!» resonó la “Internacional”, con un sentido de compromiso universalista, uno que ningún movimiento revolucionario podría ignorar por más tiempo sin subvertir las posibilidades de pasar de una “prehistoria” de intereses de clase bárbaros a una “verdadera historia” de una humanidad totalmente emancipada.

Como mínimo, ésta era la perspectiva compartida de la izquierda de antes y de entreguerras, particularmente de sus diversas tendencias socialistas. La primacía que los anarquistas han dado históricamente a la abolición del Estado, el organismo por excelencia de coerción jerárquica, los llevó directamente a su denigración del Estado-nación y del nacionalismo en general, no sólo porque el nacionalismo divide a los seres humanos territorial, cultural y económicamente, sino porque sigue la estela del Estado moderno y lo justifica ideológicamente.

Lo que preocupa aquí es la tradición internacionalista que jugó un papel tan pronunciado en la izquierda del siglo pasado y el primer tercio del presente, y sus mutaciones hasta convertirse en una “cuestión” altamente problemática, particularmente en los escritos de Rosa Luxemburgo y Lenin. Ésta es una “cuestión” de no poca importancia. Sólo tenemos que considerar la absoluta confusión que lo rodea hoy, cuando el siglo llega a su fin –cuando un nacionalismo salvajemente intolerante está subvirtiendo la tradición internacionalista de la izquierda– para reconocer su importancia. El surgimiento de nacionalismos que explotan las diferencias raciales, religiosas y culturales tradicionales entre los seres humanos, incluidas incluso las diferencias lingüísticas y cuasitribales más triviales, por no hablar de las diferencias en identidad de género y preferencia sexual, marca una descivilización de la humanidad , una retroceder a una época en la que el número de dedos con los que la gente hacía la señal de la cruz determinaba si ellos y sus vecinos se destriparían entre sí en conflictos sangrientos, como señaló Nikos Kazantzakis en Zorba el Griego .

Lo que es particularmente inquietante es que la izquierda no siempre ha visto el nacionalismo como una demanda regresiva. La izquierda moderna, tal como es hoy, con demasiada frecuencia abraza acríticamente el lema “liberación nacional”, un lema que ha resonado en sus filas sin tener en cuenta el ideal básico expresado en la “Internacional”. Los llamados a una “identidad” tribal acentúan estridentemente las características particulares de un grupo para ganar electores, un esfuerzo que niega el espíritu de la “Internacional” y el internacionalismo tradicional de la izquierda. El significado mismo del nacionalismo y la naturaleza de su relación con el estatismo está planteando cuestiones, especialmente hoy, para las cuales la izquierda está desprovista de ideas aparte de los llamados a la “liberación nacional”.

Si los izquierdistas actuales pierden todo recuerdo viable de una izquierda internacionalista anterior, por no hablar del surgimiento histórico de la humanidad de su trasfondo animal, de su desarrollo milenario desde hechos biológicos como la etnicidad, el género y las diferencias de edad hacia afinidades verdaderamente sociales, basadas en la ciudadanía, la igualdad y un sentido universalista de una humanidad común: el gran papel asignado a la razón por la Ilustración bien puede estar en grave duda. Sin una forma de asociación humana que pueda resistir y, con suerte, ir más allá del nacionalismo en todas sus variantes populares ―ya sea que tome la forma de una izquierda reconstituida, una nueva política, un libertarismo social, un humanismo renovado, una ética de la complementariedad― entonces cualquier cosa que pueda podemos llamar legítimamente civilización, de hecho, el espíritu humano mismo, bien puede extinguirse mucho antes de que nos abrume la guerra nuclear, las crecientes crisis ecológicas o, más en general, una barbarie cultural comparable sólo a los períodos más destructivos de la historia. Entonces, en vista del creciente nacionalismo actual, pocos esfuerzos podrían ser más importantes que examinar la naturaleza del nacionalismo y comprender la llamada “cuestión nacional” tal como la izquierda en sus diversas formas la ha interpretado a lo largo de los años.

Un panorama histórico

El nivel de desarrollo humano puede medirse en gran parte por el grado en que las personas reconocen su unidad compartida. De hecho, la libertad personal consiste en gran parte de nuestra capacidad de elegir amigos, socios, asociados y afines sin tener en cuenta sus diferencias biológicas. Lo que nos hace humanos, aparte de nuestra capacidad para razonar en un alto plano de generalización, asociarnos en instituciones sociales mutables, trabajar cooperativamente y desarrollar un sistema de comunicación altamente simbólico, es un conocimiento compartido de nuestra humanitas. Las memorables palabras de Goethe, tan características de la mente de la Ilustración, todavía persisten como criterio de nuestra humanidad: “Hay un grado de cultura en el que el odio nacional desaparece, y en el que uno se sitúa hasta cierto punto por encima de las naciones y siente el bien y el mal de una nación vecina como si le hubiera pasado a uno mismo”[1].

Si Goethe estableció aquí un estándar de humanidad auténtica –y seguramente uno puede exigir más de los seres humanos que empatía por su “propio pueblo”– la humanidad primitiva era menos que humana según ese estándar. Aunque un elemento lunático en el movimiento ecologista actual pide un “retorno a una espiritualidad del Pleistoceno”, con toda probabilidad habrían encontrado esa “espiritualidad” muy descorazonadora en realidad. En las épocas prehistóricas, probablemente marcadas por la organización social de bandas y tribus, los seres humanos eran, “espiritualmente” o no, en primer lugar y ante todo miembros de una familia inmediata, en segundo lugar, miembros de una banda y, en última instancia, miembros de una tribu. Lo que determinaba la pertenencia a algo más allá de un grupo familiar determinado era una extensión del vínculo de parentesco: las personas de una tribu determinada estaban socialmente vinculadas entre sí por relaciones de sangre reales o ficticias. Este “juramento de sangre”, así como otros “hechos biológicos” como el género y la edad, definían los derechos, las obligaciones y, de hecho, la identidad en la sociedad tribal.

Además, muchas bandas o grupos tribales (quizás la mayoría) consideraban humanos sólo a aquellos que compartían el “juramento de sangre” consigo mismos. De hecho, una tribu a menudo se refería a sí misma como “el pueblo”, nombre que expresaba su derecho exclusivo a la humanidad. Otras personas, que estaban fuera del círculo mágico de los vínculos sanguíneos reales o míticos de una tribu, eran «extraños» y, por tanto, en cierto sentido no eran seres humanos. El “juramento de sangre” y el uso del nombre “el pueblo” para designarse a sí mismos a menudo enfrentaban a una tribu con otras que hacían el mismo reclamo exclusivo de ser humanos y ser “el pueblo”, incluso entre pueblos que compartían lenguas, rasgos y culturas comunes.

De hecho, la sociedad tribal era extremadamente cautelosa con cualquiera que no fuera uno de sus propios miembros. En muchas zonas, antes de que un extraño pudiera cruzar una frontera territorial, tenía que esperar sumisamente y pacientemente una invitación de un anciano o chamán de la tribu que reclamaba el territorio antes de continuar. Sin la hospitalidad, que generalmente se concebía como una virtud cuasirreligiosa, cualquier extraño arriesgaba su vida y su integridad física en el territorio de una tribu, de modo que el alojamiento y la comida solían ir precedidos de actos rituales de confianza o buena voluntad. El apretón de manos moderno puede haberse originado como una expresión simbólica de que la mano derecha estaba libre de armas.

La guerra era endémica entre nuestros ancestros prehistóricos y en las comunidades nativas posteriores, a pesar del alto estatus, casi de culto, que disfrutan hoy los “aborígenes ecológicos” aparentemente pacíficos entre los euroamericanos blancos de clase media. Cuando los grupos recolectores cazaban excesivamente la presa en su territorio habitual, como ocurría a menudo, normalmente estaban más que dispuestos a invadir el área de un grupo vecino y reclamar sus recursos para sí. Por lo general, después del surgimiento de las cofradías guerreras, la guerra adquirió atributos culturales además de económicos, de modo que los vencedores ya no se limitaban a derrotar a sus “enemigos” reales o elegidos, sino que virtualmente los exterminaban, como lo atestigua la destrucción casi genocida de los indios hurones por sus primos iroqueses que están lingüística y culturalmente relacionados.

Si los grandes imperios del antiguo Medio Oriente y Oriente conquistaron, pacificaron y subyugaron a muchos grupos étnicos y culturales diferentes, convirtiendo así a pueblos extraños en súbditos abyectos de monarquías despóticas, el factor individual más importante para erosionar el provincianismo aborigen fue el surgimiento de la ciudad. El ascenso de la ciudad antigua, ya sea democrática como en Atenas o republicana como en Roma, marcó una situación social radicalmente nueva. En contraste con la gente de orientación familiar y parroquial que había constituido el mundo tribal y aldeano, las ciudades occidentales ahora se estructuraban cada vez más en torno a la proximidad residencial y los intereses económicos compartidos. Una “segunda naturaleza”, como la llamó Cicerón, de vínculos sociales y culturales humanistas comenzó a reemplazar la antigua forma de organización social basada en la “primera naturaleza” de vínculos biológicos y sanguíneos, en los que se habían anclado los roles y obligaciones sociales de los individuos en su familia, clan, género y similares, más que en asociaciones de su propia elección.

Etimológicamente, “política” deriva del griego politika, que connota una ciudadanía activamente involucrada que formula las políticas de una comunidad o polis y, en la mayoría de los casos, las ejecuta de manera rutinaria en el curso del servicio público. Aunque se requería una ciudadanía formal para participar en esa política, las polis como la Atenas democrática celebraron su apertura a los visitantes, en particular a artesanos expertos y comerciantes conocedores de otras comunidades étnicas. En su famosa oración fúnebre, Pericles declaró: “Abrimos nuestra ciudad al mundo, y nunca mediante actos extraños excluimos a los extranjeros de cualquier oportunidad de aprender u observar, aunque los ojos de un enemigo ocasionalmente puedan beneficiarse de nuestra liberalidad, confiando menos en el sistema y la política que al espíritu nativo de nuestros ciudadanos; mientras que, en la educación, desde sus mismas cunas mediante una disciplina dolorosa buscamos la virilidad [en Esparta], en Atenas vivimos exactamente como nos plazca y, sin embargo, estamos igualmente dispuestos a afrontar todos los peligros legítimos”[2].

En tiempos de Pericles, la liberalidad ateniense, sin duda, todavía estaba limitada por una noción en gran medida ficticia de la ascendencia compartida de sus ciudadanos, aunque menos que antes. Pero es difícil ignorar el hecho de que la obra maestra dialéctica de Platón, La República, ocurre como un diálogo en la casa de Céfalo, cuya familia era extranjera residente en el Pireo, la zona portuaria de Atenas donde vivía la mayoría de los extranjeros. Sin embargo, en el diálogo mismo el intercambio entre ciudadano y extranjero no está inhibido por consideraciones de estatus.

Con el tiempo, el emperador romano Caracalla convirtió a todos los hombres libres del Imperio en “ciudadanos” de Roma con iguales derechos jurídicos, universalizando así las relaciones humanas a pesar de las diferencias de idioma, etnia, tradición y lugar de residencia. El cristianismo, a pesar de todos sus defectos, celebró la igualdad de las almas de todas las personas ante los ojos de la deidad, un “igualitarismo” celestial que, en combinación con las ciudades medievales abiertas, eliminaba teóricamente los últimos atributos de ascendencia, etnicidad y tradición que dividían seres humanos unos de otros.

En la práctica, no hace falta decirlo, estos atributos aún persistían, y varios pueblos mantuvieron lealtades parroquiales a sus aldeas, localidades e incluso ciudades, contrarrestando los tenues ideales romanos y particularmente cristianos de una humanitas universal. El mundo medieval unificado estaba fragmentado jurídicamente en innumerables soberanías baroniales y aristocráticas que localizaban los compromisos populares locales con un señor o lugar determinado, enfrentando a menudo a pueblos cultural y éticamente relacionados entre sí en otras áreas. La Iglesia Católica se opuso a estas soberanías parroquiales, no sólo por razones doctrinales sino para poder expandir la autoridad papal sobre la cristiandad en su conjunto. En cuanto al poder secular, monarcas descarriados pero fuertes como Enrique II de Inglaterra intentaron imponer la “paz del rey” en grandes áreas territoriales, sometiendo a los nobles en guerra con distintos grados de éxito. Así, el Papa y el rey trabajaron en conjunto para disminuir el provincianismo, incluso mientras se batían en duelo por el control de áreas cada vez más grandes del mundo feudal.

Sin embargo, los ciudadanos auténticos estuvieron profundamente involucrados en la actividad política clásica en muchos lugares de Europa durante la Edad Media. Los burgueses de las democracias urbanas medievales eran esencialmente maestros artesanos. Las tareas de sus gremios, o fraternidades vocacionales ricamente articuladas, no eran menos morales que económicas; de hecho, formaban la base estructural de una economía moral genuina. Los gremios no sólo “vigilaban” los mercados locales, fijaban “precios justos” y aseguraban que la calidad de los productos de sus miembros fuera alta; participaron en festivales cívicos y religiosos como entidades distintas con sus propios estandartes, ayudaron a financiar y construir edificios públicos, velaron por el bienestar de las familias de los miembros fallecidos, recaudaron dinero para obras de caridad y participaron como milicianos en la defensa de la comunidad de la cual eran parte. Sus ciudades, en el mejor de los casos, conferían libertad a los siervos fugitivos, velaban por la seguridad de los viajeros y defendían firmemente sus libertades cívicas. La eventual diferenciación de las poblaciones de las ciudades en ricas y pobres, poderosas e impotentes, y “nacionalistas” que apoyaron a la monarquía contra una nobleza depredadora, constituyen un drama complejo que no se puede discutir aquí.

En diversos momentos y lugares algunas ciudades crearon formas de asociación que no eran ni naciones ni baronías parroquiales. Se trataba de confederaciones interurbanas que duraron siglos, como la Liga Hanseática; confederaciones cantonales como la de Suiza; y más brevemente, intentos de lograr confederaciones de ciudades libres como el movimiento comunero español de principios del siglo XVI. No fue hasta el siglo XVII –particularmente bajo Cromwell en Inglaterra y Luis XIV en Francia– que los centralizadores de una forma u otra finalmente comenzaron a forjar naciones duraderas en Europa.

Permítanme subrayar que los Estados-nación son Estados, no sólo naciones. Establecerlos significa otorgar poder a un aparato burocrático, profesional y centralizado que ejerce un monopolio social de la violencia organizada, especialmente en la forma de sus ejércitos y policías. El Estado se adelanta a la autonomía de las localidades y provincias por medio de su todopoderoso ejecutivo y, en los estados republicanos, de su legislatura, cuyos miembros son elegidos o designados para representar a un número fijo de “electores”. El ciudadano de una localidad autogestionada se desvanece en una agregación anónima de individuos que pagan una cantidad adecuada de impuestos y reciben los “servicios” del Estado. La “política” en el Estado-nación se convierte en un conjunto de relaciones de intercambio en el que los electores generalmente intentan obtener lo que pagan en un mercado “político” de bienes y servicios. El nacionalismo como forma de tribalismo en términos generales refuerza al Estado al proporcionarle la lealtad de un pueblo con afinidades lingüísticas, étnicas y culturales compartidas; de hecho, legitima al Estado al darle una base de puntos comunes biológicos y tradicionales aparentemente abarcadores entre los pueblos. No fueron los ingleses los que crearon Inglaterra, sino los monarcas ingleses y los gobernantes centralizadores, del mismo modo que fueron los reyes franceses y sus burocracias quienes forjaron la nación francesa.

De hecho, hasta que la construcción del Estado empezó a adquirir nuevo vigor en el siglo XV, los Estados-nación en Europa siguieron siendo una novedad. Incluso cuando una autoridad centralizada basada mínimamente en una comunidad lingüística comenzó a fomentar el nacionalismo en toda Europa occidental y Estados Unidos, el nacionalismo enfrentó un destino muy dudoso. El confederalismo siguió siendo una alternativa viable al Estado-nación hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado. Todavía en 1871, la Comuna de París llamó a todas las comunas de Francia a formar un poder dual confederal en oposición a la recién creada Tercera República. Al final, el Estado-nación ganó en este complejo conflicto y, de hecho, el estatismo estaba firmemente vinculado al nacionalismo. Los dos eran prácticamente indistinguibles entre sí a principios de este siglo.

El nacionalismo y la izquierda

Los teóricos y activistas radicales de la izquierda abordaron de maneras muy diferentes la multitud de problemas históricos y éticos que planteó el nacionalismo con respecto a los esfuerzos por construir una sociedad comunista y cooperativa. Históricamente, los primeros intentos izquierdistas de explorar el nacionalismo como un problema que obstruye el advenimiento de una sociedad libre y justa provinieron de varios teóricos anarquistas. Pierre-Joseph Proudhon parece no haber cuestionado nunca el ideal de la solidaridad humana, aunque nunca negó el derecho de un pueblo a la singularidad cultural e incluso a separarse de cualquier tipo de «contrato social», siempre que estuviera seguro de que los derechos de nadie más fueran violados. Aunque Proudhon detestaba la esclavitud ―observó sarcásticamente que el Sur americano “con la Biblia en la mano, cultiva la esclavitud”, mientras que el Norte americano “está creando ya un proletariado”[3]―, concedió formalmente el derecho de la Confederación a retirarse de la Unión durante la Guerra Civil de 1861-1865.

