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Una de las cuestiones más desconcertantes que enfrenta la izquierda (como quiera que se la defina) es el papel desempeñado por el nacionalismo en el desarrollo social y por las demandas populares de identidad cultural y soberanía política. Para la izquierda del siglo XIX, el nacionalismo era visto principalmente como una cuestión europea, que implicaba la consolidación de Estados-nación en el corazón del capitalismo. Sólo de manera secundaria, si acaso, fue vista como la lucha antiimperialista y presumiblemente anticapitalista en la que se convertiría en el siglo XX.
Esto no significó que la izquierda del siglo XIX favoreciera las depredaciones imperialistas en el mundo colonial. A principios de este siglo, hasta donde yo sé, casi ningún pensador radical serio consideraba una bendición los intentos de las potencias imperialistas de sofocar los movimientos de autodeterminación en las zonas coloniales. La izquierda se burló y generalmente denunció las arrogantes afirmaciones de las potencias europeas de llevar “progreso” a las zonas “bárbaras” del mundo. Las opiniones de Marx sobre el imperialismo pueden haber sido equívocas, pero nunca le faltó una aversión genuina por las aflicciones que sufrían los pueblos nativos a manos de los imperialistas. Los anarquistas, a su vez, se mostraron casi invariablemente hostiles a la pretensión europea de ser el faro de civilización para el mundo.
Sin embargo, si bien la izquierda despreció universalmente las pretensiones civilizadoras de los imperialistas a finales del siglo pasado, en general consideró el nacionalismo como una cuestión discutible. La “cuestión nacional”, para usar la frase tradicional en la que se enmarcaban tales discusiones, estuvo sujeta a serias disputas, ciertamente en lo que a tácticas se refería. Pero, por acuerdo general, los izquierdistas no consideraban el nacionalismo, que culminaba en la creación de Estados-nación, como la dispensación definitiva del futuro de la humanidad en una sociedad colectivista o comunista. De hecho, el único principio sobre el que coincidía la izquierda de antes de la Primera Guerra Mundial y de los períodos de entreguerras era la creencia en la humanidad compartida de las personas, independientemente de su pertenencia a diferentes grupos culturales, étnicos y de género, y de sus afinidades complementarias en una sociedad libre como seres humanos racionales con capacidad de cooperación, voluntad de compartir recursos materiales y un ferviente sentido de empatía. La «Internacional», el himno compartido por socialdemócratas, socialistas y anarquistas por igual hasta la revolución bolchevique e incluso después, terminó con el conmovedor grito: «La ‘Internacional’ será la raza humana«. La izquierda destacó al proletariado internacional como el agente histórico del cambio social moderno, no en virtud de su especificidad como clase o de su particularidad como componente de una sociedad capitalista en desarrollo, sino en virtud de su necesidad de alcanzar la universalidad para abolir la sociedad de clases, es decir, como la clase impulsada por la necesidad de eliminar la esclavitud asalariada aboliendo la esclavitud como tal. El capitalismo había llevado la histórica “cuestión social” de la explotación humana a su forma final y más avanzada. «¡Es el conflicto final!» resonó la “Internacional”, con un sentido de compromiso universalista, uno que ningún movimiento revolucionario podría ignorar por más tiempo sin subvertir las posibilidades de pasar de una “prehistoria” de intereses de clase bárbaros a una “verdadera historia” de una humanidad totalmente emancipada.
Como mínimo, ésta era la perspectiva compartida de la izquierda de antes y de entreguerras, particularmente de sus diversas tendencias socialistas. La primacía que los anarquistas han dado históricamente a la abolición del Estado, el organismo por excelencia de coerción jerárquica, los llevó directamente a su denigración del Estado-nación y del nacionalismo en general, no sólo porque el nacionalismo divide a los seres humanos territorial, cultural y económicamente, sino porque sigue la estela del Estado moderno y lo justifica ideológicamente.
Lo que preocupa aquí es la tradición internacionalista que jugó un papel tan pronunciado en la izquierda del siglo pasado y el primer tercio del presente, y sus mutaciones hasta convertirse en una “cuestión” altamente problemática, particularmente en los escritos de Rosa Luxemburgo y Lenin. Ésta es una “cuestión” de no poca importancia. Sólo tenemos que considerar la absoluta confusión que lo rodea hoy, cuando el siglo llega a su fin –cuando un nacionalismo salvajemente intolerante está subvirtiendo la tradición internacionalista de la izquierda– para reconocer su importancia. El surgimiento de nacionalismos que explotan las diferencias raciales, religiosas y culturales tradicionales entre los seres humanos, incluidas incluso las diferencias lingüísticas y cuasitribales más triviales, por no hablar de las diferencias en identidad de género y preferencia sexual, marca una descivilización de la humanidad , una retroceder a una época en la que el número de dedos con los que la gente hacía la señal de la cruz determinaba si ellos y sus vecinos se destriparían entre sí en conflictos sangrientos, como señaló Nikos Kazantzakis en Zorba el Griego .
Lo que es particularmente inquietante es que la izquierda no siempre ha visto el nacionalismo como una demanda regresiva. La izquierda moderna, tal como es hoy, con demasiada frecuencia abraza acríticamente el lema “liberación nacional”, un lema que ha resonado en sus filas sin tener en cuenta el ideal básico expresado en la “Internacional”. Los llamados a una “identidad” tribal acentúan estridentemente las características particulares de un grupo para ganar electores, un esfuerzo que niega el espíritu de la “Internacional” y el internacionalismo tradicional de la izquierda. El significado mismo del nacionalismo y la naturaleza de su relación con el estatismo está planteando cuestiones, especialmente hoy, para las cuales la izquierda está desprovista de ideas aparte de los llamados a la “liberación nacional”.
Si los izquierdistas actuales pierden todo recuerdo viable de una izquierda internacionalista anterior, por no hablar del surgimiento histórico de la humanidad de su trasfondo animal, de su desarrollo milenario desde hechos biológicos como la etnicidad, el género y las diferencias de edad hacia afinidades verdaderamente sociales, basadas en la ciudadanía, la igualdad y un sentido universalista de una humanidad común: el gran papel asignado a la razón por la Ilustración bien puede estar en grave duda. Sin una forma de asociación humana que pueda resistir y, con suerte, ir más allá del nacionalismo en todas sus variantes populares ―ya sea que tome la forma de una izquierda reconstituida, una nueva política, un libertarismo social, un humanismo renovado, una ética de la complementariedad― entonces cualquier cosa que pueda podemos llamar legítimamente civilización, de hecho, el espíritu humano mismo, bien puede extinguirse mucho antes de que nos abrume la guerra nuclear, las crecientes crisis ecológicas o, más en general, una barbarie cultural comparable sólo a los períodos más destructivos de la historia. Entonces, en vista del creciente nacionalismo actual, pocos esfuerzos podrían ser más importantes que examinar la naturaleza del nacionalismo y comprender la llamada “cuestión nacional” tal como la izquierda en sus diversas formas la ha interpretado a lo largo de los años.
Un panorama histórico
El nivel de desarrollo humano puede medirse en gran parte por el grado en que las personas reconocen su unidad compartida. De hecho, la libertad personal consiste en gran parte de nuestra capacidad de elegir amigos, socios, asociados y afines sin tener en cuenta sus diferencias biológicas. Lo que nos hace humanos, aparte de nuestra capacidad para razonar en un alto plano de generalización, asociarnos en instituciones sociales mutables, trabajar cooperativamente y desarrollar un sistema de comunicación altamente simbólico, es un conocimiento compartido de nuestra humanitas. Las memorables palabras de Goethe, tan características de la mente de la Ilustración, todavía persisten como criterio de nuestra humanidad: “Hay un grado de cultura en el que el odio nacional desaparece, y en el que uno se sitúa hasta cierto punto por encima de las naciones y siente el bien y el mal de una nación vecina como si le hubiera pasado a uno mismo”[1].
Si Goethe estableció aquí un estándar de humanidad auténtica –y seguramente uno puede exigir más de los seres humanos que empatía por su “propio pueblo”– la humanidad primitiva era menos que humana según ese estándar. Aunque un elemento lunático en el movimiento ecologista actual pide un “retorno a una espiritualidad del Pleistoceno”, con toda probabilidad habrían encontrado esa “espiritualidad” muy descorazonadora en realidad. En las épocas prehistóricas, probablemente marcadas por la organización social de bandas y tribus, los seres humanos eran, “espiritualmente” o no, en primer lugar y ante todo miembros de una familia inmediata, en segundo lugar, miembros de una banda y, en última instancia, miembros de una tribu. Lo que determinaba la pertenencia a algo más allá de un grupo familiar determinado era una extensión del vínculo de parentesco: las personas de una tribu determinada estaban socialmente vinculadas entre sí por relaciones de sangre reales o ficticias. Este “juramento de sangre”, así como otros “hechos biológicos” como el género y la edad, definían los derechos, las obligaciones y, de hecho, la identidad en la sociedad tribal.
Además, muchas bandas o grupos tribales (quizás la mayoría) consideraban humanos sólo a aquellos que compartían el “juramento de sangre” consigo mismos. De hecho, una tribu a menudo se refería a sí misma como “el pueblo”, nombre que expresaba su derecho exclusivo a la humanidad. Otras personas, que estaban fuera del círculo mágico de los vínculos sanguíneos reales o míticos de una tribu, eran «extraños» y, por tanto, en cierto sentido no eran seres humanos. El “juramento de sangre” y el uso del nombre “el pueblo” para designarse a sí mismos a menudo enfrentaban a una tribu con otras que hacían el mismo reclamo exclusivo de ser humanos y ser “el pueblo”, incluso entre pueblos que compartían lenguas, rasgos y culturas comunes.
De hecho, la sociedad tribal era extremadamente cautelosa con cualquiera que no fuera uno de sus propios miembros. En muchas zonas, antes de que un extraño pudiera cruzar una frontera territorial, tenía que esperar sumisamente y pacientemente una invitación de un anciano o chamán de la tribu que reclamaba el territorio antes de continuar. Sin la hospitalidad, que generalmente se concebía como una virtud cuasirreligiosa, cualquier extraño arriesgaba su vida y su integridad física en el territorio de una tribu, de modo que el alojamiento y la comida solían ir precedidos de actos rituales de confianza o buena voluntad. El apretón de manos moderno puede haberse originado como una expresión simbólica de que la mano derecha estaba libre de armas.
La guerra era endémica entre nuestros ancestros prehistóricos y en las comunidades nativas posteriores, a pesar del alto estatus, casi de culto, que disfrutan hoy los “aborígenes ecológicos” aparentemente pacíficos entre los euroamericanos blancos de clase media. Cuando los grupos recolectores cazaban excesivamente la presa en su territorio habitual, como ocurría a menudo, normalmente estaban más que dispuestos a invadir el área de un grupo vecino y reclamar sus recursos para sí. Por lo general, después del surgimiento de las cofradías guerreras, la guerra adquirió atributos culturales además de económicos, de modo que los vencedores ya no se limitaban a derrotar a sus “enemigos” reales o elegidos, sino que virtualmente los exterminaban, como lo atestigua la destrucción casi genocida de los indios hurones por sus primos iroqueses que están lingüística y culturalmente relacionados.
Si los grandes imperios del antiguo Medio Oriente y Oriente conquistaron, pacificaron y subyugaron a muchos grupos étnicos y culturales diferentes, convirtiendo así a pueblos extraños en súbditos abyectos de monarquías despóticas, el factor individual más importante para erosionar el provincianismo aborigen fue el surgimiento de la ciudad. El ascenso de la ciudad antigua, ya sea democrática como en Atenas o republicana como en Roma, marcó una situación social radicalmente nueva. En contraste con la gente de orientación familiar y parroquial que había constituido el mundo tribal y aldeano, las ciudades occidentales ahora se estructuraban cada vez más en torno a la proximidad residencial y los intereses económicos compartidos. Una “segunda naturaleza”, como la llamó Cicerón, de vínculos sociales y culturales humanistas comenzó a reemplazar la antigua forma de organización social basada en la “primera naturaleza” de vínculos biológicos y sanguíneos, en los que se habían anclado los roles y obligaciones sociales de los individuos en su familia, clan, género y similares, más que en asociaciones de su propia elección.
Etimológicamente, “política” deriva del griego politika, que connota una ciudadanía activamente involucrada que formula las políticas de una comunidad o polis y, en la mayoría de los casos, las ejecuta de manera rutinaria en el curso del servicio público. Aunque se requería una ciudadanía formal para participar en esa política, las polis como la Atenas democrática celebraron su apertura a los visitantes, en particular a artesanos expertos y comerciantes conocedores de otras comunidades étnicas. En su famosa oración fúnebre, Pericles declaró: “Abrimos nuestra ciudad al mundo, y nunca mediante actos extraños excluimos a los extranjeros de cualquier oportunidad de aprender u observar, aunque los ojos de un enemigo ocasionalmente puedan beneficiarse de nuestra liberalidad, confiando menos en el sistema y la política que al espíritu nativo de nuestros ciudadanos; mientras que, en la educación, desde sus mismas cunas mediante una disciplina dolorosa buscamos la virilidad [en Esparta], en Atenas vivimos exactamente como nos plazca y, sin embargo, estamos igualmente dispuestos a afrontar todos los peligros legítimos”[2].
En tiempos de Pericles, la liberalidad ateniense, sin duda, todavía estaba limitada por una noción en gran medida ficticia de la ascendencia compartida de sus ciudadanos, aunque menos que antes. Pero es difícil ignorar el hecho de que la obra maestra dialéctica de Platón, La República, ocurre como un diálogo en la casa de Céfalo, cuya familia era extranjera residente en el Pireo, la zona portuaria de Atenas donde vivía la mayoría de los extranjeros. Sin embargo, en el diálogo mismo el intercambio entre ciudadano y extranjero no está inhibido por consideraciones de estatus.
Con el tiempo, el emperador romano Caracalla convirtió a todos los hombres libres del Imperio en “ciudadanos” de Roma con iguales derechos jurídicos, universalizando así las relaciones humanas a pesar de las diferencias de idioma, etnia, tradición y lugar de residencia. El cristianismo, a pesar de todos sus defectos, celebró la igualdad de las almas de todas las personas ante los ojos de la deidad, un “igualitarismo” celestial que, en combinación con las ciudades medievales abiertas, eliminaba teóricamente los últimos atributos de ascendencia, etnicidad y tradición que dividían seres humanos unos de otros.
En la práctica, no hace falta decirlo, estos atributos aún persistían, y varios pueblos mantuvieron lealtades parroquiales a sus aldeas, localidades e incluso ciudades, contrarrestando los tenues ideales romanos y particularmente cristianos de una humanitas universal. El mundo medieval unificado estaba fragmentado jurídicamente en innumerables soberanías baroniales y aristocráticas que localizaban los compromisos populares locales con un señor o lugar determinado, enfrentando a menudo a pueblos cultural y éticamente relacionados entre sí en otras áreas. La Iglesia Católica se opuso a estas soberanías parroquiales, no sólo por razones doctrinales sino para poder expandir la autoridad papal sobre la cristiandad en su conjunto. En cuanto al poder secular, monarcas descarriados pero fuertes como Enrique II de Inglaterra intentaron imponer la “paz del rey” en grandes áreas territoriales, sometiendo a los nobles en guerra con distintos grados de éxito. Así, el Papa y el rey trabajaron en conjunto para disminuir el provincianismo, incluso mientras se batían en duelo por el control de áreas cada vez más grandes del mundo feudal.
Sin embargo, los ciudadanos auténticos estuvieron profundamente involucrados en la actividad política clásica en muchos lugares de Europa durante la Edad Media. Los burgueses de las democracias urbanas medievales eran esencialmente maestros artesanos. Las tareas de sus gremios, o fraternidades vocacionales ricamente articuladas, no eran menos morales que económicas; de hecho, formaban la base estructural de una economía moral genuina. Los gremios no sólo “vigilaban” los mercados locales, fijaban “precios justos” y aseguraban que la calidad de los productos de sus miembros fuera alta; participaron en festivales cívicos y religiosos como entidades distintas con sus propios estandartes, ayudaron a financiar y construir edificios públicos, velaron por el bienestar de las familias de los miembros fallecidos, recaudaron dinero para obras de caridad y participaron como milicianos en la defensa de la comunidad de la cual eran parte. Sus ciudades, en el mejor de los casos, conferían libertad a los siervos fugitivos, velaban por la seguridad de los viajeros y defendían firmemente sus libertades cívicas. La eventual diferenciación de las poblaciones de las ciudades en ricas y pobres, poderosas e impotentes, y “nacionalistas” que apoyaron a la monarquía contra una nobleza depredadora, constituyen un drama complejo que no se puede discutir aquí.
En diversos momentos y lugares algunas ciudades crearon formas de asociación que no eran ni naciones ni baronías parroquiales. Se trataba de confederaciones interurbanas que duraron siglos, como la Liga Hanseática; confederaciones cantonales como la de Suiza; y más brevemente, intentos de lograr confederaciones de ciudades libres como el movimiento comunero español de principios del siglo XVI. No fue hasta el siglo XVII –particularmente bajo Cromwell en Inglaterra y Luis XIV en Francia– que los centralizadores de una forma u otra finalmente comenzaron a forjar naciones duraderas en Europa.
Permítanme subrayar que los Estados-nación son Estados, no sólo naciones. Establecerlos significa otorgar poder a un aparato burocrático, profesional y centralizado que ejerce un monopolio social de la violencia organizada, especialmente en la forma de sus ejércitos y policías. El Estado se adelanta a la autonomía de las localidades y provincias por medio de su todopoderoso ejecutivo y, en los estados republicanos, de su legislatura, cuyos miembros son elegidos o designados para representar a un número fijo de “electores”. El ciudadano de una localidad autogestionada se desvanece en una agregación anónima de individuos que pagan una cantidad adecuada de impuestos y reciben los “servicios” del Estado. La “política” en el Estado-nación se convierte en un conjunto de relaciones de intercambio en el que los electores generalmente intentan obtener lo que pagan en un mercado “político” de bienes y servicios. El nacionalismo como forma de tribalismo en términos generales refuerza al Estado al proporcionarle la lealtad de un pueblo con afinidades lingüísticas, étnicas y culturales compartidas; de hecho, legitima al Estado al darle una base de puntos comunes biológicos y tradicionales aparentemente abarcadores entre los pueblos. No fueron los ingleses los que crearon Inglaterra, sino los monarcas ingleses y los gobernantes centralizadores, del mismo modo que fueron los reyes franceses y sus burocracias quienes forjaron la nación francesa.
De hecho, hasta que la construcción del Estado empezó a adquirir nuevo vigor en el siglo XV, los Estados-nación en Europa siguieron siendo una novedad. Incluso cuando una autoridad centralizada basada mínimamente en una comunidad lingüística comenzó a fomentar el nacionalismo en toda Europa occidental y Estados Unidos, el nacionalismo enfrentó un destino muy dudoso. El confederalismo siguió siendo una alternativa viable al Estado-nación hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado. Todavía en 1871, la Comuna de París llamó a todas las comunas de Francia a formar un poder dual confederal en oposición a la recién creada Tercera República. Al final, el Estado-nación ganó en este complejo conflicto y, de hecho, el estatismo estaba firmemente vinculado al nacionalismo. Los dos eran prácticamente indistinguibles entre sí a principios de este siglo.
El nacionalismo y la izquierda
Los teóricos y activistas radicales de la izquierda abordaron de maneras muy diferentes la multitud de problemas históricos y éticos que planteó el nacionalismo con respecto a los esfuerzos por construir una sociedad comunista y cooperativa. Históricamente, los primeros intentos izquierdistas de explorar el nacionalismo como un problema que obstruye el advenimiento de una sociedad libre y justa provinieron de varios teóricos anarquistas. Pierre-Joseph Proudhon parece no haber cuestionado nunca el ideal de la solidaridad humana, aunque nunca negó el derecho de un pueblo a la singularidad cultural e incluso a separarse de cualquier tipo de «contrato social», siempre que estuviera seguro de que los derechos de nadie más fueran violados. Aunque Proudhon detestaba la esclavitud ―observó sarcásticamente que el Sur americano “con la Biblia en la mano, cultiva la esclavitud”, mientras que el Norte americano “está creando ya un proletariado”[3]―, concedió formalmente el derecho de la Confederación a retirarse de la Unión durante la Guerra Civil de 1861-1865.
En términos más generales, las opiniones confederalistas y mutualistas de Proudhon lo llevaron a oponerse a los movimientos nacionalistas en Polonia, Hungría e Italia. Sus nociones antinacionalistas quedaron algo diluidas por su propio francofilismo, como señaló más tarde el socialista francés Jean Jaures. Proudhon temía la formación de Estados-nación fuertes en las fronteras de Francia o cerca de ellas. Pero también fue, a su manera, un producto de la Ilustración. Escribiendo en 1862, declaró: “Nunca antepondré la devoción a mi país a los derechos del hombre. Si el gobierno francés se comporta injustamente con algún pueblo, me entristece profundamente y protesto en todas las formas que puedo. Si Francia es castigada por las fechorías de sus líderes, inclino la cabeza y digo desde lo más profundo de mi alma: “Merito haec patimur”: “Nos hemos merecido estos males”[4].
A pesar de su chovinismo galo, los “derechos del hombre” siguieron siendo lo más importante en la mente de Proudhon; tampoco ignoraba el hecho de que India y China estaban, según sus palabras, “a merced de los bárbaros”[5]. Escribió a Herzen: “¿Crees que es el egoísmo francés, el odio a la libertad, el desprecio por los polacos y los italianos lo que me hace burlarme y desconfiar de esta palabra común, ‘nacionalidad’, que se utiliza tan ampliamente y hace que tantos sinvergüenzas y tantos ciudadanos honestos digan tantas tonterías? Por amor de Dios… no te ofendas tan fácilmente. Si lo haces, tendré que decirte lo que vengo diciendo desde hace seis meses sobre tu amigo Garibaldi: ‘De gran corazón, pero sin cerebro’”[6].
El internacionalismo de Mijail Bakunin era tan enfático como el de Proudhon, aunque sus puntos de vista también estaban marcados por una cierta ambigüedad. “Sólo puede considerarse principio humano aquel que es universal y común a todos los hombres”, escribió en su vena internacionalista; “y la nacionalidad separa a los hombres, por lo tanto, no es un principio”.[7] De hecho, “No hay nada más absurdo y al mismo tiempo más dañino, más mortífero, para el pueblo que defender el principio ficticio de la nacionalidad como ideal de todas las aspiraciones del pueblo”. Lo que finalmente contó para Bakunin fue que “la nacionalidad no es un principio humano universal”. Aún más: “Deberíamos colocar la justicia humana y universal por encima de todos los intereses nacionales. Y deberíamos abandonar de una vez por todas el falso principio de nacionalidad, inventado últimamente por los déspotas de Francia, Rusia y Prusia con el fin de aplastar el principio soberano de la libertad”.
Sin embargo, Bakunin también declaró que la nacionalidad “es un hecho histórico y local que, como todos los hechos reales e inofensivos, tiene derecho a reclamar una aceptación general”. No sólo eso, sino que se trata de un “hecho natural” que merece “respeto”. Es posible que hayan sido sus inclinaciones retóricas las que lo llevaron a declararse “siempre sinceramente el patriota de todas las patrias oprimidas”. Pero sostuvo que se debe respetar el derecho de cada nacionalidad “a vivir según su propia naturaleza”, ya que este “derecho” es “simplemente el corolario del principio general de libertad”.
La sutileza de las observaciones de Bakunin no debe pasarse por alto en medio de esta aparente contradicción. Definió un principio general que es humano, uno que es resumido o parcialmente violado por hechos asociales o “biológicos” que, para bien o para mal, deben darse por sentado. Ser nacionalista es ser menos que humano, pero también es inevitable en la medida en que los individuos son producto de tradiciones culturales, entornos y estados mentales distintivos. Eclipsando el mero hecho de la “nacionalidad” está el principio universal superior en el que las personas se reconocen a sí mismas como miembros de la misma especie y buscan fomentar sus puntos en común en lugar de sus distinciones “nacionales”.
Estos principios humanistas debían ser tomados muy en serio por los anarquistas en general y, sorprendentemente, por el mayor movimiento anarquista de los tiempos modernos, los anarquistas españoles. Desde principios de la década de 1880 hasta la sangrienta guerra civil de 1936-1939, el movimiento anarquista de España se opuso no sólo al estatismo y al nacionalismo, sino incluso al regionalismo en todas sus formas. A pesar de su enorme número de seguidores catalanes, los anarquistas españoles constantemente plantearon el principio humano superior de la liberación social por encima de la liberación nacional y se opusieron a las tendencias nacionalistas dentro de España que tan a menudo dividían a vascos, catalanes, andaluces y gallegos entre sí y particularmente de los castellanos, que gozaba de supremacía cultural sobre las minorías del país. De hecho, la palabra “ibérico” en lugar de “español” que aparece en el nombre de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) sirvió para expresar no sólo un compromiso con la solidaridad peninsular sino también una indiferencia hacia las distinciones regionales y nacionales entre España y Portugal. Los anarquistas españoles cultivaron el esperanto como lengua humana “universal” con más entusiasmo que cualquier tendencia radical importante, y la “hermandad universal” siguió siendo un ideal duradero de su movimiento, como lo fue históricamente en la mayoría de los movimientos anarquistas hasta el día de hoy.
Antes de 1914, los marxistas y la Segunda Internacional sostenían en general convicciones similares, a pesar del florecimiento del nacionalismo del siglo XIX. Desde el punto de vista de Marx y Engels, el proletariado del mundo no tenía país; Auténticamente unificada como clase, estaba destinada a abolir todas las formas de sociedad de clases. El Manifiesto Comunista termina con el sonoro llamamiento: “¡Trabajadores de todos los países, uníos!” En el cuerpo de la obra (que Bakunin tradujo al ruso), los autores declararon: “En las luchas nacionales de los proletarios de diferentes países, [los comunistas] señalan y ponen en primer plano los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de cualquier nacionalidad”.[8] Y además: “Los trabajadores no tienen patria. No podemos quitarles lo que no tienen”[9].
El apoyo que Marx y Engels prestaron a las luchas de “liberación nacional” fue esencialmente estratégico y surgió principalmente de sus preocupaciones geopolíticas y económicas más que de principios sociales amplios. Defendieron vigorosamente la independencia polaca de Rusia, por ejemplo, porque querían debilitar el imperio ruso, que en su época era la potencia contrarrevolucionaria suprema en el continente europeo. Y querían ver una Alemania unida porque un Estado-nación poderoso y centralizado le proporcionaría lo que Engels, en una carta a Karl Kautsky en 1882, llamó “la constitución política normal de la burguesía europea”.
Sin embargo, las similitudes manifiestas entre la retórica internacionalista de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista y el internacionalismo de los teóricos y movimientos anarquistas ocultan las importantes diferencias entre estas dos formas de socialismo, diferencias que iban a desempeñar un papel importante en los debates que las separaron. Los anarquistas eran en todos los sentidos socialistas éticos que defendían los principios universales de la “hermandad del hombre” y la “fraternidad”[10], principios que el “socialismo científico” de Marx desdeñaba como meras “abstracciones”. En años posteriores, incluso cuando hablaban ampliamente de la libertad y los oprimidos, Marx y Engels consideraban que el uso de palabras aparentemente “inexactas” como “trabajadores” y “trabajadores” constituía un rechazo implícito del socialismo como “ciencia”; en cambio, prefirieron lo que consideraban la palabra científicamente más rigurosa proletariado, que se refería específicamente a aquellos que generan plusvalía.
De hecho, a diferencia de teóricos anarquistas como Proudhon, que consideraban la expansión del capitalismo y la proletarización del campesinado y los artesanos preindustriales como un desastre, Marx y Engels acogieron con entusiasmo estos avances, así como la formación de grandes Estados-nación centralizados en qué economías de mercado podrían florecer. Los veían no sólo como desiderata para fomentar el desarrollo económico sino, al promover el capitalismo, como indispensables para crear las condiciones previas para el socialismo. A pesar de su apoyo al internacionalismo proletario, derogaron lo que consideraban denuncias “abstractas” del nacionalismo como tal o las despreciaron por considerarlas meramente “moralistas”. Aunque el internacionalismo en aras de la solidaridad de clases siguió siendo un desideratum para Marx y Engels, su punto de vista implícitamente estaba en desacuerdo con su compromiso con la expansión económica capitalista y su necesidad en el último siglo de Estados-nación centralizados. Sostenían que el Estado-nación era bueno o malo en la medida en que promovía o inhibía la expansión del capital, el avance de las “fuerzas productivas” y la proletarización de los pueblos preindustriales. En principio, miraban con recelo los sentimientos nacionalistas de los indios, chinos, africanos y el resto del mundo no capitalista, cuyas formas sociales precapitalistas podrían impedir la expansión capitalista. Irlanda, irónicamente, parece haber sido una excepción a este enfoque. Marx, Engels y el movimiento marxista en su conjunto reconocieron el derecho de los irlandeses a la liberación nacional en gran medida por razones sentimentales y porque produciría problemas al imperialismo inglés, que controlaba un mercado mundial. En general, hasta que se pudiera lograr una sociedad socialista, los marxistas consideraban que la formación de Estados-nación grandes y cada vez más centralizados en Europa era “históricamente progresista”.