En términos más generales, las opiniones confederalistas y mutualistas de Proudhon lo llevaron a oponerse a los movimientos nacionalistas en Polonia, Hungría e Italia. Sus nociones antinacionalistas quedaron algo diluidas por su propio francofilismo, como señaló más tarde el socialista francés Jean Jaures. Proudhon temía la formación de Estados-nación fuertes en las fronteras de Francia o cerca de ellas. Pero también fue, a su manera, un producto de la Ilustración. Escribiendo en 1862, declaró: “Nunca antepondré la devoción a mi país a los derechos del hombre. Si el gobierno francés se comporta injustamente con algún pueblo, me entristece profundamente y protesto en todas las formas que puedo. Si Francia es castigada por las fechorías de sus líderes, inclino la cabeza y digo desde lo más profundo de mi alma: “Merito haec patimur”: “Nos hemos merecido estos males”[4].

A pesar de su chovinismo galo, los “derechos del hombre” siguieron siendo lo más importante en la mente de Proudhon; tampoco ignoraba el hecho de que India y China estaban, según sus palabras, “a merced de los bárbaros”[5]. Escribió a Herzen: “¿Crees que es el egoísmo francés, el odio a la libertad, el desprecio por los polacos y los italianos lo que me hace burlarme y desconfiar de esta palabra común, ‘nacionalidad’, que se utiliza tan ampliamente y hace que tantos sinvergüenzas y tantos ciudadanos honestos digan tantas tonterías? Por amor de Dios… no te ofendas tan fácilmente. Si lo haces, tendré que decirte lo que vengo diciendo desde hace seis meses sobre tu amigo Garibaldi: ‘De gran corazón, pero sin cerebro’”[6].

El internacionalismo de Mijail Bakunin era tan enfático como el de Proudhon, aunque sus puntos de vista también estaban marcados por una cierta ambigüedad. “Sólo puede considerarse principio humano aquel que es universal y común a todos los hombres”, escribió en su vena internacionalista; “y la nacionalidad separa a los hombres, por lo tanto, no es un principio”.[7] De hecho, “No hay nada más absurdo y al mismo tiempo más dañino, más mortífero, para el pueblo que defender el principio ficticio de la nacionalidad como ideal de todas las aspiraciones del pueblo”. Lo que finalmente contó para Bakunin fue que “la nacionalidad no es un principio humano universal”. Aún más: “Deberíamos colocar la justicia humana y universal por encima de todos los intereses nacionales. Y deberíamos abandonar de una vez por todas el falso principio de nacionalidad, inventado últimamente por los déspotas de Francia, Rusia y Prusia con el fin de aplastar el principio soberano de la libertad”.

Sin embargo, Bakunin también declaró que la nacionalidad “es un hecho histórico y local que, como todos los hechos reales e inofensivos, tiene derecho a reclamar una aceptación general”. No sólo eso, sino que se trata de un “hecho natural” que merece “respeto”. Es posible que hayan sido sus inclinaciones retóricas las que lo llevaron a declararse “siempre sinceramente el patriota de todas las patrias oprimidas”. Pero sostuvo que se debe respetar el derecho de cada nacionalidad “a vivir según su propia naturaleza”, ya que este “derecho” es “simplemente el corolario del principio general de libertad”.

La sutileza de las observaciones de Bakunin no debe pasarse por alto en medio de esta aparente contradicción. Definió un principio general que es humano, uno que es resumido o parcialmente violado por hechos asociales o “biológicos” que, para bien o para mal, deben darse por sentado. Ser nacionalista es ser menos que humano, pero también es inevitable en la medida en que los individuos son producto de tradiciones culturales, entornos y estados mentales distintivos. Eclipsando el mero hecho de la “nacionalidad” está el principio universal superior en el que las personas se reconocen a sí mismas como miembros de la misma especie y buscan fomentar sus puntos en común en lugar de sus distinciones “nacionales”.

Estos principios humanistas debían ser tomados muy en serio por los anarquistas en general y, sorprendentemente, por el mayor movimiento anarquista de los tiempos modernos, los anarquistas españoles. Desde principios de la década de 1880 hasta la sangrienta guerra civil de 1936-1939, el movimiento anarquista de España se opuso no sólo al estatismo y al nacionalismo, sino incluso al regionalismo en todas sus formas. A pesar de su enorme número de seguidores catalanes, los anarquistas españoles constantemente plantearon el principio humano superior de la liberación social por encima de la liberación nacional y se opusieron a las tendencias nacionalistas dentro de España que tan a menudo dividían a vascos, catalanes, andaluces y gallegos entre sí y particularmente de los castellanos, que gozaba de supremacía cultural sobre las minorías del país. De hecho, la palabra “ibérico” en lugar de “español” que aparece en el nombre de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) sirvió para expresar no sólo un compromiso con la solidaridad peninsular sino también una indiferencia hacia las distinciones regionales y nacionales entre España y Portugal. Los anarquistas españoles cultivaron el esperanto como lengua humana “universal” con más entusiasmo que cualquier tendencia radical importante, y la “hermandad universal” siguió siendo un ideal duradero de su movimiento, como lo fue históricamente en la mayoría de los movimientos anarquistas hasta el día de hoy.

Antes de 1914, los marxistas y la Segunda Internacional sostenían en general convicciones similares, a pesar del florecimiento del nacionalismo del siglo XIX. Desde el punto de vista de Marx y Engels, el proletariado del mundo no tenía país; Auténticamente unificada como clase, estaba destinada a abolir todas las formas de sociedad de clases. El Manifiesto Comunista termina con el sonoro llamamiento: “¡Trabajadores de todos los países, uníos!” En el cuerpo de la obra (que Bakunin tradujo al ruso), los autores declararon: “En las luchas nacionales de los proletarios de diferentes países, [los comunistas] señalan y ponen en primer plano los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de cualquier nacionalidad”.[8] Y además: “Los trabajadores no tienen patria. No podemos quitarles lo que no tienen”[9].

El apoyo que Marx y Engels prestaron a las luchas de “liberación nacional” fue esencialmente estratégico y surgió principalmente de sus preocupaciones geopolíticas y económicas más que de principios sociales amplios. Defendieron vigorosamente la independencia polaca de Rusia, por ejemplo, porque querían debilitar el imperio ruso, que en su época era la potencia contrarrevolucionaria suprema en el continente europeo. Y querían ver una Alemania unida porque un Estado-nación poderoso y centralizado le proporcionaría lo que Engels, en una carta a Karl Kautsky en 1882, llamó “la constitución política normal de la burguesía europea”.

Sin embargo, las similitudes manifiestas entre la retórica internacionalista de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista y el internacionalismo de los teóricos y movimientos anarquistas ocultan las importantes diferencias entre estas dos formas de socialismo, diferencias que iban a desempeñar un papel importante en los debates que las separaron. Los anarquistas eran en todos los sentidos socialistas éticos que defendían los principios universales de la “hermandad del hombre” y la “fraternidad”[10], principios que el “socialismo científico” de Marx desdeñaba como meras “abstracciones”. En años posteriores, incluso cuando hablaban ampliamente de la libertad y los oprimidos, Marx y Engels consideraban que el uso de palabras aparentemente “inexactas” como “trabajadores” y “trabajadores” constituía un rechazo implícito del socialismo como “ciencia”; en cambio, prefirieron lo que consideraban la palabra científicamente más rigurosa proletariado, que se refería específicamente a aquellos que generan plusvalía.

De hecho, a diferencia de teóricos anarquistas como Proudhon, que consideraban la expansión del capitalismo y la proletarización del campesinado y los artesanos preindustriales como un desastre, Marx y Engels acogieron con entusiasmo estos avances, así como la formación de grandes Estados-nación centralizados en qué economías de mercado podrían florecer. Los veían no sólo como desiderata para fomentar el desarrollo económico sino, al promover el capitalismo, como indispensables para crear las condiciones previas para el socialismo. A pesar de su apoyo al internacionalismo proletario, derogaron lo que consideraban denuncias “abstractas” del nacionalismo como tal o las despreciaron por considerarlas meramente “moralistas”. Aunque el internacionalismo en aras de la solidaridad de clases siguió siendo un desideratum para Marx y Engels, su punto de vista implícitamente estaba en desacuerdo con su compromiso con la expansión económica capitalista y su necesidad en el último siglo de Estados-nación centralizados. Sostenían que el Estado-nación era bueno o malo en la medida en que promovía o inhibía la expansión del capital, el avance de las “fuerzas productivas” y la proletarización de los pueblos preindustriales. En principio, miraban con recelo los sentimientos nacionalistas de los indios, chinos, africanos y el resto del mundo no capitalista, cuyas formas sociales precapitalistas podrían impedir la expansión capitalista. Irlanda, irónicamente, parece haber sido una excepción a este enfoque. Marx, Engels y el movimiento marxista en su conjunto reconocieron el derecho de los irlandeses a la liberación nacional en gran medida por razones sentimentales y porque produciría problemas al imperialismo inglés, que controlaba un mercado mundial. En general, hasta que se pudiera lograr una sociedad socialista, los marxistas consideraban que la formación de Estados-nación grandes y cada vez más centralizados en Europa era “históricamente progresista”.

Dada su geopolítica instrumental, no debería sorprender que a medida que pasaban los años, Marx y Engels esencialmente apoyaran los intentos de Bismarck de unificar Alemania. En mi opinión, su expreso disgusto por los métodos de Bismarck y por la nobleza terrateniente en cuyos intereses hablaba no debería tomarse demasiado en serio. Habrían acogido con satisfacción la anexión de Dinamarca por parte de Alemania, y pidieron la incorporación de nacionalidades europeas más pequeñas, como los checos y los eslavos en general, a una Austria-Hungría centralizada, así como la unificación de Italia en un Estado-nación, para ampliar el terreno del mercado y la soberanía del capitalismo en el continente europeo.

Tampoco es sorprendente que Marx y Engels apoyaran a los ejércitos de Bismarck en la guerra franco-prusiana de 1870, a pesar de la oposición de sus seguidores más cercanos en el partido socialdemócrata alemán, Wilhelm Liebknecht y August Bebel, al menos hasta el punto en que esos ejércitos cruzaron la frontera. La frontera francesa y rodeó París en 1871. Irónicamente, los propios argumentos de Marx y Engels fueron invocados por los marxistas europeos que se separaron de sus camaradas pacifistas para apoyar sus respectivos esfuerzos militares nacionales al estallar la Primera Guerra Mundial. Los socialdemócratas alemanes partidarios de la guerra apoyaron al Káiser como baluarte contra la barbarie “asiática” rusa –al parecer de acuerdo con los propios puntos de vista de Marx y Engels–, mientras que los socialistas franceses (así como Kropotkin en Gran Bretaña y más tarde en Rusia) invocaron la tradición de la Gran Guerra de su país. Revolución en oposición al «militarismo prusiano».

A pesar de muchas afirmaciones generalizadas de que Rosa Luxemburgo era más anarquista que una marxista comprometida, en realidad se opuso vigorosamente a las motivaciones de las formas anárquicas de socialismo y era más una marxista doctrinaria de lo que generalmente se cree. Su oposición al nacionalismo polaco y al Partido Socialista Polaco de Pilsudski (que exigía la independencia nacional polaca), así como su hostilidad hacia el nacionalismo en general, por admirable y valiente que fuera, se basaba principalmente no en una creencia anarquista en la “hermandad del hombre” sino en la tradicional Argumentos marxistas, es decir, una extensión del deseo de Marx y Engels de mercados unificados y estados centralizados a expensas de las nacionalidades de Europa del Este, aunque con un nuevo giro.

A principios de siglo, habían pasado a primer plano nuevas consideraciones que indujeron a Luxemburgo a modificar sus puntos de vista. Como muchos teóricos socialdemócratas de la época, Luxemburgo compartía la convicción de que el capitalismo había pasado de una fase progresista a una en gran medida reaccionaria. El capitalismo, que ya no era un orden económico históricamente progresista, era ahora reaccionario porque había cumplido su función “histórica” de hacer avanzar la tecnología y presumiblemente de producir un proletariado con conciencia de clase o incluso revolucionario. Lenin sistematizó esta conclusión en su famosa obra El imperialismo: la fase superior del capitalismo.

Así, tanto Lenin como Luxemburgo denunciaron lógicamente que la Primera Guerra Mundial era imperialista y rompieron con todos los socialistas que apoyaban a la Entente y a las Potencias Centrales, ridiculizándolos como “socialpatriotas”. En lo que Lenin difería marcadamente de Luxemburgo (aparte de la famosa cuestión de su apoyo a una organización partidaria centralizada) era en cómo, desde un punto de vista estrictamente “realista”, la “cuestión nacional” podía usarse contra el capitalismo en una era de imperialismo. Para Lenin, las luchas nacionales de los países colonizados económicamente subdesarrollados por la liberación de las potencias coloniales, incluida la Rusia zarista, eran ahora inherentemente progresistas en la medida en que servían para socavar el poder del capital. Es decir, el apoyo de Lenin a las luchas de liberación nacional no fue esencialmente menos pragmático que el de otros marxistas, incluida la propia Luxemburgo. Para la Rusia imperialista, apropiadamente caracterizada como una “prisión de naciones”, Lenin defendió el derecho incondicional de los pueblos no rusos a secesionarse bajo cualquier condición y a formar sus propios Estados-nación. Por otro lado, sostenía, los socialdemócratas no rusos en los países colonizados de Rusia se verían obligados a defender algún tipo de unión federal con la “madre patria” si los socialdemócratas rusos lograban lograr una revolución proletaria.

Por lo tanto, aunque las premisas de Lenin y Luxemburgo eran muy similares, los dos marxistas llegaron a conclusiones radicalmente diferentes sobre la “cuestión nacional” y la manera correcta de resolverla. Lenin exigió el derecho de Polonia a establecer un Estado-nación propio, mientras que Luxemburgo se opuso a ello por considerarlo económicamente inviable y regresivo. Lenin compartía el apoyo de Marx y Engels a la independencia polaca, aunque por razones muy diferentes, pero igualmente pragmáticas. No hizo honor a su propia posición sobre el derecho a la secesión durante la Guerra Civil Rusa de manera más flagrante en su forma de tratar con Georgia, una nación muy distinta que había apoyado a los mencheviques hasta que el régimen soviético la obligó a aceptar una variante interna del bolchevismo. Sólo en los últimos años de su vida, después de que un partido comunista georgiano tomó el mando del Estado, Lenin se opuso al intento de Stalin de subordinar el partido georgiano al ruso, «un conflicto preponderantemente intrapartidista que preocupaba poco a la población georgiana promenchevique». Lenin no vivió lo suficiente para involucrar a Stalin en esta (y otras) políticas y prácticas organizativas.

Dos enfoques de la cuestión nacional

Las discusiones marxistas y marxismo-leninistas sobre la “cuestión nacional” después de la Primera Guerra Mundial produjeron así un legado muy complicado que afectó no sólo las políticas de la Vieja Izquierda de los años 1920 y 1930, sino también las de la Nueva Izquierda de los años 1960. Lo que es importante aclarar aquí son las premisas radicalmente diferentes desde las cuales anarquistas y marxistas veían el nacionalismo en general. El anarquismo en general, aparte de algunas de sus variantes, avanzó razones humanistas, básicamente éticas, para oponerse a los Estados-nación que fomentaban el nacionalismo. Los anarquistas lo hicieron, para ser más específicos, porque las distinciones nacionales tendían a conducir a la formación del Estado y a subvertir la unidad de la humanidad, a provincianizar la sociedad y a fomentar particularidades culturales en lugar de la universalidad de la condición humana. El marxismo, como “ciencia socialista”, evitó tales “abstracciones” éticas.

En contraste con la oposición anarquista al Estado y a la centralización, los marxistas no sólo apoyaron un Estado centralizado, sino que insistieron en la naturaleza “históricamente progresista” del capitalismo y de una economía de mercado, que requería Estados-nación centralizados como mercados internos y como medios para eliminar todas las barreras internas al comercio que las soberanías locales y regionales habían creado. Los marxistas generalmente consideraban las aspiraciones nacionales de los pueblos oprimidos como cuestiones de estrategia política que debían ser apoyadas o rechazadas por consideraciones estrictamente pragmáticas, independientemente de otras éticas más amplias.

Así surgieron dos enfoques distintos del nacionalismo dentro de la izquierda. El antinacionalismo ético de los anarquistas defendía la unidad de la humanidad, teniendo debidamente en cuenta las distinciones culturales, pero en total oposición a la formación de Estados-nación; mientras que los marxistas apoyaron o se opusieron a las demandas nacionalistas de culturas en gran medida precapitalistas por una variedad de razones pragmáticas y geopolíticas. Esta distinción no pretende ser estricta y rápida; los socialistas de la Austro-Hungría anterior a la Primera Guerra Mundial eran fuertemente multinacionales como resultado de los muchos pueblos diferentes que componían el imperio de antes de la guerra. Pidieron una relación confederal entre los gobernantes del imperio de habla alemana y sus miembros en gran parte eslavos, que se aproximaba a una visión anarquista. Nunca lo sabremos si habrían honrado sus propios ideales en la práctica mejor de lo que Lenin se adhirió a sus propias prescripciones una vez que una “revolución proletaria” realmente tuvo éxito. El imperio original había desaparecido en 1918, y el ostensible libertarismo del “marxismo austrohúngaro”, como se lo llamaba, se volvió discutible durante el período de entreguerras. En su honor, debo añadir, en febrero de 1934 en Viena, los socialistas austríacos, a diferencia de cualquier otro movimiento aparte de los españoles, resistieron los desarrollos protofascistas mediante sangrientas luchas callejeras; el movimiento nunca recuperó su impulso revolucionario después de su restauración en 1945.