Dada su geopolítica instrumental, no debería sorprender que a medida que pasaban los años, Marx y Engels esencialmente apoyaran los intentos de Bismarck de unificar Alemania. En mi opinión, su expreso disgusto por los métodos de Bismarck y por la nobleza terrateniente en cuyos intereses hablaba no debería tomarse demasiado en serio. Habrían acogido con satisfacción la anexión de Dinamarca por parte de Alemania, y pidieron la incorporación de nacionalidades europeas más pequeñas, como los checos y los eslavos en general, a una Austria-Hungría centralizada, así como la unificación de Italia en un Estado-nación, para ampliar el terreno del mercado y la soberanía del capitalismo en el continente europeo.
Tampoco es sorprendente que Marx y Engels apoyaran a los ejércitos de Bismarck en la guerra franco-prusiana de 1870, a pesar de la oposición de sus seguidores más cercanos en el partido socialdemócrata alemán, Wilhelm Liebknecht y August Bebel, al menos hasta el punto en que esos ejércitos cruzaron la frontera. La frontera francesa y rodeó París en 1871. Irónicamente, los propios argumentos de Marx y Engels fueron invocados por los marxistas europeos que se separaron de sus camaradas pacifistas para apoyar sus respectivos esfuerzos militares nacionales al estallar la Primera Guerra Mundial. Los socialdemócratas alemanes partidarios de la guerra apoyaron al Káiser como baluarte contra la barbarie “asiática” rusa –al parecer de acuerdo con los propios puntos de vista de Marx y Engels–, mientras que los socialistas franceses (así como Kropotkin en Gran Bretaña y más tarde en Rusia) invocaron la tradición de la Gran Guerra de su país. Revolución en oposición al «militarismo prusiano».
A pesar de muchas afirmaciones generalizadas de que Rosa Luxemburgo era más anarquista que una marxista comprometida, en realidad se opuso vigorosamente a las motivaciones de las formas anárquicas de socialismo y era más una marxista doctrinaria de lo que generalmente se cree. Su oposición al nacionalismo polaco y al Partido Socialista Polaco de Pilsudski (que exigía la independencia nacional polaca), así como su hostilidad hacia el nacionalismo en general, por admirable y valiente que fuera, se basaba principalmente no en una creencia anarquista en la “hermandad del hombre” sino en la tradicional Argumentos marxistas, es decir, una extensión del deseo de Marx y Engels de mercados unificados y estados centralizados a expensas de las nacionalidades de Europa del Este, aunque con un nuevo giro.
A principios de siglo, habían pasado a primer plano nuevas consideraciones que indujeron a Luxemburgo a modificar sus puntos de vista. Como muchos teóricos socialdemócratas de la época, Luxemburgo compartía la convicción de que el capitalismo había pasado de una fase progresista a una en gran medida reaccionaria. El capitalismo, que ya no era un orden económico históricamente progresista, era ahora reaccionario porque había cumplido su función “histórica” de hacer avanzar la tecnología y presumiblemente de producir un proletariado con conciencia de clase o incluso revolucionario. Lenin sistematizó esta conclusión en su famosa obra El imperialismo: la fase superior del capitalismo.
Así, tanto Lenin como Luxemburgo denunciaron lógicamente que la Primera Guerra Mundial era imperialista y rompieron con todos los socialistas que apoyaban a la Entente y a las Potencias Centrales, ridiculizándolos como “socialpatriotas”. En lo que Lenin difería marcadamente de Luxemburgo (aparte de la famosa cuestión de su apoyo a una organización partidaria centralizada) era en cómo, desde un punto de vista estrictamente “realista”, la “cuestión nacional” podía usarse contra el capitalismo en una era de imperialismo. Para Lenin, las luchas nacionales de los países colonizados económicamente subdesarrollados por la liberación de las potencias coloniales, incluida la Rusia zarista, eran ahora inherentemente progresistas en la medida en que servían para socavar el poder del capital. Es decir, el apoyo de Lenin a las luchas de liberación nacional no fue esencialmente menos pragmático que el de otros marxistas, incluida la propia Luxemburgo. Para la Rusia imperialista, apropiadamente caracterizada como una “prisión de naciones”, Lenin defendió el derecho incondicional de los pueblos no rusos a secesionarse bajo cualquier condición y a formar sus propios Estados-nación. Por otro lado, sostenía, los socialdemócratas no rusos en los países colonizados de Rusia se verían obligados a defender algún tipo de unión federal con la “madre patria” si los socialdemócratas rusos lograban lograr una revolución proletaria.
Por lo tanto, aunque las premisas de Lenin y Luxemburgo eran muy similares, los dos marxistas llegaron a conclusiones radicalmente diferentes sobre la “cuestión nacional” y la manera correcta de resolverla. Lenin exigió el derecho de Polonia a establecer un Estado-nación propio, mientras que Luxemburgo se opuso a ello por considerarlo económicamente inviable y regresivo. Lenin compartía el apoyo de Marx y Engels a la independencia polaca, aunque por razones muy diferentes, pero igualmente pragmáticas. No hizo honor a su propia posición sobre el derecho a la secesión durante la Guerra Civil Rusa de manera más flagrante en su forma de tratar con Georgia, una nación muy distinta que había apoyado a los mencheviques hasta que el régimen soviético la obligó a aceptar una variante interna del bolchevismo. Sólo en los últimos años de su vida, después de que un partido comunista georgiano tomó el mando del Estado, Lenin se opuso al intento de Stalin de subordinar el partido georgiano al ruso, «un conflicto preponderantemente intrapartidista que preocupaba poco a la población georgiana promenchevique». Lenin no vivió lo suficiente para involucrar a Stalin en esta (y otras) políticas y prácticas organizativas.
Dos enfoques de la cuestión nacional
Las discusiones marxistas y marxismo-leninistas sobre la “cuestión nacional” después de la Primera Guerra Mundial produjeron así un legado muy complicado que afectó no sólo las políticas de la Vieja Izquierda de los años 1920 y 1930, sino también las de la Nueva Izquierda de los años 1960. Lo que es importante aclarar aquí son las premisas radicalmente diferentes desde las cuales anarquistas y marxistas veían el nacionalismo en general. El anarquismo en general, aparte de algunas de sus variantes, avanzó razones humanistas, básicamente éticas, para oponerse a los Estados-nación que fomentaban el nacionalismo. Los anarquistas lo hicieron, para ser más específicos, porque las distinciones nacionales tendían a conducir a la formación del Estado y a subvertir la unidad de la humanidad, a provincianizar la sociedad y a fomentar particularidades culturales en lugar de la universalidad de la condición humana. El marxismo, como “ciencia socialista”, evitó tales “abstracciones” éticas.
En contraste con la oposición anarquista al Estado y a la centralización, los marxistas no sólo apoyaron un Estado centralizado, sino que insistieron en la naturaleza “históricamente progresista” del capitalismo y de una economía de mercado, que requería Estados-nación centralizados como mercados internos y como medios para eliminar todas las barreras internas al comercio que las soberanías locales y regionales habían creado. Los marxistas generalmente consideraban las aspiraciones nacionales de los pueblos oprimidos como cuestiones de estrategia política que debían ser apoyadas o rechazadas por consideraciones estrictamente pragmáticas, independientemente de otras éticas más amplias.
Así surgieron dos enfoques distintos del nacionalismo dentro de la izquierda. El antinacionalismo ético de los anarquistas defendía la unidad de la humanidad, teniendo debidamente en cuenta las distinciones culturales, pero en total oposición a la formación de Estados-nación; mientras que los marxistas apoyaron o se opusieron a las demandas nacionalistas de culturas en gran medida precapitalistas por una variedad de razones pragmáticas y geopolíticas. Esta distinción no pretende ser estricta y rápida; los socialistas de la Austro-Hungría anterior a la Primera Guerra Mundial eran fuertemente multinacionales como resultado de los muchos pueblos diferentes que componían el imperio de antes de la guerra. Pidieron una relación confederal entre los gobernantes del imperio de habla alemana y sus miembros en gran parte eslavos, que se aproximaba a una visión anarquista. Nunca lo sabremos si habrían honrado sus propios ideales en la práctica mejor de lo que Lenin se adhirió a sus propias prescripciones una vez que una “revolución proletaria” realmente tuvo éxito. El imperio original había desaparecido en 1918, y el ostensible libertarismo del “marxismo austrohúngaro”, como se lo llamaba, se volvió discutible durante el período de entreguerras. En su honor, debo añadir, en febrero de 1934 en Viena, los socialistas austríacos, a diferencia de cualquier otro movimiento aparte de los españoles, resistieron los desarrollos protofascistas mediante sangrientas luchas callejeras; el movimiento nunca recuperó su impulso revolucionario después de su restauración en 1945.
El nacionalismo y la Segunda Guerra Mundial
La izquierda del período de entreguerras, la llamada Vieja Izquierda, veía la guerra que se acercaba rápidamente contra la Alemania nazi como una continuación de la “Gran Guerra” de 1914-1918. Los marxistas antiestalinistas predijeron un conflicto de corta duración que terminaría en revoluciones proletarias aún más amplias que las del período 1917-1921. Significativamente, Trotsky apostó su adhesión al marxismo ortodoxo a este cálculo: si la guerra no terminaba con este resultado, propuso, casi todas las premisas del marxismo ortodoxo tendrían que ser examinadas y tal vez revisadas drásticamente. Su muerte en 1940 impidió tal reevaluación por su parte. Cuando la guerra no concluyó en revoluciones proletarias internacionales, los partidarios de Trotsky difícilmente estuvieron dispuestos a hacer el amplio reexamen que él había sugerido.
Sin embargo, este reexamen era muy necesario. La Segunda Guerra Mundial no sólo no logró terminar en revoluciones proletarias en Europa; puso fin a toda la era del socialismo proletario revolucionario y al internacionalismo clasista que había surgido en junio de 1848, cuando la clase trabajadora parisina levantó barricadas y banderas rojas en apoyo de una “república social”. Lejos de lograr revoluciones proletarias exitosas después de la Segunda Guerra Mundial, la clase trabajadora europea no logró exhibir una apariencia de internacionalismo durante el conflicto. A diferencia de sus padres una generación antes, ninguna tropa en guerra participó en la confraternización; las poblaciones civiles tampoco mostraron ninguna hostilidad abierta hacia sus líderes políticos y militares por su conducción de la guerra, a pesar de la destrucción masiva de ciudades por parte de bombarderos aéreos y artillería. El ejército alemán luchó desesperadamente contra los aliados en Occidente y estaba preparado para defender el búnker de Hitler hasta el final.
Por encima de todo, una mayor conciencia de las distinciones de clases y los conflictos en Europa dio paso al nacionalismo, en parte como reacción a las ocupaciones alemanas de sus territorios, pero en parte también, y de manera significativa, como resultado del resurgimiento de una cruda xenofobia que rayaba en el racismo absoluto. Los limitados movimientos clasistas que surgieron durante un tiempo después de la guerra, especialmente en Francia, Italia y Grecia, fueron fácilmente manipulados por los estalinistas para servir a los intereses soviéticos en la Guerra Fría. Por lo tanto, aunque la Segunda Guerra Mundial duró mucho más que la primera, su resultado nunca alcanzó el nivel político y social del período 1917-1921. De hecho, el capitalismo mundial surgió de la Segunda Guerra Mundial más fuerte que en cualquier otro momento de su historia, debido principalmente a la intervención masiva del Estado en los asuntos económicos y sociales.
Luchas por la “liberación nacional”
El fracaso de los teóricos radicales serios a la hora de reexaminar la teoría marxista a la luz de estos acontecimientos, como había propuesto Trotsky, fue seguido por el precipitado declive de la Vieja Izquierda; el reconocimiento general de que el proletariado ya no era una clase “hegemónica” en el derrocamiento del capitalismo; la ausencia de una “crisis general” del capitalismo; y el fracaso de la Unión Soviética a la hora de desempeñar un papel internacionalista en los acontecimientos de posguerra.
En cambio, lo que pasó a primer plano fueron las luchas de liberación nacional en los países del “Tercer Mundo” y las esporádicas erupciones antisoviéticas en los países de Europa del Este, que fueron en gran medida sofocadas por el totalitarismo estalinista. La izquierda, en estos casos, a menudo ha tomado las luchas nacionalistas como intentos “antiimperialistas” generales de lograr “autonomía” frente al imperialismo, y la formación del Estado como una legitimación de esta “autonomía”, incluso a expensas de una democracia popular en el mundo colonizado.
Si Marx y Engels a menudo apoyaron las luchas nacionales por razones estratégicas, la izquierda del siglo XX, tanto la nueva como la antigua, a menudo ha elevado ese apoyo a tales luchas con una fe sin sentido. Los “nacionalismos” estratégicos de los movimientos de tipo marxista impidieron en gran medida la investigación sobre qué tipo de sociedad probablemente produciría un determinado movimiento de “liberación nacional”, de una manera que no lo hicieron los socialismos éticos como el anarquismo del siglo pasado. Era –o si no, debería haber sido– una cuestión de gran preocupación para la Vieja Izquierda en las décadas de 1920 y 1930 investigar qué tipo de sociedad Mao Tse-tung, para tomar un ejemplo sorprendente, establecería en su país. China si derrotara al Kuomintang, mientras que la Nueva Izquierda de los años 1960 debería haberse preguntado qué tipo de sociedad Castro, por citar otro caso importante, establecería en Cuba tras la expulsión de Batista.
Pero a lo largo de este siglo, cuando los movimientos de liberación nacional del “Tercer Mundo” en los países coloniales hicieron declaraciones convencionales de socialismo y luego procedieron a establecer estados altamente centralizados, a menudo brutalmente autoritarios, la izquierda a menudo los saludó como luchas efectivas contra los enemigos imperialistas. Presentado como “liberación nacional”, el nacionalismo a menudo no ha logrado promover cambios sociales importantes e incluso ha ignorado la necesidad de hacerlo. Los movimientos de “liberación nacional” han utilizado las confesiones de formas autoritarias de socialismo de manera muy parecida a como Stalin utilizó ideologías socialistas para consolidar brutalmente su propia dictadura. De hecho, el marxismo-leninismo ha demostrado ser una doctrina notablemente eficaz para movilizar luchas de “liberación nacional” contra las potencias imperialistas y ganarse el apoyo de los radicales de izquierda en el extranjero, que veían los movimientos de “liberación nacional” como luchas en gran medida antiimperialistas en lugar de observar su verdadero contenido social. .
Así, a pesar de las tendencias populistas y a menudo incluso anarquistas que dieron origen a la Nueva Izquierda europea y estadounidense, su enfoque esencialmente internacional se dirigió cada vez más hacia un apoyo acrítico a las luchas de “liberación nacional” fuera de la esfera euroamericana, sin tener en cuenta dónde las luchas se estaban liderando y el carácter autoritario de su liderazgo. A medida que avanzaba la década de 1960, este movimiento increíblemente confuso de hecho se despojó progresivamente del ambiente anarquista y universalista con el que había comenzado. Después de que las prácticas de Mao fueran elevadas a la categoría de “ismo” en la Nueva Izquierda, muchos jóvenes radicales adoptaron el “maoísmo” sin reservas, con resultados sombríos para la Nueva Izquierda en su conjunto. En 1969, la Nueva Izquierda había sido controlada en gran medida por maoístas y admiradores de Fidel Castro. Un libro totalmente engañoso como Fanshen, que aplaudía acríticamente las actividades maoístas en el campo chino, fue venerado a finales de los años 1960, y muchos grupos radicales adoptaron lo que consideraban prácticas organizativas maoístas. La atención de la Nueva Izquierda estaba tan centrada en las luchas de “liberación nacional” en el Tercer Mundo que la invasión rusa de Checoslovaquia en 1969 apenas produjo protestas serias por parte de jóvenes izquierdistas, al menos en Estados Unidos, como puedo atestiguar personalmente.
La década de 1960 también vio el surgimiento de otra forma más de nacionalismo en la izquierda: comenzaron a aparecer grupos étnicamente cada vez más chauvinistas que finalmente invirtieron las afirmaciones euroamericanas de la supuesta superioridad de la raza blanca en una afirmación igualmente reaccionaria de la superioridad de los no blancos. Al abrazar el particularismo en el que había degenerado la política racial en lugar del universalismo potencial de una humanitas, la Nueva Izquierda colocó a los negros, a los pueblos coloniales e incluso a las naciones coloniales totalitarias en la cima de su pirámide teórica, dotándolos de una posición dominante o “hegemónica”. en relación con los blancos, los euroamericanos y las naciones democrático-burguesas. En los años 1970, esta estrategia particularista fue adoptada por ciertas feministas, que comenzaron a ensalzar la “superioridad” de las mujeres sobre los hombres, de hecho, a afirmar un “poder” místico supuestamente femenino y un irracionalismo supuestamente femenino sobre la racionalidad secular y la investigación científica que eran presumiblemente el dominio de todos los hombres. El término “hombre blanco” se convirtió en una expresión evidentemente despectiva que se aplicó ecuménicamente a todos los hombres euroamericanos, independientemente de si ellos mismos eran explotados y dominados por las clases y jerarquías dominantes.
Comenzó a surgir una “política de identidad” muy provinciana, que incluso llegó a dominar a muchos nuevos izquierdistas como nuevos “micronacionalismos”, si se me permite acuñar una palabra. No sólo ciertas tendencias en tales movimientos de “identidad” se parecen mucho a las de formas muy tradicionales de opresión como el patriarcado, sino que la “política de identidad” también constituye una regresión del mensaje libertario e incluso marxista general de la “Internacional” y una trascendencia de todas las diferencias “micronacionalistas” en una sociedad comunista verdaderamente humanista. Lo que hoy pasa por “conciencia radical” se está desplazando cada vez más hacia un énfasis de orientación biológica en la diferenciación humana como el género y la etnicidad –no un énfasis en la necesidad de fomentar la universalidad humana que fue tan pronunciado entre los escritores anarquistas del siglo pasado e incluso en El Manifiesto Comunista.
Hacia un nuevo internacionalismo
¿Cómo evaluar esta devolución del pensamiento de izquierda y los problemas que plantea hoy? He tratado de ubicar el nacionalismo en el contexto histórico más amplio de la evolución social de la humanidad, desde la solidaridad interna de la tribu hasta la creciente expansión de la vida urbana y el universalismo promovido por las grandes religiones monoteístas en la Edad Media y, finalmente, hasta los ideales de afinidad humana basados en sobre la razón, el secularismo, la cooperación y la democracia en el siglo XIX. Podemos decir con certeza que cualquier movimiento que aspire a algo menos que estas nociones socialistas anarquistas y libertarias de la “hermandad del hombre”, ciertamente como se expresa en la “Internacional”, es menos que humano. De hecho, desde la perspectiva de finales del siglo XX, estamos obligados a pedir incluso más de lo que exigía el internacionalismo del siglo XIX. Estamos obligados a formular una ética de la complementariedad en la que las diferencias culturales sirvan mutualistamente para potenciar la propia unidad humana, en definitiva, que constituyan un nuevo mosaico de culturas vigorosas que enriquezcan la condición humana y que fomenten su avance en lugar de fragmentarla y descomponerla en nuevas. “nacionalidades” y un número cada vez mayor de Estados-nación.
No menos significativa es la necesidad de una perspectiva social radical que combine la variedad cultural y el ideal de una humanidad unificada con un concepto ético de cómo debería ser una nueva sociedad: una que sea universalista en su visión de la humanidad, cooperativa en su visión de las relaciones humanas en todos los niveles de la vida, e igualitario en su idea de relaciones sociales. Si bien internacionalistas en su perspectiva de clase, casi todas las actitudes marxistas hacia la “cuestión nacional” fueron instrumentales: estaban guiadas por la conveniencia y el oportunismo y, peor aún, a menudo denigraban las ideas de democracia, ciudadanía y libertad como “abstractas” y presumiblemente “abstractas”, nociones “no científicas”. Los marxistas destacados aceptaron el Estado-nación con todo su poder coercitivo y sus rasgos centralistas, ya fueran Marx y Engels, Luxemburgo o Lenin. Estos marxistas tampoco veían el confederalismo como un desiderátum. Los escritos de Luxemburgo, por ejemplo, simplemente consideran que el confederalismo tal como existía en su época (particularmente las vicisitudes del cantonalismo suizo) agota todas las posibilidades de esta idea política, sin tener en cuenta el énfasis anarquista en la necesidad de una profunda reforma social y política y una democratización económica de los municipios que se confederarán entre sí. Con pocas excepciones, los marxistas no formularon ninguna crítica seria al Estado-nación y a la centralización del Estado como tal, una omisión que, dejando de lado todos los logros “colectivistas”, habría condenado sus intentos de lograr una sociedad racional si nada más lo hubiera hecho.
Permítanme enfatizar que la libertad y variedad cultural no deben confundirse con el nacionalismo. Que pueblos específicos tengan libertad para desarrollar plenamente sus propias capacidades culturales no es simplemente un derecho sino un anhelo aún no cumplido. De hecho, el mundo será un lugar monótono si un magnífico mosaico de diferentes culturas no reemplaza al mundo en gran medida desculturizado y homogeneizado creado por el capitalismo moderno. Pero de la misma manera, el mundo estará completamente dividido y los pueblos estarán crónicamente en desacuerdo entre sí si sus diferencias culturales se localizan y si las aparentes “diferencias culturales” están arraigadas en nociones biológicas de superioridad de género, racial y física. Históricamente, hay un sentido en el que la consolidación nacional de los pueblos a lo largo de líneas territoriales produjo una esfera social que era más amplia que la estrecha base de parentesco de las sociedades de parentesco porque obviamente está más abierta a los extraños, del mismo modo que las ciudades tienden a fomentar afinidades humanas más amplias que las tribus. Pero ni las afinidades tribales ni las fronteras territoriales constituyen una realización de la potencialidad de la humanidad para lograr un pleno sentido de comunidad con variaciones culturales ricas pero armoniosas. Las fronteras no tienen lugar en el mapa del planeta, como tampoco lo tienen en el paisaje de la mente.
Un socialismo que no esté informado por esta amable perspectiva ética, con el debido respeto por la variedad cultural, no puede ignorar el resultado potencial de una lucha de liberación nacional como lo hicieron tan a menudo tanto la Vieja como la Nueva Izquierda. Tampoco puede apoyar las luchas de liberación nacional con fines instrumentales, simplemente como un medio para “debilitar” al imperialismo. Ciertamente, en mi opinión, tal socialismo no puede promover la proliferación de Estados-nación, y mucho menos aumentar el número de entidades nacionales divisivas. Irónicamente, el éxito de muchas luchas de “liberación nacional” ha tenido el efecto de crear regímenes estatistas políticamente independientes que, sin embargo, son tan manipulables por las fuerzas del capitalismo internacional como lo eran los viejos, generalmente obtusos, imperialistas. La mayoría de las veces, las naciones del “Tercer Mundo” no se han liberado de sus grilletes coloniales desde el final de la Segunda Guerra Mundial: simplemente se han domesticado y se han vuelto altamente vulnerables a las fuerzas del capitalismo internacional, con poco más que una fachada de autodeterminación. Además, a menudo han utilizado sus mitos de “soberanía nacional” para alimentar ambiciones xenófobas de apoderarse de áreas adyacentes a su alrededor y oprimir a sus vecinos tan brutalmente como los imperialistas por derecho propio, como la opresión de Ghana bajo Nkrumah de los pueblos Togo en África Occidental o el intento de Milosevic de “limpiar” a los musulmanes de Bosnia. Lo que no es menos regresivo, tales nacionalismos evocan lo más siniestro del pasado de un pueblo: el fundamentalismo religioso en todas sus formas, el odio tradicional hacia los “extranjeros”, una “unidad nacional” que supera las terribles desigualdades sociales y económicas internas y, más comúnmente, un total desprecio por los derechos humanos. La “nación” como entidad cultural es reemplazada por un aparato estatal abrumador y opresivo. El racismo suele ir de la mano de luchas de “liberación nacional”, como la “limpieza étnica” y las guerras por ganancias territoriales, como vemos hoy de manera más conmovedora en Medio Oriente, India, el Cáucaso y Europa del Este. Los nacionalismos que hace sólo una generación podrían haber sido considerados luchas de “liberación nacional” hoy se ven más claramente, tras el colapso del imperio soviético, como poco más que pesadillas sociales y plagas descivilizadoras.
Dicho sin rodeos, los nacionalismos son atavismos regresivos que la Ilustración intentó superar hace mucho tiempo. Introyectan las peores características de los mismos imperios de los que los pueblos oprimidos han tratado de liberarse. No sólo reproducen típicamente máquinas estatales que son tan opresivas como las que les impusieron las potencias coloniales, sino que refuerzan esas máquinas con rasgos culturales, religiosos, étnicos y xenófobos que a menudo se utilizan para fomentar odios regionales y domésticos y subimperialismos. No menos importante es el hecho de que, en ausencia de democracias populares genuinas, las secuelas de las luchas antiimperialistas comprensibles incluyen con demasiada frecuencia el fortalecimiento del propio imperialismo, de modo que las potencias que aparentemente han sido desposeídas de sus colonias ahora pueden jugar el Estado de una antigua colonia contra la de otro, como lo atestiguan los conflictos que asolan África, Oriente Medio y el subcontinente indio. Estas son las áreas, debo agregar, donde será más probable que ocurran guerras nucleares a medida que pasen los años que en otras partes del mundo. El desarrollo de una bomba nuclear islámica para contrarrestar una israelí o de una bomba paquistaní para contrarrestar una india no presagia nada bueno para el Sur y su conflicto con el Norte. De hecho, la tendencia de las antiguas colonias a buscar activamente alianzas con sus antiguos gobernantes imperialistas es ahora una característica más típica de la diplomacia Norte-Sur que cualquier unidad del Sur contra el Norte.
El nacionalismo siempre ha sido una enfermedad que dividió a humanos de otros –“abstracto” como los marxistas tradicionales pueden considerar esta noción– y nunca puede verse como algo más que una regresión hacia el provincianismo tribal y el combustible para la guerra entre comunidades. Las luchas de “liberación nacional” que han producido nuevos Estados en todo el “Tercer Mundo” y en Europa del Este tampoco han perjudicado la expansión del imperialismo ni han desembocado en Estados plenamente democráticos. El hecho de que los pueblos “liberados” del imperio estalinista estén hoy menos oprimidos que bajo el régimen comunista no debería inducirnos a creer que también están libres de la xenofobia que casi todos los Estados-nación cultivan o de la homogeneización cultural que el capitalismo y sus medios producen.
Sin duda, ningún libertario de izquierda puede oponerse al derecho de un pueblo subyugado a establecerse como una entidad autónoma, ya sea en una confederación basada en el municipalismo libertario o como un Estado-nación basado en desigualdades jerárquicas y de clase. Pero oponerse a un opresor no equivale a pedir apoyo para todo lo que hacen los Estados-nación anteriormente colonizados. Éticamente hablando, uno no puede oponerse a un mal cuando una parte lo comete y luego apoyar a otra parte que comete el mismo mal. La máxima trillada, pero concisa: “El enemigo de mi enemigo no es mi amigo”, es particularmente aplicable a las personas oprimidas que pueden ser manipuladas por totalitarios, fanáticos religiosos y “limpiadores étnicos”. Así como una ética auténtica debe razonarse y basarse en potencialidades humanísticas genuinas, un socialismo o anarquismo libertario debe conservar su integridad ética si quiere que la voz de la razón sea escuchada en los asuntos sociales. En la década de 1960, quienes se oponían al imperialismo estadounidense en el sudeste asiático y al mismo tiempo rechazaban dar cualquier apoyo al régimen comunista de Hanoi, y quienes se oponían a la intervención estadounidense en Cuba sin apoyar el totalitarismo castrista, se encontraban en un terreno moral más elevado que los de la Nueva Izquierda que ejercieron su rebelión contra Estados Unidos predominantemente apoyando las luchas de “liberación nacional” sin tener en cuenta los objetivos autoritarios y estatistas de esas luchas. De hecho, identificados con los autoritarios a quienes apoyaban activamente, estos nuevos izquierdistas eventualmente se desmoralizaron por la ausencia de una base ética en sus ideas liberadoras. De hecho, hoy en día las luchas liberadoras basadas en el nacionalismo y el estatismo han producido una cosecha aterradora de derramamiento de sangre interno en todo el mundo. Incluso en estados recientemente “liberados” como Alemania Oriental, el nacionalismo ha encontrado una expresión brutal en el surgimiento de movimientos fascistas, el nacionalismo alemán, los planes para restringir la inmigración de solicitantes de asilo, la violencia contra los “extranjeros”, incluidas las víctimas del nazismo como los gitanos, y así con otros casos similares. Así, la visión instrumental del nacionalismo que originalmente cultivaron los marxistas ha dejado a muchas tendencias “izquierdistas” como los socialdemócratas en una condición de bancarrota moral.