El nacionalismo y la Segunda Guerra Mundial

La izquierda del período de entreguerras, la llamada Vieja Izquierda, veía la guerra que se acercaba rápidamente contra la Alemania nazi como una continuación de la “Gran Guerra” de 1914-1918. Los marxistas antiestalinistas predijeron un conflicto de corta duración que terminaría en revoluciones proletarias aún más amplias que las del período 1917-1921. Significativamente, Trotsky apostó su adhesión al marxismo ortodoxo a este cálculo: si la guerra no terminaba con este resultado, propuso, casi todas las premisas del marxismo ortodoxo tendrían que ser examinadas y tal vez revisadas drásticamente. Su muerte en 1940 impidió tal reevaluación por su parte. Cuando la guerra no concluyó en revoluciones proletarias internacionales, los partidarios de Trotsky difícilmente estuvieron dispuestos a hacer el amplio reexamen que él había sugerido.

Sin embargo, este reexamen era muy necesario. La Segunda Guerra Mundial no sólo no logró terminar en revoluciones proletarias en Europa; puso fin a toda la era del socialismo proletario revolucionario y al internacionalismo clasista que había surgido en junio de 1848, cuando la clase trabajadora parisina levantó barricadas y banderas rojas en apoyo de una “república social”. Lejos de lograr revoluciones proletarias exitosas después de la Segunda Guerra Mundial, la clase trabajadora europea no logró exhibir una apariencia de internacionalismo durante el conflicto. A diferencia de sus padres una generación antes, ninguna tropa en guerra participó en la confraternización; las poblaciones civiles tampoco mostraron ninguna hostilidad abierta hacia sus líderes políticos y militares por su conducción de la guerra, a pesar de la destrucción masiva de ciudades por parte de bombarderos aéreos y artillería. El ejército alemán luchó desesperadamente contra los aliados en Occidente y estaba preparado para defender el búnker de Hitler hasta el final.

Por encima de todo, una mayor conciencia de las distinciones de clases y los conflictos en Europa dio paso al nacionalismo, en parte como reacción a las ocupaciones alemanas de sus territorios, pero en parte también, y de manera significativa, como resultado del resurgimiento de una cruda xenofobia que rayaba en el racismo absoluto. Los limitados movimientos clasistas que surgieron durante un tiempo después de la guerra, especialmente en Francia, Italia y Grecia, fueron fácilmente manipulados por los estalinistas para servir a los intereses soviéticos en la Guerra Fría. Por lo tanto, aunque la Segunda Guerra Mundial duró mucho más que la primera, su resultado nunca alcanzó el nivel político y social del período 1917-1921. De hecho, el capitalismo mundial surgió de la Segunda Guerra Mundial más fuerte que en cualquier otro momento de su historia, debido principalmente a la intervención masiva del Estado en los asuntos económicos y sociales.

Luchas por la “liberación nacional”

El fracaso de los teóricos radicales serios a la hora de reexaminar la teoría marxista a la luz de estos acontecimientos, como había propuesto Trotsky, fue seguido por el precipitado declive de la Vieja Izquierda; el reconocimiento general de que el proletariado ya no era una clase “hegemónica” en el derrocamiento del capitalismo; la ausencia de una “crisis general” del capitalismo; y el fracaso de la Unión Soviética a la hora de desempeñar un papel internacionalista en los acontecimientos de posguerra.

En cambio, lo que pasó a primer plano fueron las luchas de liberación nacional en los países del “Tercer Mundo” y las esporádicas erupciones antisoviéticas en los países de Europa del Este, que fueron en gran medida sofocadas por el totalitarismo estalinista. La izquierda, en estos casos, a menudo ha tomado las luchas nacionalistas como intentos “antiimperialistas” generales de lograr “autonomía” frente al imperialismo, y la formación del Estado como una legitimación de esta “autonomía”, incluso a expensas de una democracia popular en el mundo colonizado.

Si Marx y Engels a menudo apoyaron las luchas nacionales por razones estratégicas, la izquierda del siglo XX, tanto la nueva como la antigua, a menudo ha elevado ese apoyo a tales luchas con una fe sin sentido. Los “nacionalismos” estratégicos de los movimientos de tipo marxista impidieron en gran medida la investigación sobre qué tipo de sociedad probablemente produciría un determinado movimiento de “liberación nacional”, de una manera que no lo hicieron los socialismos éticos como el anarquismo del siglo pasado. Era –o si no, debería haber sido– una cuestión de gran preocupación para la Vieja Izquierda en las décadas de 1920 y 1930 investigar qué tipo de sociedad Mao Tse-tung, para tomar un ejemplo sorprendente, establecería en su país. China si derrotara al Kuomintang, mientras que la Nueva Izquierda de los años 1960 debería haberse preguntado qué tipo de sociedad Castro, por citar otro caso importante, establecería en Cuba tras la expulsión de Batista.

Pero a lo largo de este siglo, cuando los movimientos de liberación nacional del “Tercer Mundo” en los países coloniales hicieron declaraciones convencionales de socialismo y luego procedieron a establecer estados altamente centralizados, a menudo brutalmente autoritarios, la izquierda a menudo los saludó como luchas efectivas contra los enemigos imperialistas. Presentado como “liberación nacional”, el nacionalismo a menudo no ha logrado promover cambios sociales importantes e incluso ha ignorado la necesidad de hacerlo. Los movimientos de “liberación nacional” han utilizado las confesiones de formas autoritarias de socialismo de manera muy parecida a como Stalin utilizó ideologías socialistas para consolidar brutalmente su propia dictadura. De hecho, el marxismo-leninismo ha demostrado ser una doctrina notablemente eficaz para movilizar luchas de “liberación nacional” contra las potencias imperialistas y ganarse el apoyo de los radicales de izquierda en el extranjero, que veían los movimientos de “liberación nacional” como luchas en gran medida antiimperialistas en lugar de observar su verdadero contenido social. .

Así, a pesar de las tendencias populistas y a menudo incluso anarquistas que dieron origen a la Nueva Izquierda europea y estadounidense, su enfoque esencialmente internacional se dirigió cada vez más hacia un apoyo acrítico a las luchas de “liberación nacional” fuera de la esfera euroamericana, sin tener en cuenta dónde las luchas se estaban liderando y el carácter autoritario de su liderazgo. A medida que avanzaba la década de 1960, este movimiento increíblemente confuso de hecho se despojó progresivamente del ambiente anarquista y universalista con el que había comenzado. Después de que las prácticas de Mao fueran elevadas a la categoría de “ismo” en la Nueva Izquierda, muchos jóvenes radicales adoptaron el “maoísmo” sin reservas, con resultados sombríos para la Nueva Izquierda en su conjunto. En 1969, la Nueva Izquierda había sido controlada en gran medida por maoístas y admiradores de Fidel Castro. Un libro totalmente engañoso como Fanshen, que aplaudía acríticamente las actividades maoístas en el campo chino, fue venerado a finales de los años 1960, y muchos grupos radicales adoptaron lo que consideraban prácticas organizativas maoístas. La atención de la Nueva Izquierda estaba tan centrada en las luchas de “liberación nacional” en el Tercer Mundo que la invasión rusa de Checoslovaquia en 1969 apenas produjo protestas serias por parte de jóvenes izquierdistas, al menos en Estados Unidos, como puedo atestiguar personalmente.

La década de 1960 también vio el surgimiento de otra forma más de nacionalismo en la izquierda: comenzaron a aparecer grupos étnicamente cada vez más chauvinistas que finalmente invirtieron las afirmaciones euroamericanas de la supuesta superioridad de la raza blanca en una afirmación igualmente reaccionaria de la superioridad de los no blancos. Al abrazar el particularismo en el que había degenerado la política racial en lugar del universalismo potencial de una humanitas, la Nueva Izquierda colocó a los negros, a los pueblos coloniales e incluso a las naciones coloniales totalitarias en la cima de su pirámide teórica, dotándolos de una posición dominante o “hegemónica”. en relación con los blancos, los euroamericanos y las naciones democrático-burguesas. En los años 1970, esta estrategia particularista fue adoptada por ciertas feministas, que comenzaron a ensalzar la “superioridad” de las mujeres sobre los hombres, de hecho, a afirmar un “poder” místico supuestamente femenino y un irracionalismo supuestamente femenino sobre la racionalidad secular y la investigación científica que eran presumiblemente el dominio de todos los hombres. El término “hombre blanco” se convirtió en una expresión evidentemente despectiva que se aplicó ecuménicamente a todos los hombres euroamericanos, independientemente de si ellos mismos eran explotados y dominados por las clases y jerarquías dominantes.

Comenzó a surgir una “política de identidad” muy provinciana, que incluso llegó a dominar a muchos nuevos izquierdistas como nuevos “micronacionalismos”, si se me permite acuñar una palabra. No sólo ciertas tendencias en tales movimientos de “identidad” se parecen mucho a las de formas muy tradicionales de opresión como el patriarcado, sino que la “política de identidad” también constituye una regresión del mensaje libertario e incluso marxista general de la “Internacional” y una trascendencia de todas las diferencias “micronacionalistas” en una sociedad comunista verdaderamente humanista. Lo que hoy pasa por “conciencia radical” se está desplazando cada vez más hacia un énfasis de orientación biológica en la diferenciación humana como el género y la etnicidad –no un énfasis en la necesidad de fomentar la universalidad humana que fue tan pronunciado entre los escritores anarquistas del siglo pasado e incluso en El Manifiesto Comunista.

Hacia un nuevo internacionalismo

¿Cómo evaluar esta devolución del pensamiento de izquierda y los problemas que plantea hoy? He tratado de ubicar el nacionalismo en el contexto histórico más amplio de la evolución social de la humanidad, desde la solidaridad interna de la tribu hasta la creciente expansión de la vida urbana y el universalismo promovido por las grandes religiones monoteístas en la Edad Media y, finalmente, hasta los ideales de afinidad humana basados en sobre la razón, el secularismo, la cooperación y la democracia en el siglo XIX. Podemos decir con certeza que cualquier movimiento que aspire a algo menos que estas nociones socialistas anarquistas y libertarias de la “hermandad del hombre”, ciertamente como se expresa en la “Internacional”, es menos que humano. De hecho, desde la perspectiva de finales del siglo XX, estamos obligados a pedir incluso más de lo que exigía el internacionalismo del siglo XIX. Estamos obligados a formular una ética de la complementariedad en la que las diferencias culturales sirvan mutualistamente para potenciar la propia unidad humana, en definitiva, que constituyan un nuevo mosaico de culturas vigorosas que enriquezcan la condición humana y que fomenten su avance en lugar de fragmentarla y descomponerla en nuevas. “nacionalidades” y un número cada vez mayor de Estados-nación.

No menos significativa es la necesidad de una perspectiva social radical que combine la variedad cultural y el ideal de una humanidad unificada con un concepto ético de cómo debería ser una nueva sociedad: una que sea universalista en su visión de la humanidad, cooperativa en su visión de las relaciones humanas en todos los niveles de la vida, e igualitario en su idea de relaciones sociales. Si bien internacionalistas en su perspectiva de clase, casi todas las actitudes marxistas hacia la “cuestión nacional” fueron instrumentales: estaban guiadas por la conveniencia y el oportunismo y, peor aún, a menudo denigraban las ideas de democracia, ciudadanía y libertad como “abstractas” y presumiblemente “abstractas”, nociones “no científicas”. Los marxistas destacados aceptaron el Estado-nación con todo su poder coercitivo y sus rasgos centralistas, ya fueran Marx y Engels, Luxemburgo o Lenin. Estos marxistas tampoco veían el confederalismo como un desiderátum. Los escritos de Luxemburgo, por ejemplo, simplemente consideran que el confederalismo tal como existía en su época (particularmente las vicisitudes del cantonalismo suizo) agota todas las posibilidades de esta idea política, sin tener en cuenta el énfasis anarquista en la necesidad de una profunda reforma social y política y una democratización económica de los municipios que se confederarán entre sí. Con pocas excepciones, los marxistas no formularon ninguna crítica seria al Estado-nación y a la centralización del Estado como tal, una omisión que, dejando de lado todos los logros “colectivistas”, habría condenado sus intentos de lograr una sociedad racional si nada más lo hubiera hecho.

Permítanme enfatizar que la libertad y variedad cultural no deben confundirse con el nacionalismo. Que pueblos específicos tengan libertad para desarrollar plenamente sus propias capacidades culturales no es simplemente un derecho sino un anhelo aún no cumplido. De hecho, el mundo será un lugar monótono si un magnífico mosaico de diferentes culturas no reemplaza al mundo en gran medida desculturizado y homogeneizado creado por el capitalismo moderno. Pero de la misma manera, el mundo estará completamente dividido y los pueblos estarán crónicamente en desacuerdo entre sí si sus diferencias culturales se localizan y si las aparentes “diferencias culturales” están arraigadas en nociones biológicas de superioridad de género, racial y física. Históricamente, hay un sentido en el que la consolidación nacional de los pueblos a lo largo de líneas territoriales produjo una esfera social que era más amplia que la estrecha base de parentesco de las sociedades de parentesco porque obviamente está más abierta a los extraños, del mismo modo que las ciudades tienden a fomentar afinidades humanas más amplias que las tribus. Pero ni las afinidades tribales ni las fronteras territoriales constituyen una realización de la potencialidad de la humanidad para lograr un pleno sentido de comunidad con variaciones culturales ricas pero armoniosas. Las fronteras no tienen lugar en el mapa del planeta, como tampoco lo tienen en el paisaje de la mente.

Un socialismo que no esté informado por esta amable perspectiva ética, con el debido respeto por la variedad cultural, no puede ignorar el resultado potencial de una lucha de liberación nacional como lo hicieron tan a menudo tanto la Vieja como la Nueva Izquierda. Tampoco puede apoyar las luchas de liberación nacional con fines instrumentales, simplemente como un medio para “debilitar” al imperialismo. Ciertamente, en mi opinión, tal socialismo no puede promover la proliferación de Estados-nación, y mucho menos aumentar el número de entidades nacionales divisivas. Irónicamente, el éxito de muchas luchas de “liberación nacional” ha tenido el efecto de crear regímenes estatistas políticamente independientes que, sin embargo, son tan manipulables por las fuerzas del capitalismo internacional como lo eran los viejos, generalmente obtusos, imperialistas. La mayoría de las veces, las naciones del “Tercer Mundo” no se han liberado de sus grilletes coloniales desde el final de la Segunda Guerra Mundial: simplemente se han domesticado y se han vuelto altamente vulnerables a las fuerzas del capitalismo internacional, con poco más que una fachada de autodeterminación. Además, a menudo han utilizado sus mitos de “soberanía nacional” para alimentar ambiciones xenófobas de apoderarse de áreas adyacentes a su alrededor y oprimir a sus vecinos tan brutalmente como los imperialistas por derecho propio, como la opresión de Ghana bajo Nkrumah de los pueblos Togo en África Occidental o el intento de Milosevic de “limpiar” a los musulmanes de Bosnia. Lo que no es menos regresivo, tales nacionalismos evocan lo más siniestro del pasado de un pueblo: el fundamentalismo religioso en todas sus formas, el odio tradicional hacia los “extranjeros”, una “unidad nacional” que supera las terribles desigualdades sociales y económicas internas y, más comúnmente, un total desprecio por los derechos humanos. La “nación” como entidad cultural es reemplazada por un aparato estatal abrumador y opresivo. El racismo suele ir de la mano de luchas de “liberación nacional”, como la “limpieza étnica” y las guerras por ganancias territoriales, como vemos hoy de manera más conmovedora en Medio Oriente, India, el Cáucaso y Europa del Este. Los nacionalismos que hace sólo una generación podrían haber sido considerados luchas de “liberación nacional” hoy se ven más claramente, tras el colapso del imperio soviético, como poco más que pesadillas sociales y plagas descivilizadoras.

Dicho sin rodeos, los nacionalismos son atavismos regresivos que la Ilustración intentó superar hace mucho tiempo. Introyectan las peores características de los mismos imperios de los que los pueblos oprimidos han tratado de liberarse. No sólo reproducen típicamente máquinas estatales que son tan opresivas como las que les impusieron las potencias coloniales, sino que refuerzan esas máquinas con rasgos culturales, religiosos, étnicos y xenófobos que a menudo se utilizan para fomentar odios regionales y domésticos y subimperialismos. No menos importante es el hecho de que, en ausencia de democracias populares genuinas, las secuelas de las luchas antiimperialistas comprensibles incluyen con demasiada frecuencia el fortalecimiento del propio imperialismo, de modo que las potencias que aparentemente han sido desposeídas de sus colonias ahora pueden jugar el Estado de una antigua colonia contra la de otro, como lo atestiguan los conflictos que asolan África, Oriente Medio y el subcontinente indio. Estas son las áreas, debo agregar, donde será más probable que ocurran guerras nucleares a medida que pasen los años que en otras partes del mundo. El desarrollo de una bomba nuclear islámica para contrarrestar una israelí o de una bomba paquistaní para contrarrestar una india no presagia nada bueno para el Sur y su conflicto con el Norte. De hecho, la tendencia de las antiguas colonias a buscar activamente alianzas con sus antiguos gobernantes imperialistas es ahora una característica más típica de la diplomacia Norte-Sur que cualquier unidad del Sur contra el Norte.

El nacionalismo siempre ha sido una enfermedad que dividió a humanos de otros –“abstracto” como los marxistas tradicionales pueden considerar esta noción– y nunca puede verse como algo más que una regresión hacia el provincianismo tribal y el combustible para la guerra entre comunidades. Las luchas de “liberación nacional” que han producido nuevos Estados en todo el “Tercer Mundo” y en Europa del Este tampoco han perjudicado la expansión del imperialismo ni han desembocado en Estados plenamente democráticos. El hecho de que los pueblos “liberados” del imperio estalinista estén hoy menos oprimidos que bajo el régimen comunista no debería inducirnos a creer que también están libres de la xenofobia que casi todos los Estados-nación cultivan o de la homogeneización cultural que el capitalismo y sus medios producen.

Sin duda, ningún libertario de izquierda puede oponerse al derecho de un pueblo subyugado a establecerse como una entidad autónoma, ya sea en una confederación basada en el municipalismo libertario o como un Estado-nación basado en desigualdades jerárquicas y de clase. Pero oponerse a un opresor no equivale a pedir apoyo para todo lo que hacen los Estados-nación anteriormente colonizados. Éticamente hablando, uno no puede oponerse a un mal cuando una parte lo comete y luego apoyar a otra parte que comete el mismo mal. La máxima trillada, pero concisa: “El enemigo de mi enemigo no es mi amigo”, es particularmente aplicable a las personas oprimidas que pueden ser manipuladas por totalitarios, fanáticos religiosos y “limpiadores étnicos”. Así como una ética auténtica debe razonarse y basarse en potencialidades humanísticas genuinas, un socialismo o anarquismo libertario debe conservar su integridad ética si quiere que la voz de la razón sea escuchada en los asuntos sociales. En la década de 1960, quienes se oponían al imperialismo estadounidense en el sudeste asiático y al mismo tiempo rechazaban dar cualquier apoyo al régimen comunista de Hanoi, y quienes se oponían a la intervención estadounidense en Cuba sin apoyar el totalitarismo castrista, se encontraban en un terreno moral más elevado que los de la Nueva Izquierda que ejercieron su rebelión contra Estados Unidos predominantemente apoyando las luchas de “liberación nacional” sin tener en cuenta los objetivos autoritarios y estatistas de esas luchas. De hecho, identificados con los autoritarios a quienes apoyaban activamente, estos nuevos izquierdistas eventualmente se desmoralizaron por la ausencia de una base ética en sus ideas liberadoras. De hecho, hoy en día las luchas liberadoras basadas en el nacionalismo y el estatismo han producido una cosecha aterradora de derramamiento de sangre interno en todo el mundo. Incluso en estados recientemente “liberados” como Alemania Oriental, el nacionalismo ha encontrado una expresión brutal en el surgimiento de movimientos fascistas, el nacionalismo alemán, los planes para restringir la inmigración de solicitantes de asilo, la violencia contra los “extranjeros”, incluidas las víctimas del nazismo como los gitanos, y así con otros casos similares. Así, la visión instrumental del nacionalismo que originalmente cultivaron los marxistas ha dejado a muchas tendencias “izquierdistas” como los socialdemócratas en una condición de bancarrota moral.

Éticamente, permítanme agregar, hay algunas cuestiones sociales sobre las cuales uno debe adoptar una postura, como el racismo blanco y negro, el patriarcado y el matriarcado, y el imperialismo y el totalitarismo del “Tercer Mundo”. Una oposición inquebrantable al racismo, la opresión de género y la dominación como tales siempre debe ser primordial si queremos que un socialismo ético surja de las ruinas del socialismo mismo. Pero también vivimos en un mundo en el que a veces surgen cuestiones sobre las cuales un izquierdista no puede tomar posición alguna: cuestiones en las que tomar una posición es operar dentro de las alternativas propuestas por una sociedad básicamente irracional y elegir la menor de varias irracionalidades o males sobre otras irracionalidades o males. No es un signo de ineficacia política rechazar por completo esa elección y declarar que oponer un mal a otro menor debe llevar eventualmente a apoyar el peor mal que surja. La socialdemocracia alemana, al ser cómplice de un “mal menor” tras otro durante la década de 1920, pasó de apoyar a los liberales a los conservadores y luego a los reaccionarios, que finalmente llevaron a Hitler al poder. En una sociedad irracional, la sabiduría convencional y el instrumentalismo sólo pueden producir una irracionalidad cada vez mayor, utilizando la virtud como una pátina para ocultar contradicciones básicas tanto en su propia posición como en la sociedad.

“[Al igual que los procesos de la vida, la digestión y la respiración”, observó Bakunin, la nacionalidad “…no tiene derecho a preocuparse por sí misma hasta que se le niegue ese derecho”[11]. Esta fue una declaración bastante perspicaz en su día. Con las explosiones de nacionalismo bárbaro en nuestros días y los apetitos gruñones de los nacionalistas de crear cada vez más Estados-nación, me veo obligado a añadir que la “nacionalidad” es una forma de indigestión y que sus causas deben ser vomitadas si la sociedad no llega a deteriorarse aún más a causa de esta enfermedad.

Buscando una alternativa

Si el nacionalismo es regresivo, ¿qué alternativa racional y humanista puede ofrecerle un socialismo ético? En una sociedad libre no hay lugar para los Estados-nación, ni como naciones ni como Estados. Por fuerte que sea el impulso de pueblos específicos hacia una identidad colectiva, la razón y la preocupación por el comportamiento ético nos obligan a recuperar la universalidad de la ciudad o el pueblo y una cultura política directamente democrática, aunque en un plano más elevado que incluso la polis de Pericles, Atenas. La identidad debería ser reemplazada adecuadamente por la comunidad, por una afinidad compartida que sea de escala humana, no jerárquica, libertaria y abierta a todos, independientemente del género, los rasgos étnicos, la identidad sexual, los talentos o las inclinaciones personales de un individuo. Esta vida comunitaria sólo puede recuperarse mediante la nueva política que he llamado municipalismo libertario: la democratización de los municipios para que sean autogestionados por las personas que los habitan, y la formación de una confederación de estos municipios para constituir un contrapoder al Estado-nación.

El peligro de que los municipios democratizados en una sociedad descentralizada resulten en un provincianismo económico y cultural es muy real, y sólo puede evitarse mediante una confederación vigorosa de municipios basada en su interdependencia material. La “autosuficiencia” de la vida comunitaria ―incluso si fuera posible hoy― de ninguna manera garantizaría una genuina democracia de base. La confederación de municipios, como medio de interacción, colaboración y ayuda mutua entre sus componentes municipales, proporciona la única alternativa al poderoso Estado-nación, por un lado, y al pueblo o ciudad parroquial, por el otro. Totalmente democrática, en la que los diputados municipales de las instituciones confederales estarían sujetos a revocación, rotación y control público implacable, la confederación constituiría una extensión de las libertades locales al nivel regional, permitiendo un equilibrio sensible entre localidad y región en el que la variedad cultural de las ciudades podría florecer sin volverse hacia la exclusividad local. De hecho, los rasgos culturales beneficiosos también serían “traficados”, por así decirlo, dentro y entre varias confederaciones, junto con el intercambio de bienes y servicios que constituyen los medios materiales de vida.

De la misma manera, la “propiedad” sería municipalizada, en lugar de nacionalizada (lo que simplemente refuerza el poder estatal con poder económico), colectivizada (lo que simplemente reformula los derechos empresariales privados en una forma “colectiva”) o privatizada (lo que facilita la reestructuración de una economía de mercado competitiva). Una economía municipalizada se aproximaría a un sistema de usufructo basado enteramente en las necesidades y la ciudadanía de una comunidad en lugar de en los intereses de propiedad o vocacionales o profesionales. Cuando una asamblea municipal de ciudadanos controla la política económica, ningún individuo controla, y mucho menos «posee», los medios de producción y de vida. Cuando los medios confederales para administrar los recursos de una región coordinan el comportamiento económico del conjunto, los intereses provincianos tenderían a dar paso a intereses humanos más amplios y las consideraciones económicas a otras más democráticas. Las cuestiones que abordan los municipios y sus confederaciones dejarían de girar en torno al interés económico propio; se centrarían en los procedimientos democráticos y la simple equidad para satisfacer las necesidades humanas.

No quepa duda de que los recursos tecnológicos que hacen posible que las personas elijan sus propios estilos de vida y tengan tiempo libre para participar plenamente en una política democrática son absolutamente necesarios para la sociedad libertaria y organizada confederalmente que he esbozado aquí. Incluso las mejores intenciones éticas probablemente cedan ante alguna forma de oligarquía, en la que el acceso diferencial a los medios de vida conducirá a élites que tienen más cosas buenas en la vida que otros ciudadanos. En este sentido, el ascetismo que promueven los ecomísticos y los ecologistas profundos es insidiosamente reaccionario: no sólo ignora la libertad de las personas para elegir su propio estilo de vida –la única alternativa en la sociedad existente a convertirse en un consumidor sin sentido– sino que subordina la libertad humana como tal a una noción casi mística de los dictados de la “Naturaleza” –que prescribe un “regreso al Pleistoceno”, al Neolítico, o a la recolección de alimentos, para citar los ejemplos más extremos. Una sociedad ecológica libre –a diferencia de una regulada por una élite ecológica autoritaria o por el “libre mercado”– sólo puede formularse en términos de una forma ecológicamente confederal de municipalismo libertario. Cuando por fin las comunas libres reemplacen a la nación y las formas confederales de organización reemplacen al Estado, la humanidad se habrá librado del nacionalismo.

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[1] Goethe, citado en Bertram D. Wolfe, Three Who Made a Revolution: A Biographical History, 3rd rev. ed. (New York: The Dial Press, 1961), p. 578.

[2] Thucydides, The Peloponnesian War, book 2, chapter 4.

[3] Pierre-Joseph Proudhon, carta a Dulieu, 30 de diciembre, 1860; en Correspondence, vol. 10, pp. 275.; republicado en Stewart Edwards, ed., Selected Writings of Pierre-Joseph Proudhon, trans. Elizabeth Frazer (Garden City, N.Y.: Anchor Books, 1969), p. 185.

[4] Pierre-Joseph Proudhon, La Federation et l’unite en Italie (1862), pp. 122–25, en Edwards, Selected Writings, pp. 188–89.

[5] Proudhon, carta Dulieu, 30 de diciembre, 1860, en Correspondence, vol. 10 (Paris, 1875), pp. 275–76; republicado en Edwards, Selected Writings, p. 185.

[6] Proudhon, carta a Alexander Herzen, 21 de abril, 1861, en Correspondence, vol. 11, pp. 22–24; en Edwards, Selected Writings, p. 191.

[7] Todas las citas de Bakunin provienen de P. Maximoff, ed., The Political Philosophy of Bakunin: Scientific Anarchism (New York: Free Press of Glencoe; London: Collier-Macmillan Ltd., 1953), pp. 324–35; el énfasis es mío.

[8] Karl Marx y Friedrich Engels, “Manifesto of the Communist Party,” Selected Works, vol. 1 (Moscow: Progress Publishers, 1969), p. 120.

[9] Ibid., p. 124.

[10] A pesar de que estas palabras están generizadas (producto del tiempo en que vivió Bakunin, obviamente deben interpretarse como haciendo referencia a lo humano en general.

[11] P. Maximoff, ed., The Political Philosophy of Bakunin: Scientific Anarchism, p.325.

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Liberación de París del nazismo en 1944. «La Nueve», los antifascistas españoles que hicieron historia https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-liberacion-paris-nazismo-1944-nueve-antifascistas-espanoles-que-hicieron-historia/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-liberacion-paris-nazismo-1944-nueve-antifascistas-espanoles-que-hicieron-historia/ En agosto de 1944, París fue liberada del nazismo gracias a la valentía de los antifascistas españoles, exiliados de la Guerra Civil, que lideraron la primera columna de soldados en entrar en la capital francesa, marcando un hito en la lucha por la libertad en Europa.

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Las campanas de París repicaban pasadas las 9 de la noche del 24 de agosto, tras casi cinco años de guerra en sus calles se comenzaba a entonar «La Marsellesa»; mientras en la Plaza del Ayuntamiento se reunían 144 antifascistas españoles en carros de combate junto a miembros de las Fuerzas Francesas del Interior, aún debían hacer frente a una guarnición de más de 15 mil nazis alemanes en la ciudad parisina. Al día siguiente el diario francés «Libération» abría con el titular: ILS SONT ARRIVÉS! (¡Ya han llegado!), era la entrada oficial en París para barrerla del nazismo de una vez por todas y poner fin a la Francia del régimen de Vichy en la Segunda Guerra Mundial.

Tiempos de lucha armada y Resistencia, ocupación nazi de Francia.

Tras la ocupación militar nazi del territorio francés, Hitler necesitaba asegurar una dominación apacible y rentable para sus intereses bélicos, la autoridad francesa representada en el viejo mariscal Pétain ofrece esta oportunidad. Se establece un gobierno colaboracionista convencido de la victoria alemana, queriendo sentar las bases de una futura paz europea con la Alemania nazi como vencedora. El gobierno de Vichy se compromete, según el armisticio firmado el 22 de junio de 1940, a reprimir duramente los focos de resistencia política y militar que hubiera, de esta manera el ocupante alemán evitaba la impopularidad de tales medidas.

El gobierno francés participa activamente de la represión, asegurándose de esa forma su existencia como súbdito frente al ocupante, entregando numerosos rehenes a las autoridades alemanas para su fusilamiento en las principales ciudades francesas. La Resistencia Francesa organiza una ofensiva total a pesar de esta represión que desenmascaran al ocupante alemán, iniciando una complicada dinámica de acción y solidaridad. Las acciones armadas provocan fusilamientos de franceses, pero engrosa el apoyo decidido entre la población.

Esta acción armada, llevada al principio bajo la forma de guerrilla urbana, se extiende al mundo rural a principios de 1943, produciéndose la unificación de la Resistencia Francesa para coordinar operaciones clandestinas de sabotaje contra el régimen nazi. Se crea el Consejo Nacional de Resistencia cuyo brazo armado eran las Fuerzas Francesas del Interior. Los resistentes fueron hombres y mujeres de todas las edades, siendo universitarios, maestros, periodistas, ingenieros, pero fundamentalmente obreros, tenderos o artesanos. Todas las capas sociales, todas las sensibilidades filosóficas y religiosas estaban representadas en el seno de la Resistencia. Una gran cantidad de extranjeros combatieron con los resistentes franceses: destacando antifascistas italianos, antinazis alemanes, y sobre todo republicanos y anarquistas españoles refugiados en Francia. 

Quienes decidieron participar de la lucha armada pusieron en valor su interés estratégico, el entrenamiento antes de los combates, propagar información entre la población, crear un clima beligerante sobre las tropas alemanas y por último facilitar la expansión de las tropas aliadas al final de la guerra. Y ese es el punto al que se llega en los albores del verano 1944 tras el Desembarco de Normandía, y el avance de estos soldados de las tropas aliadas que no hubiera sido posible sin la determinante actuación resistente. La lucha contra el nazismo en Europa, por lo tanto, podemos asegurar que la sostuvieron y perpetraron estos hombres y mujeres resistentes. Son al mismo tiempo héroes y gente sencilla, dado que se atrevieron a llevar a cabo un combate siguiendo sus propias convicciones y asumiendo grandes riesgos.

Los planes Aliados frente a los nazis en el verano de 1944.

Con la Batalla de Normandía a partir del 6 de junio de 1944 comienza la liberación del territorio francés, junto a su avance hacia la línea del río Rin para penetrar directamente en el territorio nazi alemán; sin embargo, esto chocaba con los distintos intereses que tenían los Aliados. Los estadounidenses querían iniciar un rápido avance aprovechando las pérdidas sufridas por la Wehrmacht, de esta manera había comenzado una carrera por llegar antes que los soviéticos a Berlín. Además, la liberación de París entrañaba contratiempos para los planes estadounidenses aparte de las consecuencias militares y logísticas, y eran las consecuencias políticas de la recuperación de una soberanía total francesa bajo el mandato de Charles De Gaulle.

Sin embargo, se impondrían las pretensiones del Gobierno provisional de la República Francesa que quería recuperar la capital parisina como gran símbolo de la liberación nazi. Estados Unidos y Gran Bretaña querían crear en el territorio francés una entidad bajo su control, la «Allied Military Government of Occupied Territories»), conocida por sus siglas AMGOT, y tratando de crear un cordón de seguridad ante las organizaciones revolucionarias antifascistas que estaban siendo la punta de lanza en la lucha contra el nazismo.

Tras los avances en las primeras semanas por el territorio normando francés, a finales de julio de 1944, se lanza una ofensiva que rompe por completo las líneas defensivas alemanas, convirtiendo los combates en una guerra de maniobras rápidas y embolsamientos. Concluidas estas operaciones, la intención del General estadounidense Leonard T. Gerow era rodear París por el norte sin acceder a la ciudad, pero el recién nombrado jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Francesas del Interior, Pierre Koening, fue el encargado de organizar una insurrección popular en París que obligase a liberarlo para adherir nuevas fuerzas de combate de La Resistencia. Al considerarse fundamental para dicho objetivo la liberación de París, se dieron órdenes del incremento de los sabotajes y las acciones guerrilleras.

Por otro lado, las órdenes dictadas por Adolf Hitler a principios de agosto era la destrucción incondicional de París, convertirlo en ruinas en caso de ataque aliado, y represaliar sin paliativos a cualquier resistencia interna por parte de la población. Sin embargo, cuando llegó en agosto Dietrich von Choltitz, comandante alemán del Gran París, rápidamente los oficiales alemanes le convencieron de que los planes de destrucción de París serían completamente inútiles. Además este sabía que, a pesar de contar con unos 20 mil soldados alemanes, estaban mal equipados para la lucha y desconectados de otras unidades de combate. 

La insurrección popular y la huelga general en París por la Resistencia.

La Resistencia interior parisina daría un paso adelante a mediados de agosto, imitando a la insurgencia polaca que a principios de ese mes se habían levantado en Varsovia contra las tropas alemanas. En París su puesto de mando se emplazaba bajo la plaza de Defert-Rochereau, donde se encuentra la entrada a las catacumbas de la ciudad. El marxista Henry Tanguy, que había sido comisario político en la XIV Brigada Internacional en la Guerra Civil española, actuaba junto al delegado militar gaullista Jacques Chaban-Delmas, que a pesar de saber que contaban con fuerzas pobremente equipadas y sin enlaces radiofónicos con el exterior, iniciaron movimientos para rodear algunos núcleos de presencia alemana.