Éticamente, permítanme agregar, hay algunas cuestiones sociales sobre las cuales uno debe adoptar una postura, como el racismo blanco y negro, el patriarcado y el matriarcado, y el imperialismo y el totalitarismo del “Tercer Mundo”. Una oposición inquebrantable al racismo, la opresión de género y la dominación como tales siempre debe ser primordial si queremos que un socialismo ético surja de las ruinas del socialismo mismo. Pero también vivimos en un mundo en el que a veces surgen cuestiones sobre las cuales un izquierdista no puede tomar posición alguna: cuestiones en las que tomar una posición es operar dentro de las alternativas propuestas por una sociedad básicamente irracional y elegir la menor de varias irracionalidades o males sobre otras irracionalidades o males. No es un signo de ineficacia política rechazar por completo esa elección y declarar que oponer un mal a otro menor debe llevar eventualmente a apoyar el peor mal que surja. La socialdemocracia alemana, al ser cómplice de un “mal menor” tras otro durante la década de 1920, pasó de apoyar a los liberales a los conservadores y luego a los reaccionarios, que finalmente llevaron a Hitler al poder. En una sociedad irracional, la sabiduría convencional y el instrumentalismo sólo pueden producir una irracionalidad cada vez mayor, utilizando la virtud como una pátina para ocultar contradicciones básicas tanto en su propia posición como en la sociedad.
“[Al igual que los procesos de la vida, la digestión y la respiración”, observó Bakunin, la nacionalidad “…no tiene derecho a preocuparse por sí misma hasta que se le niegue ese derecho”[11]. Esta fue una declaración bastante perspicaz en su día. Con las explosiones de nacionalismo bárbaro en nuestros días y los apetitos gruñones de los nacionalistas de crear cada vez más Estados-nación, me veo obligado a añadir que la “nacionalidad” es una forma de indigestión y que sus causas deben ser vomitadas si la sociedad no llega a deteriorarse aún más a causa de esta enfermedad.
Buscando una alternativa
Si el nacionalismo es regresivo, ¿qué alternativa racional y humanista puede ofrecerle un socialismo ético? En una sociedad libre no hay lugar para los Estados-nación, ni como naciones ni como Estados. Por fuerte que sea el impulso de pueblos específicos hacia una identidad colectiva, la razón y la preocupación por el comportamiento ético nos obligan a recuperar la universalidad de la ciudad o el pueblo y una cultura política directamente democrática, aunque en un plano más elevado que incluso la polis de Pericles, Atenas. La identidad debería ser reemplazada adecuadamente por la comunidad, por una afinidad compartida que sea de escala humana, no jerárquica, libertaria y abierta a todos, independientemente del género, los rasgos étnicos, la identidad sexual, los talentos o las inclinaciones personales de un individuo. Esta vida comunitaria sólo puede recuperarse mediante la nueva política que he llamado municipalismo libertario: la democratización de los municipios para que sean autogestionados por las personas que los habitan, y la formación de una confederación de estos municipios para constituir un contrapoder al Estado-nación.
El peligro de que los municipios democratizados en una sociedad descentralizada resulten en un provincianismo económico y cultural es muy real, y sólo puede evitarse mediante una confederación vigorosa de municipios basada en su interdependencia material. La “autosuficiencia” de la vida comunitaria ―incluso si fuera posible hoy― de ninguna manera garantizaría una genuina democracia de base. La confederación de municipios, como medio de interacción, colaboración y ayuda mutua entre sus componentes municipales, proporciona la única alternativa al poderoso Estado-nación, por un lado, y al pueblo o ciudad parroquial, por el otro. Totalmente democrática, en la que los diputados municipales de las instituciones confederales estarían sujetos a revocación, rotación y control público implacable, la confederación constituiría una extensión de las libertades locales al nivel regional, permitiendo un equilibrio sensible entre localidad y región en el que la variedad cultural de las ciudades podría florecer sin volverse hacia la exclusividad local. De hecho, los rasgos culturales beneficiosos también serían “traficados”, por así decirlo, dentro y entre varias confederaciones, junto con el intercambio de bienes y servicios que constituyen los medios materiales de vida.
De la misma manera, la “propiedad” sería municipalizada, en lugar de nacionalizada (lo que simplemente refuerza el poder estatal con poder económico), colectivizada (lo que simplemente reformula los derechos empresariales privados en una forma “colectiva”) o privatizada (lo que facilita la reestructuración de una economía de mercado competitiva). Una economía municipalizada se aproximaría a un sistema de usufructo basado enteramente en las necesidades y la ciudadanía de una comunidad en lugar de en los intereses de propiedad o vocacionales o profesionales. Cuando una asamblea municipal de ciudadanos controla la política económica, ningún individuo controla, y mucho menos «posee», los medios de producción y de vida. Cuando los medios confederales para administrar los recursos de una región coordinan el comportamiento económico del conjunto, los intereses provincianos tenderían a dar paso a intereses humanos más amplios y las consideraciones económicas a otras más democráticas. Las cuestiones que abordan los municipios y sus confederaciones dejarían de girar en torno al interés económico propio; se centrarían en los procedimientos democráticos y la simple equidad para satisfacer las necesidades humanas.
No quepa duda de que los recursos tecnológicos que hacen posible que las personas elijan sus propios estilos de vida y tengan tiempo libre para participar plenamente en una política democrática son absolutamente necesarios para la sociedad libertaria y organizada confederalmente que he esbozado aquí. Incluso las mejores intenciones éticas probablemente cedan ante alguna forma de oligarquía, en la que el acceso diferencial a los medios de vida conducirá a élites que tienen más cosas buenas en la vida que otros ciudadanos. En este sentido, el ascetismo que promueven los ecomísticos y los ecologistas profundos es insidiosamente reaccionario: no sólo ignora la libertad de las personas para elegir su propio estilo de vida –la única alternativa en la sociedad existente a convertirse en un consumidor sin sentido– sino que subordina la libertad humana como tal a una noción casi mística de los dictados de la “Naturaleza” –que prescribe un “regreso al Pleistoceno”, al Neolítico, o a la recolección de alimentos, para citar los ejemplos más extremos. Una sociedad ecológica libre –a diferencia de una regulada por una élite ecológica autoritaria o por el “libre mercado”– sólo puede formularse en términos de una forma ecológicamente confederal de municipalismo libertario. Cuando por fin las comunas libres reemplacen a la nación y las formas confederales de organización reemplacen al Estado, la humanidad se habrá librado del nacionalismo.
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[1] Goethe, citado en Bertram D. Wolfe, Three Who Made a Revolution: A Biographical History, 3rd rev. ed. (New York: The Dial Press, 1961), p. 578.
[2] Thucydides, The Peloponnesian War, book 2, chapter 4.
[3] Pierre-Joseph Proudhon, carta a Dulieu, 30 de diciembre, 1860; en Correspondence, vol. 10, pp. 275.; republicado en Stewart Edwards, ed., Selected Writings of Pierre-Joseph Proudhon, trans. Elizabeth Frazer (Garden City, N.Y.: Anchor Books, 1969), p. 185.
[4] Pierre-Joseph Proudhon, La Federation et l’unite en Italie (1862), pp. 122–25, en Edwards, Selected Writings, pp. 188–89.
[5] Proudhon, carta Dulieu, 30 de diciembre, 1860, en Correspondence, vol. 10 (Paris, 1875), pp. 275–76; republicado en Edwards, Selected Writings, p. 185.
[6] Proudhon, carta a Alexander Herzen, 21 de abril, 1861, en Correspondence, vol. 11, pp. 22–24; en Edwards, Selected Writings, p. 191.
[7] Todas las citas de Bakunin provienen de P. Maximoff, ed., The Political Philosophy of Bakunin: Scientific Anarchism (New York: Free Press of Glencoe; London: Collier-Macmillan Ltd., 1953), pp. 324–35; el énfasis es mío.
[8] Karl Marx y Friedrich Engels, “Manifesto of the Communist Party,” Selected Works, vol. 1 (Moscow: Progress Publishers, 1969), p. 120.
[9] Ibid., p. 124.
[10] A pesar de que estas palabras están generizadas (producto del tiempo en que vivió Bakunin, obviamente deben interpretarse como haciendo referencia a lo humano en general.
[11] P. Maximoff, ed., The Political Philosophy of Bakunin: Scientific Anarchism, p.325.
]]>La curiosidad que se ha desatado desde hace unos años por el fenómeno guerrillero, especialmente a partir de la “Caravana de la Memoria”, ha dado lugar a una importante proliferación de escritos; sin embargo en nuestra región no han sido suficientes para sacarnos de una bibliografía más cercana a la novelación que a la historia. Aquellos libros en que se ha abordado el tema desde el campo estricto de la historia, lo han hecho o bien por medio de monografías que tenían por objeto el estudio de un municipio o comarca concreto, o bien, pretendiendo incluir en el contexto nacional lo que por Cantabria pasó. Repitiendo, en este último caso, parte de los tópicos y errores que los primeros trabajos difundieron. En gran medida somos responsables de estos desajustes aquéllos que al tema nos hemos dedicado por no haber concluido a tiempo los estudios puestos en marcha, y las instituciones académicas, que hasta ahora no han mostrado mucho interés por el tema.
Lo que ahora llega a vuestras manos es un documento que se ha elaborado ex profeso para las VI Jornadas sobre El Maquis de Santa Cruz de Moya. Tiene como base un artículo de 1996, en el que se pretende plasmar las primeras conclusiones del trabajo que había iniciado el año anterior, a la vez que arriesgarme a exponer la tesis que intentaba demostrar: “Que en la región se produjo un movimiento de resistencia armada similar al que se había desarrollado en otras partes del país”. Y me propuse rellenar con mis medios ese hueco existente entre la caída del Frente Norte y 1957, año en que desapareció el último guerrillero. Lo que separa estas letras de las escritas entonces son casi diez años de investigación a tiempo parcial, con más de sesenta personas entrevistadas, unas ciento treinta horas de grabación, la consulta de la prensa de la época, el Archivo de la Prisión Provincial de Santander, el Archivo General de la Administración, el Archivo histórico del PCE y algunos archivos municipales; además de la bibliografía consultada, que nos ha facilitado el análisis del contexto en que se desarrollaron las actividades de los huidos y la Agrupación Guerrillera de Santander.
En aquel momento, afirmábamos que la documentación escrita disponible no era suficiente para dar una visión completa del objeto de estudio, por ello, insistíamos en el uso de los testimonios de las personas implicadas como fuente principal de información, contrastando estos testimonios entre sí, así como con las fuentes escritas consultadas. Sin el relato de los que participaron, esta historia sería una maraña de datos inconexos y con poco sentido, por lo parciales de las informaciones y, en muchos casos, por el carácter sectario de las fuentes. Hoy esperamos que este artículo facilite la comprensión de aquel fenómeno.
La propia naturaleza del movimiento guerrillero que actuaba en zonas rurales, y la censura de los medios de comunicación limitaron la difusión de su existencia y sus acciones entre el conjunto de la población. La prensa divulgaba la falsa imagen de un país pacificado, en el que no existía ninguna oposición política tras el final de la guerra; sólo se permitía informar en sus páginas de los éxitos de las fuerzas represivas: «El Bandolerismo organizado ha desaparecido de la Montaña.»[1], «Dos Forajidos muertos por la Guardia Civil en Tama. Un sargento de la Benemérita encontró la muerte en la refriega.»[2], o «Con la muerte del «Juanín» ha quedado extirpado el bandidaje»[3]. En la memoria colectiva de los cántabros, los nombres que han quedado grabados por encima de todos los demás son los de “el Cariñoso” y “Juanín y Bedoya”, que tienen por elemento común su muerte violenta en enfrentamientos con la Guardia Civil y que éstas fueron ampliamente difundidas por la prensa regional. Aunque su recuerdo está muy ligado en la memoria colectiva, no llegaron a coincidir en el monte ni en el mismo espacio, ni el mismo tiempo. “El Cariñoso” cayó en Santander en 1941, mientras que “Juanín” saltó al monte en 1943 y Bedoya diez años después. Las anécdotas que circularon entre la población se organizaban en torno al valor de los personajes, al ingenio para librarse de la persecución de la Guardia Civil y a la idea del “bandido bueno”. Estos relatos están más relacionados con “el mito de los del monte” que con su verdadera realidad.
1. CON LA CAIDA DE SANTANDER APARECIERON «LOS DEL MONTE».
El 14 de agosto de 1937 las tropas nacionales pusieron en marcha la ofensiva sobre Santander estableciendo dos vías de penetración hacia la capital: la primera partiendo del País Vasco siguiendo la dirección de la línea costera y la otra perpendicular a la primera por el valle del Besaya hasta Torrelavega. El 24 de agosto, las tropas franquistas rebasaron Torrelavega y establecieron una cabeza de puente en Barreda dejando cortadas las comunicaciones por tierra entre Santander y Asturias.
El 26 de agosto se entregó Santander a los italianos. Entre los soldados republicanos reinaba un ambiente de desconcierto y desesperación. El objetivo fundamental en esas horas era buscar el modo de salvar la vida. Una vez que en el puerto no quedó una sola embarcación capaz de navegar, hubo quienes en un acto de desesperación llegaron al suicidio. Para escapar tenían que infiltrarse entre las filas los autodenominados “Nacionales” que tenían cercado Santander. La represión que se desató con la entrada de los “Nacionales”, para muchos era previsible. Daniel Peral, que vivió aquellos momentos, lo tenía muy claro:
«Si hubiera nacido cien veces y me entrego en ese momento, me matan cien veces».
Aquéllos que confiaron en que nada tenían que temer porque no tenían sus manos manchadas de sangre, corrieron un gran riesgo; muchos de ellos fueron fusilados o condenados a grandes penas de prisión.
Los que quisieron escapar de una encarcelación segura y una muerte probable, sólo les quedaban dos alternativas, intentar pasar a Asturias para seguir combatiendo, o esconderse en las proximidades de sus casas a la espera de que cambiara el curso de la guerra. Este fue el punto en que se inició el largo periplo de “los del monte”, de los emboscados, de los huidos…
Asentadas las tropas franquistas en el norte de España, el fenómeno de los huidos se estabilizó. La evolución de la situación de estas personas dependió de una serie de factores:
* La esperanza en que las tornas podían cambiar. En principio la guerra no estaba perdida, por lo que había que mantenerse a salvo a la espera de mejores tiempos. Entregarse era prácticamente un suicidio, la fuerte represión que sufría su entorno familiar era suficiente aviso. Aún después de 1939 tenían esperanzas de que se produjera una intervención Aliada en favor de la República.
* El grado de compromiso que cada uno de ellos había mantenido con la República. Se convirtió en un elemento determinante a la hora de tomar una decisión acerca de la entrega.
* La persecución que llevada a cabo por la Guardia Civil, el ejército, o personas afines al régimen contra los huidos que propició un gran número de encuentros armados. En caso el caso de que hubieran terminado con heridos o muertos por parte de los perseguidores, podía determinar el fin de la posibilidad de entregarse con unas mínimas garantías para los emboscados.
* El comportamiento de las nuevas autoridades locales (falangistas, médicos, curas, etc.) podía facilitar que los huidos se entregaran, o por el contrario, su actitud agresiva, podía provocar que nuevas personas se echaran al monte. Están documentados los dos casos.
A partir de 1939 con la guerra ya acabada, las autoridades pusieron más medios en la tarea de «limpiar los montes», que tuvo como resultado un goteo de personas que se entregaron o fueron detenidas. Sin embargo, no supuso el fin del fenómeno de los huidos; prueba de ello son los datos que se manejaban en el Gobierno Civil de Santander: «Al terminar la Guerra de Liberación, las Autoridades que entonces estaban al frente de esta provincia organizaron batidas de represión que dieron escasos resultados, con lo cual la situación no se modificó sensiblemente…»[4] Reconocía que todavía en 1940 existían tres grupos de huidos que deambulaban por la “comarca del Río Miera”, la “comarca de Los Carabeos” y la “comarca de Potes”; además «existían unos 200 individuos de ambos sexos, que por sus antecedentes o actuación durante el dominio rojo en esta provincia no pudieron huir al ser liberada, se escondieron en los alrededores de sus residencias habituales, observando una actitud en general pasiva». La persistencia de huidos en el monte intranquilizaba tanto a los falangistas como a las autoridades locales. Intranquilidad que se convirtió en alarma cuando a partir de 1940 comenzó «la vuelta al pueblo de los elementos rojos que se han puesto en libertad», gracias a las primeras excarcelaciones.
Tal era la situación que a principios del verano la Secretaría de Orden Público del Gobierno Civil puso en marcha un “plan sistemático de acción”. En él se especificaban tres “puntos de vista” que debían ser tenidos en cuenta en el momento de poner en marcha las operaciones: lo accidentado y cubierto del terreno, que además los huidos conocían perfectamente; las pocas fuerzas disponibles para desarrollar la operación, 100 Guardias Civiles y unos 60 miembros de la Policía Armada, “aparte del ejército”; y la psicología de la población: «El problema es especialmente agudo en la zona de Río Miera. El hermetismo y cazurrería de pasiegos, son proverbiales»[5].
El primer paso del plan era erradicar los contactos que parte de la población mantenía con los huidos. De éstos dependía, en gran medida, la supervivencia de los emboscados, tanto en el abastecimiento de comida como en el suministro de información sobre los movimientos de las fuerzas que los acosaban. Para ello se decidió controlar e incluso prohibir la presencia de los vecinos en el monte, lo que facilitaba las operaciones de limpieza que con el apoyo del ejército se estaban realizando. En las zonas que había presencia de huidos, como por ejemplo en Liébana, se obligó a los pastores a regresar a los pueblos antes del anochecer impidiéndoseles permanecer en el monte cuidando el ganado. La Guardia Civil controlaba las entradas y salidas de las poblaciones para impedir que se sacara comida destinada a los huidos.
Con el mismo afán de aislar a los huidos se decretó en el oriente de la Región (que en el citado plan se nombra como “la comarca del Río Miera”) la evacuación del ganado y la población de las cabañas, concentrándolos en la “plaza” de los pueblos. La zona aún en la actualidad presenta un poblamiento muy disperso, adaptado a un tipo de explotaciones ganaderas que dependen de los pastos naturales para alimentar al ganado. En algunos valles se lleva una forma de trashumancia muy particular, “la muda”, que consiste en desplazamientos dentro de un mismo valle. La familia se traslaba a lo largo del año de una cabaña a otra con su ganado y sus escasos enseres para ir aprovechando los pastos; pueden producirse hasta seis desplazamientos al año. Esta práctica típica de los pasiegos todavía pervive. “La evacuación” tuvo un efecto devastador en la forma de vida de las gentes. En la circular de la Jefatura Provincial de Falange correspondiente al mes de noviembre se aludía a estas medidas de la siguiente manera:«Ha habido que tomar rigurosísimas medidas (evacuación de ganados y habitantes de algunas zonas) para ver de dar fin a esta situación. La fuerza pública y las Falanges locales en estrecha colaboración persiguen y apresan de cuando en cuando a algunos de esos elementos»[6].
La represión desatada, que en su mayor parte se dirigió hacia aquéllos que potencialmente podían ayudar a los huidos, obligó a incorporarse al monte a nuevas personas que habían conseguido insertarse, más o menos de forma normal, en la vida cotidiana de sus pueblos.
1.1 GUERRILLA AZAÑA
Al sur de Reinosa, tras la caída de Santander, se formó un grupo de jóvenes fieles a la República, que decidieron echarse al monte. Al frente de este grupo estaba Juan Gil del Amo “hijo del practicante de Carabeos”. Este grupo tuvo un par de peculiaridades: por un lado, sus principales líderes tenían una doble militancia, políticamente en Izquierda Republicana y sindicalmente en la CNT; y por otro, por primera vez utilizaron el concepto guerrilla para autodefinirse, eran la Guerrilla Azaña. Es posible que esta denominación respondiera al intento del gobierno republicano de crear grupos guerrilleros en plena guerra, aunque no tengamos datos concluyentes para poder afirmarlo con rotundidad.
El grupo se asentó en Montes Claros, donde había habilitado varias cuevas, siendo los pueblos cercanos donde primero empezaron a actuar. Una de las prioridades básicas era el suministro de comida. Para ello recurrían a la familia o asaltaban comercios cuyos propietarios habían apoyado la sublevación. Sus acciones se extendieron por el valle de Campoo. A partir de 1940 la Guardia Civil ejerció mayor presión sobre los huidos, teniendo que desplazar su refugio hacia los bosques del Monte Higedo. Desde allí dirigieron sus acciones hacia Valderredible y las comarcas próximas de Burgos y Palencia.
En la primavera de 1941 la “Guerrilla Azaña” estaba muy activa. Actuaba a uno y otro lado del límite provincial con Burgos. En la noche del 1º de julio un grupo de diez huidos de esta partida penetraron en los pueblos de Pedrosa y Santaelices, ambos pertenecientes a la Merindad de Valdeporres, en la provincia de Burgos. Tras la acción, la Guardia Civil puso en marcha una operación de búsqueda, con el apoyo de los falangistas de la zona, que concluyo al día siguiente en Haedo de las Pueblas con la localización del grupo de Juan Gil “el hijo del practicante de Carabeos”. Los guardias los cercaron mientras descansaban y de los diez, sólo uno pudo escapar, cinco murieron en el acto y los otro cuatro fueron detenidos. En apenas una semana fueron juzgados y fusilados.
1.2 HUIDOS POR LOS VALLES DEL MIERA Y MATIENZO
En la zona oriental de Cantabria se concentró una buena parte de los huidos. Eso se vio favorecido por un poblamiento muy disperso fruto de la explotación ganadera de estas comarcas, en las que personas y ganado habitaban una infinidad de cabañas diseminadas por el paisaje; lo que facilitaba que los huidos se abastecieran y escondieran fuera de los núcleos de población. Eran conscientes de que no podían volver a sus casas por el riesgo que corrían de ser detenidos y fusilados, suerte que ya habían corrido algunos de sus vecinos; otros consiguieron llegar al monte al escaparse de los piquetes falangistas cuando ya eran apresados. El paso de la “vida civil” a la clandestinidad o de la clandestinidad a la “vida civil” dependía en gran medida de las presiones que las fuerzas vivas de los pueblos mantuvieran sobre el vecindario. Las presiones muchas veces se concretaban en palizas o detenciones que la Guardia Civil o los grupos de falange practicaban sobre personas sospechosas de dar apoyo a los emboscados. Estas agresiones provocaron que gente como Fidel Aja Gómez, alias “el Costilla”, se echaran al monte con las consiguientes represalias para su familia. En sentido contrario hay que señalar que gracias a la mediación de “personas de orden” se pudo consumar la entrega de ocho huidos del Valle de Matienzo. Tras una breve estancia en prisión pudieron volver al pueblo. Sin embargo, esta mediación no valió para uno de ellos, que a pesar de haberse casado en el pueblo, no era nacido en el valle. Su vida terminó, después de su detención, con la aplicación de la ley de fugas.
El grupo de huidos que estuvo más activo en los años que siguieron a la caída del norte y el final de la Guerra Civil, fue sin duda el que se formó en la comarca del Miera. Durante 1938 este grupo, en el que se encontraba el Cariñoso, fue sorprendido en Mortesante por los falangistas de Miera. En este encuentro el grupo perdió a dos de sus miembros: a Belisario Lavín Cobo, hermano del Cariñoso y Plácido, hijo de la maestra de Rubalcaba. Como respuesta los huidos llevaron a cabo acciones de castigo contra aquéllos que consideraban responsables de su persecución. En una de ellas quedó mal herido Manolo Casar, al que consideraban su delator; y en otra murió Manolo García «el de la pasiega», que había participado de forma activa en los sucesos. Desde ese momento ya no había ninguna posibilidad de entregarse, si es que la hubieran tenido primero.
«La Evacuación» que se había decretado desde el Gobierno Civil fue especialmente dura en las cabeceras de los Valles de la zona oriental de Cantabria. El objetivo no era otro que intentar aislar a los huidos de sus puntos de apoyo, y poder batirles en el monte con más facilidad gracias a la intervención del ejército. La evacuación se prolongó desde Junio de 1940 hasta febrero de 1941, unos días antes del incendio de Santander. A pesar de que consiguió que disminuyera en la zona el número de acciones de los huidos, sobre todo gracias al desplazamiento del Cariñoso y una parte del grupo hacia Santander, el despliegue del ejército por los montes resultó inoperante para localizarlos. Es más, no pudo impedir que el 12 de noviembre se produjera la desaparición del Rey de los Campos, destacado falangista del pueblo de Miera, de la taberna de Luis Haro en la Vega de Miera.
El golpe más duro que recibieron los huidos del Miera fue en el otoño de 1941. Una pareja de la Guardia Civil dio de una forma casual, con los hermanos Nemesio y El Ferroviario, y con El Madrileño que estaban durmiendo en la casa de las Tarolas. Dentro de la habitación se produjo un tiroteo del que sólo escapó con vida el Ferroviario. Las Tarolas, al ser interrogadas por la Guardia Civil acerca del paradero del Cariñoso, no supieron contestar, pero gracias a su colaboración fue detenido uno de los enlaces. El día 27 de octubre cayó el Cariñoso en el número 44 de la calle Santa Lucía de Santander. Al día siguiente en Peñacastillo la Guardia Civil abatió al resto de su grupo: Lola, Benito, Marcos y Pedro[7]. En cinco días habían muerto siete miembros de este grupo y un buen número de enlaces habían sido detenidos; pero las desgracias no acabarían aquí.
De las informaciones que la Guardia Civil obtuvo interrogando a los detenidos, llegó a la conclusión de que en las estribaciones del Porracolina podían estar escondidos el resto de los emboscados. Para proceder a la localización y desmantelamiento de este grupo, se movilizó a un importante número de Guardias. Pero, a pesar de peinar el monte, no consiguieron detectar la presencia de los huidos. Al anochecer fueron detenidas varias personas cercanas para intentar que declarasen el lugar exacto donde estaban escondidos. Entre ellos Hermenegildo Trueba, hijo de un emboscado, que a estas alturas ya debía estar escondido en un caserío del País Vasco, y su primo Alfredo Barquín. Al día siguiente la Guardia Civil cercó una cueva en el monte Bergaz donde estaban refugiados los huidos, entablándose un fuerte tiroteo en el que la Benemérita llegó a utilizar bombas de mano y dinamita para intenta neutralizar a los encuevados. Los huidos resistieron hasta el anochecer, cuando, aprovechando la oscuridad se escabulleron del cerco. Al amanecer del día 9 la Guardia Civil sólo encontró en la cueva el cuerpo de Laureano Lavín y rastros de sangre de otra persona. Sin embargo, del monte Bergaz junto al cuerpo de Laureano bajaron otros dos cuerpos, los de Hermenegildo y Alfredo. Habían sido fusilados en la misma cueva, y a partir de ese momento tanto para la prensa como para los documentos oficiales pasaron a ser peligrosos forajidos. [8]
Los cinco guerrilleros que sobrevivieron a ese trance se volvieron a agrupar, y fueron junto a los huidos de Liébana, en germen de la Agrupación Guerrillera de Santander. Sin su existencia no hubiera sido posible la aparición del movimiento guerrillero en la región.