El 13 de agosto se sublevaron los trabajadores del metro y la Gendarmería Nacional, dos días después lo hicieron los carteros parisinos, requisándose vehículos para blindarlos ante la lucha que estaba a punto de iniciarse. El Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Francesas del Interior, había ordenado frenar la revuelta parisina, pero los gaullistas no estaban dispuestos a dejar la iniciativa de esta insurrección en manos de los marxistas, así que no se opusieron cuando el 17 de agosto una reunión del Consejo Nacional de la Resistencia decidió intensificar la lucha urbana, mientras los alemanes comenzaban a evacuar la ciudad parisina.

El 18 de agosto estallaba la huelga general en la ciudad a la que se unieron miles de obreros parisinos, levantaron barricadas para dificultar el movimiento de las tropas alemanas e iniciar sabotajes contra sus vehículos. Se produjeron ese mismo día combates en torno a la Prefectura de Policía en París, tomada por los resistentes franceses. El 20 de agosto, el mando de la Resistencia francesa se instala en los subterráneos del Ayuntamiento de París, y se organiza un plan para tomar los distintos ministerios. Adolf Hitler ordenó a Dietrich von Choltitz la destrucción total de París, sin embargo, la guarnición alemana decidió tan solo desarrollar un combate honorable para salvaguardar las apariencias de sus oficiales.

Sin embargo, la insurrección popular en París ante los alemanes fue definitivamente apoyada por el avance de las tropas aliadas, no sin antes enormes disputas internas en las direcciones militares con intereses estratégicos contrarios. Charles De Gaulle consideraba que debía ser la División Leclerc, encuadrada en el Tercer Ejército del general George Patton, la que tuviese la gloria de liberar París, frente a los planes de los norteamericanos. Esta división desoyó las órdenes estadounidenses superiores de no avanzar sobre París, y se dio la orden a Raymond Dronne (capitán al mando de «La Nueve» conformada por 150 españoles antifascistas) de que imprimiera un ritmo de avance rápido sobre la ciudad parisina a partir del 23 de agosto.

La Nueve, compañía de antifascistas españoles en la liberación de París del nazismo.

Esta compañía estaba conformada por antifascistas voluntarios de origen español que se habían unido en el Norte de África al Ejército de la Francia Libre tras haber escapado del Franquismo y reencontrarse de nuevo en territorio colonial francés. Tras el armisticio de junio de 1940, muchos de estos españoles antifascistas son obligados por la Francia de Vichy a incorporarse a batallones de trabajos forzados, o ser repatriados a la España franquista. La primera opción es la que muchos españoles tomaron para no acabar condenados a muerte por el Franquismo, hubo muchos casos de deserciones y ocultaciones esperando que llegasen las tropas aliadas en noviembre de 1942.

La Francia Libre se estableció en Argelia, y la Legión Extranjera Francesa pasó bajo las órdenes del general Charles De Gaulle reanudando muchos españoles su lucha contra el fascismo. Cuando nació la División Leclerc, dos mil españoles antifascistas se sumaron a ella y entre ellos destacaba la Novena Compañía, integrada por una representación del frentepopulismo español con socialistas, anarquistas, poumistas, liberales republicanos y algunos marxistas estalinistas. Sus primeros combates como luchadores antifascistas fueron contra los restos del Afrika Korps, compuesto por tropas alemanas e italianas en diciembre de 1942 en Túnez, conquistando en mayo de 1943 la ciudad portuaria de Bizerta.

El 29 de julio de 1944, la División Leclerc embarcó en Southampton hacia Francia, llegando el 4 de agosto a la Playa de Utah, en territorio de Normandía. Los primeros enfrentamientos contra la Wehrmacht alemana fueron en Rennes, Le Mans, y junto a tropas estadounidenses en Alençon, además el 12 de agosto de 1944 capturaron a casi 130 prisioneros alemanes en la localidad de Eccouché. El 16 de agosto sufrieron el ataque de las divisiones de las Waffen-SS, las 9ª y 116ª Divisiones Panzer y 3ª División de Paracaidistas, y los españoles antifascistas perdieron a algunos compañeros en estos combates. A pesar de la composición antifascista de esta fuerza española, los mandos militares franceses y estadounidenses habían grabado a sangre y fuego una consigna: «Aquí no se viene a hacer la revolución», de esta manera quisieron desactivar cualquier intento de agitación política anticapitalista.

Definitivamente, se toma la determinación de avanzar casi 200 kilómetros desde el municipio de Argentan hasta París el 23 de agosto. Esta decisión contrarió bastante al general estadounidense Leonard T. Gerow, pero el Jefe Supremo de las tropas norteamericanas, Dwight D. Eisenhower, entendía que este movimiento de las tropas francesas era imparable, por lo que decidió enviar a una división de infantería estadounidense para obtener los beneficios políticos de haber contribuido a la liberación de la capital francesa. Este ataque sobre París se realizó sin apoyo aéreo de los aviones aliados, la compañía de «La Nueve» alcanzó el sur parisino rodeando las posiciones defensivas alemanas en la zona oeste, y siendo recibidos con gran apoyo en los suburbios parisinos. En estos barrios se enarbolaba la bandera tricolor francesa al paso de los españoles antifascistas con la bandera tricolor republicana. Los carros de combate avanzaron hasta entrar en París por la Plaza de Italia, la primera unidad militar en entrar en la urbe, y en concreto el blindado denominado «Guadalajara» alcanzó a las 21:20 de la noche la Plaza del Ayuntamiento de París.

Los primeros disparos de las fuerzas de «La Nueve» se efectuaron desde el blindado denominado «Ebro», dirigido por el anarquista canario Miguel Campos. En las cercanías del Arco de Triunfo parisino también patrullaban algunos blindados españoles que paseaban con nombres como «Belchite», «Brunete», «Madrid», «Gernika» o «Don Quijote». Previamente algunos anarquistas intentaron poner como nombre a otro carro de combate «Durruti», pero los franceses no lo permitieron por ensalzar la figura del revolucionario leonés. En el Ayuntamiento parisino, Amado Granell, subordinado de «La Nueve», fue entrevistado por la Radio de París y también conversó tanto con Georges Bidault (un católico liberal presidente del Consejo Nacional de la Resistencia que sería en 1946 presidente de la República Francesa) como con el marxista Henri Rol-Tanguy.

Raymond Dronne, el jefe francés que dirigía esta Novena Compañía fue hacia la comandancia del general nazi Dietrich von Choltitz para firmar su rendición, pero mientras esto sucedía a lo largo de la mañana del 25 de agosto los antifascistas españoles tomaron al asalto la Cámara de los Diputados, el Hotel Majestic y la Plaza de la Concordia sufriendo únicamente una baja por una guarnición alemana completamente desgajada. A las 15:30h. de la tarde los soldados nazis se rindieron, y se recibió como prisionero al propio von Choltitz, que solicitó entregarse a alguien de su rango militar mientras las tropas francesas entraban en la capital parisina. El general estadounidense Eisenhower había dado órdenes a sus tropas de colaborar con los franceses, y sería al día siguiente cuando las tropas aliadas entraron ya triunfantes en París.

Últimas campañas de «La Nueve» y toma del refugio de Adolf Hitler.

Las batallas de la Novena Compañía continuarían, y en el frío invierno de 1944 les llevaría hacia el boscoso camino de Baviera. Primeramente, el 8 de septiembre abandonaron la capital francesa hacia Andelot-Blancheville, donde hicieron prisioneros a trescientos alemanes en la toma de ese municipio. El 15 de septiembre se atravesó el río Mosela y se estableció una cabeza de puente tras las líneas alemanas donde se llevaron a cabo algunos enfrentamientos. A finales de septiembre se entregaron las principales condecoraciones en la ciudad de Nancy al capitán francés Raymond Dronne, pero también al subteniente canario Miguel Campos, al sargento catalán Fermín Pujol, y al cabo gallego Cariño López; todos ellos recibieron la Medalla Militar y la Cruz de Guerra. En noviembre de 1944 «La Nueve» tomaría la ciudad francesa de Estrasburgo, y después quedarían estancados en el frío invierno alemán una vez atravesadas las líneas del río Rin, que es el que les infringió las peores bajas. Finalizado el invierno «La Nueve», aunque diezmada por el frío invernal pasado, reanudó operaciones militares en la primavera de 1945 tomando el 5 de mayo el «Nido de Águila», la casa-refugio de ocio de Adolf Hitler en Berchtesgaden, de donde dicen algunos antifascistas españoles que se llevaron algún reloj de oro e incluso sábanas.

El fin de la guerra sobrevino tres días más tarde, por lo que los españoles que estaban aún en activo en ese momento, o bien se reintegraron en otras unidades del Ejército francés, o bien se desmovilizaron convirtiéndose en civiles y quedándose en Francia gran parte de sus vidas, debido a la Dictadura franquista en España. Su ímpetu en el combate no sirvió para poner fin al Franquismo como muchos deseaban, ya que los Aliados permitieron ese régimen como garante contra las ideas revolucionarias de izquierdas en Europa. Estos veteranos de casi diez años en conflicto continuado siguieron como exiliados políticos, reintegrándose como trabajadores en diversas ciudades del territorio francés y encontrando homenajes a su lucha antifascista únicamente al final de su vida. El último de los miembros de «La Nueve» vivo fue Rafael Gómez Nieto, quien falleció por Covid-19 el 31 de marzo de 2020 a los 99 años de edad en una residencia de ancianos en Estrasburgo.

La lucha contra el fascismo en la Francia actual, la nefasta experiencia del Frente Popular.

La larga sombra del fascismo nos persigue desde el siglo pasado en Europa, su esencia ha quedado enmarcada en la corriente política estructural asumida por el neoliberalismo, y siguen formando parte de ese sistema. Ayer se llamaba Henry Ford, actualmente se llama Elon Musk. La violencia de extrema derecha es un problema real en auge en los últimos años, los datos indican que los atentados fascistas han crecido en un 320% en todo el mundo. En el primer semestre del año 2020 solo en EE.UU. el 70% de las acciones denominadas como terroristas, respondieron a una motivación de la ultraderecha. En Francia este crecimiento de la ultraderecha viene alertando desde hace décadas con el Frente Nacional y otros idilios políticos con discursos que generan violencia social contra grupos como mujeres, personas LGTBIQ+ o migrantes.

No solamente el gobierno conservador del presidente Emmanuel Macron ha tenido responsabilidad en permitir esta atmósfera prefascista en Francia; sino también la izquierda parlamentaria y reformista desilusionando una y otra vez a la clase trabajadora. La conformación de un Frente Popular como en las pasadas elecciones, debiendo hacer pactos con liberales, les ha convertido en la mano izquierda del capitalismo. No puede haber otro sentido común más que el revolucionario. Muchos dirigentes de izquierda francesa, y también lo hemos vivido en España con Podemos, aseguraban que era el momento de hacer un cordón sanitario a la extrema derecha, pero la estrategia que han utilizado está abocada al fracaso porque la socialdemocracia jamás fomentará la creación de una fuerza social de la clase trabajadora.

La experiencia de los Frentes Populares en el pasado tanto en Francia como en España en los años 30 nos llevan a pronosticar de manera clara que los pactos de mínimos con la burguesía bajo la premisa de frenar el fascismo solo son concesiones que acaban saliendo caras cuando es demasiado tarde para rectificar. A la extrema derecha se la frena con la práctica de la lucha de clases, organizando un frente político y social desde abajo, y no desde frentes republicanos de las burocracias de partidos ni sindicatos. Seguiremos afirmando que, frente a toda derrota, hace falta organización.

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La Guerrilla Antifranquista en Cantabria https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-guerrilla-antifranquista-cantabria/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:51 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-guerrilla-antifranquista-cantabria/ SUMARIO:
1. Con la caída de Santander aparecieron “los del monte”
1.1 Guerrilla Azaña
1.2 Huidos por los valles del Miera y Matienzo
1.3 Los de Liébana
2. Constitución de la Agrupación Guerrillera de Santander
3. Reorganización de la Agrupación Guerrillera
4. Fin de la Agrupación Guerrillera de Santander
5. Aún Liébana permanece en los montes

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SUMARIO:
1. Con la caída de Santander aparecieron “los del monte”
1.1 Guerrilla Azaña
1.2 Huidos por los valles del Miera y Matienzo
1.3 Los de Liébana
2. Constitución de la Agrupación Guerrillera de Santander
3. Reorganización de la Agrupación Guerrillera
4. Fin de la Agrupación Guerrillera de Santander
5. Aún Liébana permanece en los montes

La curiosidad que se ha desatado desde hace unos años por el fenómeno guerrillero, especialmente a partir de la “Caravana de la Memoria”, ha dado lugar a una importante proliferación de escritos; sin embargo en nuestra región no han sido suficientes para sacarnos de una bibliografía más cercana a la novelación que a la historia. Aquellos libros en que se ha abordado el tema desde el campo estricto de la historia, lo han hecho o bien por medio de monografías que tenían por objeto el estudio de un municipio o comarca concreto, o bien, pretendiendo incluir en el contexto nacional lo que por Cantabria pasó. Repitiendo, en este último caso, parte de los tópicos y errores que los primeros trabajos difundieron. En gran medida somos responsables de estos desajustes aquéllos que al tema nos hemos dedicado por no haber concluido a tiempo los estudios puestos en marcha, y las instituciones académicas, que hasta ahora no han mostrado mucho interés por el tema.

Lo que ahora llega a vuestras manos es un documento que se ha elaborado ex profeso para las VI Jornadas sobre El Maquis de Santa Cruz de Moya. Tiene como base un artículo de 1996, en el que se pretende plasmar las primeras conclusiones del trabajo que había iniciado el año anterior, a la vez que arriesgarme a exponer la tesis que intentaba demostrar: “Que en la región se produjo un movimiento de resistencia armada similar al que se había desarrollado en otras partes del país”. Y me propuse rellenar con mis medios ese hueco existente entre la caída del Frente Norte y 1957, año en que desapareció el último guerrillero. Lo que separa estas letras de las escritas entonces son casi diez años de investigación a tiempo parcial, con más de sesenta personas entrevistadas, unas ciento treinta horas de grabación, la consulta de la prensa de la época, el Archivo de la Prisión Provincial de Santander, el Archivo General de la Administración, el Archivo histórico del PCE y algunos archivos municipales; además de la bibliografía consultada, que nos ha facilitado el análisis del contexto en que se desarrollaron las actividades de los huidos y la Agrupación Guerrillera de Santander.

 

En aquel momento, afirmábamos que la documentación escrita disponible no era suficiente para dar una visión completa del objeto de estudio, por ello, insistíamos en el uso de los testimonios de las personas implicadas como fuente principal de información, contrastando estos testimonios entre sí, así como con las fuentes escritas consultadas. Sin el relato de los que participaron, esta historia sería una maraña de datos inconexos y con poco sentido, por lo parciales de las informaciones y, en muchos casos, por el carácter sectario de las fuentes. Hoy esperamos que este artículo facilite la comprensión de aquel fenómeno.

La propia naturaleza del movimiento guerrillero que actuaba en zonas rurales, y la censura de los medios de comunicación limitaron la difusión de su existencia y sus acciones entre el conjunto de la población. La prensa divulgaba la falsa imagen de un país pacificado, en el que no existía ninguna oposición política tras el final de la guerra; sólo se permitía informar en sus páginas de los éxitos de las fuerzas represivas: «El Bandolerismo organizado ha desaparecido de la Montaña.»[1], «Dos Forajidos muertos por la Guardia Civil en Tama. Un sargento de la Benemérita encontró la muerte en la refriega.»[2], o «Con la muerte del «Juanín» ha quedado extirpado el bandidaje»[3]. En la memoria colectiva de los cántabros, los nombres que han quedado grabados por encima de todos los demás son los de “el Cariñoso” y “Juanín y Bedoya”, que tienen por elemento común su muerte violenta en enfrentamientos con la Guardia Civil y que éstas fueron ampliamente difundidas por la prensa regional. Aunque su recuerdo está muy ligado en la memoria colectiva, no llegaron a coincidir en el monte ni en el mismo espacio, ni el mismo tiempo. “El Cariñoso” cayó en Santander en 1941, mientras que “Juanín” saltó al monte en 1943 y Bedoya diez años después. Las anécdotas que circularon entre la población se organizaban en torno al valor de los personajes, al ingenio para librarse de la persecución de la Guardia Civil y a la idea del “bandido bueno”. Estos relatos están más relacionados con “el mito de los del monte” que con su verdadera realidad.

1. CON LA CAIDA DE SANTANDER APARECIERON «LOS DEL MONTE».

El 14 de agosto de 1937 las tropas nacionales pusieron en marcha la ofensiva sobre Santander estableciendo dos vías de penetración hacia la capital: la primera partiendo del País Vasco siguiendo la dirección de la línea costera y la otra perpendicular a la primera por el valle del Besaya hasta Torrelavega. El 24 de agosto, las tropas franquistas rebasaron Torrelavega y establecieron una cabeza de puente en Barreda dejando cortadas las comunicaciones por tierra entre Santander y Asturias.