1.3 LOS DE LIÉBANA
Tras la caída de Asturias, los soldados que no pudieron embarcar y salir al extranjero, se volvieron a sus casas por los montes. Los pueblos estaban vigilados, lo que hizo más dificultoso el regreso. En la Hermida se asentó una Centuria de Falange, cuya misión era mantener el orden en los pueblos de su jurisdicción y capturar a los «rojos» que se retiraban de Asturias. En esta última tarea se emplearon con dureza: las orillas del Río Deva son testigo de los fusilamientos allí celebrados. En torno a los Picos de Europa, al mismo tiempo, se agruparon personas de la comarca que se habían significado en la defensa de la República. Las autoridades de Tresviso pidieron a sus vecinos huidos que se entregaran, asegurándoles que no les iba a pasar nada. Esta gente fue llevada de nuevo al frente, ahora con los Nacionales, lo que no impidió que al terminar la guerra fueran objeto de denuncias, viéndose obligados a echarse al monte o resignarse a ir a la cárcel. Al finalizar la guerra había concentrados en el monte un grupo de unos diez o quince huidos; entre ellos destacaban Mauro Roiz, Segundo Bores, Santiago Rey, y Ceferino Roiz, Machado. Es curioso destacar que la mayoría de estos hombres procedían de los municipios de Cillorigo y Tresviso, los dos municipios de la comarca lebaniega donde el trabajo asalariado estuvo más extendido, primero en las minas de blenda de Andara y después en el salto de Urdón.
Entre 1940 y 1941 se instalaron cuarteles de la Guardia Civil en los pueblos lebaniegos, en un intento de controlar el movimiento de los huidos, asentándose en casas en las que vivían republicanos. Ocupación por la que no recibieron ningún tipo de compensación. La estrategia de la Guardia Civil para combatir a los emboscados pasaba por presionar a la familia, ya que antes o después éstos se habrían de poner en contacto con ellos. Según Mauro, que estuvo huido hasta 1941, año en que fue capturado:
«Los que estaban en el monte no podían hacer nada importante, porque les perseguían y cualquier hecho lo iba a pagar la familia. Se dedicaban a defenderse y a vivir.»
En el afán de aislar a los guerrilleros del apoyo de sus familiares obligaron a los pastores, durante una temporada, a bajar a dormir a casa. Por la mañana, antes de salir al monte tenían que pasar un control de la Guardia Civil. Igualmente se vigilaba la fabricación del pan y se prohibía sacar comida del pueblo, ante la sospecha de que fuera destinado a los del monte.
En septiembre de 1940, hizo presencia la Policía Armada en Liébana. Su misión era conseguir que los huidos se entregaran. Para ello detenían a los familiares de los emboscados, haciéndoles saber que permanecerían presos hasta que éstos se entregaran. Por este método consiguieron que José Campo Halles y Santiago Rey, vecinos de Beges, abandonaran el monte. Acto seguido emplearon el mismo sistema en Tresviso para forzar la entrega de José Marcos, Mateo, y Gildo. Al no tener resultado la gestión, las familiares de los huidos fueron detenidos. Pocos días después, vecinos de Tresviso detectaron la presencia en una cueva de los tres huidos. Los falangistas movilizaron a todo pueblo para apresarlos, utilizando a los rojos como pantalla. La cueva no tenía otra salida por lo que decidieron entregarse. A mitad de camino del pueblo, Mateo Campo y José Marcos Campillo intentaron escapar. Mateo cayó muerto por un disparo, mientras José Marcos pudo ponerse a salvo, al descender por una canal de difícil acceso. Mientras tanto, Gildo fue detenido y llevado a prisión; donde permaneció hasta que en junio de 1943 se fugó del campo de trabajo de la Vega de Pas y se incorporó de nuevo al monte. Otras caídas que se produjeron en estos años fueron las de Mauro Roiz, Alejandro Sánchez, e Ignacio Roiz. Este último fue muerto cuando se entregaba.
Durante los años 1941 y 1942 se establecieron algunos contactos con el PCE, fruto de ellos fue la incorporación de Alejandro del Cerro, miembro del Comité Provincial, que estaba a punto de caer en manos de la Policía. Mientras tanto Potes, estaba siendo reconstruido por Regiones Devastadas, con una importante mano de obra de presos políticos. Juanín, que ya había cumplido su pena y trabajaba allí como asalariado, participó en el intento de organizar el PCE entre los presos. La Guardia Civil debió entrar en sospechas, por lo cual Juanín fue citado para ser interrogado. No resistió las continuas palizas que recibía, por lo que decidió echarse al monte; estamos en 1943. A lo pocos días, Lorenzo Sierra y Ramón Manjón se fugaron del destacamento penal para unirse, también, a los emboscados[9].
La Muerte de Segundo Bores en el Doblillo, el 25 de junio de 1944, supuso la última caída de este período. Cuando parecía evidente que los contactos con el PCE abocaban al grupo a integrarse en la Unión Nacional[10].
2. CONSTITUCIÓN DE LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA DE SANTANDER.
El intento del PCE por organizar dentro la Unión Nacional a los grupos de huidos que permanecían en los montes cántabros no se produjo hasta 1944, cuando ya se estaban preparando las operaciones del Valle de Arán. Josep Cerberó había sido delegado por el Alto Mando Guerrillero para establecer contacto con los grupos que estaba actuando en el norte de España. En el verano de 1944 consiguió entrar en contacto con los huidos cántabros, concretamente con el grupo que actuaba por el occidente de la región. Este enlace fue posible gracias a la relación que el Comité Provincial en Santander venía manteniendo con estos grupos desde casi el mismo momento en que se reorganizó el Partido en la región. Como fruto de estos contactos, en el mes de octubre, se dio por constituido “el Mando Guerrillero de Santander”. Al frente del cual situaron de manera provisional a Ceferino Roiz Sánchez “Machado”, a la espera de que llegara un cuadro político para asumir la dirección de la guerrilla. Este grupo junto con los que se formaran en Asturias, León, Galicia y Euzkadi se debería integrar en el llamado Ejército del Noroeste o del Norte. Ejército que no se llegó a desarrollar; ni tan siquiera llegó a ser efectiva una coordinación entre estos grupos[11].
A finales de año, Rafael Crespo llegó a Santander para organizar dentro de la UNE a los grupos de huidos que actuaban por la Región. Rafael se había fugado del Campo de trabajo de Cuelgamuros en el Escorial, con la intención de pasar a la clandestinidad y ponerse al servició del Partido. Poco después entraba en contacto con Agustín Zoroa Darío, quien tras una serie de charlas le envió a Cantabria. Entre las instrucciones que traía, aparte de reforzar la estructura guerrillera en Cantabria, estaba la creación de una zona guerrillera en Euzkadi que se extendiera hasta la frontera francesa.
Para realizar su tarea, Crespo aprovechó la estructura y los contactos del partido, quedando en sus manos desde este momento tanto el Comité Provincial como la Agrupación Guerrillera. La primera misión que acometió fue la de contactar con las diferentes partidas que todavía sobrevivían. Retomó el contacto con el grupo lebaniego y reforzó al grupo que actuaba por la comarca del Miera con la incorporación de Esteban Arce en funciones de comisario político. Implantó enlaces estables para cada una de las partidas: Honorato Gómez para Liébana, que además era el responsable de la custodia de la multicopista en la que se imprimió propaganda y un número de la revista de la Guerrilla ÍMPETU; y Víctor Gutiérrez para la Brigada Malumbres.
La primavera de 1945 fue muy movida para la Agrupación Guerrillera de Santander. Josep Cerberó cayó en una redada en Madrid, lo que dejó momentáneamente aislada a la Agrupación del Alto Mando Guerrillero. Para suplir esta cadencia y hacerse cargo de los grupos de Maquis que estaban cruzando la frontera, con la misión de crear la deseada Agrupación Guerrillera de Euzkadi, fue enviado Julio Oria a Bilbao. La llegada de Oria significó para la Agrupación Guerrillera de Santander la creación de un eslabón de mando intermedio estable entre el Alto Mando Guerrillero y Rafael Crespo, que hasta ese momento había dirigido la agrupación guerrillera en solitario. Tres fueron los grupos de los que tenemos noticias que intentaron asentarse en el País Vasco, pero esta primera tentativa resultó infructuosa, refugiándose los supervivientes en el seno de la Brigada Malumbres. La combatividad que la Brigada había ganado con estas incorporaciones fue temporal, ya que el Alto Mando Guerrillero mantenía su intención de crear la Agrupación Guerrillera en Euzkadi. Dentro de esta estrategia el papel que la brigada tenía asignado era el de “curtir” a los guerrilleros vascos y servir de embrión para la nueva organización[12].
Mientras tanto, se intentó dar un carácter más ofensivo al grupo lebaniego, y a la vez extender sus acciones hacia zonas nuevas: hacia el este, llegando hasta las proximidades de Torrelavega y hacia lo que ellos denominaban “la Marina”, que comprendía la comarca oriental Asturiana. Esto tuvo como consecuencia la división de la Brigada en tres grupos más o menos estables. Antes de emprender alguna operación debían informar a los demás para evitar que les cogieran por sorpresa las pesquisas de la Guardia Civil. Cuando se realizaba alguna acción de envergadura lo hacían conjuntamente. La realizada el 6 de Abril, fue una de estas operaciones en que era necesaria la participación de todo el grupo. Se había decidido dar un golpe en la mina de Reocín, próxima a la ciudad de Torrelavega. Tras una larga preparación sustrajeron a plena luz del día la nómina que se pagaban en aquellas fechas. Se explicó a los obreros el sentido que tenía la acción, y que para ellos no iba a tener consecuencias ya que la mina les debería pagar. Los guerrilleros fueron descubiertos y cercados por la Guardia Civil, sin embargo lograron salir del cerco sin pegar un solo tiro. La cifra de lo sustraído varía en función de la fuente consultada: José Marcos Campillo habla de unas 20.000 pesetas, Honorato de unas 68.000 y la sentencia de condena eleva la cantidad hasta 84.000 pesetas, prácticamente la suma de ambas cantidades. La importancia de la operación radica en que fue la primera que el grupo realizó fuera de su zona de refugio y en el eco que tuvo entre la población. Tras la operación se desplazó policía especializada desde Madrid para investigar el suceso, ante lo cual varios enlaces tuvieron que echarse al monte.
Eran aquéllos momentos de euforia para los guerrilleros; habían salido airosos del asalto a la mina de Reocín, y Berlín acababa de caer. El 22 de abril, junto con algunos enlaces decidieron celebrar la ocasión con una comida en las cabañas de Pandébano. Un enlace temeroso de que se pudieran descubrir sus relaciones con la guerrilla decidió denunciarlos en el Cuartelillo de Carreña. La Guardia Civil del puesto cercó a los guerrilleros mientras dormían. Gildo, que descansaba en un pueblo próximo, fue avisado por un pastor de lo que estaba pasando. Él solo consiguió levantar el cerco. En el tiroteo murió Machado y dos guardias civiles. Tras ese suceso Santiago Rey asumió la dirección, llamándose a partir de ese momento Brigada Machado.
La Brigada Malumbres se movía por la zona comprendida entre el Valle de miera y Ramales. La llegada de Esteban Arce permitió superar los reparos que tenía una parte del grupo en aceptar la estrategia de Unión Nacional. Una vez consolidada esta brigada, la Agrupación ya estaba preparada para conmemorar el 18 de Julio, y dejar constancia que no toda España estaba pacificada. Una redada de la policía en la que cayó el Comité Provincial abortó todo el operativo de reparto de propaganda, que se había desarrollado. Sin embargo, no impidió que la Brigada llevara a cabo las voladuras de líneas de alta tensión y del depósito de locomotoras de Marrón. La caída desbarató toda la estructura de la Guerrilla en el Llano y de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Fueron apresados Rafael Crespo y diez miembros más del Comité; a pesar de todo, quedaron intactos los grupos Guerrilleros. De esta forma a lo largo del verano continuaron con los sabotajes de líneas férreas y eléctricas.
3. LA REORGANIZACIÓN DE LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA
El contexto en que se movían fue cambiando poco a poco. Tras el fin de la Guerra Mundial y las condenas formales que desde la incipiente ONU se hacían al régimen de Franco, éste se fue consolidando. A finales de 1945 el régimen se sentía fuerte y estaba decidido a eliminar todo vestigio de resistencia armada. Cuando el año 1946 llegó a su fin empezaba a intuirse que las potencias aliadas no iban a intervenir militarmente en España. En este período no se volvió a oír hablar de la UNE, que oficialmente fue disuelta el 25 de junio de 1945.
La caída del mes de julio no afectó al mando en Bilbao, lo que le permitió reorganizar la Agrupación Guerrillera en tan solo dos meses. Se separó el Partido de la Guerrilla para que el trabajo de ambas organizaciones no recayera en las mismas personas. Oria fue llamado a Madrid, quedando Miguel a cargo de la Agrupación Guerrillera de Santander y Alberto de la “Federación”, compuesta por la Agrupación Guerrillera de Santander y de la deseada Agrupación Guerrillera de Euzkadi; todavía se mantenía como objetivo prioritario la creación de dicha Agrupación. Dentro de la Agrupación Guerrillera de Santander se creó un Estado Mayor compuesto por Esteban Arce, que bajó de la Brigada Malumbres para ponerse al frente, y por miembros de las JSU que acababan de salir de la cárcel[13].
En un intento de aumentar la capacidad ofensiva de la Brigada Machado, Esteban Arce, como responsable de la Agrupación Guerrillera, subió al monte para reunirse con sus integrantes acompañado de dos expertos en el manejo de explosivos, con la finalidad de formar a los guerrilleros en esta materia, lo que permitió que se realizaran varios sabotajes sobre torres de alta tensión y la línea férrea. En esa etapa, Juanín se convirtió en el vehículo que utilizaba Esteban Arce para mantener contactos con los grupos de la Brigada Machado, al ser su grupo el que estaba instalado en la zona más próxima al lugar de refugio de Esteban. Estas reuniones de coordinación normalmente se celebraban en las inmediaciones de los Picos de Europa, teniendo Esteban que transitar por la misma ruta que los guerrilleros habitualmente practicaban.
A medida que Esteban Arce se fue distanciando de la Agrupación, las relaciones con el grupo Lebaniego pasaron a depender de Martín Santos. En los meses que Martín estuvo desempeñando esa misión, todas las órdenes que partían hacia la Brigada Machado o las informaciones que provenían de ella siempre pasaron por medio de Juanín. Por esta situación, Juanín fue considerado desde la Agrupación el responsable de la Brigada; papel que dentro del grupo no le reconoce en ningún momento el guerrillero José Marcos Campillo. A este respecto conviene aclarar, que Juan Fernández Ayala “Juanín” siempre funcionó con gran autonomía, tanto en lo que respecta a sus acciones personales como cuando desempeñó alguna responsabilidad dentro de la Brigada, lo que nos impide avanzar más en esta cuestión.
A principios de 1946 apareció un nuevo grupo guerrillero, la Brigada Cristino. Tuvo su origen en la necesidad de Martín Santos, miembro del estado mayor de la Agrupación, de echarse al monte, tras haber sido identificado por la policía. Se le planteaba la posibilidad de integrarse en la Brigada Malumbres o en el grupo de Juanín. Él, por otro lado, propuso a la organización crear un nuevo grupo al sur de la Provincia, ya que la Brigada Malumbres actuaba sobre la zona oriental, y la brigada Machado actuaba sobre la zona occidental. El grupo se organizó con posterioridad a la muerte de Cristino García, de quien tomó el nombre, y con anterioridad al 22 de abril, fecha de la primera referencia escrita al grupo: «Reinosa acepta decisión formar grupo guerrillero por su cuenta pero queriendo justificar su responsabilidad por lo que allá al hacerse cargo el tiene»[14]. El embrión del grupo lo formaba Martín, con Churriti y Pancho, que provenían de la Brigada de Malumbres. Se les sumó Carroceda, militante socialista que tenía problemas con las autoridades por temas del estraperlo y el 9 de julio de 1946, tres militantes, que procedían de una célula de Mataporquera.
La carencia de todo medio para realizar propaganda, les llevó a que el 5 de noviembre de 1946 asaltasen la Lactaria Montañesa de la que extrajeron varias máquinas de escribir; unas se subieron al monte y otras se destinaron al partido. Con estas máquinas, el grupo de Martín, en los momentos libres, se dedicaba a escribir la propaganda que Velarde y el sobrino de Carroceda tiraban desde sus bicicletas las noches previas a la celebración del Mercado de Ganados de Torrelavega. La acción mas osada que realizó esta Brigada se ejecutó una noche de enero de 1947: Martín Santos e Inocencio Aja estuvieron vigilando el edificio de la Comisaría de la Policía Armada en Torrelavega; cuando estuvieron seguros que quedaba completamente vacía la zona, colocaron en los bajos una bomba. Hasta entonces nunca se había operado en el interior de una ciudad. Aunque la noticia no fue publicada, fue difícil que no se difundiera de boca en boca en la localidad.
En marzo de 1946 la Brigada Pasionaria fue descubierta en el Puerto del Escudo por la Guardia Civil, cuando se desplazaba desde Francia a Asturias para reforzar el movimiento guerrillero en aquella Región. En pocos días cayeron detenidos gran parte de sus integrantes, que se movían entre la nieve y el desconocimiento de la zona. Para esta operación fueron movilizados efectivos de la Guardia Civil de Santander y Burgos. Los restos de esta Brigada deambularon entre Cantabria, Palencia y Asturias hasta finales de mes, cuando cuatro de ellos fueron localizados por la Brigada Machado en el macizo oriental de los Picos de Europa, en la cual se integraron. Entre los miembros de la Agrupación Guerrillera de Santander ésta operación dejó malestar, ya que no habían sido avisados de su presencia. Algún guerrillero se lamentaba de que, de haberlo sabido, podrían haberles facilitado el paso[15].
Durante 1946, la Brigada Malumbres realizó las operaciones más ambiciosas. Provocaron múltiples sabotajes en las líneas de alta tensión, y el 13 de Julio en el Hotel Balneario de Puente Viesgo. El objetivo principal de la operación era secuestrar a Queipo de Llano que pasaba allí unos días de descanso. Sin embargo, ese día no se encontraba en el Hotel; había sido reclamado desde Madrid el día anterior para una reunión urgente y había abandonado el lugar. A la semana de producirse el asalto al Balneario de Puente Viesgo, cuatro guerrilleros entraron en el pueblo de Udalla con la intención de llevar a cabo el asalto al comercio que existía en la localidad. La operación trascurría sin incidencias hasta el momento de la retirada en que fueron sorprendidos por la Guardia Civil, cayendo tres guerrilleros. A partir de esta acción se produjeron disensiones dentro de la Brigada Malumbres; posiblemente porque no se hubiera consensuado esta operación, ya que apenas una semana antes se había realizado el asalto al Hotel-Balneario de Puente Viesgo, del que habían obtenido un importante botín. Esta situación permitió que aflorasen de nuevo las discrepancias en el seno del grupo sobre la estrategia a seguir, lo que culminó tiempo más tarde con la separación de la brigada en dos bandos.
En el mes de en marzo de 1946, Oria fue enviado por segunda vez a Bilbao para hacerse cargo de la Agrupación Guerrillera de Santander e intentar poner en marcha la deseada Agrupación Guerrillera de Euzkadi. Para este fin, en abril desplazó a seis guerrilleros de la Brigada Malumbres a la zona minera vizcaína comprendida entre Galdames y Somorrostro, dedicando sus primeras actuaciones a la obtención de dinero, armas y explosivos, con los que poder mantener el funcionamiento de la guerrilla. Toda la actividad del grupo guerrillero se concentró en el mes de mayo, siendo sorprendido cerca de Erandio, a donde se habían desplazado para realizar una operación económica[16]. Oria tuvo que abandonar Bilbao y la Agrupación Guerrillera de Euzkadi llegó a su fin. En junio, Alberto Medrano y Miguel desaparecieron y desde ese momento Antonio Bedia quedó al frente de la Agrupación Guerrillera de Santander aislado del Alto Mando Guerrillero, lo cual no impidió que las brigadas siguieran actuando. Por su parte, Inocencio Aja, responsable junto a Tampa de la Brigada Malumbres, tubo que asumir la tarea de mantener el contacto entre Bedia, que a la postre dirigía la AGS en solitario, y las tres Brigadas.
4. FIN DE LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA DE SANTANDER.
El año del cambio, 1946, había terminado y no parecía que el régimen hubiera mostrado muchos signos de debilitamiento. Superados los miedos que las condenas de las Naciones Unidas y la retirada de los embajadores habían infundido en las bases del franquismo, 1947 se presentaba como el año del fin de la incertidumbre. ¿Iban a tolerar las potencias aliadas que un régimen nacido con el apoyo de los nazis sobreviviera? Ahora sabemos que sí, pero entonces no fue tan evidente. Fue un año trascendental para la Brigada Malumbres; debatiéndose entre su disolución y continuar su proceso de lucha. En la primera mitad del año nos encontramos con que su actividad fue intensa, Sin embargo, con la llegada del verano las tensiones dentro de la Brigada fueron máximas, alcanzando su clímax con la muerte de “Tampa” a manos de otro guerrillero. Un suceso que aún falta por dilucidar; ya que no están claros cuales fueron los motivos de su muerte, ni tan siquiera la fecha exacta en que se produjo. Una vez desaparecido Tampa, se produjo la disolución de la Brigada Malumbres. Aja y el grupo que se había formado en torno suyo se desplazó hacia Torrelavega. Al resto de la Brigada el único fin que les movía, a partir de este momento, era cruzar la frontera. De los siete que componían el grupo, cinco consiguieron cumplir con ese objetivo, los otro dos quedaron atrás.
A finales de junio de 1947 se desató una redada dirigida contra la red de enlaces que la Agrupación Guerrillera había desarrollado en Torrelavega. Antonio Bedia escapó del primer zarpazo, pero fue localizado gracias a la colaboración de alguno de los detenidos con la Guardia Civil. Para salir del aislamiento en que se encontraban Martín Santos junto con Aja intentaron entrar en contacto con el Partido para reorganizar la guerrilla. El Comité Provincial de Santander era una organización muy débil que carecía en estos momentos de contactos con otros órganos del partido, por lo que dirigieron un informe al Partido en Bilbao, para que desde allí se hiciera cargo de la dirección de la guerrilla. A pesar de que el informe llegó a sus manos no llegaron a hacer ningún intento de establecer contacto[17]. Mientras tanto, Aja y Pancho estaban a la espera de una respuesta en el pueblo de Torres, donde fueron localizados por la Guardia Civil. En el cruce de fuego entre guerrilleros y guardias la dueña de la casa quedó malherida. Por la parte de atrás de la casa los guerrilleros intentaron huir. Pancho fue abatido por los disparos de la Guardia Civil y Aja se ahogó al intentar cruzar el río Besaya que venía crecido, lo cual dejaba a Martín más aislado, si cabe.
Desde que se produjeron las caídas de junio, el grupo que se había formado alrededor de Aja, y que ahora estaba a cargo de Rubén fue a ciegas, sin poder ponerse en contacto con sus enlaces, evitando los caminos y con pocos momentos de descanso. En esta situación decidieron asaltar la tienda de Miguel Ángel Arenal, en Vega de Villafufre; allí les estaba esperando un Somatén. En el tiroteo que entablaron cayeron heridos Rubén y Zurita. Rubén murió por las torturas recibidas y falta de asistencia médica. Los otros dos miembros del grupo, Ciuco y Colsa, escaparon y hasta que se entregaron en diciembre tuvieron que ser protegidos por miembros del Partido. Su caída fue el inicio de una redada entre los enlaces del grupo y del Partido.
A pesar de que Martín Santos intentó que la Brigada Cristino se mantuviera activa, las dudas comenzaron a hacer mella entre los guerrilleros. Ante la falta de un futuro claro, terminó por inclinar a una parte del grupo hacia una vida más cómoda. Tres guerrilleros se separaron del grupo al no poder subir mujeres al campamento. Fueron abatidos por la Guardia Civil el 27 de diciembre de 1947 en La Población. Sin embargo, la Brigada Cristino permaneció activa a lo largo de 1948. En Noviembre, Martín Santos y Alfredo Bárcena intentaron pasar a Francia con el fin de contactar con el Partido y recibir así instrucciones. Fueron descubiertos en un hotel en San Sebastián y en las persecuciones posteriores fue abatido Bárcena. Casi milagrosamente Martín consiguió eludir dos veces el cerco de la Guardia Civil, y enlazar con el taxi que le había llevado. En Bilbao se apeó del taxi, robó una sotana y con ella se plantó en Montes Claros, a través del tren de la Robla. Tras este fracaso, al año siguiente el objetivo del grupo fue preparar su definitivo paso a Francia. A mediados de 1949, consiguieron enlazar con José Imaz, que había llegado en la primavera a hacerse cargo del Partido. Imaz, a través de unos contactos preparó la salida del grupo al extranjero. Para financiar esta operación se pensó en el secuestro del hijo de Emilio Valle, quien por Reinosa pregonaba que los guerrilleros de León no habían podido «echarle mano», lo que daba a la operación un cierto carácter de reto personal. Emilio Valle poseía minas en León, Palencia y Cantabria, y tenía a una hija casada con Arias Navarro. El objetivo reunía todas las características deseables. El 28 de agosto de 1949 realizaron la operación, pero debieron contentarse con un hermano del citado, ya que no le encontraron. Le mantuvieron retenido solamente un día debido a que el pago se realizó de forma rápida: les pidieron 500.000 pesetas. Una vez que Martín tuvo el dinero, bajó con Carroceda para preparar el viaje a Torrelavega. De vuelta al campamento en los Carabeos descubrieron que los otros cuatro habían desaparecido. Al no poder localizarlos, Martín y Carroceda decidieron marchar solos.
5. AÚN LIEBANA PERMANECE EN LOS MONTES.
A partir de 1948 era difícil justificar la continuidad en el monte como un intento de derrocar al régimen, puesto que en Cantabria no existía rastro alguno de una dirección de los grupos guerrilleros. Tras la caída de la Agrupación Guerrillera, la Brigada Machado quedó aislada de la organización del Partido. En un informe del Partido Comunista elaborado tras una reunión con 16 guerrilleros de la Brigada Machado, en la comarca asturiana de la Borbolla con fecha de enero de 1948, se dice de la moral de los guerrilleros: «…lo que más quebranta ésta, es la falta de un organismo exterior o interior que estimule y preste ayuda y dirección a la resistencia. Esto sería un hecho acogido en las guerrillas con calor y entusiasmo y que terminaría con muchas divergencias» [18]
La presencia de Maté en la Brigada Machado posibilitó que se estableciese contacto con los guerrilleros asturianos, en concreto con los hermanos Caxigal. En el momento en que se produjo el contacto, los grupos asturianos ya estaban bajo la influencia de “Carlos”. Este personaje se había infiltrado entre ellos con la misión de aniquilar a toda la guerrilla asturiana. Para esto había organizado un falso desembarco de Armas. Los lebaniegos desconfiaban de “Carlos”, por lo que se desentendieron de la operación. La operación de desembarco se realizó en San Vicente de la Barquera, y no fue más que una trampa en la que cayeron varios grupos asturianos. De esta manera se diluía la última esperanza de contactar con el Partido[19].
Los hechos destacados a partir de este momento se debieron a los pasos de frontera, las caídas y las muertes, generalmente de guerrilleros y enlaces. No se produjeron acciones ofensivas; su principal dedicación fue dar golpes económicos que les asegurasen la supervivencia. José Marcos afirma, que hacia 1950, siendo consciente de la inexistencia de una organización que diera sentido a la resistencia, la desunión entre los partidos que defendieron la República y la falta de apoyo internacional planteó pasar a Francia al resto del grupo. De hecho, Carlos Cosío y «El Dandi» pasaron la frontera ese mismo año. Sin embargo: «Los que habían venido de Francia no querían volver para allá, y no sé porqué».
El 4 de julio de 1952 pereció el Secretario del Ayuntamiento de Tresviso a manos de los guerrilleros; este hombre se había caracterizado por las continuas denuncias a sus vecinos, siendo responsable de numerosas encarcelaciones y palizas, además de ser quien mató a Mateo Campo cuando intentaba huir en Cañimuelles.
El día 20 de octubre de 1952 era lunes, y como todos los lunes había mercado en Potes. En un registro rutinario en Tama sorprendieron a Gildo, a Guerrero y a Pin el asturiano en la casa de Dominador Gómez Herrero. El registro lo realizaba un Sargento y dos números de la Guardia Civil. Nada más comenzar el tiroteo, Gildo cayó muerto, el Asturiano y Guerrero perforaron el suelo de madera y salieron por la bodega de la casa. En la huída, el Sargento les cortó al paso, y allí cayó muerto. Al cruzar el puente, un Guardia que estaba allí de permiso, mató a Pin el Asturiano, pudiendo escapar Guerrero. Los Civiles, al encontrar muerto al sargento, allí mismo fusilaron a los dueños de la casa y a una hija menor de edad. Tras lo sucedido en Tama se produjo una gran redada en la que fueron detenidos muchos enlaces y familiares, que sufrieron brutales torturas; algunos llegaron a dormir quince días entre los caballos de la Guardia Civil de Potes, siéndoles aplicado el cepo.
En este momento quedaban seis guerrilleros en el monte: Santiago Rey, Joaquín Sánchez El Chino, José Marcos Campillo, Quintiliano Guerrero, Juan Fernández Ayala Juanín y Francisco Bedoya, que se había incorporado al monte en febrero de 1952.
El siguiente encuentro con la Guardia Civil se produjo el 14 de abril 1953. A la salida de Tresviso, en pleno monte, Marcos y Guerrero fueron sorprendidos por una patrulla de la Civil que estaba apostada. Murió Guerrero, y José Marcos, mal herido, consiguió llegar a casa de un enlace atravesando el macizo oriental de los Picos de Europa. Para ser curado necesitaba atención especializada, por lo que se pusieron en contacto con Santiago Rey, que organizó el traslado de Marcos a Bilbao. Tras su recuperación el objetivo fundamental fue pasar a Francia. Volvieron a Liébana para contactar con Juanín y Bedoya. Pero no consiguieron localizarlos debido a la prudencia que mantenían; nunca decían de dónde venían, ni a dónde iban, con lo cual regresaron a Bilbao y prepararon la salida del país sin ellos.
A través de un hermano de José Marcos, consiguieron un guía para pasar la frontera. En un primer momento, organizaron la salida de el Chino y de otro hermano de José Marcos para alejarlos de las redadas que se iban a desatar. Para financiar la evasión decidieron secuestrar a Emilio Bollaín, un abogado que poseía grandes extensiones de pinos en Balmaseda. Tras el secuestro se desató una intensa persecución. La Guardia Civil estuvo rastreando varios días, pero no dio con ellos. Se refugiaron una temporada en Bilbao, a la espera de poder traspasar la frontera en un momento de mayor calma. El 4 de octubre de 1955 Santiago Rey y José Marcos Campillo cruzaron la frontera. Cuando ya estaban tranquilamente asentados en Francia fueron reclamados por el Gobierno español, pero el gobierno francés no concedió la extradición al considerarlos refugiados políticos.
Todavía sobrevivirán Juanín y Bedoya hasta 1957, dando continuos golpes económicos con los que sustentarse. Tenían una amplia red de enlaces, lo que les daba bastante libertad de movimientos y facilidad para encontrar lugares seguros. En estos años las noticias que tenemos de la pareja son las de sus acciones que salpicaron el occidente de Cantabria. Es en esta etapa, donde sus figuras alcanzaron ese toque mítico que aún conservan en el recuerdo de muchos cántabros. Los sucesos del 24 de abril de 1957 que acabaron con la vida de Juanín, han sido los que quizás hayan despertado la mayor curiosidad. A pesar de la cantidad de conjeturas, testimonios y opiniones vertidas sobre el tema no se ha podido esclarecer totalmente lo que ocurrió ese día. Sin embargo, la valoración no parece cambiar. Al día siguiente, en grandes titulares, se publicaba en la prensa la noticia, sin esperar el permiso gubernativo correspondiente. Será la noticia, de las que hicieron referencia a los del monte, que más rápido se difundió. Era el fin de un mito, el de la resistencia armada al Franquismo. Hecho que convenía propagar, aún cuando Bedoya todavía sobreviviera hasta diciembre de ese año. Bedoya cuando se encontró solo accedió al plan de su cuñado: subirse en una moto con destino a Francia. Esta maniobra estaba preparada por la Policía, para acabar con el guerrillero lejos de sus escondites naturales. Su cuñado, que colaboraba con la Policía, no sabía que le esperaba la misma suerte que él había trenzado.
Hace diez años decíamos, y ahora afirmamos, que «en Cantabria el movimiento guerrillero fue el intento más serio de oposición al Franquismo; quizás el único hasta bien entrados los años sesenta. Hay que definir a los grupos que surgen como un movimiento de autodefensa ante la inviabilidad de incorporarse a la vida civil. En 1944 se organizaron bajo la estela del PCE, y permanecieron hasta 1947, en que fue desarticulada la organización guerrillera. A partir de este momento los grupos fueron desapareciendo bajo los impulsos de la Guardia Civil o el paso de la frontera. En Liébana sobrevivieron guerrilleros hasta 1957. Esta larga agonía quizá sea producto de la inercia, ya que no se ha podido demostrar que recibieran consignas o apoyos del Partido con posterioridad a 1948»[20].
[1] “Alerta”, 27de enero de 1941.
[2] “Alerta”, 22 de octubre de1952.
[3] “Diario Montañés”, 26 de abril de 1957.
[4] AGA Sección Gobernación. Caja 8812. Comunicación del Gobernador Civil de Santander de 12 de julio de 1.941 al Excmo. Señor Director General de Seguridad.
[5] Ibidem.
[6] AGA Sección Presidencia. Caja 10, expediente 19. CIRCULAR dirigida a la Delegación Nacional de Provincias. Por la Jefatura Provincial de Santander Falange Española Tradicionalista J.O.N.S.
[7] AGA. Sección Gobernación. Caja 8812. Oficio del Gobernador Civil de Santander Interino al Director General de Seguridad. Santander, 30 de octubre de 1941. Negociado de Orden Público, número 38.186. AGA. Sección Gobernación. Caja 8812. Oficio del Comisario Jefe de Policía al Director General de Seguridad. Santander, 30 de octubre de 1941. Negociado de Orden Público, número 13.340.
[8] “Alerta”, 11 de noviembre 1941: “Otros 3 malhechores de la partida de “El Cariñoso”, muertos por la Guardia Civil en Arredondo”.
[9] Sierra, L: Relatos sueltos y personales de una época aciaga y exangüe para España. Texto Mecanografiado. (Pág.3)
[10] AGA. Sección Gobernación. Caja 10.764. Oficio del Gobernador Civil de León dirigido al Director General de Seguridad, León a 28 de Septiembre de 1943. Negociado 3º, número 8.253.
[11] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac 43.
[12] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac.46-53. Guerrilleros. Informaciones del Partido correspondientes a 1945 y 1946. Informe de la Delegación de noviembre de 1945 (Pág.16)
[13] Ibidem.
[14] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac 46-53. Cables de Asturias. 24 de abril de 1946. (Pág.64)
[15] ANDRÉS,V (1998): “Los que vinieron de francia y la resistencia armada: Caída de la Brigada Pasionaria (1946)”. III Encuentro de investigador@s sobre el franquismo y la transición. Sevilla, 1998. (Pág.458-467)
[16] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac.39-41. Informe Oria. Abril 1947. (Pág.13)
[17] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac.165. Informe de Aja y Martín a la Agrupación de Bilbao para que se haga cargo de la dirección de la Guerrilla. 30 de octubre de 1947.
[18] AHPCE. Movimiento Guerrillero. Jac 195. Sobre lo que el partido me pidió con interés. 7 de enero de 1948
[19] GÓMEZ FOUZ, J.R. (1989): Bernabé (el mito de un bandolero). Biblioteca Julio Somoza. Barcelona. (Pág.47-70). Gómez Fouz, J.R. (1992): La brigadilla. Biblioteca Julio Somoza. Gijón. (Pág.88-109).
[20] ANDRÉS, V. (1996): “La historia que no contó el abuelo. Guerrilleros y huidos en los montes de Cantabria”. V Jornadas Historia y fuentes orales. Testimonios y escritos. España 1936-1996. Fundación Cultural Santa Teresa, Ávila. (Págs. 289-304)
Este artículo fue publicado en el número de junio de 2006 de la revista Historia 16 (Pgs. 100-117)
]]>Créame usted que tal como operamos nosotros, al margen de la ley, todo lo que no sea la más estricta honradez podría traernos fatales consecuencias.
Jack London, Asesinatos S.L.
Desde hace tiempo, algunos compañeros sentimos la necesidad de hacer balance de la experiencia acumulada en el Estado español por sectores de militantes anarquistas, comunistas y autónomos, que durante un cierto tiempo confluyeron en torno a una cierta idea «insurreccional». Esta necesidad nace de dos circunstancias. La primera de ellas es la evidencia de que se ha cerrado una etapa. No estamos en el mismo punto que hace diez años —ni siquiera cinco—, y queremos sacar las conclusiones pertinentes para afrontar mejor batallas que no están en un futuro brumoso, sino que ya se nos están echando encima. Para ello es imprescindible abrir un debate, o al menos provocar una reflexión.
La segunda circunstancia que nos empuja a escribir es el absoluto desconocimiento de los hechos de los últimos diez años por parte de las nuevas generaciones de compañeros. Sobre este desconocimiento hay que decir que se debe en gran parte al grado de incomunicación internáutica que se ha impuesto entre nosotros, sustituyendo casi por completo al contacto y conocimiento directos. Pero da también la medida de nuestro fracaso en levantar referentes con los que estos compañeros pudieran sentirse identificados: proyectos de lucha y polos de agregación que hubieran dado continuidad y profundidad a un esfuerzo combativo que no fue pequeño.
Ese fracaso es el de lo que durante un tiempo se dio en llamar «organización informal», y con la perspectiva que dan los años nos damos cuenta de que era un fracaso inscrito en los mismos presupuestos de los que partíamos. A pesar de ello, no lamentamos nada, no creemos haber perdido el tiempo ni que lo hayan perdido nuestros compañeros. Hoy es muy fácil contemplar un montón de cenizas y decir que «todo fue un error», que al personal simplemente «se le fue la olla». Esta falsa crítica olvida, por interés o por ignorancia, los condicionantes que operaban entonces. Nos devuelve al punto de partida —a las plomizas ilusiones del anarquismo oficial o a la alegre inconsciencia del antagonismo juvenil—, y por lo tanto prepara el terreno para que todo vuelva a repetirse en un plazo indeterminado, dentro de ese «tiempo cíclico» tan característico de los entornos políticos puestos al abrigo de la historia.
Mucho más difícil, e incómodo para todo el mundo, es ensayar un análisis dialéctico de lo ocurrido. Las condiciones de las que partíamos no dejaban otra salida que la que afortunadamente se produjo. La epidemia de rabia no fue otra moda estética/ideológica del gueto: todas las hipótesis que se formularon por entonces fueron puestas a prueba hasta las últimas consecuencias. Aunque los resultados fueran a menudo desastrosos, ahí se funda una experiencia colectiva digna de tal nombre, y por eso mismo es posible la autocrítica.
En cuanto a resultados positivos, están lejos del maximalismo que llegó a enajenarnos en tantas ocasiones, pero están ahí. Estos años han permitido superar definitivamente dos décadas de inercia y parálisis del movimiento libertario de las que fuimos involuntarios herederos. Pero sobre todo han servido para volver a poner sobre la mesa cuestiones centrales como la revolución o la organización; y no como inertes certezas ideológicas, sino como problemas vivos, complejos, dinámicos. Estos resultados, quizá pequeños en lo inmediato pero cualitativamente importantes por las posibilidades que abren, han tenido también un coste trágico que han pagado aquellos compañeros que fueron y son blanco de la represión. A ellos dedicamos estas páginas.
Hemos de señalar que este escrito no pretende zanjar nada, sino hacer una contribución ajustada a lo que hemos visto, vivido y pensado en todo este tiempo. Más que hablar ex cathedra o ir con «nuestra opinión» por delante, lo que nos parecía prioritario era reconstruir esta historia lo mejor posible, intentar una visión panorámica. Y eso no puede hacerse simplemente a golpe de cronología ni desempolvando batallitas: es necesario juzgar qué hechos fueron más importantes y qué otros lo fueron menos, y aventurar hipótesis explicativas de por qué ciertas cosas han sucedido así y no de otra manera. En este proceso el texto adquiere, como es evidente, n sesgo subjetivo del que no nos avergonzamos: para dar una visión objetiva de las cosas ya están el telediario y la prensa diaria.
Por lo demás era imposible hacer este trabajo sin llegar a ninguna conclusión, y alguna que otra hemos sacado, aunque nunca faltará quien nos las discuta. Así sea.
En el paso de 1996 a 1997 el conjunto de los movimientos juveniles, antagonistas, anticapitalistas… de la península Ibérica se hallaban en el umbral de una transformación, producto de las condiciones externas tanto como de su propia maduración a lo largo de una década. Esa transformación, que fue general, adquirió en el caso del anarquismo la forma de una ruptura violenta. Esta primera parte se refiere al modo en que se gestó esa ruptura, que se dio en dos líneas: con el anarquismo oficial y sus tradiciones, y con las posiciones cada vez más abiertamente integradoras que se desarrollaban en el seno del antagonismo juvenil. En ese terreno de crítica se encontrarán compañeros con posiciones diversas —autónomos, anarquistas o marxistas «heterodoxos»— que dejarán de lado las diferencias doctrinales heredadas para buscar en común una práctica revolucionaria efectiva. Las ideas insurreccionalistas serán el punto de cita y el común denominador de ese momento de extraños reagrupamientos.
Desde el comienzo de la década de los noventa son patentes los efectos de la reestructuración capitalista en España. En ese contexto la esclerosis del anarquismo oficial —el Movimiento Libertario que se había adjudicado sin más las mayúsculas— empieza a ser cada vez más evidente. Al término de la dictadura se había querido recrear la CNT histórica, en condiciones tales que condujeron en un breve plazo a la ruptura en dos facciones. Todo esto es historia vieja y sabida por todos, pero quizá no se ha observado que la polémica entre esas dos facciones —resumible grosso modo en la disyuntiva «elecciones sindicales sí o no»— bloqueó durante dos largas décadas el debate militante dentro del anarquismo. Inmerso en ese monólogo autista, el sector del «no», que logró quedarse con las históricas siglas de la CNT, atravesó la reestructuración del capitalismo español en una posición de aislamiento y marginalidad crecientes. Nos referimos a esta facción como «anarquismo oficial», por cuanto la otra (hoy CGT) fue diluyendo voluntariamente sus referentes anarquistas hasta conformarse con un pálido halo «libertario» que no afectara a su imagen de respetabilidad.
En los veinte años de los que hablamos, el anarquismo oficial fue perfectamente incapaz de elaborar un solo concepto que diera cuenta de los cambios históricos que se estaban viviendo, o de introducir una sola novedad organizativa que le permitiera hacer frente a los transformaciones del terreno social y laboral. Eternamente a la defensiva, se enquistó en la reafirmación de los «principios», de la ideología, de un pasado mitificado y de una fórmula organizativa no menos mitificada que data exactamente del año 1918. Junto a todo ello, una asfixiante atmósfera burocrática, una maraña de fotocopias, sellos, comités, plenos y plenarias para una minúscula organización que en 1996 no superaba los tres mil afiliados.1
A las organizaciones del anarquismo oficial llegaban a comienzos y mediados de los noventa jóvenes militantes deslumbrados por su «glorioso» pasado; por su aureola de combatividad más estética que real: y por un discurso que por entonces era, sin exageración, el más extremista de todo el panorama. La CNT no ponía a esta afiliación juvenil de aluvión el más mínimo filtro, lo cual no era de extrañar dada su escasez de militantes y la fijación por las cifras de afiliación que la dominaba. La Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL) no servía como «escuela» previa para estos militantes, sino que se daba con bastante frecuencia y desde el momento del ingreso la doble militancia en ella y en la CNT. En esta última, los jóvenes solían terminar arrumbados en inoperantes «secciones de estudiantes».
Una vez en el sindicato, estos jóvenes percibían un notable desfase entre la radicalidad del discurso y la inexistencia de la práctica; entre el obrerismo «años veinte» y la falta de presencia en las empresas; entre las cifras de afiliación pregonadas y las reales; entre la visión del mundo y la realidad del mismo… Entre el «esplendor» del pasado mítico y la miseria del presente, en definitiva. También encontraban, con demasiada frecuencia, el desprecio y la condescendencia de militantes mayores y más experimentados.
Esta militancia juvenil, en fin, sirvió no pocas veces de carne de cañón en las luchas burocráticas internas del anarquismo oficial, sin ser cabalmente consciente de las manipulaciones a las que era sometida. En ella hubo sin duda mucha inmadurez e inexperiencia, como no podía ser de otro modo. También hay que decir que nadie se molestó en enseñarle nada, más allá de los cuatro imprescindibles dogmas. En general, se dejó contaminar por los peores vicios de la organización, desde el sectarismo extremo hasta la manía burocrática, pasando por la pereza intelectual. Pero también poseía una voluntad sincera de superar aquella penosa situación aunque no supiera bien cómo. Esa entrega, que fue bien real y sostenida durante años por parte de muchos, tenía que chocar —y chocó— con el inmovilismo de la organización, y ello porque iba acompañada de deseos de cambio, aunque cada cual conceptuara el cambio a su manera.
Para mediados de los noventa, la parálisis teórica y práctica del anarquismo oficial había generado un ambiente interno más que enrarecido. En tales situaciones de estancamiento florecen inevitablemente los conflictos internos. En la CNT hubo muchos, pero el más sonado fue el de la «desfederación» —eufemismo de expulsión— de una parte importante, si no mayoritaria, de la regional catalana. Como en la mayor parte de las luchas intestinas de la Confederación, las verdaderas causas del enfrentamiento quedaban en la sombra, por cuanto a ninguna de las dos partes les convenía airearlas. No pudo aducirse —ni siquiera se intentó— una sola motivación ideológica, una mínima divergencia teórica o práctica, que pudiera explicar semejante descalabro organizativo. Se trató simplemente de un conflicto entre camarillas burocráticas, en el cual se impuso el sector que obtuvo el apoyo de las redes burocráticas que gobernaban la CNT en el resto del estado. Luchas similares acontecían por toda la geografía confederal. Cuando las disputas terminaban en un sitio, empezaban en otro, terminando de hundir la moral de la organización y arrastrar su imagen por el barro.
Uno de estos conflictos tiene particular relevancia para la historia que queremos contar. Se trata de la lucha interna que estalló en el seno de la CNT de Madrid entre los años 1997 y 1998. Apenas superado un conflicto interno que había conducido a la expulsión en bloque del sindicato de oficios varios, comenzó a incubarse otro entre dos sectores opuestos. La polarización era la habitual dentro de la patología del cenetismo: un sector «anarquista» minoritario encabezado por el sindicato del metal se enfrentaba a otro «sindicalista», formado por el nuevo sindicato de oficios varios, el de transportes y el de construcción. Los miembros de la federación local de Juventudes Libertarias —una de las más numerosas y activas de la FIJL— se alineaban con el sindicato del metal. A la facción «sindicalista» le irritaba la violencia que estos jóvenes desplegaban, por ejemplo, en la lucha antifascista u hostigando a las Empresas de Trabajo Temporal; y no se les perdonaba una actuación particularmente irresponsable en un acto de irresponsabilidad colectiva de la CNT como fue la ocupación del CES en diciembre de 1996.
El conflicto, ya larvado, estalló en 1997 en el seno del comité nacional de la CNT, establecido en Madrid desde un año antes y en el cual ambos sectores burocráticos se habían repartido los puestos. Por razones ignotas, los dos representantes del sector «metal» fueron expulsados del sindicato, y por ende del comité nacional. Además de este hecho, una buena parte de la sección de estudiantes —en la que se encontraban varios militantes de la FIJL— también fue expulsada, bajo la acusación de ser jóvenes «violentos» que montaban altercados en las manifestaciones de estudiantes de la época. Miembros del propio Sindicato de Estudiantes se habían personado en la sede de Tirso de Molina para dar sus democráticas quejas a los popes de la organización cenetista, que democráticamente expulsaron a los jóvenes díscolos que alteraban la paz de los entornos izquierdistas. Así se pasó a un choque abierto en el cual el sector mayoritario logró liquidar al sector «metal» mediante una cadena de expulsiones justificadas con pretextos diversos, algunos tan peregrinos como el ya señalado. El máximo grado de enfrentamiento se alcanza cuando miembros de las JJLL, ya expulsados del sindicato, irrumpen en una reunión del comité nacional situado en la calle Magdalena para pedir explicaciones a los que consideraban responsables, empezando por el entonces secretario general. Se produce un cruce de hostias por ambas partes que el comité nacional y la federación local de Madrid presentan al resto de la CNT como un «asalto» organizado, obteniendo la adhesión de casi todas las regionales, que habían callado ante la secuencia de expulsiones, considerándola en todo caso un asunto interno de Madrid.
Hasta aquí la situación respondía a una metodología de resolución de conflictos desarrollada y perfeccionada por la CNT desde el año 1977: maniobras burocráticas,2 expulsiones de pura cepa estalinista y la inevitable dosis de hostias, ya fuera como expresión de rabia de los vencidos o como argumento último de los vencedores. Pero desde el comité nacional se decidió dar otra vuelta de tuerca y extirpar a las Juventudes Libertarias no ya de la federación local de Madrid, sino del conjunto de la organización. El victimismo, como estrategia de consenso articulada en torno al «asalto» al comité nacional, dio pie a una caza de brujas en la cual la FIJL hizo de chivo expiatorio de las tensiones estructurales inherentes a la CNT. El comité nacional del sindicato decidió unilateralmente y por cuenta propia la ruptura de relaciones con la FIJL, algo que en rigor sólo podía decidir un congreso de la organización. Tal ruptura no sólo tenía importancia simbólica, sino que permitía considerar en lo sucesivo a la FIJL como una «vanguardia externa» que pretendía dirigir al sindicato. En consecuencia, se inició el hostigamiento contra sus militantes en la práctica totalidad de las localidades donde existían grupos federados a la FIJL. En Bilbao y Granada fueron forzados sus archivos,3 sufriendo el robo de documentación interna. En poco más de un año, se consiguió sacar de los sindicatos a la totalidad de los militantes de la FIJL, puestos fuera de juego por expulsión directa, agobio o puro asco. Se conjuraba así el fantasma de una eventual radicalización de la CNT, que volverá a tomar cuerpo inmediatamente, como veremos, con aquella minoría de militantes partidarios de apoyar a los presos por el atraco de Córdoba.
En cuanto a la FIJL, quedará demonizada en la memoria del anarquismo oficial, e iniciará una andadura propia e independiente. Hasta ese momento, la federación juvenil había sido una especie de cristalización extrema del sectarismo propio del anarquismo oficial. Su existencia había girado sobre la creencia errónea de que era posible una práctica más «radical» sin modificar los presupuestos de la CNT. De hecho, como afiliados al sindicato, los militantes de la FIJL defendían la ortodoxia cenetista con feroz dogmatismo, de ahí que fueran tan fácilmente manipulables por los sectores «puristas». Su inmolación a manos de los que querían un sindicato de perfiles más amables y «civilizados» dejará a la FIJL absolutamente desorientada y girando en el vacío, hasta que abrace el insurreccionalismo como tabla de salvación. Pero detrás de los miembros de las JJLL se irán muy pronto sectores más amplios de jóvenes cenetistas asqueados después de haber batallado —durante años en muchos casos— contra una burocracia inamovible.
El anarquismo oficial estipulaba en sus congresos, con gran delicadeza excluyente-incluyente, que el «Movimiento Libertario» estaba formado por la CNT, la FAI, la FIJL y Mujeres Libres. Pero lo cierto es que la realidad era más compleja, y con sus muchas facetas cambiantes venía a alterar la comodidad de ese esquema burocrático y sectario. Fuera de las fronteras perfectamente delimitadas de las organizaciones formales del anarquismo, se había extendido un poco por todas partes un movimiento más difuso y heterogéneo, cuyos embriones habían aparecido a mediados de los ochenta. Se concretaba en okupaciones, fanzines, distribuidoras, grupos musicales, colectivos y grupos de afinidad… así como en su participación en movimientos más amplios como el antimilitarista, que despega por las mismas fechas con la campaña por la Insumisión. Esta constelación, ya se reivindicara anarquista o autónoma, había nacido al margen del añejo obrerismo del anarquismo oficial, y se movía entre múltiples coordenadas definidas por lo general con el «anti» —antisexista, antirrepresivo, antimilitarista, antifascista, antitaurino, etcétera—, y con el convivencialismo juvenil como hilo conductor. En estas redes se apoyaban publicaciones emblemáticas como Sabotaje, Resiste, El Acratador, La Lletra A o Ekintza Zuzena, entre otras. Dada su incapacidad para construir instancias de coordinación y trazar líneas comunes de acción, una parte de ese movimiento juvenil seguía teniendo a la CNT como un referente cuando menos respetado, por su estabilidad y su aureola mítica.
Sin embargo, en diversos lugares el antagonismo juvenil tuvo un peso específico propio que superaba al del anarquismo oficial. Es banal señalar a Euskadi como excepción en este caso, siendo como ha sido una excepción en casi todos los aspectos. Es sabido que allí la guerra social ha tenido un desarrollo diferenciado, y los temas que la epidemia de rabia reintrodujo después de décadas en el anarquismo ibérico, como la violencia o la cárcel, no han dejado allí de ser la realidad cotidiana de miles de personas, y no de reducidos círculos de activistas. Se trata por tanto de un contexto tan específico que resulta inevitable dejarlo al margen de esta historia, a pesar de la presencia en Euskadi de un antagonismo juvenil surgido con fuerza a mediados de los ochenta, que de hecho inspiró en muchos aspectos al del resto del Estado y le dotó de numerosos referentes.
Por falta de tiempo y espacio no podemos detenernos en todos los lugares que quisiéramos. Valencia fue, por ejemplo, un foco importante de okupaciones, aparte de que allí se publicó a comienzos de 1997 el mítico Todo lo que pensaste sobre la okupación y nunca te atreviste a cuestionar, primer texto autóctono que contenía las ideas que la epidemia de rabia desarrolló después, y que se situaba a años luz tanto de las liturgias del anarquismo oficial como de la incipiente espectacularización del movimiento okupa. Así podríamos seguir citando algunos sitios dignos de mencionarse, pero por las limitaciones de este trabajo queremos centrarnos en dos puntos de máxima condensación del antagonismo juvenil, que tendrán una fuerte influencia en los desarrollos que se produjeron después en el resto del estado. Hablamos de dos metrópolis: Madrid y Barcelona.
En Madrid se asistió a un caso particular. Allí el antagonismo juvenil logró dotarse de instancias de coordinación desde fecha muy temprana, y esas estructuras duraron prácticamente una década. Se trata de la coordinadora de colectivos Lucha Autónoma, fundada en 1990 por la confluencia de las primeras hornadas de okupas madrileños y de upos juveniles desgajados de las organizaciones de extrema izquierda MC y LCR, cuyo dirigismo había terminado por asquearles. Así nació una organización singular que, si bien no logró trascender el ámbito madrileño, dio pie a verdaderas dinámicas de lucha y «autoorganización», por emplear el lenguaje de la época. LA no escapó a una fortísima estetización común a todo el movimiento, y que de hecho era uno de sus elementos constituyentes. Fue una organización de marcado carácter activista que funcionó como cajón de sastre ideológico, rasgo que le permitió crecer en un primer momento, pero que a la postre se volvió en su contra. A la altura de 1997, su propia maduración y la falta de puesta en común habían conducido al desarrollo de posturas divergentes en su seno. Esto produjo una crisis saldada con la autodisolución en 1998. Al poco tiempo se intentó refundar, bajo los presupuestos del post-operaismo italiano, una LA «emancipada» de sus componentes anarquistas y autónomos «tradicionales», pero este paso en el vacío se saldó con un rápido y discreto fracaso. Por lo demás, esta organización no agota el panorama del antagonismo juvenil madrileño durante los años noventa, pues fuera de ella siguió existiendo una amplia constelación difusa de grupos, casas okupadas, distribuidoras, colectivos y demás. Sin embargo es justo reconocer que LA fue un referente fundamental en Madrid durante toda la década, hasta el punto de que el cierre en falso de su experiencia ha tenido secuelas negativas que son patentes, diez años después, en las fracturas internas de los movimientos madrileños.