El 26 de agosto se entregó Santander a los italianos. Entre los soldados republicanos reinaba un ambiente de desconcierto y desesperación. El objetivo fundamental en esas horas era buscar el modo de salvar la vida. Una vez que en el puerto no quedó una sola embarcación capaz de navegar, hubo quienes en un acto de desespera­ción llegaron al suicidio. Para escapar tenían que infiltrarse entre las filas los autodenominados “Nacionales” que tenían cercado Santander. La represión que se desató con la entrada de los “Nacionales”, para muchos era previsible. Daniel Peral, que vivió aquellos momentos, lo tenía muy claro:
«Si hubiera nacido cien veces y me entrego en ese momento, me matan cien veces».
Aquéllos que confiaron en que nada tenían que temer porque no tenían sus manos manchadas de sangre, corrieron un gran riesgo; muchos de ellos fueron fusilados o condenados a grandes penas de prisión.

Los que quisieron escapar de una encarcelación segura y una muerte probable, sólo les quedaban dos alternativas, intentar pasar a Asturias para seguir combatiendo, o esconderse en las proximidades de sus casas a la espera de que cambiara el curso de la guerra. Este fue el punto en que se inició el largo periplo de “los del monte”, de los emboscados, de los huidos…

Asentadas las tropas franquistas en el norte de España, el fenómeno de los huidos se estabilizó. La evolución de la situación de estas personas dependió de una serie de factores:
* La esperanza en que las tornas podían cambiar. En principio la guerra no estaba perdida, por lo que había que mantenerse a salvo a la espera de mejores tiempos. Entregarse era prácticamente un suicidio, la fuerte represión que sufría su entorno familiar era suficiente aviso. Aún después de 1939 tenían esperanzas de que se produjera una intervención Aliada en favor de la República.
* El grado de compromiso que cada uno de ellos había mantenido con la República. Se convirtió en un elemento determinante a la hora de tomar una decisión acerca de la entrega.
* La persecución que llevada a cabo por la Guardia Civil, el ejército, o personas afines al régimen contra los huidos que propició un gran número de encuentros armados. En caso el caso de que hubieran terminado con heridos o muertos por parte de los perseguidores, podía determinar el fin de la posibilidad de entregarse con unas mínimas garantías para los emboscados.
* El comportamiento de las nuevas autoridades locales (falan­gistas, médicos, curas, etc.) podía facilitar que los huidos se entregaran, o por el contrario, su actitud agresiva, podía provocar que nuevas personas se echaran al monte. Están documentados los dos casos.

A partir de 1939 con la guerra ya acabada, las autori­da­des pusieron más medios en la tarea de «limpiar los montes», que tuvo como resultado un goteo de personas que se entregaron o fueron detenidas. Sin embargo, no supuso el fin del fenómeno de los huidos; prueba de ello son los datos que se manejaban en el Gobierno Civil de Santander: «Al terminar la Guerra de Liberación, las Autoridades que entonces estaban al frente de esta provincia organizaron batidas de represión que dieron escasos resultados, con lo cual la situación no se modificó sensiblemente…»[4] Reconocía que todavía en 1940 existían tres grupos de huidos que deambulaban por la “comarca del Río Miera”, la “comarca de Los Carabeos” y la “comarca de Potes”; además «existían unos 200 individuos de ambos sexos, que por sus antecedentes o actuación durante el dominio rojo en esta provincia no pudieron huir al ser liberada, se escondieron en los alrededores de sus residencias habituales, observando una actitud en general pasiva». La persistencia de huidos en el monte intranquilizaba tanto a los falangistas como a las autoridades locales. Intranquilidad que se convirtió en alarma cuando a partir de 1940 comenzó «la vuelta al pueblo de los elementos rojos que se han puesto en libertad», gracias a las primeras excarcelaciones.

Tal era la situación que a principios del verano la Secretaría de Orden Público del Gobierno Civil puso en marcha un “plan sistemático de acción”. En él se especificaban tres “puntos de vista” que debían ser tenidos en cuenta en el momento de poner en marcha las operaciones: lo accidentado y cubierto del terreno, que además los huidos conocían perfectamente; las pocas fuerzas disponibles para desarrollar la operación, 100 Guardias Civiles y unos 60 miembros de la Policía Armada, “aparte del ejército”; y la psicología de la población: «El problema es especialmente agudo en la zona de Río Miera. El hermetismo y cazurrería de pasiegos, son proverbiales»[5].

El primer paso del plan era erradicar los contactos que parte de la población mantenía con los huidos. De éstos dependía, en gran medida, la supervivencia de los emboscados, tanto en el abastecimiento de comida como en el suministro de información sobre los movimientos de las fuerzas que los acosaban. Para ello se decidió controlar e incluso prohibir la presencia de los vecinos en el monte, lo que facilitaba las operaciones de limpieza que con el apoyo del ejército se estaban realizando. En las zonas que había presencia de huidos, como por ejemplo en Liébana, se obligó a los pastores a regresar a los pueblos antes del anochecer impidiéndoseles permanecer en el monte cuidando el ganado. La Guardia Civil controlaba las entradas y salidas de las poblaciones para impedir que se sacara comida destinada a los huidos.

Con el mismo afán de aislar a los huidos se decretó en el oriente de la Región (que en el citado plan se nombra como “la comarca del Río Miera”) la evacuación del ganado y la población de las cabañas, concentrándolos en la “plaza” de los pueblos. La zona aún en la actualidad presenta un poblamiento muy disperso, adaptado a un tipo de explotaciones ganaderas que dependen de los pastos naturales para alimentar al ganado. En algunos valles se lleva una forma de trashumancia muy particular, “la muda”, que consiste en desplazamientos dentro de un mismo valle. La familia se traslaba a lo largo del año de una cabaña a otra con su ganado y sus escasos enseres para ir aprovechando los pastos; pueden producirse hasta seis desplazamientos al año. Esta práctica típica de los pasiegos todavía pervive. “La evacuación” tuvo un efecto devastador en la forma de vida de las gentes. En la circular de la Jefatura Provincial de Falange correspondiente al mes de noviembre se aludía a estas medidas de la siguiente manera:«Ha habido que tomar rigurosísimas medidas (evacuación de ganados y habitantes de algunas zonas) para ver de dar fin a esta situación. La fuerza pública y las Falanges locales en estrecha colaboración persiguen y apresan de cuando en cuando a algunos de esos elementos»[6].

La represión desatada, que en su mayor parte se dirigió hacia aquéllos que potencialmente podían ayudar a los huidos, obligó a incorporarse al monte a nuevas personas que habían conseguido insertarse, más o menos de forma normal, en la vida cotidiana de sus pueblos.

1.1 GUERRILLA AZAÑA

Al sur de Reinosa, tras la caída de Santander, se formó un grupo de jóvenes fieles a la República, que decidieron echarse al monte. Al frente de este grupo estaba Juan Gil del Amo “hijo del practicante de Carabeos”. Este grupo tuvo un par de peculiaridades: por un lado, sus principales líderes tenían una doble militancia, políticamente en Izquierda Republicana y sindicalmente en la CNT; y por otro, por primera vez utilizaron el concepto guerrilla para autodefinirse, eran la Guerrilla Azaña. Es posible que esta denominación respondiera al intento del gobierno republicano de crear grupos guerrilleros en plena guerra, aunque no tengamos datos concluyentes para poder afirmarlo con rotundidad.

El grupo se asentó en Montes Claros, donde había habilitado varias cuevas, siendo los pueblos cercanos donde primero empezaron a actuar. Una de las prioridades básicas era el suministro de comida. Para ello recurrían a la familia o asaltaban comercios cuyos propietarios habían apoyado la sublevación. Sus acciones se extendieron por el valle de Campoo. A partir de 1940 la Guardia Civil ejerció mayor presión sobre los huidos, teniendo que desplazar su refugio hacia los bosques del Monte Higedo. Desde allí dirigieron sus acciones hacia Valderredible y las comarcas próximas de Burgos y Palencia.

En la primavera de 1941 la “Guerrilla Azaña” estaba muy activa. Actuaba a uno y otro lado del límite provincial con Burgos. En la noche del 1º de julio un grupo de diez huidos de esta partida penetraron en los pueblos de Pedrosa y Santaelices, ambos pertenecientes a la Merindad de Valdeporres, en la provincia de Burgos. Tras la acción, la Guardia Civil puso en marcha una operación de búsqueda, con el apoyo de los falangistas de la zona, que concluyo al día siguiente en Haedo de las Pueblas con la localización del grupo de Juan Gil “el hijo del practicante de Carabeos”. Los guardias los cercaron mientras descansaban y de los diez, sólo uno pudo escapar, cinco murieron en el acto y los otro cuatro fueron detenidos. En apenas una semana fueron juzgados y fusilados.

1.2 HUIDOS POR LOS VALLES DEL MIERA Y MATIENZO

En la zona oriental de Cantabria se concentró una buena parte de los huidos. Eso se vio favorecido por un poblamiento muy disperso fruto de la explotación ganadera de estas comarcas, en las que personas y ganado habitaban una infinidad de cabañas diseminadas por el paisaje; lo que facilitaba que los huidos se abastecieran y escondieran fuera de los núcleos de población. Eran conscientes de que no podían volver a sus casas por el riesgo que corrían de ser detenidos y fusilados, suerte que ya habían corrido algunos de sus vecinos; otros consiguieron llegar al monte al escaparse de los piquetes falangistas cuando ya eran apresados. El paso de la “vida civil” a la clandestinidad o de la clandestinidad a la “vida civil” dependía en gran medida de las presiones que las fuerzas vivas de los pueblos mantuvieran sobre el vecindario. Las presiones muchas veces se concretaban en palizas o detenciones que la Guardia Civil o los grupos de falange practicaban sobre personas sospechosas de dar apoyo a los emboscados. Estas agresiones provocaron que gente como Fidel Aja Gómez, alias “el Costilla”, se echaran al monte con las consiguientes represalias para su familia. En sentido contrario hay que señalar que gracias a la mediación de “personas de orden” se pudo consumar la entrega de ocho huidos del Valle de Matienzo. Tras una breve estancia en prisión pudieron volver al pueblo. Sin embargo, esta mediación no valió para uno de ellos, que a pesar de haberse casado en el pueblo, no era nacido en el valle. Su vida terminó, después de su detención, con la aplicación de la ley de fugas.

El grupo de huidos que estuvo más activo en los años que siguieron a la caída del norte y el final de la Guerra Civil, fue sin duda el que se formó en la comarca del Miera. Durante 1938 este grupo, en el que se encontraba el Cariñoso, fue sorprendido en Mortesante por los falangistas de Miera. En este encuentro el grupo perdió a dos de sus miembros: a Belisario Lavín Cobo, hermano del Cariñoso y Plácido, hijo de la maestra de Rubalcaba. Como respuesta los huidos llevaron a cabo acciones de castigo contra aquéllos que consideraban responsables de su persecución. En una de ellas quedó mal herido Manolo Casar, al que consideraban su delator; y en otra murió Manolo García «el de la pasiega», que había partici­pado de forma activa en los sucesos. Desde ese momento ya no había ninguna posibilidad de entregarse, si es que la hubieran tenido primero.

«La Evacuación» que se había decretado desde el Gobierno Civil fue especialmente dura en las cabeceras de los Valles de la zona oriental de Cantabria. El objetivo no era otro que intentar aislar a los huidos de sus puntos de apoyo, y poder batirles en el monte con más facilidad gracias a la intervención del ejército. La evacuación se prolongó desde Junio de 1940 hasta febrero de 1941, unos días antes del incendio de Santander. A pesar de que consiguió que disminuyera en la zona el número de acciones de los huidos, sobre todo gracias al desplazamiento del Cariñoso y una parte del grupo hacia Santander, el despliegue del ejército por los montes resultó inoperante para localizarlos. Es más, no pudo impedir que el 12 de noviembre se produjera la desaparición del Rey de los Campos, destacado falangista del pueblo de Miera, de la taberna de Luis Haro en la Vega de Miera.

El golpe más duro que recibieron los huidos del Miera fue en el otoño de 1941. Una pareja de la Guardia Civil dio de una forma casual, con los hermanos Nemesio y El Ferroviario, y con El Madrileño que estaban durmiendo en la casa de las Tarolas. Dentro de la habitación se produjo un tiroteo del que sólo escapó con vida el Ferroviario. Las Tarolas, al ser interrogadas por la Guardia Civil acerca del paradero del Cariño­so, no supieron contesta­r, pero gracias a su colaboración fue detenido uno de los enlaces. El día 27 de octubre cayó el Cariñoso en el número 44 de la calle Santa Lucía de Santander. Al día siguiente en Peñacastillo la Guardia Civil abatió al resto de su grupo: Lola, Benito, Marcos y Pedro[7]. En cinco días habían muerto siete miembros de este grupo y un buen número de enlaces habían sido detenidos; pero las desgracias no acabarían aquí.

De las informaciones que la Guardia Civil obtuvo interrogando a los detenidos, llegó a la conclusión de que en las estribaciones del Porracolina podían estar escondidos el resto de los emboscados. Para proceder a la localización y desmantelamiento de este grupo, se movilizó a un importante número de Guardias. Pero, a pesar de peinar el monte, no consiguieron detectar la presencia de los huidos. Al anochecer fueron detenidas varias personas cercanas para intentar que declarasen el lugar exacto donde estaban escondidos. Entre ellos Hermenegildo Trueba, hijo de un emboscado, que a estas alturas ya debía estar escondido en un caserío del País Vasco, y su primo Alfredo Barquín. Al día siguiente la Guardia Civil cercó una cueva en el monte Bergaz donde estaban refugiados los huidos, entablándose un fuerte tiroteo en el que la Benemérita llegó a utilizar bombas de mano y dinamita para intenta neutralizar a los encuevados. Los huidos resistieron hasta el anochecer, cuando, aprovechando la oscuridad se escabulleron del cerco. Al amanecer del día 9 la Guardia Civil sólo encontró en la cueva el cuerpo de Laureano Lavín y rastros de sangre de otra persona. Sin embargo, del monte Bergaz junto al cuerpo de Laureano bajaron otros dos cuerpos, los de Hermenegildo y Alfredo. Habían sido fusilados en la misma cueva, y a partir de ese momento tanto para la prensa como para los documentos oficiales pasaron a ser peligrosos forajidos. [8]

Los cinco guerrilleros que sobrevivieron a ese trance se volvieron a agrupar, y fueron junto a los huidos de Liébana, en germen de la Agrupación Guerrillera de Santander. Sin su existencia no hubiera sido posible la aparición del movimiento guerrillero en la región.

1.3 LOS DE LIÉBANA

Tras la caída de Asturias, los soldados que no pudieron embarcar y salir al extranjero, se volvieron a sus casas por los montes. Los pueblos estaban vigilados, lo que hizo más dificultoso el regreso. En la Hermida se asentó una Centuria de Falange, cuya misión era mantener el orden en los pueblos de su jurisdicción y capturar a los «rojos» que se retiraban de Asturias. En esta última tarea se emplearon con dureza: las orillas del Río Deva son testigo de los fusilamientos allí celebrados. En torno a los Picos de Europa, al mismo tiempo, se agrupa­ron personas de la comarca que se habían significado en la defensa de la República. Las autoridades de Tresviso pidieron a sus vecinos huidos que se entrega­ran, asegu­rán­do­les que no les iba a pasar nada. Esta gente fue llevada de nuevo al frente, ahora con los Nacionales, lo que no impidió que al terminar la guerra fueran objeto de denuncias, viéndose obligados a echarse al monte o resignarse a ir a la cárcel. Al finalizar la guerra había concentrados en el monte un grupo de unos diez o quince huidos; entre ellos destacaban Mauro Roiz, Segundo Bores, Santiago Rey, y Ceferino Roiz, Machado. Es curioso destacar que la mayoría de estos hombres procedían de los municipios de Cillorigo y Tresviso, los dos municipios de la comarca lebaniega donde el trabajo asalariado estuvo más extendido, primero en las minas de blenda de Andara y después en el salto de Urdón.

Entre 1940 y 1941 se instalaron cuarteles de la Guardia Civil en los pueblos lebaniegos, en un intento de controlar el movimiento de los huidos, asentándose en casas en las que vivían republicanos. Ocupación por la que no recibieron ningún tipo de compensación. La estrategia de la Guardia Civil para combatir a los emboscados pasaba por presionar a la familia, ya que antes o después éstos se habrían de poner en contacto con ellos. Según Mauro, que estuvo huido hasta 1941, año en que fue capturado:
«Los que estaban en el monte no podían hacer nada importante, porque les perseguían y cualquier hecho lo iba a pagar la familia. Se dedicaban a defenderse y a vivir.»

En el afán de aislar a los guerrilleros del apoyo de sus fami­liares obligaron a los pastores, durante una temporada, a bajar a dormir a casa. Por la mañana, antes de salir al monte tenían que pasar un control de la Guardia Civil. Igualmente se vigilaba la fabrica­ción del pan y se prohibía sacar comida del pueblo, ante la sospecha de que fuera destinado a los del monte.

En septiembre de 1940, hizo presencia la Policía Armada en Liébana. Su misión era conseguir que los huidos se entregaran. Para ello detenían a los familiares de los emboscados, haciéndoles saber que permanecerían presos hasta que éstos se entregaran. Por este método consiguieron que José Campo Halles y Santiago Rey, vecinos de Beges, abandonaran el monte. Acto seguido emplearon el mismo sistema en Tresviso para forzar la entrega de José Marcos, Mateo, y Gildo. Al no tener resultado la gestión, las familiares de los huidos fueron detenidos. Pocos días después, vecinos de Tresviso detectaron la presencia en una cueva de los tres huidos. Los falangistas movilizaron a todo pueblo para apresarlos, utilizando a los rojos como pantalla. La cueva no tenía otra salida por lo que decidieron entregarse. A mitad de camino del pueblo, Mateo Campo y José Marcos Campillo intentaron escapar. Mateo cayó muerto por un disparo, mientras José Marcos pudo ponerse a salvo, al descender por una canal de difícil acceso. Mientras tanto, Gildo fue detenido y llevado a prisión; donde permaneció hasta que en junio de 1943 se fugó del campo de trabajo de la Vega de Pas y se incorporó de nuevo al monte. Otras caídas que se produjeron en estos años fueron las de Mauro Roiz, Alejandro Sánchez, e Ignacio Roiz. Este último fue muerto cuando se entregaba.

Durante los años 1941 y 1942 se establecieron algunos contactos con el PCE, fruto de ellos fue la incorporación de Alejandro del Cerro, miembro del Comité Provincial, que estaba a punto de caer en manos de la Policía. Mientras tanto Potes, estaba siendo reconstruido por Regiones Devastadas, con una importante mano de obra de presos políticos. Juanín, que ya había cumplido su pena y trabajaba allí como asalariado, participó en el intento de organizar el PCE entre los presos. La Guardia Civil debió entrar en sospechas, por lo cual Juanín fue citado para ser interrogado. No resistió las continuas palizas que recibía, por lo que decidió echarse al monte; estamos en 1943. A lo pocos días, Lorenzo Sierra y Ramón Manjón se fugaron del destaca­men­to penal para unirse, también, a los emboscados[9].

La Muerte de Segundo Bores en el Doblillo, el 25 de junio de 1944, supuso la última caída de este período. Cuando parecía evidente que los contactos con el PCE abocaban al grupo a integrar­se en la Unión Nacional[10].

2. CONSTITUCIÓN DE LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA DE SANTANDER.

El intento del PCE por organizar dentro la Unión Nacional a los grupos de huidos que permanecían en los montes cántabros no se produjo hasta 1944, cuando ya se estaban preparando las operaciones del Valle de Arán. Josep Cerberó había sido delegado por el Alto Mando Guerrillero para establecer contacto con los grupos que estaba actuando en el norte de España. En el verano de 1944 consiguió entrar en contacto con los huidos cántabros, concretamente con el grupo que actuaba por el occidente de la región. Este enlace fue posible gracias a la relación que el Comité Provincial en Santander venía manteniendo con estos grupos desde casi el mismo momento en que se reorganizó el Partido en la región. Como fruto de estos contactos, en el mes de octubre, se dio por constituido “el Mando Guerrillero de Santander”. Al frente del cual situaron de manera provisional a Ceferino Roiz Sánchez “Machado”, a la espera de que llegara un cuadro político para asumir la dirección de la guerrilla. Este grupo junto con los que se formaran en Asturias, León, Galicia y Euzkadi se debería integrar en el llamado Ejército del Noroeste o del Norte. Ejército que no se llegó a desarrollar; ni tan siquiera llegó a ser efectiva una coordinación entre estos grupos[11].

A finales de año, Rafael Crespo llegó a Santander para organizar dentro de la UNE a los grupos de huidos que actuaban por la Región. Rafael se había fugado del Campo de trabajo de Cuelgamuros en el Escorial, con la intención de pasar a la clandestinidad y ponerse al servició del Partido. Poco después entraba en contacto con Agustín Zoroa Darío, quien tras una serie de charlas le envió a Cantabria. Entre las instrucciones que traía, aparte de reforzar la estructura guerrillera en Cantabria, estaba la creación de una zona guerrille­ra en Euzkadi que se extendiera hasta la frontera francesa.

Para realizar su tarea, Crespo aprovechó la estructura y los contactos del partido, quedando en sus manos desde este momento tanto el Comité Provincial como la Agrupación Guerrillera. La primera misión que acometió fue la de contactar con las diferentes partidas que todavía sobrevivían. Retomó el contacto con el grupo lebaniego y reforzó al grupo que actuaba por la comarca del Miera con la incorporación de Esteban Arce en funciones de comisario político. Implantó enlaces estables para cada una de las parti­das: Honorato Gómez para Liébana, que además era el responsa­ble de la custodia de la multicopista en la que se imprimió propaganda y un número de la revista de la Guerrilla ÍMPETU; y Víctor Gutiérrez para la Brigada Malumbres.

La primavera de 1945 fue muy movida para la Agrupación Guerrillera de Santander. Josep Cerberó cayó en una redada en Madrid, lo que dejó momentáneamente aislada a la Agrupación del Alto Mando Guerrillero. Para suplir esta cadencia y hacerse cargo de los grupos de Maquis que estaban cruzando la frontera, con la misión de crear la deseada Agrupación Guerrillera de Euzkadi, fue enviado Julio Oria a Bilbao. La llegada de Oria significó para la Agrupación Guerrillera de Santander la creación de un eslabón de mando intermedio estable entre el Alto Mando Guerrillero y Rafael Crespo, que hasta ese momento había dirigido la agrupación guerrillera en solitario. Tres fueron los grupos de los que tenemos noticias que intentaron asentarse en el País Vasco, pero esta primera tentativa resultó infructuosa, refugiándose los supervivientes en el seno de la Brigada Malumbres. La combatividad que la Brigada había ganado con estas incorporaciones fue temporal, ya que el Alto Mando Guerrillero mantenía su intención de crear la Agrupación Guerrillera en Euzkadi. Dentro de esta estrategia el papel que la brigada tenía asignado era el de “curtir” a los guerrilleros vascos y servir de embrión para la nueva organización[12].

Mientras tanto, se intentó dar un carácter más ofensivo al grupo lebanie­go, y a la vez extender sus acciones hacia zonas nuevas: hacia el este, llegando hasta las proximidades de Torrelavega y hacia lo que ellos denominaban “la Marina”, que comprendía la comarca oriental Asturiana. Esto tuvo como consecuencia la división de la Brigada en tres grupos más o menos estables. Antes de emprender alguna operación debían informar a los demás para evitar que les cogieran por sorpresa las pesquisas de la Guardia Civil. Cuando se realizaba alguna acción de envergadura lo hacían conjuntamente. La realizada el 6 de Abril, fue una de estas operaciones en que era necesaria la participación de todo el grupo. Se había decidido dar un golpe en la mina de Reocín, próxima a la ciudad de Torrela­vega. Tras una larga preparación sustrajeron a plena luz del día la nómina que se pagaban en aquellas fechas. Se explicó a los obreros el sentido que tenía la acción, y que para ellos no iba a tener consecuencias ya que la mina les debería pagar. Los guerrilleros fueron descubiertos y cercados por la Guardia Civil, sin embargo lograron salir del cerco sin pegar un solo tiro. La cifra de lo sustraído varía en función de la fuente consultada: José Marcos Campillo habla de unas 20.000 pesetas, Honorato de unas 68.000 y la sentencia de condena eleva la cantidad hasta 84.000 pesetas, prácticamente la suma de ambas cantidades. La impor­tancia de la operación radica en que fue la primera que el grupo realizó fuera de su zona de refugio y en el eco que tuvo entre la población. Tras la operación se desplazó policía especializada desde Madrid para investigar el suceso, ante lo cual varios enlaces tuvieron que echarse al monte.

Eran aquéllos momentos de euforia para los guerrilleros; habían salido airosos del asalto a la mina de Reocín, y Berlín acababa de caer. El 22 de abril, junto con algunos enlaces decidieron celebrar la ocasión con una comida en las cabañas de Pandébano. Un enlace temeroso de que se pudieran descubrir sus relaciones con la guerrilla decidió denunciarlos en el Cuartelillo de Carreña. La Guardia Civil del puesto cercó a los guerrilleros mientras dormían. Gildo, que descansaba en un pueblo próximo, fue avisado por un pastor de lo que estaba pasando. Él solo consiguió levantar el cerco. En el tiroteo murió Machado y dos guardias civiles. Tras ese suceso Santiago Rey asumió la dirección, llamándose a partir de ese momento Brigada Machado.

La Brigada Malumbres se movía por la zona comprendida entre el Valle de miera y Ramales. La llegada de Esteban Arce permitió superar los reparos que tenía una parte del grupo en aceptar la estrategia de Unión Nacional. Una vez consolidada esta brigada, la Agrupación ya estaba preparada para conmemorar el 18 de Julio, y dejar constancia que no toda España estaba pacificada. Una redada de la policía en la que cayó el Comité Provincial abortó todo el operativo de reparto de propaganda, que se había desarrollado. Sin embargo, no impidió que la Brigada llevara a cabo las voladuras de líneas de alta tensión y del depósito de locomotoras de Marrón. La caída desbarató toda la estructura de la Guerrilla en el Llano y de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Fueron apresados Rafael Crespo y diez miembros más del Comité; a pesar de todo, quedaron intactos los grupos Guerrilleros. De esta forma a lo largo del verano continuaron con los sabotajes de líneas férreas y eléctricas.

3. LA REORGANIZACIÓN DE LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA

El contexto en que se movían fue cambiando poco a poco. Tras el fin de la Guerra Mundial y las condenas formales que desde la incipien­te ONU se hacían al régimen de Franco, éste se fue consoli­dando. A finales de 1945 el régimen se sentía fuerte y estaba decidido a eliminar todo vestigio de resistencia armada. Cuando el año 1946 llegó a su fin empezaba a intuirse que las potencias aliadas no iban a intervenir militarmente en España. En este período no se volvió a oír hablar de la UNE, que oficialmente fue disuelta el 25 de junio de 1945.

La caída del mes de julio no afectó al mando en Bilbao, lo que le permitió reorganizar la Agrupa­ción Guerrillera en tan solo dos meses. Se separó el Partido de la Guerrilla para que el trabajo de ambas organizaciones no recayera en las mismas personas. Oria fue llamado a Madrid, quedando Miguel a cargo de la Agrupación Guerrillera de Santander y Alberto de la “Federación”, compuesta por la Agrupación Guerrillera de Santander y de la deseada Agrupación Guerrillera de Euzkadi; todavía se mantenía como objetivo prioritario la creación de dicha Agrupación. Dentro de la Agrupación Guerrillera de Santander se creó un Estado Mayor compuesto por Esteban Arce, que bajó de la Brigada Malumbres para ponerse al frente, y por miembros de las JSU que acababan de salir de la cárcel[13].

En un intento de aumentar la capacidad ofensiva de la Brigada Machado, Esteban Arce, como responsable de la Agrupación Guerrillera, subió al monte para reunirse con sus integrantes acompañado de dos expertos en el manejo de explosivos, con la finalidad de formar a los guerrilleros en esta materia, lo que permitió que se realizaran varios sabotajes sobre torres de alta tensión y la línea férrea. En esa etapa, Juanín se convirtió en el vehículo que utilizaba Esteban Arce para mantener contactos con los grupos de la Brigada Machado, al ser su grupo el que estaba instalado en la zona más próxima al lugar de refugio de Esteban. Estas reuniones de coordinación normalmente se celebraban en las inmediaciones de los Picos de Europa, teniendo Esteban que transitar por la misma ruta que los guerrilleros habitualmente practicaban.

A medida que Esteban Arce se fue distanciando de la Agrupación, las relaciones con el grupo Lebaniego pasaron a depender de Martín Santos. En los meses que Martín estuvo desempeñando esa misión, todas las órdenes que partían hacia la Brigada Machado o las informaciones que provenían de ella siempre pasaron por medio de Juanín. Por esta situación, Juanín fue considerado desde la Agrupación el responsable de la Brigada; papel que dentro del grupo no le reconoce en ningún momento el guerrillero José Marcos Campillo. A este respecto conviene aclarar, que Juan Fernández Ayala “Juanín” siempre funcionó con gran autonomía, tanto en lo que respecta a sus acciones personales como cuando desempeñó alguna responsabilidad dentro de la Brigada, lo que nos impide avanzar más en esta cuestión.

A principios de 1946 apareció un nuevo grupo guerrillero, la Brigada Cristino. Tuvo su origen en la necesidad de Martín Santos, miembro del estado mayor de la Agrupación, de echarse al monte, tras haber sido identificado por la policía. Se le planteaba la posibilidad de integrarse en la Brigada Malumbres o en el grupo de Juanín. Él, por otro lado, propuso a la organización crear un nuevo grupo al sur de la Provincia, ya que la Brigada Malumbres actuaba sobre la zona oriental, y la brigada Machado actuaba sobre la zona occidental. El grupo se organizó con posterioridad a la muerte de Cristino García, de quien tomó el nombre, y con anteriori­dad al 22 de abril, fecha de la primera referencia escrita al grupo: «Reinosa acepta decisión formar grupo guerri­llero por su cuenta pero queriendo justificar su responsabilidad por lo que allá al hacerse cargo el tiene»[14]. El embrión del grupo lo formaba Martín, con Churriti y Pancho, que provenían de la Brigada de Malum­bres. Se les sumó Carroceda, militante socialista que tenía problemas con las autoridades por temas del estraperlo y el 9 de julio de 1946, tres militantes, que procedían de una célula de Mataporquera.

La carencia de todo medio para realizar propaganda, les llevó a que el 5 de noviembre de 1946 asaltasen la Lactaria Montañesa de la que extrajeron varias máquinas de escribir; unas se subieron al monte y otras se destinaron al partido. Con estas máquinas, el grupo de Martín, en los momentos libres, se dedicaba a escribir la propaganda que Velarde y el sobrino de Carroceda tiraban desde sus bicicletas las noches previas a la celebración del Mercado de Ganados de Torrelavega. La acción mas osada que realizó esta Brigada se ejecutó una noche de enero de 1947: Martín Santos e Inocencio Aja estuvieron vigilando el edificio de la Comisaría de la Policía Armada en Torrelavega; cuando estuvieron seguros que quedaba completamente vacía la zona, colocaron en los bajos una bomba. Hasta entonces nunca se había operado en el interior de una ciudad. Aunque la noticia no fue publicada, fue difícil que no se difundie­ra de boca en boca en la localidad.

En marzo de 1946 la Brigada Pasionaria fue descubierta en el Puerto del Escudo por la Guardia Civil, cuando se desplazaba desde Francia a Asturias para reforzar el movimiento guerrillero en aquella Región. En pocos días cayeron detenidos gran parte de sus integrantes, que se movían entre la nieve y el desconocimiento de la zona. Para esta operación fueron movilizados efectivos de la Guardia Civil de Santander y Burgos. Los restos de esta Brigada deambularon entre Cantabria, Palencia y Asturias hasta finales de mes, cuando cuatro de ellos fueron localizados por la Brigada Machado en el macizo oriental de los Picos de Europa, en la cual se integra­ron. Entre los miembros de la Agrupación Guerrillera de Santan­der ésta operación dejó malestar, ya que no habían sido avisados de su presencia. Algún guerrillero se lamentaba de que, de haberlo sabido, podrían haberles facilitado el paso[15].

Durante 1946, la Brigada Malumbres realizó las operaciones más ambiciosas. Provocaron múltiples sabotajes en las líneas de alta tensión, y el 13 de Julio en el Hotel Balneario de Puente Viesgo. El objetivo principal de la operación era secuestrar a Queipo de Llano que pasaba allí unos días de descanso. Sin embargo, ese día no se encontraba en el Hotel; había sido reclamado desde Madrid el día anterior para una reunión urgente y había abandonado el lugar. A la semana de producirse el asalto al Balneario de Puente Viesgo, cuatro guerrilleros entraron en el pueblo de Udalla con la intención de llevar a cabo el asalto al comercio que existía en la localidad. La operación trascurría sin incidencias hasta el momento de la retirada en que fueron sorprendidos por la Guardia Civil, cayendo tres guerrilleros. A partir de esta acción se produjeron disensiones dentro de la Brigada Malumbres; posiblemente porque no se hubiera consensuado esta operación, ya que apenas una semana antes se había realizado el asalto al Hotel-Balneario de Puente Viesgo, del que habían obtenido un importante botín. Esta situación permitió que aflorasen de nuevo las discrepancias en el seno del grupo sobre la estrategia a seguir, lo que culminó tiempo más tarde con la separación de la brigada en dos bandos.

En el mes de en marzo de 1946, Oria fue enviado por segunda vez a Bilbao para hacerse cargo de la Agrupación Guerrillera de Santander e intentar poner en marcha la deseada Agrupación Guerrillera de Euzkadi. Para este fin, en abril desplazó a seis guerrilleros de la Brigada Malumbres a la zona minera vizcaína comprendida entre Galdames y Somorrostro, dedicando sus primeras actuaciones a la obtención de dinero, armas y explosivos, con los que poder mantener el funcionamiento de la guerrilla. Toda la actividad del grupo guerrillero se concentró en el mes de mayo, siendo sorprendido cerca de Erandio, a donde se habían desplazado para realizar una operación económica[16]. Oria tuvo que abandonar Bilbao y la Agrupación Guerrillera de Euzkadi llegó a su fin. En junio, Alberto Medrano y Miguel desaparecieron y desde ese momento Antonio Bedia quedó al frente de la Agrupación Guerrillera de Santander aislado del Alto Mando Guerrillero, lo cual no impidió que las brigadas siguieran actuando. Por su parte, Inocencio Aja, responsable junto a Tampa de la Brigada Malumbres, tubo que asumir la tarea de mantener el contacto entre Bedia, que a la postre dirigía la AGS en solitario, y las tres Brigadas.