En cuanto a Barcelona, no creemos que la aparición en ella de un vigoroso antagonismo juvenil se pueda disociar de la tradición de rebeldía de la misma ciudad y su periferia, cuyo último eslabón habían sido las luchas obreras y vecinales de los años setenta. Al contrario de lo ocurrido en Madrid, allí el movimiento se estructuró en redes informales con base en el tejido social de los barrios, en las casas okupadas y en afinidades personales entre compañeros. Este medio político se desarrolló al margen de cualquier influencia de la CNT catalana, que desde principios de los noventa estaba demasiado ocupada autodestruyéndose y dando el habitual espectáculo mafioso de los cismas cenetistas. El primer hito destacable del movimiento barcelonés está en la campaña desarrollada contra los fastos del 92. A partir de ella empieza a tomar cuerpo y a recurrir cada vez más a la okupación como forma de agregación y lucha. El número de inmuebles «liberados» llegará a alcanzar así una masa crítica sin igual en el Estado. Esa efervescencia terminará dando lugar a un salto cualitativo en 1996, en torno a la okupación y desalojo del ya desaparecido cine Princesa, situado en pleno centro de Barcelona. Después de siete meses de exhibir ante toda Barcelona una dinámica de actividad imparable, los okupas del Princesa fueron desalojados en una suerte de asedio medieval en el que a la policía le llovió de todo. La posterior manifestación de protesta reunió a miles de personas y terminó en uno de los disturbios más grandiosos que recuerdan los compañeros barceloneses. La convulsión que se vivió en Barcelona fue retransmitida en directo a todo el estado. Los ecos del Princesa se vieron reforzados en marzo de 1997 por otro desalojo de gran alcance mediático, el de La Guindalera en Madrid, donde fueron detenidas más de cien personas.
Los hechos del Princesa y de La Guindalera fueron seguidos por una oleada de okupaciones en todo el país, la mayor parte de ellas efímeras por la rápida intervención de la policía, que sin duda recibió instrucciones de no permitir que cundiera el ejemplo. El Estado había empezado a preocuparse, como lo demostraba el hecho de el nuevo Código Penal aprobado en 1996 estableciera penas muy superiores para el delito de «usurpación». La franja libertaria del antagonismo juvenil tuvo por primera vez un espejo donde mirarse que ya no era el de la CNT, donde aparecía siempre como la hermanita pequeña. Había alcanzado la mayoría de edad y su pequeño mundo había irrumpido en el telediario. A partir de ahí podía empezar a mirar a la CNT con cierto distanciamiento. Sin que se produjera por el momento ruptura alguna, la crítica empezó a desarrollarse de manera larvada; o bien se empezó a prestar oídos más atentos a la crítica de compañeros que habían desmitificado el cenetismo tiempo atrás, si es que alguna vez habían llegado a creérselo.
Por otra parte, y lo que es más importante, la conciencia difusa de haber superado una fase abría las puertas del antagonismo juvenil a la introducción de nuevos temas, ideas y concepciones. Aquí se gestó una nueva contradicción entre posiciones que buscaban la manera de profundizar y radicalizar el enfrentamiento con el Estado y el capitalismo, y otras que tendían más a sublimar tal conflicto en una representación «simpática» e inocua que permitiera «llegar a la gente». Sería una simplificación —en la que por lo demás se incurrió innumerables veces— definir estos dos campos como «revolucionario» y «reformista». El primero de ellos no podía ser efectivamente revolucionario, por mucha voluntad que se pusiera en el empeño, careciendo de un proyecto revolucionario que fuera más allá de los aspectos meramente destructivos (que primaron en todo momento) y en un momento histórico en que la marea de la contrarrevolución que sucedió al 68 no ha empezado aún a bajar. En cuanto al segundo, ni siquiera aspiraba a reformar nada, sino a conservar los islotes restantes del «estado del bienestar», y a obtener la gestión paraestatal de la asistencia en ciertos ámbitos de exclusión social generados por la reestructuración del capitalismo (precariedad, inmigración…). Esta contradicción atravesó al conjunto del movimiento, pero donde se hizo más claramente visible fue en torno a la disolución de Lucha Autónoma y en las disputas madrileñas sobre la legalización de las centros sociales okupados. Poco tiempo después, los grandes encuentros de la antiglobalización escenificarían esta ruptura en forma de representación espectacular, particularmente en la polarización entre «bloque negro» y «monos blancos».
Hasta aquí hemos expuesto algunos antecedentes, intentando dibujar el contexto sobre el que se extendió la epidemia de rabia. Podríamos haber empezado la narración en este punto, pero al precio de desvirtuar las dimensiones de lo ocurrido. Toda historia ha de tener un comienzo, o por lo menos un detonante, y para nosotros el detonante de esta historia estalló en Córdoba el 18 de diciembre de 1996. Tres compañeros italianos y uno argentino, entonces desconocidos para el movimiento, intentaron atracar una sucursal del banco de Santander. La historia es harto conocida y no vale la pena extenderse. Dos policías municipales quedaron muertas y los cuatro asaltantes fueron apresados. Sus nombres: Giovanni Barcia, Michele Pontolillo, Giorgio Rodríguez y Claudio Lavazza.
En un primer momento fue un suceso más en la portada de los periódicos. Tardó aún en conocerse la filiación anarquista de los atracadores y el hecho de que explicaran su acción como un acto político. Aunque desconocidos en España, eran representativos de los bandazos del movimiento revolucionario italiano en los últimos veinte años. Lavazza había empezado su trayectoria desde muy joven en el seno de las luchas obreras de los años setenta. Como tantos otros militantes italianos, optó por tomar las armas formando en la organización Proletarios Armados por el Comunismo, de corte leninista y orientada a la lucha contra el sistema carcelario. Desde ahí evolucionó hacia posiciones anarquistas, sin salir ya del ámbito de la clandestinidad.
Pontolillo y Barcia eran muy activos en la franja insurreccionalista del anarquismo italiano, que se había gestado en los años ochenta. El primero tenía en Italia una condena pendiente por insumisión al servicio militar, y el segundo estaba encausado en el marco del «montaje Marini», del que hablaremos más adelante. Su compromiso con el anarquismo no era por tanto reciente, y menos aún (como afirmaron algunos con mezquindad) un rasgo de oportunismo calculado para obtener apoyos una vez capturados.
Casi completamente desprovistos de contactos con el anarquismo español, sus voces tardaron aún en llegar hasta el exterior de la cárcel. Lo hicieron finalmente a través de las páginas del Llar, boletín editado en Asturias y alejado de cualquier dogmatismo. El Llar unía a su desconcertante maquetación una factura mucho más limpia que la de los fanzines fotocopiados usuales en la época. Además de ser gratuito y mantener su periodicidad con notable rigor, contaba con una distribución excelente no solo en Asturias sino en toda España, alcanzando a todos los sindicatos de la CNT y a la práctica totalidad de la constelación antagonista: colectivos, distribuidoras, casas okupadas…
Por todo esto el Llar fue el vehículo por excelencia de una polémica de la que la CNT no pudo salir peor parada. Desde el momento en que el boletín asturiano dio a conocer las posiciones anarquistas de los atracadores de Córdoba, se alzaron voces dentro y fuera de la CNT que exigían que el sindicato les apoyara. En honor a la verdad, hay que decir que una parte minoritaria pero significativa de militantes del sindicato estaban a favor de asumir a los expropiadores como presos propios —tal como se había hecho años antes con el preso libertario Pablo Serrano—, y de hecho algunos sindicatos como el de Aviles llegaron a hacerlo. Estos cenetistas, sin abandonar el sindicato, tendieron a agruparse con compañeros procedentes del antagonismo juvenil, formando la primera generación de grupos de la Cruz Negra Anarquista (CNA) en Granada, Villaverde y otros lugares. Su objetivo, aparte de una genérica «lucha contra las cárceles», era el apoyo a los presos anarquistas. Estos grupos fueron un curioso fenómeno de «transición» ya que no partían de una ruptura a priori con la CNT, y de hecho se reunían en sus locales. Pero la desconfianza, cuando no la abierta hostilidad que se encontraron por parte de la organización, les llevó pronto a desengañarse del cenetismo y seguir otros rumbos.
Hechas estas excepciones, en su mayor parte la organización era, más que reticente, abiertamente reacia a prestar ninguna clase de cobertura a los detenidos en Córdoba. Si bien lo que subyacía era el miedo a la criminalización, la negativa no dejaba de envolverse en argumentaciones ideológicas y en una condena implícita a los autores del atraco. Como hemos dicho esta polémica se desarrolló principalmente en las páginas del Llar, con algunas intervenciones desde el periódico cnt, y se mantuvo aún «dentro de un orden» a lo largo de 1997. Pero en la primera mitad de 1998 se producen dos hechos que van a provocar una polarización irreversible. El primero es el comienzo del juicio por el atraco en Córdoba, donde se convoca una concentración de apoyo a los compañeros italianos. Unos chavales llegados de fuera, sin representar a sindicato alguno, se presentan con una bandera de la CNT. Los medios de comunicación hacen hincapié en ello. La CNT se desvincula por completo, acto que le valdrá mayores críticas aún por parte de la incipiente red de apoyo de los expropiadores apresados.
El segundo hecho de importancia fue el desalojo del Centro Social Autogestionado de Gijón (sede del Llar, entre otros colectivos) por parte de la CNT —que tenía el local en usufructo como parte del Patrimonio Sindical Acumulado—, a la fuerza y sin previo aviso. Las pobres razones argüidas por el sindicato no justificaban una acción así, que recordaba poderosamente a los desalojos de casas okupadas, y provocaron verdadera indignación en mucha gente. Las inconfesadas razones de fondo eran las críticas a la CNT que Llar publicaba puntualmente, enviadas por sus lectores. Las formas en que se produjo el desalojo eran además representativas del paternalismo y la superioridad con que se trataba desde la CNT al «otro» movimiento libertario, y no solamente en Gijón. Por eso, fue inmediata la identificación y solidaridad de muchísima gente con el CSA.
A partir de ese momento la polémica sube de tono aceleradamente. La tirada del Llar, que ya de por sí era alta para una publicación contrainformativa, no dejó del aumentar a lo largo de este proceso, y lo mismo podría decirse de sus apoyos. De su último número (septiembre de 1999) se tiraron 7.000 ejemplares. Por las mismas fechas la tirada del periódico cnt era de 3.000 ejemplares, de los cuales un tercio se quedaban acumulando polvo en los sindicatos, que no le daban salida. La distribución capilar e «informal» del Llar se mostró en aquel momento crucial mucho más amplia y eficaz que la de la anquilosada prensa del sindicato.
Por la importancia que tuvo, queremos hacer algunas observaciones sobre aquella polémica, de muy bajo nivel por ambas partes. La CNT hubiera podido ser defendida con un argumento muy simple y difícilmente rebatible: que no tenía ninguna obligación de asumir a unos presos que pertenecían a otra corriente, por añadidura desconocida en España, y que habían actuado de manera unilateral, con métodos ajenos al repertorio cenetista. Algo tan obvio no se le ocurrió a casi nadie. El paso en falso de los cenetistas que intervinieron fue pretender aclarar, sin que nadie se lo hubiera pedido, que los presos de Córdoba no podían ser anarquistas, porque ni sus métodos ni sus puntos de vista coincidían con los de la sacrosanta Organización. Acostumbrados durante mucho tiempo a expedir certificados de pureza anarquista, no dudaron ni por un momento que éste era un caso más en que podían hacerlo. No calibraron —las cabezas no daban para tanto— que la excomunión doctrinal del anarquismo oficial funcionaba bien cuando se empleaba contra cualquier ente situado «a su derecha», pero que las posiciones de los italianos eran mucho más radicales que las suyas, por cuanto defendían el ataque revolucionario inmediato, y encima lo ponían en práctica. Así, los pobres inquisidores se encontraron con la rebelión abierta de un montón de gente que durante años les había aguantado las tonterías en silencio. Trastornados por este imprevisto para el cual su programación no encontraba respuesta rápida, ya no dieron pie con bola, y no se les ocurrió otra cosa que incurrir en condenas morales.
El problema de fondo era que a la CNT se le estaba exigiendo, desde un entorno que la había tenido como un punto de referencia, que estuviera a la altura del extremismo verbal que había desplegado durante años. Como no se estaba discutiendo sobre teorías, sino sobre hechos consumados muy graves que la podían salpicar mediáticamente, la CNT se vio invadida por el pánico, y se puso de manifiesto que su radicalismo era pura verborrea, y que había hecho de la automarginación una forma de integración en el sistema que decía combatir. Lo que se vio en las páginas del Llar a lo largo de muchos meses (conviene aclarar que no se había producido el advenimiento de Internet) fue una reedición de aquel cuento en que un niño, en su inocencia, señala que el emperador está desnudo, y ya nadie puede seguir fingiendo. Pero en este caso el niño se llamaba Michele Pontolillo, y su «inocencia» venía dada por el hecho de que, habiéndose formado en otro lugar, estaba libre de las intoxicaciones y convenciones propias del anarquismo ibérico.
A partir del desalojo del CSA de Gijón la ruptura es ya irrevocable. El Movimiento Libertario con mayúsculas acababa de perder, en cuestión de meses, el monopolio del anarquismo que había defendido celosamente durante dos décadas. Para finales de 1998 hay dos campos perfectamente delimitados. Uno, el del anarquismo oficial, puesto a la defensiva con toda su inercia doctrinaria; otro, el de un anarquismo mucho más radicalizado que ha cristalizado de un golpe a su izquierda, y que por el momento sólo tiene como aglutinadores comunes su rechazo visceral al anterior y el apoyo a los presos de Córdoba.
Las crisis organizativas son fieles compañeras de las encrucijadas históricas, y el anarquismo español —que ha brillado en muchos campos, pero jamás en el de la teoría— ha intentado siempre resolverlas mediante una fuga hacia adelante, por el expediente del activismo. Con esos antecedentes no es de extrañar, viéndolo en perspectiva, que prendiera a toda velocidad lo que se dio en llamar «insurreccionalismo». Ese novedoso campo anarquista y su crítica a la burocratización, el dogmatismo y la inmovilidad del anarquismo oficial, ejercerán en los años posteriores una fortísima atracción sobre los militantes más jóvenes de la CNT, que la irán abandonando en un auténtico éxodo generacional que prácticamente no dejó un sindicato por tocar. Las posiciones insurreccionalistas ejercieron idéntica atracción sobre compañeros del ámbito del antagonismo juvenil, y el peso de estas diferentes procedencias se hará notar en la configuración de sectores «informales» diferenciados, que van a caminar juntos pero no revueltos en los años posteriores.
En sus cartas al Llar, los compañeros presos por el atraco de Córdoba confrontaban sus posiciones con las de los cenetistas que escribían al mismo boletín. Estas posiciones eran las del anarquismo insurreccionalista,4 que encontraban eco por primera vez en España a través de esas páginas. También a comienzos de 1997 se editó en Barcelona el folleto de Alfredo Bonanno La tensión anarquista. Y eso era prácticamente todo lo que los defensores y detractores del insurreccionalismo en España podían conocer sobre el tema en aquel momento. Eso y el ejemplo práctico de los presos de Córdoba, lo que ya de entrada provocó un malentendido según el cual mucha gente creyó que los planteamientos insurreccionalistas se limitaban a la expropiación, o que el atraco era el método insurreccionalista por excelencia.
Sin embargo, no era la primera vez que se hablaba de insurreccionalismo en la península. Como apunte curioso, diremos que incluso el periódico cnt había publicado ocasionalmente algunos artículos de Bonanno que habían causado la perplejidad, cuando no el escándalo, de muchos lectores. El desaparecido grupo «Revuelta», de Cornellá, llevaba años divulgando informaciones sobre el anarquismo revolucionario en Italia. En su boletín se habían publicado informaciones sobre el desarrollo del montaje Marini,5 ecosabotajes y luchas antidesarrollistas centradas en el TAV y las nucleares, y comunicados de compañeros anarquistas encarcelados como Marco Camenisch. Pero al priorizar las informaciones fragmentarias sobre los textos teóricos, el trasfondo de estas cuestiones quedaba en gran medida desdibujado.
El mismo grupo «Revuelta» difundió por estas tierras la convocatoria del encuentro fundacional de la Internacional Antiautoritaria Insurreccionalista (IAI) en 1996, al que de hecho asistieron compañeros de varios puntos de la península. Esa convocatoria había llegado, por ejemplo, a la FIJL cuando todavía tenía a la CNT como centro de gravedad. En aquel momento —previo a los hechos de Córdoba— la federación juvenil acogió la propuesta con cierta desconfianza, debida principalmente a la falta de información. Aunque la invitación ganaba en interés por «aterrizar» en medio de un debate sobre la creación de una internacional anarquista juvenil (que no llegó a tomar cuerpo), se impuso en aquel momento el «miedo a lo desconocido». Algo que debemos lamentar, puesto que esa toma de contacto con la experiencia italiana hubiera favorecido en España una mejor comprensión —para lo bueno y para lo malo— del discurso insurreccionalista, así como una difusión del mismo no hipotecada por los hechos de Córdoba.
Ninguno de estos intentos había prosperado, porque las condiciones ibéricas no lo permitían. El antagonismo juvenil no había alcanzado el grado necesario de maduración, y el anarquismo oficial de putrefacción, como para que se produjera la ruptura en ambos frentes de todo un estrato juvenil libertario. Solo cuando llegó ese momento el discurso insurreccionalista tuvo una penetración real. Pero esta penetración estuvo condicionada en gran medida por circunstancias específicamente ibéricas, que dieron lugar a enormes malentendidos sobre los que volveremos un poco más adelante.
Llegados a este punto, hemos de hacer algunas precisiones. Lo que hemos querido llamar «la epidemia de rabia» fue un intento colectivo, pero no unitario, ni coordinado, por superar la impotencia y la parálisis de los medios políticos que en España se pretendían «anticapitalistas» y «revolucionarios». Si le hemos dado ese nombre un tanto lírico ha sido para no confundir el todo con la parte —ciertamente importante— que corresponde al «insurreccionalismo». Esta variante del anarquismo, desarrollada y puesta a punto entre Italia y Grecia, tuvo una influencia muy destacada en el contexto de la epidemia, determinando en parte su desarrollo. Pero no fue su único componente, ni basta por sí solo para explicarla. La epidemia de rabia fue provocada por dinámicas peninsulares que hemos intentado describir en la primera parte de este escrito. La importación acrítica del insurreccionalismo no fue su causa, sino su efecto.
El insurreccionalismo no fue la única corriente novedosa6 que irrumpió en el campo libertario por la fractura abierta en torno a los hechos de Córdoba. Una vez roto el monopolio ideológico que ejercía en ese campo el anarquismo oficial, a través de la misma grieta empezaron a filtrarse posiciones e ideas diversas. Algunas, como el primitivismo, demostraron no ser más que efímeras modas ideológicas. Otras, como la crítica antiindustrial, han demostrado mayor solidez teórica. Se desenterraron viejas corrientes marxistas como el consejismo, y con todo el voluntarismo del mundo se quiso creer que eran de rabiosa actualidad. Aunque no era así, su difusión sirvió al menos para debilitar el anticomunismo ancestral del anarquismo español: descubríamos ahora un Marx mucho más cercano a nosotros, que no era ni el patriarca de la escolástica leninista ni el satanás caricaturizado de la anarquista. En este sentido la teoría situacionista, accesible por primera vez en español en su práctica totalidad gracias al esfuerzo de Literatura Gris, causó también un fortísimo impacto sobre nosotros.
Resumiendo, a partir del 98, y durante al menos cinco años, se barajaron muchísimas ideas a un ritmo vertiginoso. Como ya hemos señalado, en torno a esa fecha se produjo una mutación general de todos los movimientos situados más allá de la izquierda institucional, y no solamente del anarquismo. Esta transformación abrió espacios de debate donde antes no los había, y obligó a una puesta al día generalizada. Por eso se vio acompañada por una explosión editorial «antagonista» sin precedentes desde los años setenta. Un fenómeno característico de aquel momento —inmediatamente anterior a la irrupción de Internet— fue la extensión del libelo o folleto fotocopiado como soporte de textos más extensos y profundos que los que solían publicarse en los fanzines y boletines al uso. Desligado de la obligación de servir de «portavoz» a tal o cual grupo o colectivo, el libelo fue un excelente vehículo de comunicación que, por su bajísimo coste y por su facilidad de reproducción, aceleró enormemente la circulación de ideas.
Así fue rescatada la memoria, teórica y práctica, de muchas luchas y momentos hitóricos que habían sido interesadamente olvidados, tergiversados o exorcizados en las tradiciones de la extrema izquierda española. Importantes lecciones de historia que nos hicieron darnos cuenta de que no veníamos de la nada. Por otra parte, al hilo de la recuperación de la memoria de experiencias armadas antiautoritarias —MIL, Comandos Autónomos, Rote Zora y un largo etcétera— la violencia política dejó de ser un tema tabú dentro del movimiento libertario. En resumen, se pasó con mucha rapidez de una falta absoluta de materiales e información a una sobreabundancia de ellos, lo que provocó más de un atracón indigesto. La epidemia de rabia se nutrió también de esos temas, lecturas e ideas, que estuvieron presentes en ella en mayor o menor medida.
Queremos aclarar con esto que el tema de este artículo no es el insurreccionalismo en sí, sino la recapitulación y el balance crítico de una experiencia colectiva prolongada durante una década, en la cual tomaron parte personas que no se consideraban insurreccionalistas, y muchas ni siquiera anarquistas. Si hemos de precisar la relación entre esa experiencia —que sería abusivo calificar de «movimiento»— y el insurreccionalismo, diremos que todos sus componentes terminaron girando en torno a cuestiones centrales planteadas por este último. El insurreccionalismo no impuso todas las respuestas como hubiera hecho un dogma al uso, pero sí planteó las preguntas a las que todos intentábamos responder en esos años. En este sentido hemos afirmado, en la primera parte de este artículo, que las ideas insurreccionalistas fueron en aquel momento «punto de cita y común denominador».
Por eso, el relato que nos hemos propuesto hacer resultará más claro si abordamos algunos aspectos relevantes del insurreccionalismo. Pero es necesario aclarar que éste distaba mucho de ser una doctrina estructurada, máxime cuando carecía de instancias organizativas centrales que velaran por su «pureza». Esto dificulta su análisis crítico, que vamos a ensayar no obstante en base a algunos textos que nos parecen representativos, y sin pretender que el tema se agote en ellos.
El insurreccionalismo venía a afirmar que el ataque revolucionario contra el capital y el Estado era posible por sí mismo, aquí y ahora, independientemente de que la coyuntura histórica favoreciera o no una transformación radical de la sociedad. Según Bonanno, el sistema había alcanzado un nivel de complejidad que hacía imposible cualquier previsión estratégica,7 por lo que solo cabía someterlo a un hostigamiento continuo en aquellos flancos donde a juicio de los revolucionarios se le causara un mayor daño o existieran más posibilidades de extensión de la lucha.
Una vez efectuado este descuelgue de los condicionantes históricos y sociológicos —de manera más o menos abierta según el teórico insurreccional del que se trate—, el sujeto revolucionario protagonista del ataque solo podía ser el propio anarquista, es decir, el individuo en lucha contra el sistema que le oprime. Este «rebelde» es designado con diversos nombres en la literatura insurreccional, pero constituye uno de sus referentes teóricos centrales e invariables.
Así, el insurreccionalismo llevaba consigo un fuerte componente individualista. Por el contrario, renunciaba a designar con claridad a un sujeto colectivo susceptible de llevar adelante el ataque contra el sistema, más allá de vagas alusiones a los «oprimidos», los «explotados» o los «excluidos». La escasa estructuración de las teorías insurreccionalistas, unida a su vaguedad, dejaba un amplio margen para atribuir a tal o cual figura sociológica la misión de acabar con el tinglado capitalista, o cuando menos de llevar adelante un enfrentamiento a tumba abierta y sin componendas. Así, en el caso español hubo quien creyó que este papel correspondería a los presos y hubo quien quiso volver a las viejas esencias del proletariado revolucionario. Algunos desarrollos más recientes han encontrado un sujeto de recambio en los excluidos que se apiñan en las periferias metropolitanas, sobre todo después de las revueltas francesas de 2005.8 Nada de esto es suficiente, sin embargo, para compensar la base individualista de esta ideología —plenamente asumida, por lo demás— ni para fundamentar una lucha colectiva, aunque no faltaron intentos en este sentido.
Dentro de la concepción insurreccionalista, la renuncia a cualquier proyección estratégica y la comprensión de la guerra social como un ajuste de cuentas estrictamente privado, otorgaban a la acción un valor intrínseco. Ahora bien, la acción insurreccionalista se desdoblaba en dos modalidades, perfectamente diferenciadas por varios autores del gremio, aunque las nombraran de diversas maneras. Las definiremos aquí como «ataque difuso» y «radicalización de las luchas». Ambas actuaban como sucedáneos de la perspectiva estratégica a la que el insurreccionalismo había renunciado voluntariamente. El ataque difuso venía a ser una práctica del sabotaje desligada de cualquier conflicto o reivindicación concretos. Al alcanzar a todos los aspectos de la vida, la dominación ofrecía múltiples flancos, en cualquiera de los cuales podía ser golpeada.
La «radicalización de las luchas» tenía ya otras connotaciones. Aquí el insurreccionalismo revelaba un trasfondo que solo podemos calificar de vanguardista. Para explicarlo nos vamos a permitir citar algunos textos, que hemos elegido como significativos dentro del ámbito del pensamiento insurreccionalista:
«Todo objetivo específico de lucha reúne en sí, pronta a estallar, la violencia de todas las relaciones sociales. La trivialidad de sus causas inmediatas, se sabe, es el ticket de entrada a [sic] las revueltas en la historia.
¿Qué podría hacer un grupo de compañeros frente a situaciones similares? (…)
[…] está bastante claro que la interrupción de la actividad social se mantiene como un punto decisivo. Hacia esta parálisis de la normalidad debe dirigirse la acción subversiva, cualquiera sea la causa de un choque insurreccional. […] La práctica revolucionaria estará siempre por encima [de] la gente. […] son los libertarios quienes pueden, a través de sus métodos (la autonomía individual, la acción directa, la conflictividad permanente), impulsarlos [a los explotados] a ir más allá del modelo de la reivindicación, a negar todas las identidades sociales […],
«Por el momento no se puede llamar precisamente “remarcable” a la capacidad de los subversivos de lanzar luchas sociales […]. Queda la otra hipótesis […], la de una intervención autónoma en luchas —o en revueltas más o menos extendidas— que nacen espontáneamente. […] Si se piensa que cuando los desocupados hablan de derecho al trabajo se debe actuar en esa línea […] entonces el único lugar de la acción parece ser la calle poblada de manifestantes.» (Ai ferri corti)9
«Abrir un abanico de posibilidades concretas hacia la destrucción del poder significa vincular la tensión de la insurgencia individual a todos aquellos momentos que en lo social mismo, más allá del operar anarquista, toman valor de expresiones de la autodeterminación ó de ruptura con el orden impuesto. Tal vínculo, pero, excluye toda instrumentalización, todo vanguardismo. Los anarquistas do tienen nada que enseñar sobre la revuelta contra el orden constituido. Asi que el vinculo que se da entre la tensión anarquista y las fuerzas sociales rebeldes se materializa como estimulo a la radicalidad de la lucha y de la rebelión, acentuando unos elementos de la autodeterminación «prospectando otros.» (Constantino Cavalleri)10
«[…] habrá que construir grupos de afinidad, constituidos por un número no muy grande de compañeros […].
Los grupos de afinidad pueden a su vez contribuir a la constitución de núcleos de base. El objetivo de estas estructuras es la de sustituir, en el ámbito de las luchas intermedias, a las viejas organizaciones sindicales de resistencia […].
Cada núcleo de base está constituido casi siempre por la acción propulsiva de los anarquistas insurreccionalistas, pero no está constituido sólo por anarquistas. En su gestión asamblearia los anarquistas deben desarrollar al máximo su función propulsiva contra los objetivos del enemigo de clase.
»[…]
»E1 campo de acción de los grupos de afinidad y de los núcleos de base está constituido por las luchas de masas.
»Estas luchas son casi siempre luchas intermedias, las cuales no tienen un carácter directamente e inmediatamente destructivo, sino que se proponen a menudo como simples reivindicaciones, teniendo el objetivo de recuperar más fuerza para desarrollar mejor la lucha hacia otros objetivos.» (Alfredo Bonanno)11
Todos estos enunciados —y muchos otros que podrían citarse— comparten un rasgo común: el desprecio absoluto hacia la autonomía de las luchas sociales y los intereses y necesidades inmediatas de la gente que las impulsa, así como la voluntad claramente parasitaria de utilizar esas luchas como platalorma de la propia ideología. Y es que, tal como se expresa con todo cinismo en Ai ferri corti, «no se puede llamar precisamente “remarcable” a la capacidad de los subversivos de lanzar luchas sociales». Por tanto habrá que lanzarse sobre aquellas que puedan surgir «espontáneamente» fuera de los reducidos ámbitos subversivos. Por no extendernos más, dejamos al lector la tarea de desarrollar las implicaciones de estos posicionamientos.