4. FIN DE LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA DE SANTANDER.

El año del cambio, 1946, había terminado y no parecía que el régimen hubiera mostrado muchos signos de debilitamiento. Superados los miedos que las condenas de las Naciones Unidas y la retirada de los embajadores habían infundido en las bases del franquismo, 1947 se presentaba como el año del fin de la incertidumbre. ¿Iban a tolerar las potencias aliadas que un régimen nacido con el apoyo de los nazis sobreviviera? Ahora sabemos que sí, pero entonces no fue tan evidente. Fue un año trascendental para la Brigada Malumbres; debatiéndose entre su disolución y continuar su proceso de lucha. En la primera mitad del año nos encontramos con que su actividad fue intensa, Sin embargo, con la llegada del verano las tensiones dentro de la Brigada fueron máximas, alcanzando su clímax con la muerte de “Tampa” a manos de otro guerrillero. Un suceso que aún falta por dilucidar; ya que no están claros cuales fueron los motivos de su muerte, ni tan siquiera la fecha exacta en que se produjo. Una vez desaparecido Tampa, se produjo la disolución de la Brigada Malumbres. Aja y el grupo que se había formado en torno suyo se desplazó hacia Torrelavega. Al resto de la Brigada el único fin que les movía, a partir de este momento, era cruzar la frontera. De los siete que componían el grupo, cinco consiguieron cumplir con ese objetivo, los otro dos quedaron atrás.

A finales de junio de 1947 se desató una redada dirigida contra la red de enlaces que la Agrupación Guerrillera había desarrollado en Torrelavega. Antonio Bedia escapó del primer zarpazo, pero fue localizado gracias a la colaboración de alguno de los detenidos con la Guardia Civil. Para salir del aislamiento en que se encontraban Martín Santos junto con Aja intentaron entrar en contacto con el Partido para reorganizar la guerrilla. El Comité Provincial de Santander era una organización muy débil que carecía en estos momentos de contactos con otros órganos del partido, por lo que dirigieron un informe al Partido en Bilbao, para que desde allí se hiciera cargo de la dirección de la guerrilla. A pesar de que el informe llegó a sus manos no llegaron a hacer ningún intento de establecer contacto[17]. Mientras tanto, Aja y Pancho estaban a la espera de una respuesta en el pueblo de Torres, donde fueron localizados por la Guardia Civil. En el cruce de fuego entre guerrilleros y guardias la dueña de la casa quedó malherida. Por la parte de atrás de la casa los guerrilleros intentaron huir. Pancho fue abatido por los disparos de la Guardia Civil y Aja se ahogó al intentar cruzar el río Besaya que venía crecido, lo cual dejaba a Martín más aislado, si cabe.

Desde que se produjeron las caídas de junio, el grupo que se había formado alrededor de Aja, y que ahora estaba a cargo de Rubén fue a ciegas, sin poder ponerse en contacto con sus enlaces, evitando los caminos y con pocos momentos de descanso. En esta situación decidieron asaltar la tienda de Miguel Ángel Arenal, en Vega de Villafufre; allí les estaba esperando un Somatén. En el tiroteo que entablaron cayeron heridos Rubén y Zurita. Rubén murió por las torturas recibidas y falta de asistencia médica. Los otros dos miembros del grupo, Ciuco y Colsa, escaparon y hasta que se entregaron en diciembre tuvieron que ser protegidos por miembros del Partido. Su caída fue el inicio de una redada entre los enlaces del grupo y del Partido.

A pesar de que Martín Santos intentó que la Brigada Cristino se mantuviera activa, las dudas comenzaron a hacer mella entre los guerrilleros. Ante la falta de un futuro claro, terminó por inclinar a una parte del grupo hacia una vida más cómoda. Tres guerrilleros se separaron del grupo al no poder subir mujeres al campamento. Fueron abatidos por la Guardia Civil el 27 de diciembre de 1947 en La Población. Sin embargo, la Brigada Cristino permaneció activa a lo largo de 1948. En Noviembre, Martín Santos y Alfredo Bárcena intentaron pasar a Francia con el fin de contactar con el Partido y recibir así instrucciones. Fueron descubiertos en un hotel en San Sebastián y en las persecucio­nes posteriores fue abatido Bárcena. Casi milagrosa­mente Martín consiguió eludir dos veces el cerco de la Guardia Civil, y enlazar con el taxi que le había llevado. En Bilbao se apeó del taxi, robó una sotana y con ella se plantó en Montes Claros, a través del tren de la Robla. Tras este fracaso, al año siguiente el objetivo del grupo fue preparar su definitivo paso a Francia. A mediados de 1949, consi­guieron enlazar con José Imaz, que había llegado en la primavera a hacerse cargo del Partido. Imaz, a través de unos contactos preparó la salida del grupo al extranjero. Para financiar esta operación se pensó en el secuestro del hijo de Emilio Valle, quien por Reinosa pregonaba que los guerrilleros de León no habían podido «echarle mano», lo que daba a la operación un cierto carácter de reto perso­nal. Emilio Valle poseía minas en León, Palencia y Cantabria, y tenía a una hija casada con Arias Navarro. El objetivo reunía todas las características deseables. El 28 de agosto de 1949 realizaron la operación, pero debieron contentarse con un hermano del citado, ya que no le encontraron. Le mantuvieron retenido solamente un día debido a que el pago se realizó de forma rápida: les pidieron 500.000 pesetas. Una vez que Martín tuvo el dinero, bajó con Carroceda para preparar el viaje a Torrelavega. De vuelta al campamento en los Carabeos descubrieron que los otros cuatro habían desaparecido. Al no poder localizar­los, Martín y Carroceda decidieron marchar solos.

5. AÚN LIEBANA PERMANECE EN LOS MONTES.

A partir de 1948 era difícil justificar la continuidad en el monte como un intento de derrocar al régimen, puesto que en Cantabria no existía rastro alguno de una dirección de los grupos guerrilleros. Tras la caída de la Agrupación Guerrillera, la Brigada Machado quedó aislada de la organización del Partido. En un informe del Partido Comunista elaborado tras una reunión con 16 guerrilleros de la Brigada Machado, en la comarca asturiana de la Borbolla con fecha de enero de 1948, se dice de la moral de los guerrilleros: «…lo que más quebranta ésta, es la falta de un organismo exterior o interior que estimule y preste ayuda y dirección a la resistencia. Esto sería un hecho acogido en las guerrillas con calor y entusiasmo y que terminaría con muchas divergencias» [18]

La presencia de Maté en la Brigada Machado posibilitó que se estableciese contacto con los guerrilleros asturianos, en concreto con los hermanos Caxigal. En el momento en que se produjo el contacto, los grupos asturianos ya estaban bajo la influencia de “Carlos”. Este personaje se había infiltrado entre ellos con la misión de aniquilar a toda la guerrilla asturiana. Para esto había organizado un falso desembarco de Armas. Los lebaniegos desconfiaban de “Carlos”, por lo que se desentendieron de la operación. La operación de desembarco se realizó en San Vicente de la Barquera, y no fue más que una trampa en la que cayeron varios grupos asturianos. De esta manera se diluía la última esperanza de contactar con el Partido[19].

Los hechos destacados a partir de este momento se debieron a los pasos de frontera, las caídas y las muertes, generalmente de guerrilleros y enlaces. No se produjeron acciones ofensivas; su principal dedicación fue dar golpes económicos que les asegurasen la supervivencia. José Marcos afirma, que hacia 1950, siendo consciente de la inexistencia de una organización que diera sentido a la resistencia, la desunión entre los partidos que defendie­ron la República y la falta de apoyo internacional planteó pasar a Francia al resto del grupo. De hecho, Carlos Cosío y «El Dandi» pasaron la frontera ese mismo año. Sin embargo: «Los que habían venido de Francia no querían volver para allá, y no sé porqué».

El 4 de julio de 1952 pereció el Secretario del Ayuntamiento de Tresviso a manos de los guerrilleros; este hombre se había caracterizado por las continuas denuncias a sus vecinos, siendo responsable de numerosas encarcelaciones y palizas, además de ser quien mató a Mateo Campo cuando intentaba huir en Cañimuelles.

El día 20 de octubre de 1952 era lunes, y como todos los lunes había mercado en Potes. En un registro rutinario en Tama sorprendieron a Gildo, a Guerrero y a Pin el asturiano en la casa de Dominador Gómez Herrero. El registro lo realizaba un Sargento y dos números de la Guardia Civil. Nada más comenzar el tiroteo, Gildo cayó muerto, el Asturiano y Guerrero perforaron el suelo de madera y salieron por la bodega de la casa. En la huída, el Sargento les cortó al paso, y allí cayó muerto. Al cruzar el puente, un Guardia que estaba allí de permiso, mató a Pin el Asturiano, pudiendo escapar Guerrero. Los Civiles, al encontrar muerto al sargento, allí mismo fusilaron a los dueños de la casa y a una hija menor de edad. Tras lo sucedido en Tama se produjo una gran redada en la que fueron detenidos muchos enlaces y familiares, que sufrieron brutales torturas; algunos llegaron a dormir quince días entre los caballos de la Guardia Civil de Potes, siéndoles aplicado el cepo.

En este momento quedaban seis guerrilleros en el monte: Santiago Rey, Joaquín Sánchez El Chino, José Marcos Campillo, Quintiliano Guerrero, Juan Fernández Ayala Juanín y Francisco Bedoya, que se había incorporado al monte en febrero de 1952.

El siguiente encuentro con la Guardia Civil se produjo el 14 de abril 1953. A la salida de Tresviso, en pleno monte, Marcos y Guerrero fueron sorprendidos por una patrulla de la Civil que estaba apostada. Murió Guerrero, y José Marcos, mal herido, consiguió llegar a casa de un enlace atravesando el macizo oriental de los Picos de Europa. Para ser curado necesitaba atención especializada, por lo que se pusieron en contacto con Santiago Rey, que organizó el traslado de Marcos a Bilbao. Tras su recuperación el objetivo fundamental fue pasar a Francia. Volvieron a Liébana para contactar con Juanín y Bedoya. Pero no consiguieron localizarlos debido a la prudencia que mantenían; nunca decían de dónde venían, ni a dónde iban, con lo cual regresaron a Bilbao y prepararon la salida del país sin ellos.

A través de un hermano de José Marcos, consiguieron un guía para pasar la frontera. En un primer momento, organizaron la salida de el Chino y de otro hermano de José Marcos para alejarlos de las redadas que se iban a desatar. Para financiar la evasión decidie­ron secuestrar a Emilio Bollaín, un abogado que poseía grandes extensiones de pinos en Balmaseda. Tras el secuestro se desató una intensa persecución. La Guardia Civil estuvo rastreando varios días, pero no dio con ellos. Se refugiaron una temporada en Bilbao, a la espera de poder traspasar la frontera en un momento de mayor calma. El 4 de octubre de 1955 Santiago Rey y José Marcos Campillo cruzaron la frontera. Cuando ya estaban tranquilamente asentados en Francia fueron reclamados por el Gobierno español, pero el gobierno francés no concedió la extradición al considerarlos refugiados políticos.

Todavía sobrevivirán Juanín y Bedoya hasta 1957, dando continuos golpes económicos con los que sustentarse. Tenían una amplia red de enlaces, lo que les daba bastante libertad de movimien­tos y facilidad para encontrar lugares seguros. En estos años las noticias que tenemos de la pareja son las de sus acciones que salpicaron el occidente de Cantabria. Es en esta etapa, donde sus figuras alcanzaron ese toque mítico que aún conservan en el recuerdo de muchos cántabros. Los sucesos del 24 de abril de 1957 que acabaron con la vida de Juanín, han sido los que quizás hayan despertado la mayor curiosidad. A pesar de la cantidad de conjeturas, testimonios y opiniones vertidas sobre el tema no se ha podido esclarecer totalmente lo que ocurrió ese día. Sin embargo, la valoración no parece cambiar. Al día siguiente, en grandes titulares, se publicaba en la prensa la noticia, sin esperar el permiso gubernativo correspondiente. Será la noticia, de las que hicieron referencia a los del monte, que más rápido se difundió. Era el fin de un mito, el de la resistencia armada al Franquismo. Hecho que convenía propagar, aún cuando Bedoya todavía sobreviviera hasta diciembre de ese año. Bedoya cuando se encontró solo accedió al plan de su cuñado: subirse en una moto con destino a Francia. Esta maniobra estaba preparada por la Policía, para acabar con el guerrillero lejos de sus escondites naturales. Su cuñado, que colaboraba con la Policía, no sabía que le esperaba la misma suerte que él había trenzado.

Hace diez años decíamos, y ahora afirmamos, que «en Cantabria el movimiento guerrillero fue el intento más serio de oposición al Franquismo; quizás el único hasta bien entrados los años sesenta. Hay que definir a los grupos que surgen como un movimiento de autodefensa ante la inviabilidad de incorporarse a la vida civil. En 1944 se organizaron bajo la estela del PCE, y permanecieron hasta 1947, en que fue desarticulada la organización guerrillera. A partir de este momento los grupos fueron desapareciendo bajo los impulsos de la Guardia Civil o el paso de la frontera. En Liébana sobrevivieron guerrilleros hasta 1957. Esta larga agonía quizá sea producto de la inercia, ya que no se ha podido demostrar que recibieran consignas o apoyos del Partido con posteriori­dad a 1948»[20].
[1] “Alerta”, 27de enero de 1941.
[2] “Alerta”, 22 de octubre de1952.
[3] “Diario Montañés”, 26 de abril de 1957.
[4] AGA Sección Gobernación. Caja 8812. Comunicación del Gobernador Civil de Santander de 12 de julio de 1.941 al Excmo. Señor Director General de Seguridad.
[5] Ibidem.
[6] AGA Sección Presidencia. Caja 10, expediente 19. CIRCULAR dirigida a la Delegación Nacional de Provincias. Por la Jefatura Provincial de Santander Falange Española Tradicionalista J.O.N.S.
[7] AGA. Sección Gobernación. Caja 8812. Oficio del Gobernador Civil de Santander Interino al Director General de Seguridad. Santander, 30 de octubre de 1941. Negociado de Orden Público, número 38.186. AGA. Sección Gobernación. Caja 8812. Oficio del Comisario Jefe de Policía al Director General de Seguridad. Santander, 30 de octubre de 1941. Negociado de Orden Público, número 13.340.
[8] “Alerta”, 11 de noviembre 1941: “Otros 3 malhechores de la partida de “El Cariñoso”, muertos por la Guardia Civil en Arredondo”.
[9] Sierra, L: Relatos sueltos y personales de una época aciaga y exangüe para España. Texto Mecanografiado. (Pág.3)
[10] AGA. Sección Gobernación. Caja 10.764. Oficio del Gobernador Civil de León dirigido al Director General de Seguridad, León a 28 de Septiembre de 1943. Negociado 3º, número 8.253.
[11] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac 43.
[12] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac.46-53. Guerrilleros. Informaciones del Partido correspondientes a 1945 y 1946. Informe de la Delegación de noviembre de 1945 (Pág.16)
[13] Ibidem.
[14] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac 46-53. Cables de Asturias. 24 de abril de 1946. (Pág.64)
[15] ANDRÉS,V (1998): “Los que vinieron de francia y la resistencia armada: Caída de la Brigada Pasionaria (1946)”. III Encuentro de investigador@s sobre el franquismo y la transición. Sevilla, 1998. (Pág.458-467)
[16] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac.39-41. Informe Oria. Abril 1947. (Pág.13)
[17] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac.165. Informe de Aja y Martín a la Agrupación de Bilbao para que se haga cargo de la dirección de la Guerrilla. 30 de octubre de 1947.
[18] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac 195. Sobre lo que el partido me pidió con interés. 7 de enero de 1948
[19] GÓMEZ FOUZ, J.R. (1989): Bernabé (el mito de un bandolero). Biblioteca Julio Somoza. Barcelona. (Pág.47-70). Gómez Fouz, J.R. (1992): La brigadilla. Biblioteca Julio Somoza. Gijón. (Pág.88-109).
[20] ANDRÉS, V. (1996): “La historia que no contó el abuelo. Guerrilleros y huidos en los montes de Cantabria”. V Jornadas Historia y fuentes orales. Testimonios y escritos. España 1936-1996. Fundación Cultural Santa Teresa, Ávila. (Págs. 289-304)

 

Este artículo fue publicado en el número de junio de 2006 de la revista Historia 16 (Pgs. 100-117)

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Coordinaora Antifacista de Cantabria [CAC] https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/historia/es-historia-coordinaora-antifacista-cantabria-cac/ Tue, 14 Jul 2026 13:41:26 +0000 https://devbriega.fabrikagrafika.com.es/entrevistas/es-historia-coordinaora-antifacista-cantabria-cac/

 La Coordinaora Antifacista de Cantabria (CAC) surge de un proceso de apertura  y reestructuración de la antigua coordinadora, que llevaba funcionando como asamblea de jóvenes antifascistas desde hacia unos años y la necesidad de coordinar las distintas sensibilidades y colectivos antifascistas, dentro de las distintas comarcas

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 La Coordinaora Antifacista de Cantabria (CAC) surge de un proceso de apertura  y reestructuración de la antigua coordinadora, que llevaba funcionando como asamblea de jóvenes antifascistas desde hacia unos años y la necesidad de coordinar las distintas sensibilidades y colectivos antifascistas, dentro de las distintas comarcas y territorios de Cantabria, para combatir el fascismo y sus causas en todos los ámbitos. 

Agrupa por tanto personas y colectivos con diversos, superando sus diferencias ideológicas, para trabajar conjuntamente contra el fascismo y el capitalismo. tomando por tanto la CAC un  funcionamiento básico de coordinadora antifascista y antirrepresiva.

El funcionamiento fomenta el asamblearismo, la horizontalidad y el respeto. Manteniendo independencia frente a cualquier partido u organización y mantiene autonomía económica.

Ver: Blog.

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Diciembre 08 [Diagonal Cantabria] Nueva coordinaora antifacista.

22-11-08 [Manifestación] Escontra´l fascismu y el racismu. {Crónica de la mani}

14-11-08 [Charla] Represión a los MMSS y organizaciones antifascistas.

5-11-07 [Jornadas] 1937-1957-2007 Siguimos echaos al monti. {crónica de la mani}

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