Bloqueado entre el «ataque difuso» y la «radicalización de las luchas», el insurreccionalismo no contemplaba la vía que hubiera resultado de mayor interés: la de una práctica del sabotaje guiada por consideraciones estratégicas planteadas sobre intereses colectivos, no condicionada necesariamente por la existencia previa de movimientos sociales, pero en todo caso atenta a su surgimiento y respetuosa con ellos y sus circunstancias.
Hemos repasado brevemente las respuestas que daba el insurreccionalismo a las cuestiones de la práctica revolucionaria y del sujeto que habría de llevarla adelante. No podemos cerrar este breve resumen —que no puede agotar el tema— sin abordar su visión sobre otro problema clave: el de la organización. En primer lugar, porque las ideas insurreccionalistas sobre este punto constituían tal vez el aspecto de mayor interés y originalidad de esta corriente. En segundo lugar porque, en el caso ibérico, la crítica insurreccionalista hacia las formas de organización tradicionales y sus propuestas positivas en este terreno causaron la mayor impresión sobre nuestra generación de militantes. Fueron, de hecho, lo que más favoreció en aquel momento la difusión de este discurso.
La propuesta organizativa del insurreccionalismo giraba en torno a la llamada «organización informal». Según sus planteamientos teóricos, la organización informal no aspiraba a perdurar en el tiempo ni a conquistar ninguna clase de hegemonía. Por ello, podía prescindir de siglas y de toda la parafernalia proselitista habitual. La organización informal estaba —por emplear una expresión hoy de moda— «en construcción permanente». Nacía de las relaciones de afinidad, confianza y conocimiento mutuo entre compañeros. Tomaba cuerpo en torno a tareas y proyectos puntuales, momentos de acuerdo o situaciones concretas de conflicto. En ella, la comunicación y el acuerdo debían darse de manera fluida y no mediante congresos, delegaciones, reuniones periódicas, etc. La idea motriz era reservar íntegramente la autonomía de cada grupo e individuo, que no debía ser sacrificada en aras de su unificación bajo lo que Bonanno llamaba «organización de síntesis».
Con todo lo que esto tiene de discutible, nos gustaría destacar una serie de implicaciones positivas que contenía este planteamiento. En primer lugar, desacralizaba de un golpe las formas organizativas. No solo las formas organizativas concretas del anarquismo ibérico, sino las formas organizativas en sendo genérico, abstracto. Permitía volver a pensar la organización como un medio, no como un fin en sí misma. Como algo, por tanto, que podía y debía evolucionar —y llegado el caso, desaparecer— al compás de las transformaciones históricas y las condiciones de la lucha. Volvía a poner los aspectos cualitativos por encima de los cuantitativos. Por todo ello, desbloqueaba el problema de la organización y lo abordaba con una flexibilidad que dentro del anarquismo ibérico se había extinguido por completo. Se abrían así las puertas para una experimentación creativa con las formas de organización.
En segundo lugar, dentro de la organización informal no había lugar para el militantismo. Por decirlo de otro modo: no había lugar para la alienación con respecto a la propia militancia. La organización informal no sometía al militante a la presión de unos ritmos decididos en instancias de coordinación superiores; no le hacía sentirse como un gusano que tenía que estar a la altura de la «grandeza» de la organización y de su historia mitificada; permitía volver a cuestionarlo todo en cualquier momento. La organización informal impedía, en resumen, la aparición de un fetichismo de la organización.
Por último, el planteamiento de la organización informal afectaba de lleno a una cuestión que en nuestros medios se había obviado por completo, como era la calidad de las relaciones humanas establecidas en el seno de la organización. Ya no era la posesión de un carnet o el sometimiento a unos «principios, tácticas y finalidades» lo que nos convertía en «compañeros» de personas en realidad desconocidas. Para la organización informal, la relación de solidaridad, de compañerismo, venía determinada por el conocimiento recíproco, directo, por la discusión y la colaboración práctica. Era por tanto una relación concreta, y no abstracta como lo había sido hasta entonces en muchos casos.
Se trata, como hemos dicho, de implicaciones positivas que estaban contenidas, en potencia, dentro del concepto de organización informal. Por lo general, no eran desarrolladas por los textos insurreccionalistas, y se tradujeron más bien en las experiencias de aquellos que intentaron plasmar en la práctica las formulaciones —a menudo muy vagas— de la organización informal.
En el momento de su salto a la península Ibérica, el insurreccionalismo venía a ser una nebulosa de posiciones, maduradas colectivamente entre Italia y Grecia, en torno a las cuales había un cierto consenso de los compañeros de este ámbito. En Italia, ese discurso se había desarrollado gradualmente desde la década de los setenta, dentro de la trayectoria de lucha de un sector del anarquismo italiano que acumulaba la experiencia de varias generaciones de compañeros. Sin ser ninguna cumbre del pensamiento revolucionario, lo cierto es que para los italianos el insurreccionalismo tenía una riqueza de matices que aquí estuvimos muy lejos de apreciar. Y ello porque nacía como formulación teórica de una experiencia previa que brindaba ciertos puntos de referencia, ciertos sobreentendidos, de los que aquí se carecía. Los italianos tenían claro que esas ideas formaban parte de un proceso abierto, en curso, y por tanto estaban sujetas a debate y evolución. Sin embargo en España, desde el primer momento, esas ideas fueron asumidas en bloque como un corpus doctrinal cerrado al cual solo le restaba ser puesto en práctica: una ideología más. Este tipo de recepción, que tuvo consecuencias muy negativas, venía determinada por dos factores.
El primero de ellos fue coyuntural: el insurreccionalismo no se filtró de manera gradual a través de un proceso de debate, sino que «irrumpió» en medio de la agria polémica derivada de los hechos de Córdoba, en la cual apenas hubo lugar para matices o equidistancias. El segundo factor era estructural: el dogmatismo inherente al movimiento libertario español, ya fuera en su variante tradicionalista o en la juvenil. Toda idea novedosa era vista con desconfianza. No existía la más mínima conciencia de la necesidad y el valor de la teoría, lo cual no es de extrañar dadas las tradiciones antiintelectuales del anarquismo ibérico. Rigidez dogmática e indigencia teórica caminaban de la mano, y eran causa y efecto de la ausencia de una tradición de debate crítico, que no encontraba espacios para desarrollarse. Lo primero que aprendía cualquier militante era a considerar el «movimiento» o la «organización» como algo inmutable, eterno, incuestionable hasta en sus aspectos secundarios. Esta falta de flexibilidad del anarquismo ibérico, su incapacidad para integrar nuevos enfoques, determinó también en parte la violencia de la ruptura.
Esta impronta la arrastrábamos todos en mayor o menor medida, y por tanto no es de extrañar que el insurreccionalismo quedara reducido de manera inmediata a una especie de caricatura de sí mismo, útil para levantar de la noche a la mañana una identidad colectiva que se fue haciendo cada vez más autorreferencial. La forma que tuvimos de acogerlo es un indicador de las limitaciones del anarquismo ibérico en aquellas fechas, limitaciones de las que nosotros éramos lógicamente portadores y repetidores. Entre tanta confusión, no servían precisamente de ayuda las pésimas traducciones de los textos italianos (algunos de los cuales eran farragosos ya de por sí), ni el hecho de que nos llegaran con el orden cronológico completamente alterado, dificultando aún más la comprensión de las experiencias de lucha de las cuales procedían.
Para iniciar la crítica del insurreccionalismo ibérico nos servirá una de las pocas aportaciones locales destacables que se produjeron. Se trata del texto 31 tesis insurreccionalistas. Cuestiones de organización, firmado por el Colectivo Nada y publicado a comienzos de 2001. Este texto tuvo su papel en la extensión de la epidemia de rabia hacia los militantes desencantados del anarquismo oficial. Lo que queremos abordar ahora no es tanto lo que se decía en él, como aquello que se obviaba. Y lo que se obviaba era la represión: la lógica y previsible respuesta del Estado a la puesta en práctica de todo lo que el texto defendía en términos abstractos. Lo que cabía esperar del Estado una vez que se pasara al «ataque» y el «enfrentamiento continuado» era ventilado de manera ritual en un párrafo de cuatro líneas, dentro de un texto de dieciocho páginas:
«La organización informal tiene la necesidad de dotarse de medios materiales para combatir la represión. La solidaridad con los [represaliados] ha de ser una constante prioritaria puesto que es la única defensa del revolucionario. La solidaridad con los compañeros represaliados no puede quedarse en una pose o una actividad circunstancial» (tesis número XX).
Y eso era todo. Este olvido, o mejor dicho, esta ingenuidad aterradora en un momento en que ya se habían recibido severos golpes, no fue una falta particular de los autores de las 31 tesis. Estaba más bien generalizada, y el que se reflejara en ese texto era puramente sintomático del grado de inconsciencia colectiva: se partía sin ninguna consideración previa del hipotético alcance de la represión, una vez que determinadas ideas fueran llevadas a la práctica. De ahí se derivaron innumerables imprudencias, faltas continuas de seguridad y discreción, acciones chapuceras y temerarias. Si los italianos tuvieron su «montaje Marini», con el cual se intentó acabar con ellos de un solo golpe ejemplar, aquí hubo una cadena de golpes represivos que detallaremos más adelante. La historia de la epidemia de rabia puede verse, de hecho, como una secuencia de caídas de compañeros, cada una de las cuales jalona una etapa. La represión, con la que apenas se contaba, terminó convirtiéndose en factor determinante de todo el proceso.
Las 31 tesis no eran en realidad más que un castillo en el aire, por cuanto lo fiaban todo a la aparición de unos hipotéticos «movimientos sociales autónomos» sumamente radicales que no llegamos a ver en parte alguna (excepto quizá en las prisiones). Pero por lo menos las 31 tesis expresaban sus aspiraciones en términos de lucha colectiva, algo que con el tiempo se fue haciendo cada vez menos frecuente.
Y es que tras los momentos de entusiasmo inicial, comenzó a hacerse patente que la extensión de la lucha no iba a producirse con tanta facilidad como se había esperado. Una cierta frustración se extendió cuando, tras el climax de Genova y la ejecución televisada de Carlo Giuliani, decayó el turismo antiglobalizador y sus elementos más moderados lograron contener a los bloques negros. El espectáculo de la revuelta ya no daba más de sí. El final del ciclo de luchas carcelarias de 1999-2002 también contribuyó poderosamente a este sentimiento. Entonces se empezó a echar mano del «individuo en lucha», el «rebelde social» que como figura retórica había estado agazapado desde el primer momento, y que empezó ahora a levantar cabeza, cobrando un protagonismo creciente por encima de los sujetos colectivos adormecidos.
No sabemos en Italia, pero en el caso español el «rebelde» del ideal insurreccionalista era un héroe trágico. Su heroísmo residía en el esfuerzo continuado por liberarse de cualquier adherencia sistémica. Su tragedia derivaba de las consecuencias prácticas y directas de semejante compromiso, y de una relación de fuerzas tan dispar que no dejaba lugar a esperanza alguna. El «sistema» era una sombra que golpear, el pretexto que ponía en marcha la personal odisea del individuo en lucha. De ahí que tantos escritos nacidos de esta corriente, hasta hoy mismo, estén plagados de imperativas exhortaciones a la acción, a la ruptura violenta de las rutinas cotidianas, a la «coherencia», a la autosuperación para escapar del rebaño, a vencer el miedo, etcétera.
Este «individuo en lucha», carente de orientación estratégica y de puntos de referencia colectivos, estaba obligado a buscar las motivaciones de su rebelión en su propio interior. Así se inició un significativo deslizamiento existencialista, claramente apreciable en muchos textos y panfletos, y en particular en los de aquellos que siguieron la estela de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias. La rabiosa retórica habitual de textos, comunicados y panfletos comenzó a llenarse de una lírica subjetivista de la peor especie. Se citaba indiscriminadamente, y casi siempre de segunda mano, a cualquier autor con aureola de maldito. Pero se recurría sobre todo a lo peor de la Internacional Situacionista, esto es, al misticismo hedonista de Vaneigem. El libro (¿?) Afilando nuestras vidas, editado por la FIJL en 2003 resulta un buen testimonio de este estado de confusión mental colectivo, yuxtaposición de muchas confusiones individuales. El siguiente paso lógico era la apología del nihilismo, de la irracionalidad y hasta del suicidio, expresada por publicaciones cada vez más ilegibles y autorreferenciales.
Por otra parte, aunque en los textos más elaborados del insurreccionalismo se había puesto buen cuidado en matizar que «acción» no significaba necesariamente acción violenta o ilegal, lo cierto es que su apología de la acción en sí y para sí condujo directamente a un fetichismo de la violencia que valoraba la acción ilegal por encima de cualquier otra. Este fetichismo se hacía claramente visible en las ilustraciones de los diversos boletines, plagadas de molotovs y de armas de fuego. Fetichismo tanto más triste por cuanto el nivel de violencia realmente ejercido nunca estuvo a la altura de los llamamientos retóricos a una violencia cataclísmica, desaforada, total, que haría tabla rasa con todo y no dejaría títere con cabeza.12
Así, cuando se empezó a practicar de manera sistemática el «ataque difuso», se creía sinceramente que estas acciones se explicaban por sí mismas y tenderían a extenderse cada vez más. La masa anónima estaba en realidad llena de saboteadores potenciales, hartos de la alienación cotidiana, que seguirían el ejemplo y lo llevarían cada vez más lejos. Nada de esto ocurrió, y el «ataque difuso» fue degenerando progresivamente en simple manifestación de rabia en el mejor de los casos, vandalismo desorientado, rito de identificación grupal o pasatiempo beodo en el peor. La cantidad de destrozos, eso sí, fue ingente, de lo cual dan fe las numerosas «cronologías» de acciones que se publicaban en boletines diversos, hasta que alguien cayó en la cuenta de que la policía también las leía con interés. En cuanto a la inserción en luchas sociales reales de militantes fuertemente ideologizados bajo la influencia insurreccionalista, fue problemática y en ocasiones hasta negativa. En ello influía el desprecio de estos militantes hacia cualquier clase de reivindicación parcial, así como el vanguardismo intrínseco a la ideología insurreccionalista, que ya abordamos más arriba. La principal excepción a esta norma fueron las luchas carcelarias iniciadas en 1999, de las cuales hablaremos más adelante.
Dentro de esta pésima adaptación española del discurso insurreccionalista, la noción de «organización informal» se vio en algún momento reemplazada por la de «informalidad organizativa», que invertía significativamente los términos trocando sustantivo y adjetivo. El acento pasaba de estar en la organización a estar en la informalidad, con las consecuencias que es fácil imaginar. Hablar de organización se fue haciendo cada vez más difícil. Creemos que influyó en ello el condicionamiento de tantos militantes que habían crecido oyendo nombrar a la CNT no como una organización, sino como La Organización. Las palabras son importantes y, después de la ruptura, en muchos ámbitos el asco hacia los ritos y los mitos del anarquismo oficial se hizo extensivo a la noción misma de organización. Y junto con esa noción se fueron devaluando otras que la acompañan como las de comunicación, abnegación, compromiso, responsabilidad, esfuerzo y trabajo en pos de los objetivos libremente elegidos. En ello tuvo también su papel la deriva existencialista que ya hemos mencionado, y más concretamente el discurso del «placer» —enésimo refrito de Vaneigem— según el cual las cosas se hacían por gusto, o no se hacían: en eso llegó a derivar la crítica de la alienación de la militancia. Los discursos antiorganizativos, en fin, hicieron mella en unas redes ya maltrechas, acelerando la atomización y el aislamiento.
La «informalidad», por lo demás, se hacía extensiva a la vida cotidiana. Queriendo huir de la explotación laboral, y más genéricamente del «rebaño» apacentado por el sistema, se caía en formas de vida extremadamente precarias y tribales, de las cuales se hacía luego la correspondiente apología. Así se pasaba de la crítica de la precariedad a la exaltación del precarismo. Todo ello solía venir acompañado de la correspondiente parafernalia estética, con lo cual la «informalidad» iba tomando claramente la forma de círculos cerrados cada vez más aislados y estrechos.
En general, cada enunciado del insurreccionalismo tuvo una traducción grotesca en suelo ibérico, o al menos esa es la percepción colectiva que ha quedado. Muchos compañeros definen este fenómeno con una curiosa expresión: «la informalidad mal entendida». Esta expresión ha hecho fortuna sin que se haya reflexionado acerca de ella. Presupone ante todo que existía una «informalidad bien entendida», que no obstante nunca es definida con precisión por nadie, y mucho menos puesta en práctica y socializada de inmediato, cuando han sobrado años para ello. Y es que no hay «informalidad» que valga, ni bien ni mal entendida: esta noción se acuñó para huir de aquella otra de «organización». Por otra parte, si las cosas fueron «mal entendidas», se deduce que el problema estuvo en nosotros y nuestras circunstancias, y no en los planteamientos insurreccionalistas tal como nos llegaron de Italia, los cuales ni siquiera a fecha de hoy serían criticables. Nosotros afirmamos, por el contrario, que una buena parte de los tropiezos posteriores estaban inscritos en la debilidad de esos planteamientos teóricos: en su incapacidad para el análisis de la realidad en que nos movíamos, cuando no en el desprecio de la misma; en su raíz individualista; en su vanguardismo mal disimulado; en su deliberada vaguedad; en su falta de articulación y de rigor. Que en el contexto italiano —por lo demás tan idealizado— estas ideas dieran más de sí, se debe precisamente a eso: al contexto. Un contexto más rico, más amplio, con continuidades generacionales que aquí han faltado, con una mayor sedimentación de luchas, de experiencias, etcétera. Esas ideas no valían demasiado en abstracto, en «estado puro», y fue precisamente así como las recibimos, completamente disociadas de las experiencias que les habían dado sentido.
Ahora bien, no dejaremos que todo quede sepultado bajo un manto de negatividad. Las ideas insurreccionalistas jugaron un papel positivo, y nunca nos cansaremos de decirlo. No se equivocaban los que entonces las abrazaron y difundieron: rompieron muchos bloqueos que nos asfixiaban, y pusieron un hierro al rojo sobre el adormilado anarquismo oficial. Lo erróneo sería persistir hoy en posiciones que han sido agotadas en la práctica, que no dan más de sí. Y, con todo, el insurreccionalismo enunciaba ciertas verdades que hoy nos parecen avances sin vuelta atrás. Avances que no son suficientes por sí solos, pero sí necesarios para ir construyendo otras cosas. Entre éstos, ya hemos mencionado la comprensión dinámica de la organización y el rechazo de la alienación militantista. Quisiéramos añadir ahora la idea de que en las condiciones actuales una práctica anticapitalista y subversiva no puede quedar anclada en la espera de las «masas», de la adhesión de sectores amplios de población, ni fiar a ésta todas sus perspectivas de futuro.
Publicado en los números 4 y 5 de Resquicios, 2007-08. (descárgate el pdf)
[1] Según una estadística interna realizada con posterioridad al VIII Congreso.
[2] Citaremos solo algunas: pactos previos a los comicios sobre los acuerdos que «deben salir»; constitución de sindicatos fantasma (sin el número mínimo necesario de afiliados) o exageración del número de afiliados para acudir a los plenos y congresos con mayor número de votos; redes burocráticas que funcionan a golpe de teléfono; copamiento de comités con el subsiguiente control de los flujos de información; enrpleo sistemático de la calumnia contra el disidente de turno, y muy especialmente de la acusación de «infiltrado»; y un largo etcétera. Uno de los dogmas de la ideología cenetista es que la estructura es perfectamente horizontal y democrática y no existen jerarquías. Este dogma de fe no altera por sí solo la realidad de los hechos: que desde los comités se disfruta de un relativo control de la organización; que se ha generado un cuerpo de «expertos» que son los que suelen acudir a los plenos y plenarias y son, de hecho, los que gobiernan la organización. Como no se admite ni siquiera la posibilidad de la existencia de una «jerarquía», esta jerarquía se camufla, se hace informal, y por tanto resulta aún más difícil de controlar que las de muchas organizaciones «autoritarias», que suelen contar con mecanismos formales para limitar el poder de la dirección.
[3] En tanto que «organización hermana», la CNT acogía a la FIJL en sus locales.
[4] El mismo término «insurreccionalismo» es problemático pues, si bien muchos lo rechazaron como una etiqueta espectacular o una nueva forma de encasillamiento, otros lo asumieron sin mayores complicaciones. Para favorecer una exposición más clara, hemos decidido emplearlo aquí sin demasiados complejos. (N. de los A.)
[5] El «montaje Marini», desarrollado entre 1994 y 2004, fue la principal operación policíaco-judicial por la que se intentó liquidar en Italia a la franja anarquista más combativa. Toma su nombre del fiscal Marini, que, con la intención de poner a los compañeros bajo el signo de un terrorismo espectacular al que son ajenos y poder así castigarlos con mayor dureza, se inventó una fantasmal «organización terrorista» centralizada y jerarquizada, a la que bautizó ORAI (Organización Revolucionaria Anarquista Insurreccionalista). Sobre Alfredo Bonanno, por ejemplo, recayó la acusación de ser el «dirigente» de la inexistente organización. Como resultado del proceso, varios compañeros permanecen encarcelados a fecha de hoy. Aparte de varios folletos que vieron la luz desde 1997, una buena recopilación de materiales en castellano sobre el montaje Marini está incluida en No podréis pararnos. La lucha anarquista revolucionaria en Italia, Klinamen/Conspiración. 2005. (N. de los A.)
[6] Si bien para nosotros supuso indudablemente una «novedad», hay que señalar que el insurreccionalismo no hacía sino volver a reunir elementos presentes desde mucho tiempo atrás en la tradición anarquista. En el caso del anarquismo español esos elementos —el individualismo, el ilegalismo. la informalidad, etc.— habían quedado en segundo plano por la pujanza histórica de su organización sindical, a la cual quedaron también subordinados en cierta medida. Pero no por ello podría decirse que hubieran estado completamente ausentes: simplemente habían sido soslayados por la historiografía, académica o anarquista. (N. de los A.)
[7] Véase al respecto su escrito «Nueva “vuelta de tuerca” del capitalismo», incluido en la mencionada recopilación No podréis pararnos. Sin embargo, en su texto introductorio para el encuentro de la Internacional Antiautoritaria Insurreccionalista, Bonanno introducía a modo de perspectiva estratégica la idea de que los países del ámbito mediterráneo serían en los años venideros los más propensos a estallidos insurreccionales. Previsión que, más de diez años después de ser formulada, no parece tener visos de realización. (N. de los A.)
[8] Dos textos representativos de esta tendencia son Los malos tiempos arderán, del Grupo Surrealista de Madrid y otros colectivos, y Bárbaros. La insurgencia desordenada, firmado por Crisso y Odoteo y publicado por la Biblioteca Social Hermanos Quero en 2006. Ambos fueron objeto de análisis crítico en el primer y segundo número de Resquicios respectivamente. (N. de los A.)
[9] Ai ferri corti/Etziok bueltarik. Romper con esta realidad, sus defensores y sus falsos críticos, Muturreko Burutazioak, 2001, págs. 42-46.
[10] El anarquismo en la sociedad postindustrial: insurreccionalismo. informalidad, proyectualidad anarquista al principio del 2000, Llavors d’Anarquia, 2002, pág. 21.
[11] «Nueva “vuelta de tuerca” del capitalismo», incluido en el citado No podréis pararnos, págs. 33-35.
[12] Como no queremos plagar el texto de comillas, haremos la obligatoria aclaración ritual: aquí empleamos el término «violencia» sin ninguna intencionalidad moralizante ni condena implícita hacia quien decide llevar la lucha fuera de los márgenes legales. E igual que no condenamos a priori el empleo de la fuerza sobre personas o cosas en el contexto de la guerra social, tampoco lo exaltamos como si contuviera alguna virtud inmanente que pudiera desligarse de cada situación concreta. (N. de los A.)
]]>Palestina es un antiquísimo país, el cual ha sido hollado por las tres religiones mayoritarias del mundo. Desde los israelíes que la consideran la Tierra prometida por Dios, hasta los musulmanes, pasando por los cristianos, que pretenden hallar huellas de Jesucristo en ella.
Palestina ha sido siempre un punto estratégico a lo largo de la historia humana por su localización intermedia entre Asia y África. Se tienen datos que desde el Neolítico (alrededor de 12000 años a. C.) hubo un pueblo que se dedicó a la agricultura. En la Edad de Bronce (hacia el 3000 a. C.), la población aumentó rápidamente. Los descubrimientos arqueológicos demuestran que las grandes ciudades cananeas de la época posterior (Jericó, Megido, Beth-yerah…) ya florecían en aquel tiempo.
Pero la historia de esta región es a la vez una historia de conflictos y dominaciones de unos pueblos sobre otros. Se tienen datos de batallas entre egipcios y palestinos desde el siglo XVII a. C. A la vez y durante muchos siglos, otras etnias fueron asentándose en la región.
A fin de competir con los pueblos rivales que les rodeaban, los israelíes reorganizaron su teocracia en una monarquía. Hacia en 1025 a. C. apareció Saúl, el primer rey israelí, quien se encargaría de los asuntos militares.
Muchos otros pueblos y naciones han dejado su marca sobre Palestina. Para no hacer demasiado engorroso este apartado previo, citaremos que los asirios, persas, babilonios, griegos y romanos han surcado esta tierra hasta la llegada de las cruzadas y la intervención de los países europeos.
El imperio turco, bajo el cual vivían los palestinos, siempre autorizó la inmigración de judíos a la zona. Para 1850 ya abundaban las colonias hebreas en la región. La ascensión de corrientes antisemitas a finales del siglo XIX produjo que los hebreos se plantearan formar un estado israelí en Palestina. Entre estos judíos estacaba el húngaro Theodor Herzel, que en 1897 convocó el I Congreso Sionista, celebrado en Basilea, donde se aprobaron las tesis expuestas en el histórico panfleto Der Judenstaat (El estado judío, 1869) y se promovió la Organización Sionista Mundial. La fuerza de los miles de judíos dispersos por el mundo y la formación de una identidad más definida de su religión hizo que muchos políticos europeos apoyaran no oficialmente sus objetivos antes de estallar la I Guerra Mundial. Durante la guerra, sin embargo, Gran Bretaña se comprometió a tres acuerdos contradictorios con respecto al futuro de Palestina, anticipándose a la disolución del Imperio Otomano que seguiría a la derrota de las Potencias Centrales. El primero, en abril de 1916, era una promesa a los dirigentes árabes de que Gran Bretaña apoyaría la independencia de los árabes que vivían entre Aden y la frontera turca al norte. El segundo fue el acuerdo secreto Sykes-Picot de mayo de 1916, firmado con Francia y encaminado a establecer esferas de influencia francesas e inglesas en las zonas despejadas del Imperio Otomano; Palestina, colocada bajo control internacional, sería administrada por Gran Bretaña. El tercero fue la Declaración de Balfour en noviembre de 1917 que favorecía el establecimiento de una nación judía en Palestina.
Después de la rendición del Imperio Otomano en Palestina ante los británicos, la Sociedad de Naciones otorgó un mandato de Clase A sobre la zona. El mandato incluía las regiones citadas en la Declaración de Balfour. El primer alto comisario inglés para Palestina fue sir Herbert L. Samuel, destacado miembro del Partido Liberal.
Bajo el Mandato británico, los judíos recibieron autonomía sometida a la aprobación del gobierno del Mandato en asuntos como educación, sanidad y hacienda. En 1929 la agencia judía quedó convertida en un organismo cuasigubernamental para colaborar con el gobierno del Mandato en la formación de un estado judío en Palestina. Los árabes, que se negaron a colaborar con cualquier sistema de gobierno basado en la Declaración de Balfour, no recibieron autonomía comunitaria, aunque se les concedió jurisdicción en materia religiosa.
El crecimiento del poder judío y el miedo que esto provocó en los árabes de la zona motivó una serie de motines en 1929. Estas revueltas se repitieron con mayor frecuencia después de la organización del Alto Comité Árabe en 1936, que trataba de evitar que Palestina se convirtiera en nación judía. En 1937 los árabes rechazaron una recomendación británica para la partición de Palestina y en 1939, tanto árabes como judíos rechazaron el Libro Blanco británico que preveía la independencia de Palestina en un plazo de diez años con la inclusión de un estado judío.
Con el estallido de la II Guerra Mundial, el conflicto palestino-israelí se intensificó hasta hacerse insostenible. Aunque se restringió la emigración israelita, los judíos apoyaron a los Aliados por miedo a la Alemania Nazi, mientras que los Aliados prometieron escuchar a los árabes a la hora de decidir el futuro de Palestina a fin de traerse las simpatías de los jefes musulmanes y evitar que apoyaran al Eje.
Grupos terroristas judíos, el Irgun Zvai Leumi y el Stern, se dedicaron a obstruir los intentos de dar vigor a las restricciones de inmigración judía y desencadenaron espectaculares actos de violencia con el fin de traer la atención de los problemas de los refugiados judíos. El ejercito secreto israelí, el Haganah, organizado para proteger a los judíos de palestinos no recurrió al terrorismo. En 1949 Egipto, Irak, Líbano, Arabia Saudita, Siria, Transjordania y el Yemen formaron la Liga Árabe con el fin de oponerse a la inmigración y al establecimiento de una nación judía en Palestina.
Árabes y judíos rechazaron en 1946 varias propuestas para solventar el problema palestino, entre las que figuraba la resolución del Comité Anglo-americano para dividir Palestina en forma de federación árabe-judía. En 1947 Gran Bretaña solicitó que una sesión especial de la Asamblea General abordara el problema. El 31 de agosto de 1947, un comité especial formado por once naciones para estudiar el asunto recomendó que se dividiera Palestina en dos estados separados, uno árabe y otro judío; mientras una zona de 750 km2 en Jerusalén quedaría bajo el mandato de las Naciones Unidas. Los estados árabes no tardaron en anunciar que se opondrían con las armas a esta resolución. El 11 de diciembre de 1947 Gran Bretaña anunció que su mandato finalizaría el 15 de mayo de 1948. Los EE.UU. trataron de que Gran Bretaña prorrogara el plazo indicado y, finalmente, apoyaron la partición. Una sesión de las Naciones Unidas reconsideró el problema sin poder llegar a un acuerdo.
El 14 de mayo de 1948 el Consejo Nacional Judío proclamó la existencia del Estado de Israel dentro de los límites establecidos por las Naciones Unidas. Al día siguiente finalizó el Mandato británico y la Liga Árabe invadió Palestina. Siguieron nueve meses de combates y treguas que los mediadores de las Naciones Unidas, después de que ésta no fuese capaz de solucionar el problema, trataron de parar. En virtud de los acuerdos de armisticio a los que se habían llegado, Egipto se anexionó la franja costera de Gaza y la región de El Auja. Asimismo, el reino hachemita de Jordania, en 1950, se anexionó el territorio ocupado por los árabes en Palestina. Así quedó Palestina, dividida entre Egipto, Jordania e Israel. Pero tras la Guerra de los Seis Días (junio de 1967), toda ella quedó bajo dominio efectivo del estado de Israel.
Israel es una democracia que carece de una constitución escrita en el sentido de un texto aprobado de una sola vez. En su lugar, existen una serie de leyes básicas, aprobadas en diferentes años, que han ido recibiendo un carácter constitucional.
El 14 de mayo de 1948, a raíz de la partición de Palestina por al ONU, el Consejo Judío proclamó a Israel estado soberano, con un gobierno provisional encabezado por el Dr. Chaim Weizmann como presidente y David Ben Gurion como primer ministro. Inmediatamente a esta proclamación atacaron los países de Jordania, Líbano, Irak, Arabia Saudita y Egipto; pero el ejercito israelí tuvo una serie consecutiva de victorias que, unidas a la tregua del Consejo de Seguridad (29 de mayo de 1948) y las gestiones de la ONU, facilitaron un armisticio para el 27 de noviembre de 1948, cuando Israel ya controlaba Galilea, parte de Jordania y casi todo el territorio sobre el que reclamaba jurisdicción.
Desde 1948 hasta finales de 1952 llegaron al país más de 700000 inmigrantes, con los que se inició un plan de colonización mediante 350 aldeas fronterizas que trataron de sacar productividad al desierto. El 9 de noviembre de 1952 murió el primer presidente, Weizmann y le sustituyó Itzhak Ben-Zvi. En 1955, Ben Gurion volvió a ocupar el puesto de primer ministro que había abandonado en 1953.
Las hostilidades fronterizas fueron constantes, sobre todo en la zona de Gaza, hasta que Israel ocupó la península del Sinaí (del 27 octubre al 7 de noviembre de 1956), coincidiendo con la ocupación anglo-francesa del Canal de Suez. Una vez replegadas las tropas judías, los incidentes fronterizos continuaron. El 11 de mayo de 1960, agentes israelíes secuestraron en Buenos Aires al antiguo oficial de las SS alemanas, Adolf Eichmann, lo trasladaron a Israel y le acusaron del exterminio de millones de judíos. Eichmann fue ejecutado en 1962.
Las actividades bélicas de las que se ha rodeado este estado artificial ha hecho que Israel evolucione hacia una cierta política económica en la que pesa cada vez más el aparato militar.
En junio y julio de 1964 se produjeron importantes incidentes en la frontera siria, que se sucedieron prácticamente a lo largo de todo el año incluso con la intervención de unidades blindadas y bombardeos con napalm. El 3 de enero de 1965, la organización Al Fatah desencadenó sus primeros ataques. El 12 de noviembre de 1966 y como respuesta a las acciones de los grupos armados palestinos, las tropas israelíes penetraron en Jordania y volaron 125 casas de la ciudad de Samu, acto condenado por las Naciones Unidas. Egipto comenzó un plan de bloqueo del golfo de Aqaba para impedir el acceso al puerto israelí de Elilta. Los países árabes se unieron a Egipto. Por aquellas fechas, Israel comenzó una ofensiva relámpago que ocupó el Sinaí y parte de Jordania, además de penetrar en Siria: Era la Guerra de los Seis Días.
El 21 de mayo de 1968, Golda Meir se encargó de la jefatura del gobierno israelí, rechazando la resolución de la ONU sobre Jerusalén. Se negaba a delimitar con exactitud las que dicha resolución consideraba sus fronteras definitivas. Israel continuó su rearme y creó los nahal, poblados de agricultores-soldado, en las zonas ocupadas para demostrar cuando llegase el momento la existencia de poblaciones judías en esos territorios.
El 10 de abril de 1973, coincidiendo con el 25 aniversario de la fundación del estado de Israel, fue elegido como presidente Efraim Katchalsky (que cambió su apellido por Katzir) en substitución por Zalman Shazar, que ocupaba el cargo desde 1968. El 6 de octubre del mismo año, los países árabes lanzaron una ofensiva en dos frentes: el de Suez (Egipto) y el de Golán (Siria), uniendo la acción militar con una campaña sobre Europa, amenazando con cortar el suministro de petróleo y luego elevando el precio del crudo. Fue la Guerra del Yom Kippur, la primera en la que los árabes consiguieron importantes logros sobre Israel. No obstante, Israel logró mantener el pulso a los países árabes y dar la vuelta a la situación algunas semanas después para sumarse una nueva victoria.
En 1977 el gobierno israelí fue asumido por la coalición Likud, entre los que había grupos de extrema derecha religiosa. Hasta entonces, todos los jefes del gobierno habían sido laboristas. El nuevo jefe del gobierno fue Menahem Begin, líder del Likud y antiguo activista armado en tiempos del Mandato británico.
Para la sorpresa del mundo, el presidente egipcio Sadat, habló ante el Knesset, el Parlamento israelí. Esto fue interpretado como una aceptación tácita del estado judío por parte de su más importante enemigo árabe: Egipto. Las conversaciones en Camp David entre Begin, Sadat y el presidente estadounidense de la fecha, Carter, dieron pie a la firma de un tratado de paz entre ambas naciones, Egipto e Israel. Los antiguos enemigos establecieron relaciones diplomáticas e Israel devolvió los territorios ocupados a Egipto durante la Guerra de los Seis Días. Esto ocurrió entre 1978 y 1982.
Al comenzar 1985 fue desvelada por un periódico independiente israelí, Yediot Aaronot, una operación secreta conocida como Operación Moisés, que pretendía asentar en Israel a los judíos negros de origen etíope. En cuanto a su política en los territorios ocupados, el primer ministro Shimon Peres anunció la intención de acelerar la retirada de sus tropas al sur del Líbano para evitar las continuas pérdidas humanas y económicas. La del Líbano era una guerra que había costado ya 330 millones de dólares. La determinación de los dirigentes soviéticos y norteamericanos de mediar en el conflicto fue tomada con escepticismo por los dirigentes israelíes. Israel siempre se opuso a una conferencia internacional sobre Oriente Próximo con la participación de las partes afectadas más la Unión Soviética. Temían que si la URSS se comprometía a moderar a los sirios y palestinos, Washington les presionase a la vez a ellos. Una vez fueron retiradas las tropas del Líbano, Peres advirtió que si la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) intentaba ocupar de nuevo el sur del Líbano volverían a tomar medidas que calificó de “autodefensa”. Unos días más tarde se confirmaba la decisión norteamericana de conceder a Israel 1800 millones de dólares de ayuda militar para el año fiscal de 1986, con un aumento de 400 millones con respecto al año anterior.
En la política interior, la crisis tantas veces anunciada llegó cuando el primer ministro Shimon Peres destituyó a Ariel Sharon, ministro de Industria y Comercio, en noviembre de 1985, por su permanente oposición pública al plan de paz propuesto por Peres a Jordania y a los palestinos no relacionados con la OLP. Pese a que Sharon pidió públicas disculpas, Peres mantuvo su decisión y exigió al Likud que apoyase el plan de paz o se retirase del gobierno.
Pero la tensión con el mundo árabe no ha terminado. La tensa situación de la zona ha conocido momentos de frágil paz y recrudecimientos de la violencia. Los países árabes han respondido numerosas veces de manera armada a lo que consideran agresiones a su nación, que fue partida hacia mediados del siglo XX. Asimismo, el estado de Israel ha campado con sorprendente inmunidad ejerciendo un abusivo uso de la violencia militar y la represión. Con la llegada del polémico y militarista Sharon, la crisis se ha extendido hasta convertirse en una desigual guerra de piedras contra tanques. Israel ha ampliado sus fronteras a expensas del hundimiento de Palestina. Los palestinos han pasado a convertirse en exiliados en su propia tierra, emulando de alguna manera lo que les ocurrió a los judíos durante el ascenso del nazismo. Y no es esto una frivolidad ni mucho menos: Israel impone su poderío militar, arrasa barrios enteros en busca de líderes de los grupos armados palestinos, usa de escudos humanos a los jóvenes y mujeres palestinas y ejecuta sumariamente a sus oponentes en un buen ejemplo de terrorismo de estado. Los familiares de los suicidas palestinos son sacados de sus casas y enviados a la franja de Gaza, como en campos de concentración. ¿Hay que recordar Sabra y Chatila? No, tenemos ejemplos más cercanos. Quizás Israel esté buscando para sus vecinos una Solución Final.
Antonio J. Dionisio
]]>Guadalupe Grandoso. De Ecologistas en Acciónd e Cantabria y de la Asamblea contra la Fractura Hidráulica. Aparecido en la revista Ecologista nº 71. Puedes bajarte el artículo en pdf desde aquí: La Fracturación Hidráulica: una nueva y peligrosa apuesta para mantener el consumo de combustibles fósiles
NOTAS Y REFERENCIAS
1. Lista de productos químicos utilizados en el proceso de fracturación hidráulica en Pensilvania. Datos obtenidos a partir de la propia industria. Oficina de Protección Medioambiental para la gestión de gas y petróleo.
http://www.dep.state.pa.us/dep/deputate/minres/oilgas/new_forms/marcellu…
Entre estos compuesto hay tóxicos para organismos acuáticos, tóxicos agudos, cancerígenos probados, sospechosos de ser cancerígenos, elementos mutagénicos, y otros con efectos sobre la reproducción.
2. En un sólo pozo se inyectan entre 9 y 29 millones de litros de agua mezclados con de 180 a 580 mil litros de sustancias químicas. Una vez terminada la fracturación se recuperan entre 1’3 a 23 millones de litros de agua altamente contaminada. Teniendo en cuenta que un pozo se agota en menos de 5 años, el mantenimiento de una producción continuada necesita la perforación de miles de pozos. En Texas se han abierto 15.000 nuevos pozos en un periodo de 5 años.
3. “Natural Gas Flowback. How the Texas natural gas boom affects health and safety” Earthwork’s Oil & Gas Accountability Projectaff
4. Stephen G. Osborn, Avner Vengosh, Nathaniel R. Warner, Robert B. Jackson. “Methane contamination of drinking water accompanying gas-well ddrilling and hydraulic fracturing” Proceedings of National Academy of Sciences, Abril 2011
5. Wolf Eagle Environmental. Sept. 15, 2009. Town of DISH, Texas Ambient Air Monitoring Analysis. http://www.bseec.org/sites/all/pdf/airquality/13.pdf
6. Robert W. Howarth, Rence Santoro, Anthony Ingraffea “Methane and the greenhoyse-gas footprint of natural gas from shale formations” Climatic Change, Marzo 2011
7 Informe de la EIA sobre los recursos mundiales de gas pizarra en 14 regiones fuera de Estados Unidos. http://www.eia.gov/analysis/studies/worldshalegas
8. Informe encargado por la comisión de Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria del Parlamento Europeo. “Impacts of shale gas and shale oil extraction on the environment and on human health” (Junio, 2011)
http://www.europarl.europa.eu/document/activities/cont/201107/20110715AT…
9 Ley 2011-835, de 13 de julio de 2011, aprobada por la Asamblea Francesa, para la prohibición de exploración y explotación de hidrocarburos líquidos o gaseosos y para derogar los permisos exclusivos de proyectos mediante fracturación hidráulica.
http://www.assemblee-nationale.fr/13/dossiers/interdiction_exploration_e…
10. “ Shale gas: a provisional assessment of climate change and environmental impacts”. The Tyndall Center for Climate Change Research, University of Manchester (Abril 2011)
http://www.tyndall.ac.uk/sites/default/files/tyndall-coop_shale_gas_repo…
11 Instituto Polaco para Asuntos Extranjeros: “Path to Prosperity or Road to Ruin? Shale Gas Under Political Scrutiny” http://www.pism.pl/files/?id_plik=8613
12. http://www.nytimes.com/interactive/2011/02/27/us/natural-gas-documents-1…
[Especial]: 200 aniversario de la Constitución Española 1812. ¡Nada que celebrar!
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Debemos ir del discurso a las prácticas. Las organizaciones, en definitiva, deben hacerse cargo de una lacra histórica que tiene efectos de manera formal e inconsciente también en los espacios de lucha.
Argumento nº 5: “Los hombres estamos perseguidos, se ha anulado nuestra presunción de inocencia. Los hombres sufren la violencia de género tanto como las mujeres”.
A menudo, las conversaciones sobre las relaciones entre feminismo y marxismo conducen a temas de actualidad como la violencia de género, el divorcio, la tutela paterna o el aborto. El machista-leninista suele poner sobre la mesa una serie de argumentos y datos que parecen provenir deIntereconomía o de Libertad Digital. Estos datos demuestran –supuestamente- cómo la tendencia histórica se ha invertido por culpa del feminismo institucional: ahora los hombres son oprimidos por las mujeres. Ahora ellos son las víctimas del matriarcado. En esta línea, no es extraño escuchar cosas como “es que ahora los hombres estamos perseguidos”, “no se respeta nuestra presunción de inocencia”; o “los hombres sufrimos más violencia de género”.
La legislación impuesta recientemente por el gobierno ZP (LO 1/2004 de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género) ha abierto el debate sobre la vulneración de la presunción de inocencia y las denuncias falsas en casos de violencia machista. No hay más que buscar en Googlepara encontrar centenares de entradas sobre el asunto de las denuncias falsas que, supuestamente, interponemos las mujeres. Y es posible que haya casos individuales; sin embargo, los datos demuestran que el número de denuncias falsas por violencia de género no es superior a lo que se da en otros delitos. Así, en 2010, se calcula que sólo un 0,01% de las denuncias por violencia de género fueron falsas (datos del Ministerio Fiscal, 2010). Por tanto, no merece la pena darle más bombo al debate. El número de denuncias falsas es ínfimo.
Además, se suele argumentar que los procesos por violencia de género conllevan una inversión de la carga de la prueba hacia el maltratador [3] y que vulneran la presunción de inocencia. Estas acusaciones no son justas a la vista de la propia Ley Integral de Violencia de Género [4] . Si leemos la ley –cosa que no se suele hacer-, se observa que los medios de prueba en el procedimiento judicial son los mismos que en cualquier otro proceso vía penal. Las únicas especifidades son las medidas judiciales de protección y de seguridad de la víctima (alejamiento, suspensión de la tutela paterna, etc.) y el endurecimiento de las penas por agresión. Concretamente: se activa un procedimiento judicial rápido y el juez de guardia adopta medidas cautelares por el riesgo que asume la víctima de malos tratos. Estas medidas cautelares, previas al juicio, se justifican ante la posibilidad de un repunte en la situación de violencia. Basta con recordar el caso de Ana Orantes [5] que fue quemada viva por su marido después de denunciar ante los jueces y en los medios de comunicación. De ahí la necesidad de adoptar medidas cautelares eficaces. Se pueden producir excesos, como en cualquier proceso penal, pero no se puede concluir que haya una vulneración de la presunción de inocencia o que exista ningún tipo de persecución.
Otro tema interesante sería evaluar en qué medida una ley como ésta contribuye a acabar con la violencia de género. La ley ataja una situación desesperada y crítica: el feminicidio y la vejación machista en las relaciones de pareja. Sin embargo, desde el feminismo socialista entendemos que es insuficiente, que hay que ir a las causas. Mientras las mujeres se encuentren en una situación de vulnerabilidad, desigualdad y dependencia, la violencia que padecemos será un hecho cotidiano. Es lo que Zizek llama la violencia subjetiva y la violencia objetiva. La primera es aquella que supera el nivel de normalidad, el nivel 0 de violencia: por ejemplo, el asesinato de una mujer de un modo sádico a manos de su expareja. La violencia objetiva es la que perpetra el sistema cotidianamente: es la sobreexplotación, la doble jornada, la reducción a mero objeto sexual, la dominación psicológica, etc. Mientras no atajemos esta violencia objetiva o estructural que padecen las mujeres en el día a día, los malos tratos seguirán siendo sólo la punta del iceberg; los malos tratos son la consecuencia de una dominación previa prolongada y acumulativa.
En este ámbito, es urgente que desde el feminismo socialista realicemos una dura crítica al feminismo institucional. El número anual de asesinadas a manos de sus maridos no es más que el síntoma de una opresión mucho más silenciosa y profunda; un sistema de dominación íntimamente ligado al modo de producción y reproducción. Sin embargo, la insuficiencia del feminismo institucional (más aún en el contexto de la globalización capitalista que minimiza la capacidad de intervención estatal, por ejemplo, en medidas conciliatorias o laborales) no conlleva que las reformas positivas deban ser rechazadas. La Ley de Violencia de Género es insuficiente pero no mala per se. Del mismo modo, en el terreno laboral abogamos por las 35 horas aunque nos parezcan insuficientes para acabar con la explotación. Los marxistas debemos aplicar esa misma dialéctica de la reforma y la revolución, del programa de mínimos y máximos, a la hora de enfrentar la cuestión de la lucha contra el patriarcado.
A modo de conclusión: por una aproximación marxista al sistema sexo-género.
Desde luego, las relaciones entre marxismo y feminismo, tanto en la teoría como en la práctica, han sido relaciones a menudo conflictivas; ya decía Heidi Hartmann que se trataba de un matrimonio infeliz. El marxismo es una metodología para entender y transformar la sociedad capitalista. Por tanto, abordar la cuestión del patriarcado y de las relaciones de sexo-género es una necesidad inexcusable para cualquier política emancipatoria.
Cuando emergió el capitalismo industrial, éste se encontró con un sistema de sexo-género que subordinaba a las mujeres como mera propiedad del padre de familia. Esta estructura de relaciones preexistente entró en fricción con el capitalismo, fue modelada por él y completamente subsumida, en la actualidad, por la lógica del capital. Éste se ha valido de la dominación de género para sobreexplotar, dividir, reproducirse y fomentar el control ideológico. El patriarcado, o el sistema de dominación del sexo/género masculino sobre el femenino, es una estructura de relaciones materiales, económicas e ideológicas; relaciones que siguen vigentes -por más que sometidas a crítica- en los países imperialistas. A los datos nos remitimos.
Lo que llamábamos el nuevo machismo-leninismo es una actitud reaccionaria e idealista que niega esta realidad. Con la excusa de que el feminismo es una ideología burguesa, ignora el sistema de dominación de género que ha articulado –y sigue articulando- el capitalismo. Ignora los procesos más fundamentales de producción y reproducción de la vida y su encaje en la lógica del capital. Ignora y obstaculiza la emancipación de las mujeres trabajadoras. Sólo si nos tomamos en serio la articulación de clase y género, podremos dar una salida sensata y emancipadora a la otra mitad de los/as trabajadores/as. No permitamos que, también esta vez, el capitalismo nos divida.
[1] En 1920, Clara Zetkin se entrevistó con Lenin. Zetkin le informó sobre las actividades de organización de las prostitutas y de formación en educación sexual y matrimonial con las obreras alemanas. Ni corto ni perezoso, en dicha entrevista, Lenin calificó de “desviación morbosa” el trabajo con prostitutas y menospreció el trabajo de educación sexual y familiar con las obreras. Estas actividades, en su opinión, eran ociosas y una pérdida de tiempo. Ver en: WEINBAUM, B.: El curioso noviazgo entre feminismo y socialismo, S. XXI, Madrid, 1984.
[2] Encuesta de Estructura Salarial, junio de 2010, Instituto Nacional de Estadística.
[3] Y decimos “maltratador”, en masculino, porque la inmensa mayoría de agresores en el ámbito intrafamiliar o con la pareja o expareja son hombres. Aunque las estimaciones aún son muy controvertidas (véase, por ejemplo: Raquel Osborne, “De la violencia de género a las cifras de la violencia: una cuestión política”) es evidente que las mujeres padecen mayoritariamente el maltrato de la pareja o expareja: de ahí que 73 mujeres hayan sido asesinadas a manos de su pareja o expareja (2010), frente a 7 hombres (6 a manos de su pareja o expareja mujer, 1 a manos de su pareja-hombre).
[4] http://www.boe.es/boe/dias/2004/12/29/pdfs/A42166-42197.pdf
[5] http://www.elpais.com/articulo/andalucia/Ana/Orantes/elpepuespand/200712…
Artículo recogido del blog de la Asamblea Feminista Langresta.
"Explotar al público no es guiarlo, satisfacer sus pasiones o sancionar sus ideas no es mejorarlas: nosotros entendemos que se ha de enseñar con el periódico, con el libro, con el drama y con todas las obras que interesan al corazón del pueblo y a sus ideas".
]]>«Explotar al público no es guiarlo, satisfacer sus pasiones o sancionar sus ideas no es mejorarlas: nosotros entendemos que se ha de enseñar con el periódico, con el libro, con el drama y con todas las obras que interesan al corazón del pueblo y a sus ideas».
Editorial de La Revista Blanca, 1898
La educación y la cultura fueron para el anarquismo, desde el momento mismo de su creación, elementos necesarios para la liberación de los obreros y la superación de los males de una sociedad de clases en la que el conocimiento estaba reservado a las clases superiores. El uso de la palabra en la prensa y la literatura, como clave en la pedagogía libertaria, arranca tras la Primera Internacional y se adapta a los nuevos tiempos del siglo XX. A lo largo de este tiempo, la prensa anarquista se ha valido de todos los medios de difusión escritos: libros, folletos, revistas y periódicos. La diversidad de estilos, objetivos, regularidad, tirada o calidad hace imposible una mínima clasificación. Entre las más importantes figura La Revista Blanca, que nace en julio de 1898, dedicada a la «sociología, el arte y la ciencia». A lo largo de dos épocas (Madrid, 1898-1905; Barcelona, 1923- 1936), publicará teoría sobre anarquismo y movimiento obrero, internacionalismo y librepensamiento, literatura, historia, feminismo, actualidad política, naturalismo y vegetarianismo. Fue editada por Joan Montseny (Federico Urales) y Teresa Mañé (Soledad Gustavo) y llegó a alcanzar una tirada de 8.000 ejemplares. Entre sus colaboradores figuraban Francisco Giner de los Ríos, Joaquín Costa, Gumersindo Azcárate, Manuel Cossío, Alejandro Sawa, José Nakens, Leopoldo Alas Clarín, Miguel de Unamuno, Jaume Brossa o Pere Coromines. Escribieron también regularmente Anselmo Lorenzo, Diego Abad de Santillán, Rudolf Rocker, Sébastien Faure, Teresa Claramunt y Federica Montseny. Publicó suplementos como El Luchador y Tierra y Libertad. Alrededor de la revista, la editorial publicó colecciones literarias de gran éxito popular, como La Novela Ideal o La Novela Libre.
El silencio y el vacío se instalan en España desde el final de la Guerra Civil. Con la venta de dos coches de segunda mano y unos pequeños ahorros, lo justo para editar el primer libro, La guerra civil española, de Hugh Thomas, cinco refugiados españoles fundaron en 1961 Ruedo Ibérico en París. Aunque su editor y uno de sus fundadores, José Martínez, provenía del anarquismo y las juventudes libertarias, cada uno tenía una ideología diferente. Unidos por la amistad y el sentimiento de que era necesario dotar de armas dialécticas y argumentos a la izquierda y en general a un pueblo español desinformado y manipulado, editaron libros que restablecieron la verdad histórica y analizaron los acontecimientos desde una perspectiva diferente. Con voluntad de independencia partidista, a lo largo de 20 años, Ruedo Ibérico aportó una libertad de juicio que otras editoriales del exilio no disponían. Con el producto de la venta de ese primer libro, se publicó El laberinto español, de Gerald Brenan. Comenzó entonces la primera de sus tres épocas, en los años sesenta, de tipo antifranquista. Editó otros libros importantes sobre nuestra guerra, los de Gabriel Jackson, Burnett Bolloten, Stanley Payne y Max Gallo. En los setenta sería anticapitalista y abordaría los problemas del nacionalismo, las dictaduras del Cono Sur americano, Cuba, el carlismo, el imperialismo, el Opus Dei, la justicia y las cárceles franquistas, la mujer española, la sexualidad, el sindicalismo de CC OO, UGT, USO y CNT. En los últimos años setenta, publicó una docena de libros de signo libertario, el importante El eco de los pasos, de Juan García Oliver; Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalista, de Cipriano Mera, y otros de Peirats, César M. Lorenzo, Carlos Díaz, José Borrás, Octavio Alberola/Ariane Gransac y Juan Martínez Alier. Durante la última etapa del franquismo fue un medio insustituible para comunicar ideas y un lugar, sobre todo en Cuadernos de Ruedo Ibérico, donde toda persona podía publicar. Los libros, como un maná de libertad que alimentaba el corazón y el ánimo, pasaban clandestinamente la frontera e iban de mano en mano. Su importancia decayó con la llegada de la democracia y el traslado a España. Los buenos tiempos de la lucha contra Franco ya no volverían y José Martínez falleció en 1986, desilusionado por no poder jugar un papel que aún creía posible en la sociedad española. También desapareció la mítica Ajoblanco. Hoy día no existe ninguna revista que se parezca un ápice a aquella que nació en 1974 para agitar el pensamiento y propiciar la contestación al sistema. Ajoblanco exudaba libertad y amor por lo libertario. Los articulistas, contestatarios y contraculturales, herederos de una gauche divine que en bastantes casos les ignoró, pretendían revolucionar el pensamiento y la acción. Los fundadores, con Pepe Ribas a la cabeza, continuaron dos décadas con aquel empeño de enseñar a pensar y combatir el pensamiento burgués y adocenado, a pesar de las dificultades económicas que la hicieron desaparecer por temporadas hasta su definitivo silencio en 1999. Desde entonces los fanzines, folletos, y páginas de Internet intentan seguir aquella primera idea de La Revista Blanca: enseñar con todo lo que interese al corazón del pueblo y a sus ideas.
Alfonso Domingo (Turégano, Segovia, 1955) es director de documentales y escritor. Es autor de El ángel rojo, la historia del anarquista Melchor Rodríguez (Editorial Almuzara. Córdoba, 2009. 403 páginas. 22 euros).
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